El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 9 #3
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Chapter 9 #3

Hasta ese momento todo parecía indicar que una única persona había seguido durante años a decenas de mujeres. Sin embargo, cuanto más tiempo permanecían delante de las imágenes, más difícil resultaba sostener una explicación tan sencilla.

Había demasiados ángulos distintos.

Demasiadas ciudades, demasiados años y demasiadas repeticiones.

Como si la colección hubiera sido construida por más de una mirada.

La idea regresó inmediatamente a la fotografía encontrada detrás del marco en casa de Elisa.

Cuatro personas, cuatro rostros observando algo situado fuera del encuadre.

La mujer desconocida, un hombre mayor, el hombre joven y Elisa.

Aquella imagen había aparecido al principio de la investigación como una pieza aislada. Ahora empezaba a sentirse conectada con algo mucho más grande.

Irene se acercó a la ventana del despacho.

La ciudad se extendía bajo un cielo gris uniforme donde apenas quedaban rastros de la tormenta de los días anteriores.

Desde aquella altura podían verse decenas de edificios, cientos de ventanas y miles de personas desarrollando vidas que nunca llegarían a cruzarse con la mayoría de las otras vidas que existían a su alrededor.

La fotografía regresó a su memoria.

No las personas.

Las miradas, ninguno de los cuatro observaba a la cámara, todos miraban hacia el mismo punto, como si todos estuvieran mirando algo en concreto, habían descubierto algo, quizás una experiencia nueva o algún secreto.

El sonido de una silla desplazándose sobre el suelo la hizo volver hacia la mesa.

Iván acababa de separar un grupo de fotografías del resto.

—Creo que deberíais ver esto.

Las imágenes pertenecían a épocas distintas.

Algunas tenían más de diez años, pero otras parecían recientes y, sin embargo, todas compartían un elemento común.

No era una persona, era un lugar.

Irene tomó la primera.

Una mujer aparecía caminando junto a un edificio antiguo construido en piedra, la segunda mostraba a otra sentada en una terraza cercana, la tercera estaba tomada desde el interior de una cafetería y la cuarta desde el otro lado de una plaza.

Las mujeres cambiaban, pero el entorno permanecía.

—¿Dónde es esto? —preguntó Hugo.

Iván deslizó otra fotografía hacia delante.

En aquella el edificio aparecía con mayor claridad y la fachada resultó inmediatamente familiar, no porque la hubiera visto personalmente sino porque ya había aparecido antes.

En una fotografía escondida detrás de un marco en casa de Elisa.

La misma piedra oscura con las mismas ventanas estrechas. La misma arquitectura austera que durante días se había resistido a ser identificada.

La respiración pareció ralentizarse durante unos segundos.

No por sorpresa, por reconocimiento.

La sensación que aparece cuando una pieza encuentra por fin un lugar dentro del rompecabezas.

—Es el mismo edificio.

La afirmación de Lucía apenas fue un susurro.

Nadie la contradijo.

No hacía falta.

La comparación era evidente.

Las líneas de la fachada coincidían, también la disposición de las ventanas e incluso parte de la vegetación que aparecía en una de las esquinas.

Irene dejó lentamente la fotografía sobre la mesa.

Durante varios días habían seguido palabras, símbolos, víctimas y escenas construidas para ser observadas. Por primera vez aparecía algo tangible, un lugar real que existía fuera de las fotografías, fuera de las paredes escritas y fuera de los apartamentos convertidos en escenarios.

Un lugar al que las imágenes parecían regresar una y otra vez.

—Necesito saber dónde está.

Lucía ya había comenzado a trabajar antes de que terminara de hablar.

Las imágenes fueron apareciendo una tras otra sobre la pantalla principal. Fotografías ampliadas. Comparaciones. Detalles arquitectónicos aislados. Fragmentos de fachada.

La sala volvió a llenarse de silencio, no el silencio incómodo de las primeras horas de una investigación otro distinto, el que aparece cuando todos sienten que están acercándose a algo importante.

La búsqueda duró varios minutos.

Nadie habló.

Solo se escuchaba el sonido de los teclados, el zumbido de los ordenadores y el rumor lejano de la actividad cotidiana al otro lado de los despachos.

Finalmente, Lucía levantó la vista.

La expresión de su rostro bastó para comprender que había encontrado algo.

Giró lentamente la pantalla hacia ellos.

En el monitor aparecía una fotografía actual obtenida de un archivo histórico digital.

La fachada, la piedra, las ventanas, la plaza, todo era exactamente igual y debajo de la imagen podía leerse un nombre.

Instituto Veritas. Fundado en 1954.

La palabra permaneció unos segundos suspendida en el aire.

Veritas.

La misma raíz encontrada en la medalla.

La misma que aparecía insinuada en la placa de la fotografía escondida por Elisa y que parecía atravesar toda la investigación desde el principio.

Nadie habló inmediatamente.

La ciudad seguía moviéndose detrás de las ventanas.

Los teléfonos continuaban sonando en otros despachos.

La vida seguía avanzando.

Pero dentro de aquella sala, rodeados por cientos de rostros observados durante años, todos tuvieron la sensación de que acababan de encontrar la primera puerta real hacia el pasado del asesino.