El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 9 #2
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Chapter 9 #2

La pantalla devolvía una imagen fría, ampliada hasta perder parte de su forma original.

La silueta apenas era más que una mancha reconocible por repetición.

Sin embargo, cuanto más la miraba, menos parecía una casualidad y más una presencia deliberada, no porque el hombre hubiera querido ser visto, sino porque había estado allí tantas veces que incluso su intención de desaparecer empezaba a dejar una huella.

—No estaba fotografiándolas solo a ellas —dijo Hugo en voz baja.

La frase no necesitaba completarse.

Si aquel hombre aparecía en los reflejos, en las esquinas y en los fondos de tantas imágenes, alguien más había sostenido la cámara.

O bien las fotografías habían sido tomadas por distintas personas, o bien el hombre del abrigo formaba parte de una escena más amplia que todavía no estaban viendo.

La pared falsa de Elisa acababa de volverse más inquietante.

Ya no era únicamente un escondite. Era una pregunta abierta sobre quién había mirado, quién había guardado y quién había estado presente mientras todo ocurría.

Lucía pasó a la siguiente imagen y después a otra.

La figura volvió a aparecer, mínima, casi absorbida por el entorno.

En una fotografía antigua, la sombra del sombrero se distinguía detrás de un quiosco.

En otra, un reflejo lo mostraba de perfil sobre la superficie oscura de una ventana.

No había rostro. No había matrícula cercana.

No había gesto suficiente para convertirlo en una identificación. Solo persistencia.

Y, aun así, la persistencia era una forma de presencia.

Irene volvió la mirada hacia la mesa llena de fotografías.

De pronto, los rostros de las mujeres parecieron ocupar un espacio distinto.

Ya no eran solo observadas desde la distancia.

Estaban rodeadas por algo que había permanecido invisible hasta ese momento.

El verdadero horror de aquellas imágenes no estaba en lo que mostraban, sino en lo que habían conseguido ocultar durante años a plena vista.

—Quiero las doce ampliadas al máximo —dijo Irene—. También quiero que reviséis todas las demás buscando reflejos, sombras, escaparates, cristales, retrovisores, cualquier superficie que pueda haber devuelto algo del entorno.

Lucía ya estaba trabajando antes de que terminara la frase.

Hugo recogió una de las fotografías de la mesa. Una mujer leía sentada junto a la ventana de una cafetería. En la superficie del cristal, apenas visible, la calle aparecía doblada sobre sí misma.

—Si Elisa tenía esto escondido en su casa, necesitamos saber si lo descubrió o si formaba parte de ello.

La pregunta atravesó el despacho con una dureza distinta.

Hasta entonces, Elisa había sido una víctima reconstruida a través de sus objetos, sus partituras, sus alumnos y sus silencios.

La pared falsa no la convertía en culpable, pero sí la alejaba de la imagen sencilla que todos habían empezado a formar alrededor de ella.

Nadie guardaba cientos de fotografías detrás de un muro por accidente.

Nadie escondía durante años una mirada ajena sin tener una razón, aunque esa razón hubiera nacido del miedo.

Irene sostuvo unos segundos la fotografía más cercana.

Una mujer de unos cuarenta años aparecía saliendo de una librería con una bolsa de papel en la mano.

En el escaparate, entre el reflejo de los libros y las luces de la calle, había una mancha oscura que quizá era solo un abrigo, quizá una sombra, quizá el mismo hombre que llevaba años entrando y saliendo de las imágenes sin dejarse ver del todo.

La fotografía regresó a la mesa.

—Primero averiguaremos quiénes son ellas —dijo—. Después sabremos qué hacía Elisa con sus rostros detrás del muro.

Nadie respondió.

No hacía falta.

Las fotografías seguían allí, extendidas bajo la luz blanca del despacho, y por primera vez desde que habían sido encontradas ya no parecían un archivo escondido por una víctima.

Parecían una habitación llena de testigos que todavía no sabían hablar.

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Parte 2

La mañana fue avanzando sin que nadie en la sala pareciera darse cuenta.

El café terminó enfriándose sobre la mesa.

Los teléfonos sonaron varias veces en despachos cercanos.

En algún momento alguien abrió la puerta para dejar unos informes y volvió a cerrarla sin interrumpir el trabajo.

Más allá de los cristales, Madrid continuaba desplegando su rutina habitual mientras la luz gris del amanecer iba dejando paso lentamente a un día cubierto pero luminoso.

Las fotografías seguían ocupando el centro de todo.

A medida que Lucía ampliaba imágenes y las distribuía en las pantallas, comenzaban a surgir pequeños detalles que durante años habían permanecido ocultos dentro de escenas aparentemente inocentes.

Reflejos en escaparates, sombras proyectadas sobre una pared, siluetas desenfocadas entre grupos de peatones o figuras que aparecían tan alejadas del motivo principal que cualquier observador normal las habría ignorado.

Lo inquietante no era encontrar al hombre del abrigo oscuro.

Lo inquietante era descubrir cuántas veces había estado allí.

La sensación recordaba a esos dibujos donde una figura permanece oculta a plena vista hasta que alguien la señala por primera vez. Después resulta imposible dejar de verla.

Irene observó una de las ampliaciones.

Una mujer esperaba sentada en una estación de tren con un libro abierto sobre las rodillas.

La fotografía parecía completamente anodina hasta que la mirada abandonaba el rostro de la mujer y seguía la línea de los bancos hacia el fondo del andén.

Allí, entre viajeros que miraban sus teléfonos o consultaban paneles informativos, aparecía la misma silueta oscura observando en dirección a la cámara.

No a la mujer.

A la cámara.

Aquello hizo que la atención regresara inmediatamente a la imagen.

Volvió a observarla despacio, miro posición y la distancia, también la orientación del cuerpo.

Era una fotografía tomada años atrás, con una resolución demasiado pobre para extraer conclusiones definitivas, pero algo no terminaba de encajar. Si el hombre era quien observaba a las mujeres, ¿por qué aparecía tan a menudo mirando hacia quien sostenía la cámara?

La fotografía pasó a otra y después a una tercera, la sensación permaneció, no siempre, pero sí demasiadas veces. Como si entre el fotógrafo y aquella figura hubiera existido algún tipo de relación silenciosa que las imágenes no terminaban de explicar.

—¿Lo ves?

La voz de Hugo llegó desde el otro lado de la mesa.

No necesitó señalar ninguna fotografía concreta.

Había llegado exactamente a la misma conclusión.

—Sí.

Durante unos segundos ambos continuaron observando las imágenes sin añadir nada más.

Las respuestas rápidas rara vez sobrevivían mucho tiempo dentro de una investigación, pero algunas preguntas aparecían con la fuerza suficiente para quedarse.

Aquella era una de ellas.

Porque alteraba completamente la naturaleza de las fotografías.