Chapter 9
──────── ✠ ────────
La lluvia había terminado durante la madrugada, pero Madrid conservaba todavía una humedad fría adherida a las fachadas, a los bordillos y a los cristales de los coches aparcados frente a la Jefatura.
Desde la ventana del despacho, la ciudad parecía más quieta de lo habitual, como si después de varios días de agua hubiera quedado suspendida en una claridad gris donde todo resultaba ligeramente más nítido y, al mismo tiempo, más cansado.
Las aceras empezaban a llenarse poco a poco de personas que caminaban hacia oficinas, colegios y cafeterías sin saber que, en algún lugar de Lavapiés, una pared acababa de abrirse para mostrar años enteros de observación silenciosa.
Las fotografías ocupaban toda la mesa de reuniones sin un orden definitivo, extendidas tal como Iván las había trasladado desde el hueco abierto detrás del muro falso, con algunas aún dentro de sobres, otras sujetas por clips oxidados y varias marcadas en las esquinas por esa clase de desgaste que no deja el abandono, sino la repetición de unas manos que vuelven una y otra vez al mismo objeto.
No parecían pruebas recién incorporadas a un caso, aunque ya lo fueran.
Tampoco tenían la frialdad de un archivo policial.
Había en ellas algo más íntimo y más desagradable, una paciencia acumulada durante años, una mirada que había permanecido demasiado tiempo sobre vidas ajenas, hasta convertir momentos cotidianos en piezas de una colección escondida.
Irene avanzó alrededor de la mesa dejando que las imágenes se ordenaran primero en sus ojos antes de intentar darles un sentido.
Una mujer sentada en la terraza de una cafetería sostenía un libro entre las manos mientras una taza se enfriaba frente a ella; otra salía de una biblioteca con el abrigo abierto y varios papeles sujetos contra el pecho; una tercera caminaba bajo la lluvia sin mirar atrás; más allá, una mujer esperaba en el andén de una estación con la atención puesta en algún punto fuera del encuadre, y otra permanecía detenida frente al escaparate de una librería, inclinada ligeramente hacia el cristal como quien lee un título o reconoce un nombre.
Ninguna imagen contenía violencia ni amenaza visible, y precisamente por eso el conjunto resultaba más difícil de sostener: todas aquellas mujeres habían sido capturadas en instantes de concentración, de espera o de soledad, momentos en los que una persona cree pertenecer únicamente a sí misma.
Hugo dejó dos cafés sobre una esquina libre de la mesa y permaneció de pie junto a ella sin tocar ninguno.
El vapor ascendió unos segundos antes de desaparecer en el aire frío del despacho.
Lucía trabajaba al fondo, delante de varios monitores donde las primeras digitalizaciones empezaban a multiplicar los mismos rostros con una claridad incómoda, como si el descubrimiento de la pared no hubiera terminado al retirar los paneles, sino que siguiera abriéndose dentro de la pantalla, fotografía tras fotografía, mujer tras mujer, distancia tras distancia.
—¿Cuántas hay? —preguntó Hugo.
—Doscientas treinta y siete revisadas —respondió Lucía sin apartar la vista del monitor—. Y todavía faltan varias cajas.
El número no produjo sorpresa inmediata.
Quizá porque la mesa ya lo insinuaba antes que nadie lo dijera.
Había demasiadas imágenes para hablar de azar, demasiados encuadres repetidos para pensar en una acumulación casual, demasiada constancia para imaginar un impulso pasajero.
Irene tomó una fotografía por una esquina, no para verla mejor, sino para sentir durante un instante la textura del papel, el leve abombamiento de una copia impresa hacía años, la marca casi invisible de un dedo en el borde inferior.
Quien había guardado aquellas imágenes no las había olvidado detrás del muro.
Las había protegido de una forma pobre y obsesiva, como quien no desea que algo sea encontrado, pero tampoco puede soportar destruirlo.
—No son todas recientes —dijo Iván desde el otro extremo de la mesa.
La voz llegó acompañada del sonido de varias fotografías deslizándose sobre la madera.
—Algunas tienen más de diez años. Otras son de hace pocos meses. Hay distintos tipos de papel, distintas cámaras, distintos revelados. Todavía no puedo asegurarlo, pero esto no empezó con Elisa Montero.
Irene dejó la fotografía en el mismo lugar.
La mujer de la imagen seguía caminando por una calle cualquiera, hablando por teléfono, ajena a la cámara, ajena a una habitación futura donde varios desconocidos mirarían su rostro intentando averiguar por qué alguien había decidido conservarlo.
Esa era la parte más perturbadora. No la cantidad, ni siquiera la posibilidad de que algunas de esas mujeres estuvieran muertas o en peligro, sino la invasión silenciosa de aquellos instantes privados que, al ser fotografiados desde lejos, habían dejado de pertenecerles del todo.
—¿Hay nombres? —preguntó Hugo.
Iván negó con la cabeza mientras apartaba un grupo de copias.
—No en las fotografías. Algunas llevan fechas al dorso, otras solo números. En varias aparece una inicial, pero todavía no sabemos si corresponde a la mujer fotografiada, al lugar o a una clasificación propia.
La palabra clasificación se quedó flotando sobre la mesa con una precisión desagradable.
Clasificar implicaba una mente ordenada.
No solo deseo de mirar, sino necesidad de separar, agrupar, conservar bajo un criterio.
Las fotografías de Elisa y Marta habían obligado a pensar en víctimas elegidas; aquellas, en cambio, ampliaban la escena hasta un territorio mucho más hondo, porque no mostraban solo a quienes habían muerto, sino quizá a quienes habían sido miradas antes de que alguien decidiera qué hacer con esa mirada.
Lucía amplió varias imágenes en una de las pantallas.
La luz azulada del monitor le marcó el perfil mientras colocaba unas junto a otras fotografías tomadas en lugares distintos: una biblioteca universitaria, una cafetería, un parque, la entrada de un teatro, el interior de una estación.
Al verlas juntas, la variedad inicial empezó a ceder ante una repetición más sutil.
No eran mujeres iguales, ni en edad ni en aspecto ni en modo de vestir, pero casi todas aparecían solas y absortas, vinculadas a algún gesto de atención: un libro abierto, una libreta apoyada sobre la mesa, una mirada fija en un cuadro, una pausa frente a una vitrina, el rostro inclinado hacia algo que exigía ser leído, escuchado o comprendido.
Irene sintió que el caso volvía a estrecharse alrededor de una misma palabra sin necesidad de pronunciarla.
Mirar. No mirar como lo hacía el hombre detrás de la cámara, sino mirar como parecían hacerlo aquellas mujeres, detenidas ante algo que las reclamaba desde fuera de sí mismas.
Elisa frente a la música. Marta frente al pensamiento.
Las desconocidas frente a libros, cuadros, escaparates, escenarios o páginas abiertas.
El asesino no parecía elegir belleza, edad ni vulnerabilidad inmediata.
Parecía buscar una disposición interior, una forma de estar en el mundo que quizá él confundía con una promesa.
—Hay un patrón —dijo Hugo.
No sonó satisfecho al decirlo.
—Todavía no completo —respondió Irene.
Iván levantó la vista.
—No, pero empieza a parecer menos una colección y más una búsqueda.
La palabra encajó mejor que clasificación.
Búsqueda. Había algo casi devocional en la manera en que las fotografías habían sido conservadas, algo que no pertenecía al deseo común de poseer una imagen ajena.
Aquello no parecía nacer de un impulso sexual ni de una vigilancia práctica.
La distancia desde la que estaban tomadas muchas fotografías hablaba de paciencia, no de urgencia; los encuadres, de espera; la repetición de determinadas situaciones, de una atención dirigida hacia un instante muy concreto, como si el fotógrafo hubiera querido capturar siempre el momento en que una mujer se quedaba sola con lo que estaba mirando.
—He separado estas —dijo Lucía.
En la pantalla aparecieron doce imágenes.
Al principio no parecían tener relación entre sí, más allá de lo evidente.
Mujeres distintas, ciudades distintas, años distintos.
Pero Lucía desplazó el cursor sobre una esquina de la primera fotografía y aumentó la zona hasta que el grano de la imagen se abrió en píxeles.
En el reflejo de un escaparate podía verse una figura masculina al fondo, apenas una silueta oscura entre otras formas deformadas por el cristal.
En la segunda fotografía, tomada frente a la entrada de una biblioteca, la misma figura aparecía desenfocada junto a un árbol.
En la tercera, una línea de peatones cruzaba una avenida y, entre ellos, el mismo abrigo oscuro se distinguía solo porque alguien sabía ya dónde buscarlo.
El despacho quedó en silencio.
No era un silencio de sorpresa, sino de reconocimiento lento.
La figura se repetía en demasiadas imágenes para ser una presencia accidental, aunque nunca aparecía en el centro ni con la claridad suficiente para ofrecer un rostro.
Siempre un poco lejos, siempre ligeramente fuera de foco, siempre protegido por un reflejo, una sombra, un grupo de gente o el movimiento de la calle.
Un hombre con abrigo oscuro y sombrero de ala ancha, situado en el borde de las fotografías como si perteneciera al mundo de la víctima y al mismo tiempo quedara separado de él por una distancia cuidadosamente mantenida.
Irene se acercó al monitor sin tocar la mesa.