El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 8 #3
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Chapter 8 #3

—Porque no encuentro lo mismo que encontré en Elisa.

La respuesta llegó despacio, como si necesitara ordenar cada palabra antes de pronunciarla.

—No hay sedación fuerte. Tampoco señales compatibles con una pérdida prolongada de consciencia. Encontré restos de ansiolíticos, pero en cantidades pequeñas. Lo suficiente para disminuir ansiedad. No para controlar físicamente a una persona.

Aquello obligaba a mirar la escena de otra manera.

La mujer seguía sentada frente al ventanal mientras la ciudad brillaba detrás de la lluvia. La posición de las manos. El rostro sereno. La ausencia de lucha. Todo adquiría un significado distinto.

No mejor.

Más inquietante.

Porque la violencia física tenía una lógica comprensible. El miedo también.

Lo difícil de aceptar era la posibilidad de que alguien hubiera llegado hasta allí por razones que todavía no entendían.

Iván les entregó entonces una carpeta con las primeras identificaciones.

—Marta Urrutia. Cuarenta y dos años. Profesora de Filosofía en la Complutense.

El nombre quedó unos segundos sobre la mesa junto al resto de los datos.

Música.

Literatura.

Filosofía.

No era una conclusión todavía. Ni siquiera un patrón completo. Pero resultaba imposible ignorar la dirección hacia la que parecían inclinarse las piezas.

La mirada regresó al cuerpo.

Después a las frases.

Después a los libros.

Todo parecía formar parte de una misma conversación que había comenzado mucho antes de que ellos aparecieran.

—¿Hora aproximada?

—Menos de tres horas.

La respuesta de Vera llegó sin vacilaciones.

—Probablemente murió mientras vosotros seguíais en archivos.

La ciudad continuaba moviéndose al otro lado del cristal. Coches. Semáforos. Ventanas encendidas. Personas regresando a casa bajo la lluvia sin saber que, en aquel apartamento, alguien acababa de construir una nueva escena antes incluso de que terminara la anterior.

La distancia entre ellos y el asesino comenzaba a parecer demasiado pequeña.

No porque estuvieran acercándose.

Porque él parecía conocer siempre el siguiente movimiento.

Fue entonces cuando algo llamó la atención sobre una mesa situada junto al ventanal.

Un libro.

Abierto.

Las páginas permanecían inmóviles bajo la luz de las velas, como si alguien hubiera querido asegurarse de que fuera visto.

Los guantes crujieron suavemente al levantarlo.

La edición era antigua. Las cubiertas mostraban el desgaste propio de los libros que han pasado muchas veces por las mismas manos y los márgenes aparecían llenos de anotaciones realizadas a lápiz.

No eran comentarios académicos.

Ni simples marcas de lectura.

Parecían conversaciones.

Pensamientos añadidos a otros pensamientos.

La vista descendió lentamente por la página hasta detenerse en un fragmento subrayado.

Quien atraviesa la oscuridad sin apartar la mirada ya no vuelve a ser el mismo.

La frase permaneció allí unos segundos.

Después la atención continuó avanzando por los márgenes, por las notas, por las líneas trazadas cuidadosamente alrededor de determinados párrafos.

La insistencia resultaba imposible de ignorar.

Una y otra vez aparecían las mismas ideas.

La contemplación. La verdad. La necesidad de mirar incluso cuando hacerlo resultaba doloroso.

Como si alguien hubiera construido toda una visión del mundo alrededor de ese acto.

Mirar.

No observar.

No ver.

Mirar.

Permanecer frente a algo el tiempo suficiente para que terminara transformándote.

La lluvia golpeó con más fuerza el cristal.

Durante unos segundos nadie habló.

La música siguió sonando entre las velas y las sombras proyectadas sobre las paredes.

Y mientras sostenía el libro entre las manos, comenzó a crecer una sensación incómoda, todavía difícil de nombrar.

La impresión de que el asesino no estaba organizando únicamente escenas.

Estaba intentando construir un relato. Uno donde las víctimas, las frases, los objetos y quienes llegaban después ocupaban papeles distintos dentro de una misma historia cuyo significado completo seguía oculto.

Una vibración rompió entonces la quietud del apartamento.

El teléfono de Hugo.

La conversación apenas duró unos segundos.

Sin embargo, algo cambió en su expresión antes incluso de guardar el móvil.

—Han encontrado algo en casa de Elisa.

La lluvia siguió descendiendo por el ventanal.

—¿Qué?

Hugo sostuvo la mirada un instante.

—Una pared falsa detrás de una estantería.

El apartamento pareció encogerse alrededor de aquellas palabras.

La música continuaba sonando.

Las velas seguían ardiendo.

Marta Urrutia permanecía inmóvil frente a la ventana.

Y, sin embargo, la atención ya había abandonado aquella habitación para regresar al apartamento de Lavapiés.

—¿Qué había detrás?

La respuesta llegó unos segundos después.

—Fotografías.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

Más pesado.

Más difícil de atravesar.

—¿De quién?

Hugo bajó la vista un instante hacia la pantalla todavía iluminada antes de responder.

—De mujeres.

La lluvia golpeó el cristal.

—Cientos de fotografías de mujeres observadas desde la distancia.