Chapter 8 #2
Las luces policiales teñían de azul las fachadas elegantes del barrio y convertían la lluvia en una sucesión de destellos móviles sobre la piedra clara.
Varios vecinos observaban desde el interior del portal.
Ninguno hablaba. Las expresiones eran distintas, pero todas compartían la misma rigidez que aparece cuando la violencia irrumpe en lugares donde nadie espera encontrarla.
Irene apagó el motor.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el edificio a través del cristal cubierto de agua.
La ciudad estaba llena de ventanas iluminadas.
Miles de ellas.
Personas cenando.
Personas viendo una película.
Personas leyendo antes de dormir.
Personas convencidas de que el mal siempre ocurría en otra parte.
Después abrió la puerta y salió bajo la lluvia.
El agua golpeó inmediatamente la cazadora y el cabello. El aire olía a piedra mojada, a hojas húmedas y a electricidad. Un agente se acercó hasta ellos con paso rápido mientras intentaba proteger una carpeta bajo el brazo.
—Inspectora Alarcón.
La tensión en su rostro resultaba evidente incluso antes de hablar.
—¿Qué tenemos?
—Segunda planta. Apartamento turístico. Científica ya está dentro.
El muchacho dudó apenas un instante.
—La música sigue sonando.
Aquella frase acompañó a Irene mientras cruzaba el portal y comenzaba a subir las escaleras.
El edificio olía a madera antigua y a humedad reciente. El sonido de la lluvia se fue apagando poco a poco detrás de ellos y entonces apareció otro sonido.
Una pieza musical.
Lejana.
Suave.
No procedía del rellano.
Parecía extenderse lentamente por todo el edificio.
Cada escalón la volvía un poco más clara.
Al llegar a la segunda planta ya podía distinguirse perfectamente.
Y cuando apareció la puerta abierta al final del pasillo comprendió por qué el agente había utilizado aquel tono de voz.
La luz cálida de las velas escapaba hacia el rellano.
No era una iluminación intensa.
Era peor.
Parecía acogedora.
Como si alguien hubiera querido convertir el apartamento en un refugio.
Como si la muerte hubiera sido invitada a sentarse allí.
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Parte 2
La luz de las velas alcanzaba el rellano con una suavidad engañosa.
Desde allí, antes incluso de cruzar el umbral, resultaba fácil olvidar que se trataba de una escena de homicidio.
La música continuaba sonando en algún punto del apartamento y se mezclaba con el rumor apagado de la lluvia que golpeaba los ventanales.
Ambas cosas parecían formar parte de un mismo paisaje sonoro, como si alguien hubiera dedicado tiempo a decidir qué debía escuchar una persona al entrar por aquella puerta.
El agente no había exagerado.
La sensación no era la de llegar después de que algo hubiera ocurrido.
Era la de irrumpir en mitad de algo que todavía continuaba.
Irene cruzó el umbral mientras la luz cálida de las velas se extendía sobre el suelo de madera y las paredes claras del salón.
El apartamento era más amplio que el de Elisa Montero y también más elegante.
Había librerías repletas de volúmenes encuadernados, muebles antiguos cuidadosamente restaurados y varias pinturas distribuidas con una armonía que no parecía casual.
Todo hablaba de alguien acostumbrado a vivir rodeado de ideas y de tiempo.
En el centro de aquella calma construida se encontraba la mujer.
Vestida de blanco.
Sentada frente al ventanal.
Las manos descansaban sobre el regazo y los ojos permanecían cerrados. La lluvia descendía por el cristal a su espalda formando pequeños caminos líquidos que deformaban las luces de la ciudad, convirtiendo Madrid en una extensión borrosa de reflejos dorados y rojizos.
Durante unos segundos resultó imposible no recordar a Elisa.
No porque las escenas fueran idénticas.
Porque compartían la misma intención.
La misma necesidad de convertir una muerte en algo que debía ser contemplado.
Iván apareció desde una de las habitaciones laterales ajustándose los guantes.
Tenía el aspecto de alguien que llevaba demasiadas horas despierto y demasiado tiempo mirando cosas que preferiría no haber visto.
—Empiezo a pensar que este hombre necesita terapia más que una celda.
La frase habría sonado irónica en cualquier otra circunstancia.
Aquella noche no.
El propio Iván parecía darse cuenta.
La mirada se desplazó lentamente por el salón.
Las velas estaban colocadas siguiendo un orden deliberado.
Ninguna se encontraba donde el azar pudiera haberla dejado.
La música procedía de un tocadiscos antiguo situado junto a una estantería repleta de libros y el olor suave del incienso permanecía suspendido en el aire como una presencia invisible.
Entonces aparecieron las frases.
No una.
Varias.
La misma caligrafía precisa se extendía por distintos puntos de la pared como si los pensamientos hubieran sido colocados allí para acompañar la escena.
La verdad necesita testigos.
Los ojos que se cierran también mienten.
Solo quien permanece puede comprender.
No parecían amenazas.
Ni tampoco mensajes dirigidos a la policía.
Resultaban más inquietantes precisamente por eso.
Transmitían la sensación de pertenecer a algo anterior al crimen, como fragmentos arrancados de una convicción mucho más antigua que las propias víctimas.
—Esta vez hay algo diferente.
La voz de Vera llegó desde el fondo del salón.
La forense permanecía junto a una mesa auxiliar donde había comenzado ya las primeras observaciones. La preocupación en su rostro resultó evidente incluso antes de que terminara de hablar.
—Creo que sabía que iba a morir.
El sonido de la lluvia continuó descendiendo por los cristales.
Nadie respondió inmediatamente.
La afirmación permaneció suspendida en el apartamento mientras la música seguía avanzando lentamente desde el tocadiscos.
—¿Por qué?
Vera retiró los ojos del cuerpo y los fijó en ella.