El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 8
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Chapter 8

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Durante varios segundos nadie habló dentro de la sala de archivos.

El zumbido constante de los fluorescentes, el ruido lejano de teléfonos sonando en otras plantas de la brigada y el golpeteo de una nueva lluvia comenzando contra las ventanas formaban un murmullo distante alrededor de ellos, pero Irene apenas era consciente de nada de aquello.

La atención seguía fija en la pantalla donde aparecía el antiguo artículo firmado por Clara Montes, mientras una sensación cada vez más incómoda avanzaba lentamente a través de todas las piezas que comenzaban a encajar.

"A veces la verdad no desaparece. Solo espera a que alguien sea capaz de mirarla."

La frase no era la misma que había aparecido escrita en el apartamento de Elisa Montero.

Pero respiraba el mismo aire.

La misma obsesión alrededor de la verdad. La misma insistencia en la mirada. La misma idea de que existían cosas demasiado importantes para apartar los ojos de ellas, incluso cuando hacerlo resultaba doloroso.

—¿Clara estuvo muy implicada en este caso?

Hugo asintió mientras continuaba revisando el expediente.

—Bastante. Según los informes internos, insistió durante semanas en que la investigación se cerró demasiado pronto.

Lucía levantó la vista desde el ordenador.

—También publicó varios artículos criticando la forma en que se gestionó el caso. Pensaba que se habían ignorado detalles importantes de la escena.

Irene volvió la atención hacia las fotografías de Laura Varela.

Cuanto más tiempo permanecía observándolas, más evidente resultaba que la conexión entre ambos crímenes iba mucho más allá de una simple coincidencia estética.

No se trataba únicamente de las velas, de la ventana o de la posición del cuerpo.

Había algo más profundo detrás de todo aquello.

Una intención común. La sensación de que alguien estaba utilizando la muerte para construir significado, como si el asesinato fuera únicamente una parte de algo mucho más grande.

—¿Qué ocurrió exactamente con Laura Varela?

Hugo pasó varias páginas antes de responder.

—Desapareció durante veintidós días. Cuando encontraron el cuerpo, la investigación concluyó que probablemente había mantenido algún tipo de relación previa con el agresor. No había signos claros de entrada forzada y los análisis indicaban que había sido sedada antes de morir.

Irene levantó lentamente la vista.

—Igual que Elisa.

—Sí.

La respuesta quedó suspendida unos segundos en el aire.

Después Hugo deslizó una fotografía hacia el centro de la mesa.

—Hay algo más.

Irene se inclinó ligeramente sobre la imagen.

La calidad era deficiente. El paso del tiempo, la impresión y la propia fotografía dificultaban distinguir muchos detalles, pero al fondo de la habitación, junto a una vela consumida, podía apreciarse un pequeño objeto metálico circular que apenas ocupaba una parte mínima del encuadre.

Y, aun así, resultó suficiente.

El escalofrío fue inmediato.

—La medalla.

Lucía asintió despacio.

—No aparece mencionada en el informe oficial. La encontré ampliando varias imágenes antiguas.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Porque las coincidencias comenzaban a agotarse.

Dos mujeres.

Dos escenas construidas con el mismo lenguaje.

Sedación.

Velas.

Música.

Ventanas.

Y ahora la misma presencia simbólica atravesando ambas historias.

Irene cerró lentamente la carpeta y apoyó una mano sobre la cubierta.

—Esto no está empezando ahora.

Nadie discutió aquella conclusión.

Se levantó de la mesa y caminó hasta una de las ventanas de la sala.

Afuera había anochecido por completo y la lluvia volvía a caer sobre Madrid, deformando las luces de la ciudad sobre el cristal húmedo.

Durante unos instantes permaneció observando el reflejo de las calles mezclado con el suyo propio, dejando que la atención recorriera una vez más todo lo que habían descubierto desde la aparición de Elisa Montero.

Y entonces apareció una idea todavía más inquietante.

No surgió de una fotografía concreta ni de una prueba determinada.

Nació de la forma en que todas las piezas comenzaban a relacionarse entre sí.

—No eligió a Clara por casualidad.

La voz hizo que Hugo levantara inmediatamente la vista.

—¿Qué quieres decir?

Irene se volvió lentamente hacia ellos.

—Si Clara investigó el caso de Laura Varela hace cuatro años y ahora reaparece un asesinato construido con el mismo lenguaje, quizá esto no sea únicamente un mensaje para la policía.

Lucía frunció ligeramente el ceño.

—¿Crees que también intenta llamar su atención?

Irene permaneció unos segundos en silencio antes de responder.

—O continuar una conversación que empezó entonces.

La idea dejó una quietud incómoda en la sala.

Porque todos comprendieron inmediatamente sus implicaciones.

Clara Montes no era una periodista cualquiera.

Llevaba años escribiendo sobre desapariciones, errores judiciales, investigaciones olvidadas y verdades enterradas bajo expedientes cerrados.

Si el asesino llevaba tanto tiempo obsesionado con la necesidad de ser comprendido como parecía indicar todo lo que habían encontrado, resultaba difícil ignorar la posibilidad de que hubiera prestado atención a alguien que llevaba años haciendo exactamente lo mismo desde el otro lado.

La atención de Irene regresó entonces a la frase encontrada entre los dedos de Elisa.

Ella también miró.

Hasta ese momento siempre había interpretado aquellas palabras como una referencia directa a una víctima anterior.

Ahora ya no estaba tan segura.

Quizá Laura Varela había descubierto algo antes de morir.

Quizá había visto una parte del patrón.

Y quizá Clara Montes había estado mucho más cerca de encontrarlo de lo que jamás llegó a imaginar.

—Eso no le va a gustar nada a Orduña.

La observación de Hugo apenas consiguió arrancar una sonrisa cansada.

Irene seguía pensando en otra cosa.

En la posibilidad de que el asesino llevara años observando a las mismas personas que investigaban sus huellas.

En la posibilidad de que aquella historia hubiera comenzado mucho antes de que Elisa Montero apareciera sentada frente a una ventana.

El sonido de un teléfono rompió bruscamente el silencio.

Hugo miró la pantalla.

—Santamaría.

Respondió inmediatamente.

Nadie habló mientras escuchaba.

Al principio su expresión apenas cambió.

Después algo se tensó en su rostro.

—¿Estás seguro?

La pregunta hizo que Irene se girara antes incluso de que terminara la llamada.

Hugo permaneció unos segundos escuchando en silencio.

Luego colgó despacio.

La lluvia golpeaba los cristales con más fuerza que antes.

—Acaban de encontrar otra escena.

Las palabras parecieron detener el aire dentro de la sala.

—¿Dónde?

—Barrio de Salamanca. Apartamento turístico.

Irene sostuvo su mirada.

No necesitaba preguntar nada más.

Pero lo hizo igualmente.

—¿Misma firma?

Hugo tardó apenas un segundo en responder.

Un segundo suficiente para comprender que acababan de llegar tarde otra vez.

—Hay música sonando dentro del apartamento. Y la patrulla asegura que las ventanas están rodeadas de velas encendidas.

Capítulo 7 — Las ventanas encendidas

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Parte 1

La lluvia había ganado intensidad durante el trayecto hacia el barrio de Salamanca y, a medida que avanzaban por las calles cada vez más vacías de la ciudad, las luces de Madrid parecían diluirse detrás del parabrisas en manchas de color que el limpiaparabrisas apenas conseguía ordenar durante unos segundos antes de que el agua volviera a cubrirlo todo.

El tráfico era escaso a aquellas horas. Algún taxi aislado, un autobús casi vacío, varios repartidores acelerando para terminar la jornada y las luces azules de los vehículos policiales reflejándose sobre el asfalto mojado mucho antes de llegar al edificio.

Las fotografías encontradas aquella tarde seguían ocupando una parte incómoda de la memoria.

No las imágenes en sí mismas, sino la sensación que habían dejado detrás.

Durante años, alguien había observado a mujeres desde la distancia.

No una o dos veces. Durante años. La paciencia necesaria para hacerlo resultaba más perturbadora que las propias fotografías.

Hugo permanecía en silencio junto a ella.

Sostenía el teléfono entre las manos, aunque llevaba varios minutos sin mirarlo.

La lluvia golpeaba el techo del vehículo con una regularidad casi hipnótica y durante un momento el interior del coche pareció convertirse en un espacio separado del resto de la ciudad.

—La patrulla ya ha salido del apartamento —dijo finalmente.

La voz rompió el silencio sin brusquedad.

—¿Qué dicen?

—Que la escena es extraña.

La respuesta no sorprendió a Irene. Después de Elisa Montero, la palabra extraña había perdido gran parte de su significado.

—¿Extraña cómo?

Hugo observó unos segundos la oscuridad del exterior antes de responder.

—Uno de los agentes dijo que tuvo la sensación de entrar en mitad de algo.

La lluvia continuó descendiendo por el cristal.

Durante unos instantes ninguno habló.

No era una descripción habitual. Los policías utilizaban muchas palabras para describir una escena violenta. Desorden. Caos. Sangre. Impacto. Brutalidad. Incluso horror.

Pero no aquello.

Entrar en mitad de algo.

Como si el crimen no hubiera terminado cuando llegaron.

Como si una parte siguiera desarrollándose después de la muerte.

La idea regresó involuntariamente a Elisa Montero sentada junto a la ventana mientras la música continuaba sonando en el apartamento vacío.

Aquella noche también había existido una sensación parecida.

No la de descubrir una escena, sino la de irrumpir en una representación cuidadosamente preparada para quien llegara después.

El edificio apareció al final de la calle pocos minutos más tarde.