Capítulo 24 #3
Él la amó con una ternura que a ratos le dolía.
Con una atención de lupa, pensó ella, de entomólogo, de hombre que se detiene delante de una cosa pequeña y la contempla durante mucho tiempo hasta que deja de dar miedo.
Le recorrió cada peca, cada cicatriz, el hueco de la clavícula, la curva de las costillas, la parte de atrás de las rodillas, con la boca, con las manos, con una devoción tan seria y tan feliz que ella, a la mitad, tuvo que taparse la cara con el brazo.
Lo oyó reír, bajo, contra su vientre. Lo oyó decir su nombre.
Le agarró el pelo con las dos manos y arqueó la espalda, y pensó que sí, que se podía ser a la vez muy feliz y muy vulnerable, y que no había ninguna contradicción.
Cuando por fin se unieron, de lado, enredados, frente contra frente, respirando el mismo aire, ella le sostuvo la cara con las dos manos.
—Mírame —dijo.
—Te miro.
—No cierres los ojos.
—No los cerraré.
No los cerró. Se miraron durante todo el tiempo que duró, sin parpadear, con un asombro tranquilo, y en el momento en que algo en ella se tensó y se quebró, y el mundo entero pareció contener el aliento, vio que los ojos oscuros de Kit se humedecían, y que su boca, muy cerca de la suya, pronunciaba, sin sonido, tres palabras.
Ella las dijo en voz alta.
Se quedaron un largo rato quietos, abrazados, respirando. Fuera, un cisne se movió sobre el lago con un chapoteo suave. La luna había girado un poco. Kit tenía la mejilla sobre su pelo y una mano sobre su espalda, y recorría con el pulgar una vértebra, y otra, y otra.
—Dorothea.
—Mmm.
—Una cosa.
—Dime.
—Hay una carta que no te he dado.
Ella abrió los ojos.
—Tengo la carta.
—Tienes la de los Sermones. Hay otra. —Se movió, con cuidado, y estiró un brazo hacia la mesilla, y abrió el cajón. Sacó un papel doblado en cuatro—. La veinticinco. La escribí la víspera de la boda, de madrugada, en una posada de Salisbury, sin poder dormir.
—¿Otra vez de madrugada?
—Es mi hora más sincera.
Se la tendió. Thea la desdobló a la luz de la luna. La letra, grande y torcida, apenas se leía. Se acercó el papel a los ojos.
Dorothea Hadley:
Hoy me has firmado unas reglas, y a la sexta le falta una cláusula. La añado aquí, en tinta de verdad, para que conste:
Yo te quiero a ti. Con el sombrero azul, con el moño torcido, con las pecas, con los escarabajos y con el vestido verde de mi abuela. Y mañana, y pasado, y cuando tengamos ochenta años y no recordemos ninguno de los dos cómo empezó.
Si alguna vez dudas, lee esta carta. Y si no te basta, léela otra vez.
K.
Thea la leyó. La leyó entera, despacio. Cuando terminó, se quedó callada un buen rato, con el papel entre los dedos y el corazón latiéndole en las sienes.
—Es horrible —dijo, al fin, con la voz rota.
—¿Cómo?
—La letra. Es ilegible. Parece la de un doctor.
—Es la de un conde.
—Es peor. —Se echó a reír, y se echó a llorar, las dos cosas a la vez, y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. Es la cosa más hermosa que he leído en mi vida.
—No exageres.
—Y la voy a guardar.
—Ya lo sé.
—En una caja de roble. Con las otras.
—¿Qué otras?
—Las veinticuatro —dijo Thea, con una sonrisa temblorosa—. Las que escribimos para Vesey. Las voy a guardar todas. Por orden cronológico. Para que cuando seamos viejos, y los niños pregunten, tengamos algo que enseñar.
—¿Qué niños?
—Los que vayan viniendo.
Kit se quedó muy quieto. La miró. Tenía los ojos brillantes, la boca entreabierta, una expresión de asombro tan completa que Thea sintió que el corazón se le expandía hasta hacerle daño.
—¿Los que vayan viniendo?
—Yo qué sé. —Se encogió de hombros, con el rubor subiéndole por el cuello—. Tengo un libro que publicar, una hermana que casar y una abuela que cuidar. Pero luego. Si tú quieres.
—Quiero —dijo Kit, con una voz que apenas le salía—. Quiero todos.
—Tampoco hace falta que sean seis.
—Pero podrían.
—Podrían —concedió Thea.
La abrazó. La apretó contra sí, con una fuerza casi dolorosa, y ella notó el temblor de su pecho contra el suyo y la humedad de su mejilla contra su sien.
Lo abrazó también. Le acarició la nuca. Le susurró al oído algo que no tenía importancia, y que él no necesitaba oír, y que sin embargo repitió, una vez, y otra, y otra, hasta quedarse dormida.
Por la mañana, el sol entró por el ventanal.
Era una luz amarilla y limpia, de principios de verano, que se derramaba sobre la colcha de damasco, sobre las paredes de seda azul, sobre un vestido verde tirado en medio de la alfombra con las mangas extendidas como un náufrago.
Thea abrió los ojos. Notó el peso de un brazo sobre su cintura.
Una respiración lenta contra su nuca. Fuera, en el lago, los cisnes, con una expresión de absoluto desdén, atravesaban la superficie lisa.
Sonrió.
Miró la puerta. Estaba cerrada. Con llave. En el ojo de la cerradura brillaba una llave de acero, con un lazo de raso verde, y bajo ella, en el suelo, había una carta de visita doblada que alguien, durante la noche, había deslizado por debajo de la puerta.
Si no hacen ruido, las servimos a las diez. O.H.
Cerró los ojos otra vez.
Se acurrucó contra su marido. Y se quedó allí, muy quieta, con la mejilla en su hombro y una mano sobre su corazón, escuchando.