Capítulo 25
El escaparate de la librería de Piccadilly exhibía catorce ejemplares del mismo libro, dispuestos en abanico sobre un lecho de terciopelo verde, con una lámina de escarabajo ampliada a tamaño de plato en el centro y un cartel escrito a mano con letras muy grandes: TERCERA EDICIÓN.
Kit llevaba veinte minutos parado delante.
Había llegado a las once, con Bonaparte bajo el brazo, un paraguas que no hacía falta y la excusa de que pasaba por allí.
No pasaba por allí. Hacía cinco meses que pasaba por allí todos los martes, a la misma hora, desde que Pennington le había mandado, con una nota de tres palabras que decía Mírelo usted mismo, el primer ejemplar encuadernado en piel de becerro.
El libro había salido en enero, en edición de quinientos.
Se había agotado en nueve días. La segunda, de mil, duró cuatro semanas.
La tercera, de tres mil, llevaba ya seis semanas en las mesas de todas las librerías de Londres, y Pennington, según le había confesado en voz baja una tarde de abril, sin quitarse la pluma de la boca, había ordenado a la imprenta que no apagara las máquinas.
LOS COLEÓPTEROS DE WILTSHIRE. Observaciones de campo, hábitos y carácter, con dos mil láminas originales. Por Dorothea Wickersham.
Estaba en letras grandes, en la portada, sin título nobiliario, sin iniciales, sin una dama de ninguna parte.
Tal cual. Kit lo había comprobado en las pruebas de imprenta, tres veces, con un lápiz rojo y una lupa de latón que le había prestado su suegro.
La primera edición había salido con una errata en la página catorce: carabo por carabus.
Thea la había encontrado en dos minutos.
Pennington había soltado un taco y había hecho reimprimir los quinientos ejemplares.
Kit no había dicho nada. Pero esa noche, en la cama, con la cabeza de ella sobre su pecho, había notado que ella se reía sola, en silencio, con los hombros temblando, y había entendido que era la risa de una mujer que acaba de ganar.
—Milord —dijo una voz a su lado.
Se volvió. Era el dependiente, un joven de gafas, con un delantal de lana y un lápiz tras la oreja.
—Buenos días.
—Buenos días, milord. ¿Desea alguna cosa?
—Solo mirar.
—Naturalmente. —El joven carraspeó—. Milord, perdone la indiscreción. Tengo entendido que la autora, la señora condesa, ha tenido a bien... Es decir, me han dicho que hoy firma ejemplares en el piso de arriba. Si el señor conde quisiera subir...
—Sé que firma ejemplares, joven.
—Ah.
—Estoy esperando a que acabe la cola.
—Es larga, milord.
—Lo sé. —Kit sonrió—. Llevo cinco meses esperando a que se acorten las colas. Nunca se acortan.
El dependiente lo miró con un respeto que no entendía muy bien.
Kit se despidió con un gesto, y empujó la puerta de la librería con el hombro, con el pug bajo el brazo y el paraguas en la mano libre, y se coló entre los clientes, que formaban una larga hilera de damas, caballeros, estudiantes, párrocos, niños con la nariz pegada a los lomos y una señora anciana, de turbante de terciopelo negro, que blandía un bastón de ébano y discutía a voces con un empleado.
—Octavia —dijo Kit.
—Llegas tarde.
—Son las once y veinte.
—Llegas tarde. Llevo aquí desde las diez y cuarto. Me han dicho que no puedo saltarme la cola. ¡A mí! —Alzó el bastón, indignada—. Yo, que fui la primera persona de Inglaterra que le dijo a esa criatura que sus escarabajos eran literatura.
—Tú le dijiste que sus escarabajos eran una afición.
—Las dos cosas son compatibles.
—Abuela —dijo una voz suave—. Por favor.
Era la duquesa viuda de Aldworth, de pie junto a ella, con un vestido de brocado gris plata y un abanico de marfil, que movía con una paciencia regia. A su lado, con un gesto de enorme dignidad y un bolso lleno de ejemplares, esperaba su turno el obispo de Rochester.
—Matilda —dijo lady Octavia—, no me llames abuela. No lo soy.
—Eres la abuela de mi sobrina nieta política, a efectos genealógicos.
—Eso no existe.
—Lo acabo de inventar.
—Es una insolencia.
—Es una especie de cariño —dijo la duquesa—. Callad. Se va acercando.
Las dos mujeres, que habían empezado a jugar al whist cada martes por la tarde a partir de aquella noche de junio, y cuyas partidas se saldaban habitualmente con una victoria de la duquesa y una acusación de trampa por parte de Octavia, se callaron a un tiempo, con las miradas fijas en la escalera.
Kit subió.
El piso de arriba de la librería era una sala larga, de techo bajo y estanterías de roble, con una mesa al fondo cubierta de un mantel verde, una pila de libros de portada oscura, un tintero de peltre, dos plumas, y, sentada detrás, con un vestido de muselina color crema, el pelo recogido en un moño bajo del que se escapaban dos mechones, una mancha de tinta en el dedo corazón y un vientre redondo, enorme, que descansaba sobre sus rodillas con una dignidad majestuosa, Thea.
Estaba firmando. Levantó la cabeza, le sonrió a una niña de siete años que le tendía un ejemplar con las dos manos, le preguntó cómo se llamaba, escribió algo, sopló sobre la tinta, se lo devolvió.
La niña lo agarró contra el pecho y se alejó dando saltitos, con una cara de felicidad absoluta.
Una mujer joven, de gafas, la siguió. Un anciano con barba.
Un caballero rubicundo de aspecto rural.
Uno detrás de otro, en una fila que bajaba la escalera y se perdía por el pasillo, con sus libros apretados contra el pecho como se aprietan las cosas importantes.
Kit se apoyó en una estantería. No quería interrumpirla. Se quedó mirándola.
Había escrito, en cinco meses, ciento ochenta dedicatorias.
Cada una distinta. A una colegiala que quería ser naturalista le había escrito: No dejes que nadie te diga que es una afición.
A un párroco de Devon: Los escarabajos son más amables que los feligreses.
A un anciano que le había traído, envuelto en un pañuelo, un ejemplar de Dytiscus marginalis disecado en 1782, le había escrito: Gracias por la herencia.
A todos ellos, cuando les devolvía el libro, les decía una frase.
A veces sobre insectos. A veces sobre la vida.
A veces nada, solo una sonrisa. Y cada vez, notó Kit, que los que se alejaban lo hacían con la expresión de haber recibido algo que no sabían muy bien cómo guardar.
—Quince minutos —dijo Pennington, a su espalda.
Kit se sobresaltó.
—No se asuste, milord. Soy yo. —El editor, de pie junto a la estantería, mordisqueaba una pluma—. Llevo un buen rato aquí. Quería ver cómo estaba la cola.
—Es larga.
—Es la más larga de mi vida. Y eso que publiqué a un obispo. —Apartó la pluma—. ¿Sabe lo que me dijo ayer? La señora condesa. Que quería hacer una cuarta edición.
—Lo sé.
—Con láminas nuevas. Tiene dos mil trescientas doce, ya publicadas dos mil, y quedan trescientas. Y ha empezado el segundo tomo. Los coleópteros de Dorset. —Pennington sacudió la cabeza—. Dice que lo tendrá en dos años. Con los niños.
—Con el niño.
—Con los niños. Ha dicho que tendrá gemelos. Tiene un presentimiento.
—Es una mujer racional. No tiene presentimientos.
—Se lo he dicho. Y me ha contestado que no es un presentimiento, es una clasificación. —Pennington resopló, con un bufido que hizo temblar la pluma—. Milord. Se lo dije hace un año, en mi despacho. Que cuidara de ella.
—Lo recuerdo.
—Me alegro de que lo haya hecho. Es una joya. Yo no entiendo de joyas, pero entiendo de libros. —Alzó la vista—. Y de gente que sabe escribir.
—Gracias, Pennington.
—No me dé las gracias. Es negocio.
Se alejó, con la pluma entre los dientes y los hombros encorvados, hacia la escalera.
Kit lo siguió con la mirada. En el rellano, el editor se detuvo, se dio la vuelta y, durante un instante, con una expresión que Kit no le había visto nunca, hizo un gesto con la barbilla, hacia la mesa del fondo, hacia la mujer del vientre redondo. Después bajó. Kit sonrió.
La cola se redujo. Los últimos clientes pasaron, uno a uno, y recibieron su dedicatoria.
Una familia. Un estudiante. Un par de damas que cuchicheaban.
Y al fin, cuando el último se hubo ido y la sala quedó vacía, Thea dejó la pluma en el tintero y se echó hacia atrás en la silla, con una mano sobre el vientre y la otra masajeándose la muñeca derecha, con un resoplido que fue casi un gemido de placer.
—Ciento ochenta y tres.
—Los he contado —dijo Kit.
—¿Llevas mucho rato ahí?
—Desde las once y veinte.
—¿Y no has dicho nada?
—No quería interrumpirte.
Ella sonrió. Fue una sonrisa pequeña, cansada, que le iluminó la cara entera, y Kit sintió que se le contraía algo muy hondo, algo que no se había aflojado en un año y que, sospechaba, no se aflojaría nunca.
Cruzó la sala. Dejó a Bonaparte en el suelo, que se tumbó a los pies de su dueña con un gruñido de placer. Dejó el paraguas contra la mesa. Se agachó delante de ella, con las manos sobre sus rodillas, y apoyó la frente en su vientre.
—Hola —dijo, muy bajo.
—Hola.
—No hablo contigo.
—Ya lo sé. —Le pasó los dedos por el pelo—. Pero te ha oído. Se ha movido.
—¿Sí?
—Tiene tu sentido de la oportunidad.
—Es un excelente rasgo.
—Es un rasgo peligrosísimo. —Se rió—. Ha empezado a dar patadas en el peor momento. Con Pennington delante. Se lo he dicho: son los coleópteros.
—¿Qué ha dicho Pennington?
—Que le parece verosímil.
Kit rió contra su vientre. Después se incorporó.
Sacó del bolsillo del chaleco un volumen pequeño, encuadernado en piel verde, con el lomo ligeramente gastado.
Era su ejemplar. El que había comprado en enero, la primera mañana, con un dependiente que lo había mirado con asombro, y que había llevado consigo a todas partes durante un año, a Larkmoor, a Wiltshire, a Londres, a un banco de Hyde Park, a la cama.
—Quiero que me lo firmes —dijo.
—Ya me lo firmaste tú a mí.
—¿Yo?
—En un papel doblado en cuatro. Tengo dos tuyas de verdad, y veinticuatro de mentira.
—Ya lo sé. Pero este no está dedicado.
—Dame.
Se lo dio. Ella lo abrió por la primera página, la de la dedicatoria impresa, que él se sabía de memoria, y que decía en letras pequeñas y apretadas: A mi marido, que me presentó a un editor y no pidió nada a cambio.
Y a mi madre, que no prometió nada y me lo dio todo.
Pasó la página. Cogió la pluma. La mojó.
Escribió durante un buen rato, con la lengua entre los dientes, concentrada, con un fruncimiento de ceño que a él le dolió de pura ternura. Cuando terminó, sopló sobre la tinta. Cerró el libro. Se lo devolvió.
—No lo leas hasta que llegues a casa.
—¿Por qué?
—Porque me da vergüenza.
—Dorothea Hadley, condesa de Larkmoor, autora de tres ediciones, ¿te da vergüenza?
—Dorothea Wickersham —corrigió ella.
—Dorothea Wickersham, entonces.
—Me da vergüenza —admitió, con las mejillas muy rojas—. A veces. Si es sincero. Es algo que he aprendido de ti.
Kit abrió el libro. No esperó a llegar a casa. Lo abrió por la primera página en blanco, bajo la dedicatoria, donde la letra pequeña, recta, apretada, de una mujer que no ha aprendido nunca a escribir despacio, ocupaba cuatro líneas.
Kit:
No sé cuándo empezó. Creo que con un verbo latino, hace diez años, y creo que lo supe en un balcón, a las once de una noche de junio, cuando me tendiste la mano sin preguntar.
Esta carta no es para nadie. Es solo para que exista.
Te quiero. D.
Se quedó mirando la página.
No dijo nada. No podía. Sintió que se le llenaban los ojos, y que se le cerraba la garganta, y que el corazón, que llevaba un año aprendiendo a latir despacio, se le desbocaba contra las costillas con un galope de potro joven.
Cerró el libro. Lo apretó contra el pecho, con las dos manos, como se aprietan las cosas importantes. Respiró.
—Es otra carta —dijo, con un hilo de voz.
—La veintiséis, en realidad.
—Pensaba que ya habías terminado.
—Nunca se termina. —Sonrió, con los ojos húmedos—. Lo dice la sexta regla.
—La sexta es mi preferida.
—Ya lo sé.
—Dorothea.
—Dime.
—Quiero hacerte una pregunta.
—Pregunta.
—¿Estás despierta?
Thea soltó una carcajada. Se llevó una mano al vientre, con una mueca divertida, porque el movimiento había provocado una patada, y otra, y una tercera, en una sucesión rápida que Kit notó contra la mejilla.
—Del todo —dijo.
—Entonces.
Se arrodilló. Pasó el libro a la mano izquierda. Con la derecha le tomó los dedos, manchados de tinta, y los besó, uno por uno, despacio.
—Te quiero —dijo.
—Lo sé.
—Quería asegurarme de que lo oías.
—Lo oigo. —Se inclinó sobre él, con el vientre entre los dos y los brazos alrededor de su cuello. Le dio un beso en la frente. Otro en la sien. Otro en la boca—. Lo oigo todos los días.
Abajo, en la planta baja de la librería, se oyó el golpe seco de un bastón de ébano contra el suelo de madera, y la voz de lady Octavia, que reclamaba a gritos, con una autoridad que no admitía réplica, que alguien, en nombre de Dios, hiciera el favor de subirles el té.
Bonaparte levantó una oreja.
Ninguno de los dos se movió.