Capítulo 24 #2
—Eso también —dijo él, y le dio otro beso.
La puerta de la habitación azul se abrió con un chasquido de cerrojo.
Thea se quedó parada en el umbral. Había bajado de la torre cansada, con los pies doloridos, un dolor de cabeza leve por culpa del champán y el pelo lleno de pétalos de rosa, que alguien le había arrojado a la salida de la iglesia con demasiado entusiasmo.
Había cenado en la gran sala de Larkmoor Abbey, tras una boda y un día de viaje, entre un coro de felicitaciones, un discurso de Barnaby que había arrancado carcajadas y lágrimas, y la visión inolvidable de una duquesa viuda de ochenta años, con una diadema ladeada, bailando con el obispo de Rochester, que había llegado de improviso en un carruaje alquilado «por si acaso».
Se había despedido de todos. Había subido las escaleras de roble oscuro, con la mano en la de su marido.
Y ahora, ante la puerta de una habitación de paredes de seda azul, con una cama de cuatro columnas y un ventanal abierto al lago, se paró y se echó a reír.
—¿Qué ocurre? —preguntó Kit, a su espalda.
—El cerrojo.
—¿Qué le pasa?
—Funciona.
Se asomó por encima de su hombro. En la puerta de madera clara, junto al picaporte de latón, brillaba una cerradura nueva, de acero reluciente, con una llave puesta en el ojo.
De la llave colgaba un lazo de raso verde.
Y debajo del lazo, atada con un cordel, una tarjeta de visita con una letra enérgica, de rasgos largos y firmes.
Séptimo cerrajero. Funciona. No hace falta ya. O.H.
Kit soltó una carcajada que le sacudió el pecho. Se dobló sobre sí mismo, con las manos en las rodillas, riéndose a gritos, hasta que le saltaron las lágrimas, y Thea, agarrada al marco de la puerta, hizo lo mismo.
—¡Lo ha arreglado! —logró decir él.
—¡Después de 1803!
—¡Trece años!
—¡Doscientas guineas, seguro!
—Es la mujer más... —Se enjugó los ojos—. Es la mujer más maravillosa e insoportable de Inglaterra.
—Es tu abuela.
—Es nuestra abuela.
Se miraron. Se les apagó la risa, muy despacio, hasta quedar en una sonrisa.
Thea tenía las mejillas coloradas, el pelo suelto sobre los hombros, el vestido verde arrugado por el viaje.
Kit, a un paso, con la levita desabrochada, la corbata caída y el pelo revuelto, la miraba con una intensidad que le erizó la piel de los brazos.
—Entra —dijo él.
—¿Yo primero?
—Es tu habitación.
—Es nuestra habitación.
—Ah. —Sonrió—. Eso también.
Entró. Cerró la puerta tras ella, cuando él pasó. Y Thea, de espaldas a la madera, con la mano sobre el pomo de la llave, giró la muñeca.
Clic.
—¿Qué haces?
—Cerrar con llave.
—¿Por qué? No hay nadie.
—No. —Se volvió. Tenía el pulso en la garganta—. Pero me gusta la idea de poder.
Kit la miró. Después, sin decir nada, se quitó la levita y la dejó caer sobre el sillón. Dio un paso hacia ella. Dos. Se detuvo a un palmo, y levantó las manos, y las apoyó a ambos lados de su cabeza, contra la madera, sin tocarla.
—Señora Hadley.
—Señor Hadley.
—Llevo cuarenta y nueve días esperando este momento.
—Los has contado.
—Tengo un cuaderno.
—Es una afición poco romántica.
—Es una afición muy concienzuda. —Bajó la cabeza. Su aliento le rozó los labios—. Y esta noche, Dorothea, no hay nada que lo impida. Ni un baronet. Ni un contrato. Ni una puerta que no cierre. Ni una regla.
—Hay una.
—¿Cuál?
—La sexta.
—Ah. —Sonrió contra su boca—. La sexta es mi preferida.
La besó.
Fue un beso lento, hondo, sin ninguna de las urgencias de otras noches.
Un beso que sabía a champán, a sal y a algo más antiguo, más tibio, un beso de hombre en su propia casa.
Ella le rodeó el cuello con los brazos. Él le puso las manos en la cintura, y después en la espalda, y buscó con los dedos, sin mirar, la fila de las cuarenta y dos presillas.
—No —dijo ella, riendo.
—¿No?
—Cuarenta y dos presillas, Kit. Tardaremos hasta el amanecer.
—Tengo hasta el amanecer.
—Tengo hambre.
—Acabas de cenar.
—Tengo hambre de otra cosa.
—Señora Hadley —dijo Kit, con la voz ronca—, es usted una desvergonzada.
—Me han dicho que tengo mucha.
Se rieron. Él la levantó en brazos, con el vestido, las enaguas y todas las presillas, y ella soltó un grito y se agarró a su cuello.
La llevó hasta la cama. La dejó sobre la colcha de damasco azul, con un cuidado exagerado.
Se arrodilló en el colchón, a su lado, y empezó, muy despacio, con una paciencia teatral, a desabrochar la primera.
—Una.
—Kit.
—Dos.
—Es demasiado lento.
—Es un método.
—Es una tortura.
—Tres.
No tardaron hasta el amanecer. A la presilla veintiocho, Thea se rindió, se incorporó sobre un codo y se desabrochó el resto sola, a tirones, entre risas, mientras Kit protestaba que acababa de arruinar el trabajo de un artesano.
El vestido verde, el de la presentación en la Corte, cayó sobre la alfombra en un charco de seda oscura que alguien, a la mañana siguiente, tendría que recoger con reverencia.
Después no hubo más palabras que las necesarias.
Hubo manos. Hubo bocas. Hubo una piel que ya conocía y que seguía sorprendiéndola, la cicatriz blanca sobre la clavícula, el vello oscuro del pecho, el lunar de la espalda que descubrió esa noche con una carcajada de triunfo.
Hubo una cama de dosel con una colcha que acabó en el suelo, y una vela que se apagó sola, y la luna entrando por el ventanal abierto en un charco de plata sobre el parquet.
Hubo risas, y silencios, y nombres. Y hubo, sobre todo, una lentitud nueva, luminosa, como si el tiempo, después de siete semanas corriendo, hubiera decidido sentarse a mirarlos.