Capítulo 24
—No se casa una de verde —dijo lady Octavia.
—Esta sí.
—Es de mala suerte.
—Es de muy buena suerte. Es el vestido de su presentación en la Corte.
—Y me tropecé con la cola.
—Este no tiene cola.
—Es un detalle favorable —admitió la condesa viuda, y se dejó caer en el sillón de la sacristía con un resoplido de rendición.
La iglesia de Wickersham Court era pequeña, de piedra gris, con una torre achaparrada, un tejado que goteaba por tres sitios y un cementerio con tejos centenarios donde, entre lápidas inclinadas, dormían cuatro generaciones de vizcondes con aficiones diversas.
Thea la conocía de memoria. Había sido bautizada en aquella pila.
Había aprendido a leer en aquel banco, el tercero a la izquierda, con un devocionario de tapas desgastadas y un escarabajo atrapado en un frasco bajo el abrigo.
Había visto enterrar a su madre en aquel rincón, bajo el tejo más viejo, un día de lluvia, a los catorce años, agarrada a la mano de una niña de seis que no entendía por qué todos lloraban.
Había rezado, y se había aburrido, y se había enamorado, sin saberlo, en aquel mismo suelo de losas, de un muchacho desgarbado que se tumbaba en la alfombra de la biblioteca a escuchar cosas sobre élitros.
No había imaginado nunca casarse en ella.
Y sin embargo ahí estaba, de pie en la sacristía, con las manos enguantadas sobre la falda de seda verde, el collar de perlas de su madre al cuello, los pendientes de lady Octavia y un ramillete de campanillas, aplastadas por el viaje, que Walter Finch había insistido en traer desde Kent para ella.
Dolly le había hecho un moño sencillo, sin horquillas, sujeto con una cinta.
La luz que entraba por la ventanita de vidrio emplomado le caía sobre el hombro en rombos de colores.
Fuera, entre el murmullo de la gente que ocupaba los bancos, se oía a un organista de ochenta y tres años que tocaba una pieza que él afirmaba que era de Haendel y que se parecía, de manera sospechosa, a una canción de taberna.
—Estás hermosa —dijo lady Octavia, mirándola desde su sillón—. No te lo repetiré. Soy una vieja de carácter agrio y no suelo repetir cumplidos. Pero estás hermosa.
—Gracias, Octavia.
—Abuela.
—¿Perdón?
—Que me llames abuela. A partir de hoy. —Alzó la barbilla, con un temblor leve en los labios—. Es lo que corresponde. No me hagas repetirlo, hija. Soy una vieja de carácter agrio.
Thea se acercó. Se agachó. La abrazó, con cuidado, por no estropear el turbante de terciopelo negro que se había puesto para la ocasión con una pluma de avestruz de dudoso gusto.
La anciana se dejó abrazar con la rigidez de una estatua.
Después, muy despacio, le puso una mano seca y ligera en la espalda.
—Abuela —dijo Thea.
—Eso. —Se aclaró la garganta—. Bien. Basta. Que se te va a correr el maquillaje.
—No llevo maquillaje.
—Pues que se te va a correr lo que sea.
La puerta se abrió. Era su padre.
Lord Wickersham llevaba una levita azul que no se había puesto desde 1799 y que le sentaba holgada por los hombros, una corbata anudada con una torpeza conmovedora y, por una vez, ningún frasco.
Tenía el pelo blanco peinado hacia atrás con agua.
Tenía los ojos azules enrojecidos. Y sostenía en la mano derecha, con una especie de dignidad desconcertada, una lupa de latón.
—Papá.
—Es la de tu madre —dijo, levantándola—. Me la regaló por nuestro tercer aniversario. Pensé que debía... —Se atascó. Carraspeó—. Pensé que debía estar presente.
—Papá.
—Está lista, ¿verdad? —Se rascó la nariz, miró alrededor, volvió a mirarla—. Dorothea, ¿te he dicho alguna vez que eres la hija de tu madre?
—Un par de veces.
—No es suficiente. —Se acercó. Le tomó las manos—. Tu madre se habría reído mucho, hoy. Se habría reído con ese vestido verde, y con el sombrero de tu tía, y con el perro. Habría dicho que es la boda más absurda de Inglaterra. Y habría llorado todo el tiempo, y nos habría dado vergüenza a todos.
—Seguro.
—Y me habría dicho —prosiguió, con la voz algo entrecortada— que lo hiciera bien. Que tuviera cuidado en el pasillo. Que no me tropezara. Que no me pusiera a hablar de coleópteros con el vicario.
—No lo harás.
—Lo intentaré. —Sonrió con tristeza—. Pero voy a decirle una cosa a Larkmoor, a la salida. Algo sobre un tal Chrysolina. Es inevitable.
—Papá.
—Venga, hija. Vamos. —Le ofreció el brazo—. Nos están esperando.
En el pórtico, las puertas dobles de roble se habían abierto de par en par.
Desde allí, Thea vio la nave entera, estrecha, abarrotada, bañada por un sol de media tarde que entraba a chorros por las ventanas altas.
Vio los bancos llenos de caras. Vio a la tía Winifred, en primera fila, con un tocado de plumas amarillas de dimensiones alarmantes, llorando a mares sobre el hombro de Barnaby.
Vio a Henrietta Cole, de vestido negro, que se sonaba la nariz con estruendo mientras Constance Merrow, a su lado, de amarillo, le daba palmaditas en la mano.
Vio a Ned Harbottle, con la corbata torcida, haciéndole señas con los dos pulgares.
Vio al señor Pennington, al fondo, solo, con una expresión de profundo disgusto y una pluma entre los dientes.
Vio a la duquesa viuda de Aldworth, sentada en el banco de la derecha, junto a un hueco vacío que alguien había reservado para lady Octavia, con un abanico de marfil en la mano, el que costaba trescientas guineas, que miraba hacia atrás con una impaciencia regia.
Vio a Quentin Marsh, mordisqueándose el pulgar.
Vio a un hombre delgado, de aire trapense, con las cejas bajadas por motivos de solemnidad, que debía de ser Pocock.
Vio a Ledbetter, con los ojos fijos en el techo.
Vio a Livvy, junto a Walter, con un vestido azul y un ramo de campanillas igual que el suyo, sonriéndole entre lágrimas, con los dos hoyuelos hondos como pozos.
Y vio, al final de la nave, junto al altar, de pie, con una levita negra, un chaleco de seda gris, el pelo domado con un peine y un perro pug sentado a sus pies con un lazo de raso en el cuello, a Kit.
Estaba de espaldas. Después, como si hubiera sentido algo, se volvió.
Thea lo vio girar. Lo vio ver. Vio cómo se le abría la cara, entera, sin defensas, sin una sola gota de ironía, igual que había visto abrírsele en un balcón, bajo una luna, cuando se arrodilló sobre una piedra que llevaba ciento cincuenta años sin fregar.
Vio que se le llenaban los ojos. Vio que movía los labios, sin sonido, y reconoció las palabras: Estás aquí.
Sí, pensó. Estoy aquí.
—¿Lista? —murmuró su padre.
—Lista.
—Pues adelante.
Y el organista, que se había dormido, despertó con un sobresalto, y se lanzó con ímpetu a una marcha nupcial que se parecía a Mendelssohn tanto como un pug a un caballo.
Caminó por la nave del brazo de su padre, entre los bancos, con el ramillete de campanillas en la mano libre y la mirada fija en un hombre.
Fue un paseo corto. Eran veinte pasos. Y le pareció que, en esos veinte pasos, atravesaba una vida entera: una niña de catorce años con las manos de otra en las suyas; una muchacha de diecinueve en un salón de baile con un vestido que le apretaba; una mujer de veintiséis detrás de una palmera.
Cada paso dejaba algo atrás. Cada paso era más ligero que el anterior.
—¿Quién entrega a esta mujer? —preguntó el vicario, un anciano de voz de flauta.
—Yo —dijo lord Wickersham, con orgullo—. Su padre. Y su madre, que está aquí. En espíritu. Y en una lupa.
Se oyeron risas, y un sollozo, y un estornudo. El vicario, con un parpadeo de desconcierto, asintió. Su padre le dio un beso en la frente y puso su mano, la de ella, en la de Kit.
Kit se la apretó.
—Hola —dijo, muy bajo.
—Hola.
—Estás espléndida.
—Dijiste que no lo dirías.
—No he dicho nada. —Le temblaba la voz—. Es una observación.
—Queridos hermanos —empezó el vicario.
Thea no oyó casi nada de lo que dijo. Oyó la voz del anciano como un murmullo remoto, como un río detrás de una pared.
Oyó su propia voz, serena y clara, que decía «sí, quiero» en el momento adecuado.
Oyó la de Kit, que lo dijo dos veces, porque la primera se le atascó y el vicario tuvo que pedirle que repitiera.
Notó el peso del anillo, un aro de oro sencillo, sin piedras, que él le había comprado en una joyería de Piccadilly y que, según le contó después, había escogido porque se parecía al borde del frasco de tinta roja.
Notó que le temblaban los dedos cuando se lo puso.
Notó, a su espalda, un coro de sollozos que la tía Winifred dirigía como una orquesta.
Y notó, sobre todo, que mientras el vicario hablaba de obediencia, de fidelidad, de bienes y de males, Kit le sostenía la mano, y que con el pulgar, muy despacio, le recorría el hueso de la muñeca.
Una caricia pequeña. Constante. La misma que había hecho una vez, en un salón lleno de gente, con un guante entre la piel de él y la de ella.
—Los declaro marido y mujer —dijo el vicario—. Puede besar a la novia.
—¿Delante del vicario? —murmuró Kit.
—Delante de todos.
—No me atrevo.
—Kit Hadley.
—Hay un obispo.
—No hay ningún obispo. Está en Rochester.
—Es verdad. —Sonrió—. Qué bien.
La besó. Y fue un beso corto, casi casto, sin lengua ni prisa, tibio y lento, de los que se dan en una iglesia, delante de un vicario y de cincuenta invitados, con una mano en la mejilla y otra en la cintura, y fue, para Thea, el beso más hondo de su vida.
Cuando se separaron, el organista, que se había vuelto a dormir, soltó un acorde largo y desafinado.
Alguien aplaudió. Fue lady Octavia. Después la duquesa.
Después todos. Y entre el estruendo, entre las voces, las campanas que alguien había empezado a tocar con entusiasmo irregular desde la torre, y el ladrido ronco y entusiasta de un pug con un lazo al cuello, Thea oyó, a su lado, la voz de Kit, ronca y trémula:
—Señora Hadley.
—Señor Hadley.
—Lady Larkmoor, si quiere ser exacta.
—No quiero ser exacta. Quiero ser feliz.