Capítulo 23 #3
Caminó hacia la puerta con paso medido, sin prisa.
Los lacayos se apartaron. Los invitados abrieron un pasillo.
Kit lo vio avanzar por entre los sillones, con la espalda recta y la cabeza alta, el último hombre de Inglaterra que habría dejado que un salón le viera flaquear.
Pasó junto a lady Octavia. La anciana, sentada en su sillón con el bastón entre las rodillas, lo miró subir los peldaños de la alfombra, y cuando él estuvo a su altura, con un movimiento rápido, casi imperceptible, plantó la contera de ébano sobre la punta de su zapato.
—Ay —dijo Alaric.
—Perdone —dijo lady Octavia, sin apartar el bastón—. Qué torpeza la mía. Es la edad.
—No tiene importancia, milady.
—Dientes bonitos —dijo ella, mirándolo desde abajo con una dulzura aterradora—. Qué pena.
Retiró el bastón. Alaric hizo una inclinación. Salió.
La puerta se cerró tras él con un golpe seco. En el salón quedó un silencio breve, extrañamente profundo, el que sigue a un trueno. Y después, con un estruendo que hizo vibrar los cristales, se desató el caos.
Kit no supo, después, cuánto tiempo pasó.
Hubo abrazos. Hubo lágrimas. Hubo una carcajada histérica de Henrietta Cole, que se había echado en brazos de Constance Merrow y la zarandeaba, gritando algo sobre dientes.
Hubo un lord Pelham arrodillado ante la duquesa, balbuceando disculpas; hubo cuatro caballeros que se pusieron a discutir a la vez, con las caras rojas, quién había sido el primero en desertar; hubo un obispo que, de repente, se había lanzado sobre la mesa de los refrigerios y comía canapés de langosta con una voz triunfal.
Hubo un lord Wickersham, con su frasco, que explicaba a una condesa asombrada que acababa de descubrir un ejemplar de Staphylinus olens debajo de una silla.
Hubo una tía Winifred que lloraba a mares, con las plumas del tocado desparramadas sobre un hombro, repitiendo: «¡Mi sobrina!
¡Mi sobrina, la condesa!». Hubo un Barnaby que se había subido a una mesa de juego para gritar «¡Operación Escarabajo!
». Hubo un Ned Harbottle que lo abrazaba por detrás con tal fuerza que le crujieron las costillas.
Hubo, sobre todo, una mujer alta de vestido verde que lo había agarrado de la mano y lo arrastraba, entre empujones y felicitaciones, hacia una puerta lateral que daba a un pasillo oscuro.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
—A un sitio donde no haya un obispo.
—Hay un balcón al final de ese pasillo. Lo he visto antes.
—Perfecto.
Corrieron. Cruzaron un pasillo estrecho, de paredes forradas de espejos, en los que se reflejó, multiplicada hasta el infinito, una pareja de enamorados despeinados, riendo. Abrieron unas puertas de cristal. Salieron a la noche.
Era un balcón largo, de piedra, con una balaustrada que daba a un jardín oscuro.
Había luna. Había un cielo claro, con una constelación de estrellas, y un viento tibio que movía las ramas de los tilos.
Abajo, una fuente goteaba. Se oía, muy lejos, el murmullo de la orquesta, y más cerca, el rumor de las voces del salón, como un río subterráneo.
Thea se apoyó en la balaustrada. Respiraba con dificultad. Tenía la cara roja, el pelo medio suelto, los pendientes de esmeraldas balanceándose, el collar de perlas torcido. Se volvió hacia él. Estaba riendo y llorando a la vez.
—Dios mío —dijo.
—Lo sé.
—Hemos... lo hemos hecho.
—Lo hemos hecho.
—¡Hemos ganado!
—Hemos ganado. —Kit la tomó por la cintura. La levantó del suelo, girando con ella, y Thea soltó un grito ahogado y se agarró a sus hombros, riendo, con la cabeza echada hacia atrás—. ¡Hemos ganado, Dorothea!
—¡Bájame!
—No.
—¡Kit!
La bajó. La dejó en el suelo muy despacio, sin soltarla, y la miró.
Tenía la frente perlada de sudor, las pestañas mojadas, la boca hinchada de besos.
Respiraba entrecortadamente. Y Kit, con las manos en su cintura y el corazón desbocado, comprendió que en toda su vida no había visto nada tan hermoso.
—Una cosa —dijo ella.
—Dime.
—Antes de que me preguntes lo que vas a preguntarme.
—¿Qué voy a preguntarte?
—Lo sabes perfectamente.
—No sé de qué hablas.
—Kit Hadley.
—Es posible —admitió él, con una sonrisa— que tuviera algo preparado.
—Lo imaginaba. —Dio un paso atrás. Metió la mano en el corpiño, en un gesto rápido, cómico, que hizo que él se atragantara, y sacó de allí un trozo de papel doblado en cuatro.
Pero no era la carta. Era una hoja arrancada de un cuaderno de tapas negras, que desplegó con mucho cuidado—. Tengo unas reglas.
—Dorothea...
—Son seis. He estado trabajando en ellas durante la cena.
—Estabas escribiendo reglas durante la cena.
—Entre el segundo plato y el postre. Con el cuaderno sobre las rodillas. Tu abuela me ha visto y se ha puesto a toser.
Kit se echó a reír. Se pasó la mano por la cara. Se apoyó en la balaustrada, de lado, y cruzó los brazos, con una expresión de absoluta felicidad.
—Escucho.
—Primera. —Se aclaró la garganta. Leyó, con su voz de lectura, clara y seria—. El libro se publica con mi nombre. Dorothea Wickersham. Tal cual. No Larkmoor. No condesa. No una dama de ninguna parte.
—Aceptada.
—Segunda. Pennington no se entera de que lo tuyo es un favor. Si publica, es porque el libro es bueno.
—Aceptada.
—Tercera. —Alzó la vista—. No vuelvo a pasarme veinte días sin hablarte porque no me has dicho una frase. Si hay una frase pendiente, me la dices. Aunque suene mal. Aunque no sea oportuna. Aunque no sirva para nada.
—Aceptada. Con la condición de que tú hagas lo mismo.
—Cuarta. —Sonrió—. Lo mismo.
—Aceptada.
—Quinta. Si hay un problema, lo resolvemos juntos. Ni tú por mí, ni yo por ti. Los dos. Con papel, con lápiz, con el maldito cuaderno.
—Aceptada.
—Sexta. —Dudó. Bajó la vista al papel. Le temblaba la voz—. La sexta es la más importante.
—Dímela.
—La sexta es que no se acaba. Ninguna regla tiene fecha de caducidad. Ninguna.
Kit se quedó muy quieto.
Se separó de la balaustrada. Se acercó. Le quitó el papel de las manos, con mucho cuidado, y lo dobló, y lo guardó en el bolsillo de su chaleco, junto al reloj.
Después se arrodilló sobre la piedra del balcón, con una sola rodilla, en medio de una noche de luna, delante de una fuente que goteaba, con el chaleco torcido, la corbata deshecha y el pelo revuelto.
Le tomó la mano. La levantó. Besó, uno por uno, sus nudillos, despacio, tal como lo había hecho en una tarde de Hyde Park, delante de un hombre de dientes perfectos.
Esta vez no había nadie mirando.
—Dorothea Wickersham —dijo.
—Kit...
—Déjame terminar. Es la única frase que he ensayado de verdad.
Ella se llevó la otra mano a la boca. Asintió.
—¿Quieres casarte conmigo? —Se le quebró la voz—.
No por Livvy. No por la cláusula, ni por Pennington, ni por una lista.
Por ti. Por mí. Por nada más que por ti y por mí.
Quiero despertarme a tu lado. Quiero que me corrijas los verbos.
Quiero ver cómo se publica tu libro, y quiero ver tus dos mil trescientas doce láminas colgadas en una galería con mi nombre en una nota a pie de página que diga «el marido».
Quiero que tengamos un hijo con tus pecas, o una hija, o un perro, o seis. Quiero la sexta regla. Quiero todas.
—Sí —dijo Thea.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Estás segura?
—Kit. —Estaba riendo y llorando—. Levántate. Estás de rodillas sobre un suelo que lleva ciento cincuenta años sin fregar.
—No me importa.
—Levántate y bésame.
Se levantó. La besó. Fue un beso largo, lento, sin testigos ni aplausos, bajo la luna, con el rumor del vals a lo lejos y el murmullo de la fuente.
Ella le rodeó el cuello con los brazos. Él la atrajo contra sí, con una mano en su espalda, con la otra en su pelo, y notó cómo se derretía contra él, con un jadeo de alivio que le vibró en la boca, y pensó que en su vida entera no había habido un solo instante de felicidad que se pareciera a ese.
—Una cosa más —murmuró ella, contra sus labios.
—Dime.
—Livvy está en la pista de baile con Walter.
—¿Walter ha venido?
—Se coló por el invernadero con un ramo de campanillas. Me lo dijo Barnaby.
—Es un joven con recursos.
—Es un joven enamorado.
—Es lo mismo.
—Lo sé. —Sonrió—. Nos ha dado la idea.
—¿Qué idea?
—Bailar. —Se apartó, con los ojos brillantes, y le tendió la mano—. Tenemos una orquesta. Tenemos una noche. Y llevamos siete semanas bailando delante de otros. ¿Quieres que lo hagamos, por una vez, para nosotros?
Kit le tomó la mano. La atrajo hacia sí. Le puso la otra en la cintura.
Bailaron un vals sobre las losas del balcón, entre dos macetones de geranios, bajo una luna enorme, con el rumor de la música lejana colándose por las puertas de cristal.
No hubo público. No hubo Vesey. No hubo reglas.
Ella tenía la cabeza apoyada en su hombro, y él, con la nariz hundida en su pelo, giraba muy despacio, muy despacio, con una sonrisa que no conseguía borrar.
—Respira —dijo ella.
—Estoy respirando.
—Hace medio minuto que no.
—Eso me lo dije yo.
—Es una buena frase.
—Es una frase abusiva —dijo Kit, y la apretó contra sí, y cerró los ojos.