El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Se rió con la boca abierta, con los ojos cerrados, con las lágrimas cayéndole por las mejillas, con las dos manos apretadas contra el pecho, una risa de alivio y de felicidad y de incredulidad, tan abierta que contagió a Barnaby, que se tapó la boca con el puño, y a Ned, que lanzó una carcajada de trueno, y a lady Octavia, que abrió los ojos por fin y golpeó el suelo con el bastón con una expresión de absoluta satisfacción.

—Se suponía —dijo Thea, entre risas, secándose las lágrimas con el dorso del guante— que lo decía yo primero.

—¿Qué?

—Después del baile. Lo había ensayado. Llevo tres días con el discurso. Tenía... —se echó a reír otra vez— tenía una estructura. Introducción, nudo y desenlace. Había una parte sobre los escarabajos.

—Te adelanté.

—Me adelantaste.

—Mi abuela me dijo que lo hiciera en el peor momento.

—Es lo que hay que hacer —dijo lady Octavia, desde su sillón, con voz de hierro—. Lo ha hecho perfectamente. Exactamente como le dije.

—Gracias, abuela.

—No me des las gracias. Dale un beso a la muchacha.

—No me atrevo —dijo Kit, sinceramente—. Hay un obispo.

—El obispo —dijo el obispo, con una voz que sonaba extrañamente tomada— está encantado.

Thea lo miró.

Dio un paso hacia él. Después otro. Le puso las dos manos en las solapas del frac, y él notó que le temblaban, y que ella tenía la cara surcada de lágrimas y las mejillas del color de una amapola, y que sonreía de una manera que no había visto jamás, una sonrisa abierta, entera, sin pliegues ni excusas.

—Yo también —dijo.

—¿Tú también qué?

—Te quiero. —Se puso de puntillas—. Desde un verbo latino.

Desde un bombón de Gunter. Desde un hombre que dormía de pie.

Y no es una táctica. Y no arregla nada. Y ya lo sabía en el sillón de orejas, cuando escribiste que habías estado más cerca de decir una verdad en público. Ya lo sabía en una capilla, mojados.

—Cállate y bésame —dijo él.

Ella lo hizo. Fue un beso cálido, salado de lágrimas, largo, sin ninguna prisa, delante de una duquesa, de un obispo y de veinte testigos, y fue el único de los besos de Kit Hadley, conde de Larkmoor, que recibió un aplauso.

Al principio fue tímido, el de lady Fanshawe y el de la tía Winifred, pero se fue extendiendo, y ganó fuerza, hasta que el salón entero se llenó de palmas y de voces y de la risa de lord Wickersham, que decía, a gritos, a nadie en particular: «¡Sabía que era buen chico! ¡Supo identificar un Dytiscus!».

—Señoras y señores —dijo la duquesa, golpeando el suelo con el abanico—. Señoras y señores, un poco de compostura. Tenemos asuntos que resolver.

Se hizo el silencio. Thea y Kit se separaron, ruborizados, sin soltarse las manos.

La duquesa viuda de Aldworth, de pie junto a la chimenea, con los ojos azules más brillantes de lo habitual y los labios apretados para ocultar una sonrisa que no engañaba a nadie, se volvió hacia el centro del salón.

—Sir Alaric.

Alaric no se había movido.

Seguía de pie en el centro de la alfombra, con las manos a la espalda y el rostro serio, y Kit, que lo miraba con rabia fría, como se contempla a un animal acorralado, vio que la sonrisa había desaparecido.

No de golpe. Poco a poco, durante los últimos cinco minutos, había ido deshaciéndose, como una máscara de cera cerca de una llama, y debajo no había nada.

Ni furia, ni miedo. Una superficie lisa. Una mirada de un azul sin fondo.

—Señora duquesa —dijo.

—Hemos oído a las damas. Hemos oído a los caballeros. Hemos oído, por una vez, una confesión sincera, cosa que en esta casa no se oye desde la regencia de Jorge, el príncipe. —La duquesa se detuvo—. Quiero preguntarles qué opinan. Monseñor.

—¿Yo? —El obispo de Rochester se puso de pie con dificultad, con la servilleta todavía en la mano—. Señora duquesa, yo... soy hombre de paz. Me cuesta mucho condenar. Pero...

—Diga, monseñor.

—La señorita Wickersham ha mentido —dijo el obispo, despacio, con voz muy grave—.

Es verdad. Ha inventado una promesa. Es una travesura.

Una travesura piadosa, por una causa justa.

La he visto cometer, en mi vida, cosas peores por motivos peores.

Y la ha confesado, en voz alta, ante todos nosotros, sin que nadie se lo pidiera, sin esperar otra cosa que la verdad.

—Se volvió hacia Alaric—. Usted, señor, ha cometido una cosa distinta.

No es una travesura. Es un pecado. Y lo ha cometido con sistema, con constancia y con la mayor cortesía.

Eso, a mi edad, me parece mucho más grave.

Se sentó. Estaba muy pálido.

—Gracias, monseñor —dijo la duquesa—. ¿Alguien más?

Hubo un silencio. Después, en el fondo del semicírculo, una figura delgada, de dientes salientes y cabello ralo, se levantó con las manos temblorosas.

—Yo —dijo lord Pellew.

—Cuthbert.

—Yo... —Se pasó la lengua por los labios—. Yo dije lo del criado. De la señorita Cole. En casa de los Waverley. Me pidió sir Alaric que lo dijera. No me lo pidió directamente. Me dijo... me insinuó que, si lo hacía, mi deuda sería... más llevadera.

—¡Pellew! —dijo Alaric, por primera vez con una nota de frío en la voz.

—Lo siento, Vesey. —Los ojos de Pellew se llenaron de lágrimas—. Lo siento mucho. No puedo más. Llevo un año sin dormir. Todas las noches sueño con esa muchacha. Con la señorita Cole. No me importa lo que me pase. Es una vergüenza. Es una vergüenza.

—Cuthbert —dijo lady Aldershaw, con una voz sorprendentemente suave—, siéntese, hijo. Ya está dicho.

Pellew se sentó. Se tapó la cara con las manos. Los hombros le temblaban.

Y entonces, con un ruido de sillones que se movían, ocurrió algo que ni Thea ni Kit habían previsto.

—Yo también —dijo Duxbury.

Era un joven rubio, de gesto nervioso, que se levantó de un salto, tropezando con la alfombra.

—Fue lo de Rosamund Ellery. En una cena de gala. Me lo pidió con una sonrisa. Pensé que no tenía importancia.

—Yo —dijo Bligh, con la voz ronca.

—Y yo —dijo uno de los hijos de Fanshawe.

—Y yo.

—Y yo.

Se alzaron voces, de aquí y de allá, de rincones del salón que Kit ni siquiera había notado.

Una docena de hombres, quince, veinte, se pusieron de pie, uno tras otro, en un oleaje desordenado, con las caras rojas y los ojos bajos, murmurando frases a medias, confesiones, deudas, promesas, vergüenzas.

Lord Pelham, con las mejillas del color de la ceniza, se levantó el último, con las manos vacías extendidas.

«Siete mil», dijo. «Siete mil libras. Y no me ha pedido nunca nada.

Pero lo he sabido siempre». Barnaby, a espaldas de Kit, murmuró algo que sonó a «Dios santo».

Alaric no se movió.

Estaba solo en el centro de la sala, rodeado de caras que ya no lo miraban con temor, sino con una especie de pesadumbre colectiva, y Kit comprendió, con una lucidez pasmosa, que aquel hombre había construido su poder, su imperio, su sonrisa, sobre un único cimiento: el silencio de los demás.

Y que ese cimiento acababa de venirse abajo, sin estruendo, sin violencia, con una docena de voces diciendo, una a una, lo que habían callado durante diez años.

—Veintinueve caballeros —dijo, con una voz que era apenas un hilo, y que de pronto sonó vieja—. Van a creer a una entomóloga.

—Sí —dijo el obispo.

—Sí —dijo lord Pelham.

—Sí —dijo la duquesa viuda de Aldworth.

Dio un paso al frente. Se detuvo a un metro de Alaric, alta como una espada, con la diadema de brillantes centelleando bajo la luz de las velas, y lo miró desde arriba, con los ojos más fríos que Kit había visto jamás.

—Sir Alaric Vesey —dijo—. Durante diez años ha sido usted el huésped más estimado de esta ciudad.

Se le han abierto todas las puertas. Se le han ofrecido todas las sonrisas.

Y yo misma, que no me engaño con facilidad, le he invitado a mi casa cinco veces.

—Hizo una pausa—. Me ha hecho usted pasar mucha vergüenza.

—Señora duquesa...

—No he terminado. —Alzó el abanico—. A partir de esta noche, no será usted recibido en esta casa.

Ni en la de lady Octavia Hadley, ni en la del señor obispo, ni en las de ninguna de las personas que están hoy en esta sala.

Y de la misma manera, ninguna casa que desee ser recibida en la mía le abrirá la puerta.

Londres es un lugar muy pequeño, sir Alaric.

Y su cortesía, que tantas puertas le abrió, es hoy el único equipaje que le queda.

—Sonrió con una sonrisa glacial—. Le deseo un excelente viaje a Lincolnshire.

Hubo un silencio.

Alaric levantó la cabeza. Se alisó los puños del frac, uno y otro, con serenidad inalterable, como si se dispusiera a abandonar una fiesta que ha dejado de ser amena.

Miró a su alrededor, a los veinte rostros, a Pellew sollozando en su sillón, a Henrietta, de pie, con la barbilla alta y los ojos brillantes, a Constance, que le sostenía la mirada sin pestañear. Se detuvo en Thea.

—Señorita Wickersham —dijo.

—Sir Alaric.

—Es usted una mujer muy peligrosa.

—Soy entomóloga —dijo Thea—. Es distinto.

—Lo noto. —Una sonrisa fina, helada, que era lo único que le quedaba—. Mis felicitaciones. Ha sido una cacería notable.

—No ha sido una cacería. Ha sido una clasificación.

—¿Hay diferencia?

—Mucha. —Lo miró con una calma que a Kit le pareció la cosa más hermosa del mundo—. En una cacería, se mata al ejemplar. En una clasificación, se le pone un nombre y se le deja ahí. En una vitrina. Para que todos lo vean.

Alaric la contempló un largo instante. Después, con una inclinación de cabeza perfecta, impecable, dirigida a ella, a Kit, a la duquesa y a ninguno de ellos, dio media vuelta.