El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 23
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Capítulo 23

Kit había visto a Dorothea Wickersham saltar una valla a horcajadas, plantarse ante una condesa viuda sin pestañear y rechazar a un editor con una dulzura capaz de congelar el Támesis, pero nunca, hasta ese instante, la había visto ponerse de pie en medio de veinte testigos y decir una verdad que no le convenía.

—Es cierto —repitió ella.

Su voz no tembló. Tenía las manos a los costados, la barbilla alta y las mejillas encendidas, y había en su postura una rigidez de columna que a Kit le oprimió el pecho.

Sintió el impulso de levantarse. De decir algo, lo primero que se le ocurriera, cualquier frase con la que arrebatarle aquel peso.

Pero se contuvo. Algo en la espalda recta de ella, algo en el ángulo de su cuello, le dijo con toda claridad que ese momento era suyo y que quitárselo sería la peor de las traiciones.

—Mentí —dijo Thea—. Hace siete semanas, en una terraza de lady Marchbanks. Sir Alaric había acorralado a mi hermana pequeña junto a una balaustrada, y yo estaba detrás de una palmera.

Alguien rió. Fue una risa breve, nerviosa, que se ahogó enseguida.

—No es una forma poética de hablar. Estaba literalmente detrás de una palmera.

Se me cayó encima del parqué. —Respiró—.

Le pedí a sir Alaric que dejara en paz a mi hermana, y me dijo que tenía el permiso de mi padre, y entonces, en un arrebato de pánico, inventé una promesa.

Dije que mi madre se la había hecho jurar a mi padre en su lecho de muerte.

No era verdad. Mi madre murió de unas fiebres, a los treinta y siete años, y en su último mes dijo muchas cosas prácticas y ninguna parecida a eso.

Lo inventé en cuatro segundos. Con una limonada en la mano.

—Señorita Wickersham —dijo la duquesa—. ¿Desea sentarse?

—No, señora duquesa. Gracias. Prefiero decirlo de pie.

—Como guste.

—Después, cuando sir Alaric me preguntó quién era mi pretendiente, porque yo había dicho que tenía uno, miré a mi alrededor y busqué a la primera persona que viera.

—Se llevó la mano al collar, sin darse cuenta—.

Había un lacayo. Había un marqués dormido.

Y había un conde que dormía de pie junto a una columna.

Y dije su nombre. Sin consultarlo. Sin avisarle.

Sin ninguna razón, salvo que no había nadie más.

Ahora sí hubo risas. Un rumor cálido, más generoso, que recorrió el semicírculo. Lady Octavia, en su sillón, tenía los ojos cerrados y los labios apretados para no sonreír.

—Y lord Larkmoor —continuó Thea— se despertó.

Y miró a su alrededor. Y vio a una mujer que le pedía auxilio con los ojos.

Y, sin conocer el motivo, sin hacer una sola pregunta, me tendió la mano.

Mintió conmigo. Porque pensó que alguien lo necesitaba.

—Se volvió un poco, y por primera vez lo miró.

Fue una mirada muy breve—. Es la persona más amable que he conocido. Lo digo en serio.

Kit sintió que se le cerraba la garganta.

—Así que sí —dijo ella, volviéndose hacia Alaric—.

Mentí. Inventé una promesa. Y inventé un cortejo.

Y cuando usted exigió pruebas del cortejo, mentí otra vez, y escribí, junto con lord Larkmoor, veinticuatro cartas de amor, de noche, en una biblioteca, con té frío y ceniza para que parecieran viejas.

Se oyó una exclamación de lady Fanshawe, que se abanicaba a toda velocidad.

—No me avergüenzo —dijo Thea—. O sí, un poco.

Pero no por lo que usted cree. —Dio un paso hacia él—.

Hay una diferencia, sir Alaric, entre mi mentira y la suya.

La mía no ha hecho daño a nadie. Al contrario: protegió durante siete semanas a una muchacha de dieciocho años de un hombre que no acepta que le digan que no.

Era una mentira pequeña, torpe, inventada por una mujer asustada con una limonada en la mano. Y la suya...

Se detuvo. Miró a Henrietta, a Constance, a la anciana lady Aldershaw. Respiró.

—La suya la han pagado cuatro mujeres. Una con su vida.

Nadie habló.

Alaric la miraba con una expresión que Kit no sabría describir. No era rabia. No era sorpresa. Era algo más frío: la atención de un hombre que ha visto entrar una pieza en el tablero con una forma que no esperaba.

—Qué elocuencia —dijo, al fin—. Y qué franqueza.

Se lo agradezco, señorita. Y a ustedes, señoras y señores, les ruego que tomen nota de lo que acaban de escuchar.

Una confesión. Pública y voluntaria. De una dama que ha engañado a la sociedad entera con un compromiso falso.

—Se volvió hacia el semicírculo, abriendo las manos con un gesto de profunda pena—.

Yo no la juzgo. Es comprensible. El amor por una hermana.

Pero me parece, con todo respeto, que quien miente de esa manera no está en condiciones de acusar a nadie.

Hubo un murmullo. Kit vio cómo algunas cabezas se inclinaban, cómo se cruzaban miradas dudosas, cómo la sala, que hacía un minuto estaba entera de su lado, se agrietaba, por un segundo, en un lugar imperceptible.

Fue entonces cuando se puso de pie.

No lo había decidido. Se levantó con las manos sudadas, con las rodillas ligeramente flojas, con una tos nerviosa que le subió por la garganta y que tuvo que tragarse.

Y sintió, mientras daba un paso hacia el centro de la alfombra, la mirada de su abuela, de cuarenta ojos, de una duquesa, y de una mujer alta de vestido verde que se había girado hacia él con los ojos muy abiertos.

—Es verdad —dijo.

Se hizo el silencio.

—Es verdad todo lo que ha dicho. —Se detuvo junto a Thea.

No la tocó—. Que mintió, que yo mentí con ella, que las cartas las escribimos de madrugada, con un hervidor de té derramado sobre una alfombra de mi abuela.

Que Bonaparte se comió el borrador de la número siete.

—Alguien soltó una carcajada—. Fue una farsa.

Una farsa con reglas, escrita en un cuaderno, con una cláusula, la cuarta, que establecía que no debía haber contacto innecesario.

—¡Kit! —dijo Thea, en un susurro mortificado.

—Es parte de la historia.

—No es parte de la historia.

—Lo es. —Le sonrió. Se volvió hacia el semicírculo—. Era un trato. Un cortejo falso, de seis semanas, con fecha de caducidad, para que ella protegiera a su hermana y yo evitara a una abuela con una lista de esposas.

—¡Once nombres! —dijo lady Octavia, desde su sillón, con los ojos todavía cerrados—. ¡Con anotaciones!

—Gracias, abuela.

—De nada.

—Era un trato —repitió Kit, y esta vez la voz se le quebró un poco—. Y habría terminado el último día de la temporada, con una despedida elegante y mi corazón destrozado, que me iba a retirar al campo a escribir poesía mala. Eso era lo previsto. Pero...

Se interrumpió. Tragó saliva. Le temblaban las manos y se las metió en los bolsillos.

—Pero hubo un día —dijo— en que dejó de ser una farsa.

Nadie se movió.

—No puedo decirle el día exacto. Creo que fue en una iglesia hace dos veranos, con un sombrero azul.

Creo que fue en un jardín, cuando me corrigió un verbo latino.

Creo que fue en un balcón, a las once de una noche de junio, cuando una mujer me dijo que era un imbécil de proporciones históricas y que había dicho mi nombre porque no había nadie más.

—Sonrió, y la sonrisa le salió torcida, con un temblor—.

No lo sé. Solo sé que hace casi un mes, en una biblioteca de Kent, escribí una carta.

No para Vesey. No para nadie. Una carta que no estaba en ninguna lista.

Notó que Thea, a su lado, había dejado de respirar.

—Y no se la di. Porque pensé que iba a parecer lo que no era.

Una táctica. Una solución. Un modo de arreglar un problema con una frase bonita.

—Se pasó una mano por el pelo—. Y mi abuela me dijo que si esperaba a decirlo hasta que no sirviera para nada, nunca iba a decirlo.

Que tenía que decirlo en el peor momento.

En el más inoportuno. En el menos conveniente.

Se volvió hacia ella. Por fin. Había pasado diez minutos sin mirarla, porque sabía que si lo hacía le fallaría la voz.

Thea lo miraba con los ojos muy abiertos y muy brillantes. Tenía la boca entreabierta. Las lágrimas no habían caído todavía, pero estaban ahí, en el borde, en las pestañas, y a la luz de las velas parecían pequeñas lámparas.

—Este es el peor momento de mi vida —dijo Kit—.

Delante de veinte personas, una duquesa, un obispo, un hombre al que quiero romperle la nariz y una abuela que ha venido a mirarme.

No puede haber un momento menos oportuno ni más lleno de motivos para que no me creas.

—Respiró—. Pero te lo dije hace dos noches, mientras dormías.

Y me dejaste una nota. Y me pediste que te lo dijera cuando estuvieras despierta.

—Kit —susurró ella.

—¿Estás despierta?

—Sí.

—¿Del todo?

—Del todo.

—Entonces. —Tragó saliva—. Dorothea Maud Wickersham, te quiero.

No es una táctica. No es una solución. No arregla nada.

No hay ningún contrato que se resuelva con esto, ni ninguna lista que se archive, ni ninguna hermana que se salve.

Es solo que te quiero. Desde un verbo latino.

Desde un sombrero azul. Desde antes de saberlo.

Y no sé cómo vivir sin ti, y me da mucho miedo, y no me importa que lo oiga nadie.

Se hizo un silencio absoluto.

Fue un silencio tan largo que Kit llegó a oír, a lo lejos, a través de las dos puertas de caoba, el vals que tocaba la orquesta de la duquesa.

Le dio vueltas a la cabeza. Le sudaban las palmas.

Se preguntó, con una claridad absurda, si debía haber elegido otro momento, si debía haber esperado, si debía haberlo dicho en una terraza, en un jardín, en una cama, en cualquier lugar en el que no hubiera un obispo con una mancha de salsa en la corbata.

Entonces Thea se echó a reír.