El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Señora duquesa —dijo, con la voz perfectamente calmada—. Me parece que he sido muy paciente. Pero esto, con todo respeto, no es una conversación. Es un tribunal. Y yo no tengo ni abogado ni defensa.

—Tiene la palabra.

—¿Cómo?

—Defiéndase.

—Con mucho gusto. —Alaric se puso de pie.

Se alisó los puños del frac. Miró a su alrededor, a los veinte rostros, con una expresión de dolor contenido que habría hecho llorar a un jurado—.

Querría decir, en primer lugar, que me duele profundamente esta situación.

Que siempre he procurado comportarme con la mayor caballerosidad.

Que tres de estas damas, a quienes tuve la desgracia de ofrecer mi mano en circunstancias que ellas consideraron inoportunas, han sufrido, me consta, una gran decepción.

Y que es comprensible, muy comprensible, que busquen un culpable.

Pero ¿qué hay, señora duquesa, en todo esto?

Una carta de cortesía. Un puñado de rumores.

Y unas historias contadas por personas con motivos evidentes de resentimiento.

—Hay una lista —dijo una voz.

Era Quentin Marsh.

Se había levantado, con su frac prestado, los anteojos torcidos y un manojo de papeles en la mano. Estaba muy pálido, y le temblaba la barbilla. Pero habló con una claridad sorprendente.

—Hay una lista de treinta y dos caballeros. —Se subió los anteojos—. A los que sir Alaric ha prestado dinero en los últimos diez años. Sin intereses, sin documentos formales, solo con pagarés. Los he podido comprobar. Veintinueve están en este edificio esta noche.

Se oyó un murmullo.

—Lord Pellew. Cuatro mil libras. Mr. Duxbury. Tres mil doscientas. Mr. Wentworth Bligh. Mil novecientas. —Pasó una hoja—. Lord Pelham, siete mil.

—¡Marsh! —exclamó lord Pelham, con voz estrangulada.

—Y otros veintiocho. Con sus cantidades.

Sus fechas. Y las fechas, señora duquesa, son lo importante.

Porque en cada uno de los cuatro casos, el rumor contra la dama rechazada fue iniciado, en una fecha comprendida entre cuatro y treinta días después de la negativa, por un caballero de esta lista.

Cuatro damas. Cuatro deudores. Cuatro cartas, cuatro regalos, cuatro rumores. En el mismo orden.

—Es una casualidad —dijo Alaric.

—¿Cuatro veces?

—La sociedad es pequeña. Los caballeros hablan. Es natural que los nombres de unas pocas personas se repitan en distintas conversaciones.

—No son conversaciones —dijo Thea.

No había pensado levantarse. Se descubrió de pie, sin haber decidido nada, con las manos a los lados, el vestido verde alrededor de las piernas y el collar de perlas ligero sobre el cuello. Sintió la mano de Kit rozarle la muñeca, un segundo, un apoyo. Después la soltó.

—Señorita Wickersham —dijo la duquesa.

—Con su permiso, señora duquesa.

—Adelante.

Thea dio tres pasos. Se detuvo en el centro de la alfombra, entre Alaric y la chimenea, y sintió que veinte pares de ojos se le clavaban en la espalda.

Sintió el corazón. Sintió, extrañamente, una calma muy honda, la que le había enseñado la lupa de su padre: la de mirar una cosa pequeña, con mucho cuidado, durante mucho tiempo, hasta que deja de dar miedo.

—Soy entomóloga —dijo.

Hubo un silencio perplejo.

—Aficionada, por ahora. Llevo catorce años clasificando especies.

Y lo primero que se aprende, cuando se clasifica, es que un solo ejemplar no es una especie.

Un ejemplar es una rareza. Dos, una coincidencia.

Tres empiezan a ser un patrón. Pero cuando hay cuatro, señoras y señores, cuando hay cuatro individuos que comparten los mismos rasgos, los mismos hábitos, el mismo hábitat y el mismo ciclo vital, entonces ya no tienen ustedes una casualidad. Tienen una especie.

Se volvió hacia Alaric.

—Género: Alaricus. Especie: vesey. Hábitat: los salones de Londres y Lincolnshire.

Alimentación: reputaciones ajenas. Se reconoce a simple vista por la dentadura y la amabilidad.

Es de hábitos nocturnos en la medida en que prefiere actuar a través de terceros.

Su ciclo vital incluye cuatro fases. Primera: el regalo caro.

Segunda: la propuesta. Tercera: la negativa, que ocurre siempre, porque la presa es inteligente.

Cuarta: la carta de cortesía, seguida del rumor.

—Hizo una pausa—. Hay ejemplares más peligrosos. Pero pocos tan sistemáticos.

Alguien, en el fondo, rió. Un sonido corto, nervioso, que cortó la exclamación de otro. El obispo de Rochester se había quedado con la boca abierta. La duquesa, junto a la chimenea, tenía los labios apretados en una línea tan fina que parecía haber desaparecido.

—Es una comparación muy ingeniosa —dijo Alaric. La voz se le había endurecido, apenas, un grado—. Pero me temo que no constituye una prueba.

—No. —Thea lo miró—. Pero me ha parecido que merecía un nombre.

—Y yo digo que todo esto es una invención.

—Se volvió hacia el público, abriendo las manos—.

Una invención tejida por una mujer con un interés personal evidente.

¿Qué gana la señorita Wickersham, señoras y señores, con esta pantomima?

Proteger a su hermana. Evitar que su familia cumpla un compromiso legítimamente contraído.

—Metió la mano en el bolsillo interior de su frac y sacó un pliego doblado en tres—.

Tengo aquí, señora duquesa, un contrato firmado y sellado por el vizconde Wickersham, que autoriza el compromiso de su hija menor conmigo.

—Lo conocemos —dijo Barnaby, desde atrás.

—Entonces sabrán que lleva la firma del propio vizconde.

—Es cierto —dijo lord Wickersham.

Todos se volvieron.

Su padre se había puesto de pie. Con la corbata torcida, el pelo blanco revuelto y el frasco de cristal en la mano, parecía un pajarillo desorientado. Pero cuando habló, lo hizo con una voz mucho más firme de lo que Thea había esperado.

—Es cierto que lo firmé. Me sirvieron oporto.

Yo odio el oporto. No leí lo que firmaba.

Estaba pensando en los Staphylinidae. Soy un hombre despistado, señora duquesa, no un hombre sin honor, y he cometido el error de confiar en un caballero que me hablaba con mucha simpatía de coleópteros.

—Hizo una pausa—. Mi hija menor no se casará con él.

Ni con él ni con nadie a quien no quiera.

—Un contrato es un contrato —dijo Alaric.

—No si se firma con engaño. Lo dice el señor Marsh. —Lord Wickersham asintió con un gesto solemne—. Además, la cláusula octava es una absoluta tontería. Mi esposa Evelyn jamás prometió nada parecido. Es una cosa que ni se me habría ocurrido. Ella decía que cada uno se casa cuando le da la gana.

Silencio.

Fue un silencio extraño, breve, un silencio en el que Thea oyó, con una nitidez cruel, el reloj de bronce sobre la repisa, y el roce de una falda, y la respiración entrecortada de la tía Winifred.

Su padre se sentó. Lo hizo con aire satisfecho, como si acabara de pronunciar una verdad irrefutable, y no se dio cuenta, no se dio cuenta en absoluto, de lo que acababa de hacer.

Alaric, sí.

Thea lo vio. Lo vio en el rostro, en esa mínima contracción de la comisura que ya conocía y que, esta vez, se estiraba en una sonrisa lenta, genuina, victoriosa.

Alaric Vesey levantó la cabeza. Miró a Thea.

Y en sus ojos de un azul frío, por primera vez en toda la noche, brilló una cosa que se parecía mucho a la alegría.

—Vaya —dijo, con una suavidad deliciosa—. ¿Su esposa jamás prometió nada parecido?

—Jamás —confirmó lord Wickersham, con orgullo.

—Qué interesante. —Alaric se volvió hacia el semicírculo, hacia los veinte rostros, hacia la duquesa—.

Porque mi única información sobre esa promesa, señoras y señores, me la dio la propia señorita Wickersham.

En una terraza, en casa de lady Marchbanks, hace siete semanas.

Me aseguró, con gran convicción, que su difunta madre había hecho prometer a su padre, en su lecho de muerte, que las hijas se casarían por orden de edad.

Y ahora su propio padre me dice que esa promesa jamás existió.

Se giró hacia Thea. Sonrió.

—Entonces la señorita Wickersham mintió.

Nadie respiraba.

—Mintió a un caballero. Mintió a su familia.

Mintió a lord Larkmoor, y a todos nosotros, al anunciar un cortejo del que nadie había oído hablar, y que ahora, al parecer, tenía fundamento en una promesa inexistente.

—Se encogió de hombros, con una pena exquisita—.

Es una lástima. Una gran lástima. Porque si la señorita Wickersham ha inventado una promesa, ¿qué otras cosas habrá inventado?

¿Un cortejo? ¿Unas cartas? ¿Una historia de dos años de correspondencia?

—Sir Alaric —dijo la duquesa.

—Y es esta misma señorita, señora duquesa —prosiguió él, sin alzar la voz— la que, hace unos minutos, nos ha clasificado a todos con una elocuencia notable.

La que nos pide que creamos a tres damas sobre la palabra de una mujer que, según sus propias palabras, no ha dicho en toda la temporada una sola verdad.

Se detuvo. La sonrisa se le agrandó.

—Pregúntele, señora duquesa. Pregúntele a la señorita Wickersham si mintió.

Veinte cabezas se volvieron hacia ella.

Thea no se movió. Sintió que el calor le subía por el cuello, por las mejillas, hasta la raíz del pelo.

Sintió las manos heladas. Sintió, a su espalda, el silencio de Kit, que no se había levantado, y de Barnaby, y de su padre, que la miraba con la boca ligeramente abierta, empezando a entender.

Sintió la carta, doblada en cuatro, contra la piel del pecho.

Pensó en una terraza. En una limonada tibia. En una palmera de porcelana azul.

Pensó que había dos formas de salir de aquello.

Una, la fácil, la que ya conocía de memoria: inventar.

Otra mentira, mejor que la anterior. Una explicación ingeniosa, una frase brillante, una cosa pequeña con la que cubrir la grieta.

Había pasado doce años de su vida arreglando lo que se rompía. Sabía hacerlo con los ojos cerrados.

Y la otra era no hacerlo.

—Es cierto —dijo.