Capítulo 22
El salón de juego de Aldworth House era una sala de techo bajo y ventanas cubiertas por cortinajes de terciopelo verde, con seis mesas de caoba dispuestas en torno a una chimenea de mármol, un reloj de bronce sobre la repisa y un silencio que Thea, al entrar, encontró casi tangible.
Habían apartado las mesas hacia los rincones.
En el centro, sobre una alfombra persa de dibujos rojos y azules, la duquesa había colocado media docena de sillones de brocado en semicírculo, y en ellos se acomodaban, con rigidez de testigos que ignoran la naturaleza del acontecimiento pero presienten su importancia, los veinte invitados que ella misma había escogido.
Thea los fue reconociendo uno por uno, con una lucidez cegadora, la misma que se tiene en un campo de batalla antes del primer disparo.
El obispo de Rochester, con la servilleta todavía en la mano y una mancha de salsa en la corbata.
Lady Fanshawe y su marido. Lord Pelham, con las mejillas mucho más pálidas de lo habitual y un temblor visible en las manos.
Una anciana de cabello blanco y bastón, que dormitaba apoyada en una cuña de cojines.
Un par de condes que Thea no conocía. Dos damas con turbantes.
Un coronel de la Marina. El duque de Cranmer, que bostezaba sin disimulo.
Y de pie, junto a la chimenea, con las manos a la espalda y una expresión de serenidad mineral, la duquesa viuda de Aldworth.
—Cierren las puertas —dijo.
Los lacayos las cerraron. El ruido sordo de la madera reverberó en la estancia como un golpe de martillo.
Thea ocupó su sitio en un extremo del semicírculo, junto a Kit.
Él se había sentado a su lado sin una palabra, y ella notó, con alivio y con vértigo a la vez, el roce de su rodilla contra la suya, a través de las capas de seda y de lana.
Detrás de ellos estaban Barnaby y Ned, de pie, con los brazos cruzados.
Su padre, en un sillón cercano, sostenía en el regazo un frasco de cristal con un escarabajo que alguien le había permitido conservar.
La tía Winifred, a su derecha, se abanicaba con una violencia que amenazaba con producir un huracán.
Y en el extremo opuesto, instaladas en dos sillas de respaldo recto, con la espalda erguida y las manos entrelazadas sobre las rodillas, una vestida de negro y otra de amarillo, Henrietta Cole y Constance Merrow.
Faltaba alguien.
—Que pase sir Alaric Vesey —dijo la duquesa.
Se abrió una puerta lateral. Un lacayo se inclinó. Y entró Alaric.
Se detuvo en el umbral. Contempló el salón.
Contempló los veinte rostros vueltos hacia él, las dos damas del fondo, la chimenea, la alfombra, a la duquesa.
Y Thea, que lo observaba con una atención de entomóloga, advirtió que su sonrisa, esa sonrisa perfecta, de dientes iguales y bondad estudiada, no cambió.
No cambió en absoluto. Pero algo se movió, muy hondo, detrás de los ojos, una ligera contracción, como el parpadeo de una criatura que ha olido el peligro y decide, con la sangre fría de los depredadores, no huir.
—Señora duquesa —dijo, con una reverencia impecable—. Me honra su invitación. Confieso que no esperaba una reunión tan... íntima.
—Siéntese, sir Alaric.
—Con mucho gusto.
Se sentó. Había un sillón vacío, justo en el centro del semicírculo, delante de la chimenea, y se acomodó en él con un movimiento fluido, cruzando una pierna sobre la otra, dejando que la mano izquierda descansara sobre el brazo del sillón. No parecía un acusado. Parecía el invitado de honor.
—Es una velada deliciosa —comentó—. Una orquesta excelente. Un champán soberbio. Si me permite una sugerencia, señora duquesa, los canapés de langosta...
—Sir Alaric.
—¿Sí, señora duquesa?
—Cállese.
Hubo una pausa. Alguien contuvo una carcajada. Alaric inclinó la cabeza, con una sonrisa que, por primera vez, tuvo en la comisura una arruga ligeramente forzada.
—Como usted ordene.
—Hemos recibido esta noche a unas damas —dijo la duquesa, dando un paso hacia el centro del salón, con las manos entrelazadas sobre el pomo del abanico—.
Damas a quienes esta sociedad ha tratado con una crueldad que no hace honor a su fama.
Tres de ellas están en esta sala. La cuarta, por desgracia, no puede estarlo.
—Hizo una pausa—. Les he pedido que hablen.
Y he pedido a ustedes que escuchen. Cuando hayan terminado, les preguntaré qué piensan. Y tomaremos una decisión.
—¿Qué clase de decisión? —preguntó lord Pelham, con un hilo de voz.
—De las que se toman en Londres, Percival. De las que duran. —La duquesa se volvió hacia el fondo—. Señorita Cole.
Henrietta se puso de pie.
Lo hizo con una lentitud de actriz, sin apresurarse, alisándose la falda negra con las palmas.
Dio tres pasos hacia el centro. Se detuvo a dos metros de Alaric.
Y Thea, desde su asiento, la vio levantar la barbilla, con un gesto que ya le conocía, y mirar a su antiguo pretendiente directamente a los ojos.
—Buenas noches, sir Alaric —dijo—. Hacía un año que no nos veíamos.
—Señorita Cole. —Alaric inclinó la cabeza—. Es una alegría verla recuperada. Me habían dicho que Northumberland sentaba bien.
—Mucho. Hay mucho espacio para escribir.
—Me alegro.
—Gracias. —Henrietta sacó de su bolso una hoja doblada—. Voy a leer una carta.
—Señorita Cole, le ruego...
—Es muy breve.
—Señorita...
—Sir Alaric. —La voz de la duquesa fue un latigazo—. Ha dicho que no hablaría.
Alaric cerró la boca.
Henrietta desdobló la hoja. Se aclaró la garganta. Y, con una voz firme, clara, de una dicción impecable, empezó a leer:
—«Querida señorita Cole. Lamento profundamente que mi declaración le haya resultado inoportuna. Mi pesar es sincero...».
La leyó entera. Sin prisa, sin adornos, con una entonación neutra, sin subrayar una sola palabra.
Cuando llegó al segundo párrafo, el de la «delicada situación en que se encuentra una joven que rechaza a un caballero respetado», se oyó un murmullo.
Cuando llegó a «ciertas personas de mi círculo, siempre inclinadas a la especulación», alguien soltó una exclamación ahogada.
Cuando terminó, con el «Su afectísimo, A.
Vesey», dobló la hoja por sus pliegues, con mucho cuidado, y la alzó, para que todos la vieran.
—Septiembre del año pasado —dijo—. Tres días después de que lo rechazara. Tres semanas más tarde, lord Cuthbert Pellew contaba en una cena en casa de los Waverley que me habían visto con un criado.
—¡Yo no...! —Una voz estrangulada, desde un sillón del fondo. Era un hombre delgado, de dientes salientes y cabello ralo, que se había puesto de pie con las manos en alto—. ¡Yo nunca dije eso! Fue un comentario. Un comentario casual. Una cosa que oí por ahí.
—¿Dónde la oyó, lord Pellew? —preguntó la duquesa.
—No... no lo recuerdo. En un club. En una cena. En...
—Siéntese, Cuthbert.
Se sentó. Estaba lívido.
—Es una carta de cortesía —dijo Alaric, con voz suave, al cabo de un instante—. Una simple carta de cortesía. Me pareció una muestra de caballerosidad ofrecer mi apoyo a una joven en una situación delicada. Si algún malentendido...
—Señor Vesey —dijo la duquesa, sin volverse—. Sea tan amable de no insultarme.
—Señora duquesa, jamás...
—Constance.
Constance Merrow se levantó.
Era una mujer de ojos claros, tranquila, de gestos mesurados, con un vestido amarillo muy sencillo y el cabello rubio recogido en una trenza.
No tenía la ferocidad de Henrietta. Su fuerza era distinta: la de una mujer que ha pasado cuatro años aprendiendo a callar y ha decidido, de una vez, dejar de hacerlo.
Habló con una voz apenas más alta que un murmullo, de manera que todos tuvieron que inclinarse un poco para oírla.
Contó cómo había rechazado a sir Alaric hacía cuatro años, en una terraza de Bath.
Cómo, a la semana, le había llegado de su parte un brazalete de zafiros con una nota de pésame.
Cómo, un mes después, había empezado a circular una historia sobre un criado de su padre.
No había habido criado. Nunca lo había habido.
Pero su padre, un hombre débil, le había dicho una noche, llorando, que no podía soportar la vergüenza y que había aceptado la mano de un viudo sesenta años mayor.
—Fui feliz con él —dijo, al final, con una sonrisa pequeña, triste—. Era un buen hombre. Murió hace dos meses. Me dejó una fortuna y una casa en Bath. Pero yo quería haberlo elegido. Y no pude.
Nadie habló. La duquesa asintió con la cabeza, muy despacio.
—Lady Aldershaw —dijo.
La anciana que dormitaba en el rincón se despertó con un respingo. Se incorporó, apoyándose en su bastón, y avanzó, despacio, a pasitos cortos, hasta el centro de la sala. Tenía la cara arrugada como una pasa, los ojos hundidos y una voz de campana rota.
—Mi marido —dijo— fue un cobarde. Que Dios lo tenga en su gloria.
Le debía ochocientas libras a este caballero.
Y una noche, antes de morir, me lo contó todo.
Cómo sir Alaric le pidió un favor. Que dijera, en un baile, que había visto a la señorita Agatha Fenn en una situación comprometida.
Una cosa pequeña. Un comentario. A cambio, le perdonaría la deuda.
—Sus ojos legañosos recorrieron la sala—.
Mi marido lo hizo. Y la pobre muchacha se murió de pena.
Y él se murió con ese peso. Y yo, desde entonces, he vivido con él. Y quiero soltarlo antes de irme.
—Eso es una calumnia —dijo Alaric, sin levantar la voz.
—Es la verdad, jovencito.
—Es el delirio de un moribundo, referido de segunda mano por una viuda de ochenta años.
—Me quedan siete —dijo lady Aldershaw, con altivez—. Y ya sé por qué les cuento esto.
Hubo una risa breve, nerviosa, que se apagó pronto. Alaric no se había movido. Seguía sentado, con una pierna sobre la otra, y Thea, que lo vigilaba de reojo, vio que había cerrado la mano izquierda sobre el brazo del sillón. Solo un poco. Solo lo justo para que los nudillos se le pusieran blancos.