Capítulo 21 #2
La dejó. La vio alejarse hacia su padre, con la espalda recta y la cabeza alta, el vestido verde ondulando en la penumbra dorada, el collar de perlas brillando en la nuca, y por un instante se le cerró la garganta.
Después se volvió, cruzó entre las parejas, y llegó a la columna donde esperaba lady Octavia Hadley, condesa viuda de Larkmoor, con el obispo de Rochester colgando de su brazo como un objeto que se hubiera olvidado soltar.
—Monseñor —dijo la condesa—, tenga la bondad de ir a probar los canapés de langosta. Los están sirviendo ahora mismo.
—¡Los canapés de langosta! —exclamó el obispo, con los ojos iluminados, y desapareció con una velocidad impropia de su rango.
Lady Octavia lo miró de arriba abajo.
—Estás pálido.
—Gracias, abuela.
—Estás muy pálido. Respira. —Le dio un golpecito en la mano con el bastón—. Vamos a hablar con la duquesa.
—¿Ahora?
—Ahora. Es el momento.
—Pero tú y ella no se hablan desde...
—Desde 1787. Lo sé. Es una de las razones por las que he escogido esta noche.
—Echó a andar, con paso recto, hacia el estrado de la orquesta, donde, sentada en un sillón dorado de respaldo alto, rodeada de un círculo de condes, vizcondes y sus señoras que se apartaban a su paso, la duquesa viuda de Aldworth contemplaba el baile con una expresión de hastío soberano—.
Ven. No digas nada. Te lo pido. Esto es delicado.
Cruzaron el salón entre seiscientas miradas.
Kit notó que el murmullo ascendía a su paso, y que el círculo de nobles se abría ante la condesa como el mar ante un profeta.
Octavia no miraba a nadie. Caminaba con el bastón al frente, golpeando el mármol con su ritmo regular, tan menuda y tan recta que parecía tallada en una sola pieza.
Se detuvo ante el sillón de la duquesa. Se quedaron las dos mirándose en silencio.
Kit contó hasta diez.
—Matilda —dijo lady Octavia.
—Octavia.
—Treinta años.
—Veintinueve. —La duquesa dio un golpecito con el abanico sobre su rodilla—. Pero quién lleva la cuenta.
—Tú.
—Naturalmente. —Una pausa—. Te has encogido.
—Tú te has estirado. Es la edad.
—Es la dieta.
Se hizo un silencio. En el círculo, alguien tosió. Kit notó que su abuela apretaba el bastón con tal fuerza que los nudillos se le ponían blancos.
—Necesito un favor —dijo lady Octavia.
—Lo sé. Lo supe en cuanto recibí tu nota pidiendo invitaciones para una novelista, una viuda de Somerset y la mujer de un comerciante de Alnwick. —La duquesa abrió el abanico, lo agitó una vez, lo cerró—. ¿Qué es lo que quieres?
—Un escándalo.
—¿Un escándalo?
—Bien administrado. Con testigos y buen primer acto. Es tu especialidad.
—Es mi especialidad —admitió la duquesa, con satisfacción—. ¿Quién lo protagoniza?
—Alaric Vesey.
Silencio. La duquesa miró hacia la pista de baile, y allí, entre las parejas, con su sonrisa perfecta y su copa de champán, buscó a un hombre rubio. Lo encontró. Lo contempló largo rato.
—Es un hombre encantador —dijo.
—Es un depredador.
—Eso no es incompatible.
—Matilda.
—¿Tienes pruebas?
—Tengo tres mujeres. Una carta. Una lista de treinta deudores.
Y la sospecha de que una cuarta murió de pena.
—Lady Octavia bajó la voz, con una dureza que Kit no le había oído nunca—.
Tú sabes cómo funciona este mundo, Matilda.
Lo has gobernado treinta años. Sabes que cada uno de esos seiscientos tiene un miedo, y que ese hombre ha vivido de dárselo. Quiero que se acabe.
La duquesa guardó silencio. Su rostro de hielo no se movió. Pero sus ojos azules, muy claros, se desplazaron hacia Kit, lo recorrieron de pies a cabeza, se detuvieron en su cara.
—¿Es por tu nieto? —preguntó.
—Es por una muchacha de dieciocho años —dijo lady Octavia—. Y por otra de veintiséis, que lleva toda la vida haciendo lo que nadie hacía. Y porque Agatha Fenn tenía veinticuatro. Tú la conociste.
—La conocí. —La voz de la duquesa había cambiado un poco, un apenas, una arruga en el hielo—. Cantaba muy bien.
—Eso me han dicho.
—No fue una buena muerte.
—No.
Otra pausa, esta vez larga. La duquesa movió el abanico. Abrió. Cerró.
—Hay una condición —dijo.
—Dila.
—Que me pidas perdón.
—¿Por qué?
—Por 1787.
—No —dijo lady Octavia.
—Entonces no hay trato.
—Matilda, estás hablando de un asunto de vida o muerte por una discusión sobre un abanico.
—Fue un abanico de marfil, con dibujos de Boucher, que me costó trescientas guineas.
—Se lo prestaste a mi marido.
—Y él lo rompió.
—Y yo te lo pagué.
—Con insolencia. —La duquesa levantó la barbilla—. Esa fue la ofensa, Octavia. Que me lo pagaras con insolencia. Con una carta de tres líneas, una de las cuales decía que mi abanico tenía «un gusto de verdulera».
—Lo tenía.
—Octavia.
Kit se encontró conteniendo la respiración.
El círculo de nobles, a su alrededor, parecía haber dejado de existir.
Hasta los violines, a lo lejos, tocaban en sordina.
Su abuela, la mujer más temible de Inglaterra, apretaba el bastón con las dos manos, con la mandíbula tensa y los ojos clavados en el suelo. Pasaron tres segundos. Cuatro.
—Lo siento —dijo, al fin.
—¿Cómo?
—Lo siento. —Lady Octavia levantó la cabeza. Tenía los ojos secos y brillantes—. Lo siento, Matilda. El abanico era bonito. Era un gusto excelente. Fui una desagradecida y una insolente. Y llevo veintinueve años echándote de menos.
Silencio.
La duquesa viuda de Aldworth se quedó muy quieta.
Después, con una lentitud que parecía casi dolorosa, sus labios, una línea fina y pálida, empezaron a curvarse.
No fue una sonrisa. Fue, más bien, la sombra de una sonrisa, un recuerdo de ella, una grieta en el hielo que dejaba pasar, por primera vez en tres décadas, un poco de luz.
—Treinta —dijo.
—¿Cómo?
—Que me has echado de menos treinta años. Y yo a ti. Siempre has sido mala con las cuentas. —Se levantó, ayudada por el brazo de un lacayo que había aparecido de la nada, y se quedó de pie frente a su vieja amiga, a medio metro, con las manos entrelazadas sobre el abanico—. Qué vieja estás.
—Y tú.
—Es una indecencia.
—Lo sé.
Se abrazaron. Fue un abrazo breve, torpe, de dos mujeres muy menudas, muy erguidas, que llevaban demasiado tiempo sin hacerlo.
El círculo de nobles, a su alrededor, se quedó inmóvil.
Alguien dejó caer una copa. Kit, que no se había movido, notó que se le empañaban los ojos y miró hacia el techo, hacia los dioses pintados, que le parecieron de pronto muy emocionados.
—Bien —dijo la duquesa, soltándose y alisándose el brocado—. Ahora cuéntame. ¿Cuál es el plan?
—Un primer acto.
—¿Dónde?
—En tu salón de juego. A las once. Con los invitados que tú elijas.
—¿Cuántos?
—Veinte. Los que cuentan.
—¿Y el segundo acto?
—Lo escribimos en el camino.
La duquesa sonrió. Esta vez fue una sonrisa completa, afilada, de depredadora vieja, que le subió hasta los ojos y los hizo brillar con una luz casi juvenil.
—Qué ganas tenía —dijo—. Dios mío. Qué ganas tenía de un escándalo como Dios manda.