El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 21
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Capítulo 21

La duquesa viuda de Aldworth recibía a sus invitados de pie, a la cabeza de una escalinata de mármol blanco de cuarenta peldaños, y no ofrecía la mano a nadie.

Era una norma que se conocía en toda Inglaterra y que nadie había osado discutir en treinta años.

Los invitados subían la escalera en fila, uno a uno, bajo la mirada de una mujer de ochenta años, alta como una espada, con un vestido de brocado gris plata, una diadema de brillantes que habría pagado la flota de un pequeño país y un rostro de hielo del que colgaban dos ojos azules, helados también, que parecían calcular el precio de cada persona que ascendía.

Llegaban arriba. Hacían la reverencia. Ella inclinaba la cabeza un centímetro.

Y pasaban al salón de baile con la sensación de haber sido pesados, medidos y archivados.

Kit subía los cuarenta peldaños con la mano de Thea apoyada en su brazo y el corazón en la garganta.

No había hablado con ella. No había tenido ocasión.

Había llegado a la puerta de la casa de Aldworth con su abuela a las ocho y media, y en el vestíbulo se había encontrado con el grupo de los Wickersham que descendía de dos carruajes, y entre ellos, con un vestido verde que no habría podido olvidar aunque lo hubiera intentado, estaba ella.

Llevaba al cuello un collar de perlas que no había visto antes.

Llevaba los pendientes de esmeraldas. Tenía las mejillas encendidas y los ojos muy brillantes, y cuando lo vio, durante una fracción de segundo, él notó que le temblaban los labios.

Después ella sonrió, con una expresión tan abierta y tan limpia que a Kit le flaquearon las rodillas, y le tendió la mano enguantada.

—Lord Larkmoor.

—Señorita Wickersham.

—¿Me acompaña?

Y había tomado su brazo, con un aplomo que le parecía casi cruel, y habían empezado a subir.

—Estás muy callado —murmuró ella, a la altura del peldaño catorce.

—Estoy pensando.

—¿En qué?

—En un plan. Con cuatro testigos, dos documentos y un hombre que se desmaya. —Tragó saliva—. Y en un papel que me dejaste en el sofá.

—Ah.

—Lo he leído varias veces.

—Ya me lo imaginaba.

—Dorothea, tengo que...

—Después del baile.

Kit giró la cabeza. Ella miraba al frente, hacia la duquesa, hacia lo alto de la escalera, con la barbilla levantada y los labios ligeramente apretados, pero en la comisura de la boca le temblaba una sonrisa que no conseguía esconder.

El pulgar de su mano enguantada, apoyada en su brazo, se movía despacio sobre la tela de su manga, de un lado a otro, en una caricia mínima.

—Después del baile —repitió—. Y yo primero.

—¿Tú primero?

—Tengo algo que decirte. Hace tres días que lo ensayo. Quiero poder hacerlo sin que me interrumpa nadie. —Lo miró de reojo, con un destello de picardía que no le había visto desde Kent—. Pero antes, ganemos este baile.

—¿Yo no puedo...?

—No.

—Es que mi abuela me aconsejó que...

—Ya sé lo que te aconsejó tu abuela. —Sonrió con todos los dientes—. Y espero con enorme interés la ocasión de verte seguir sus consejos. Pero esta noche, Kit, no. Esta noche tienes un papel muy concreto. Estás de pie, a mi lado, y haces cara de enamorado. Es lo único que tienes que hacer.

—Es la parte más fácil —dijo Kit.

—¿Perdón?

—Nada. —Tenía el corazón desbocado—. Es una cara que no me cuesta nada poner.

Ella apartó la vista. Le había subido el color a las mejillas. Siguieron subiendo en silencio, peldaño a peldaño, hasta el último escalón, donde la duquesa viuda de Aldworth los esperaba como una torre de hielo.

—Lord Larkmoor —dijo, con una voz tan seca que parecía hecha de papel.

—Señora duquesa.

—Le conocí cuando tenía tres años. Se hizo pis en mi alfombra turca.

—Es una anécdota de la que he procurado olvidarme, señora duquesa.

—Yo no. —Sus ojos se desplazaron hacia Thea—. ¿Y esta señorita?

—La señorita Dorothea Wickersham.

—La hija del vizconde de los insectos. —La duquesa la contempló con una frialdad escrutadora—. Corre por ahí el rumor de que es usted prometida de este joven.

—Corre, señora duquesa —dijo Thea, con una reverencia perfecta—. Pero a mí me parece que ya ha corrido demasiado. Con su permiso, esta noche prefiero que me corra a mí.

La duquesa levantó una ceja un milímetro.

—Qué interesante.

—Gracias, señora duquesa.

—No era un cumplido. —Pero había algo, en el vértice de los labios, que pudo haber sido el principio de una sonrisa. Hizo una inclinación de cabeza. Un centímetro. Pasaron.

—¿Lo has visto? —susurró Kit, ya en el salón, sin poder contener una risa nerviosa—. Te ha dado un centímetro y medio.

—Creía que eran dos.

—Es la mayor muestra de afecto que le he visto a esa mujer en veintinueve años.

El salón de baile de Aldworth House era, sencillamente, el más grande de Londres.

Tenía cuarenta metros de largo. Había diez arañas de cristal, cada una con trescientas velas, y un techo pintado con un cielo lleno de dioses que parecían, desde abajo, bastante aburridos.

Había cuatro filas de columnas de mármol rosa.

Había una orquesta de treinta músicos en un estrado cubierto de terciopelo carmesí.

Había alrededor de seiscientos invitados, todos los que contaban en la sociedad de Inglaterra, con sus mejores sedas, sus mejores joyas y sus mejores rostros, y un murmullo, un zumbido denso y continuo, como el de una colmena.

Kit buscó con los ojos.

Lady Octavia estaba junto a una columna, a la derecha, con el bastón de ébano en la mano y su turbante de terciopelo negro con una pluma verde, hablando con un hombre bajito y rubicundo que Kit reconoció como el obispo de Rochester.

Barnaby estaba cerca de la mesa de refrescos, conversando con aparente indiferencia con un caballero de bigote, y miró un instante hacia él con los ojos muy abiertos y las cejas altas, en un gesto que decía: estoy aquí, estoy listo, qué horror.

Ned Harbottle, apoyado en otra columna, con un vaso de ponche, saludó levantando dos dedos.

Lord Wickersham, con una levita demasiado holgada y una corbata que se había soltado, estaba rodeado de tres jóvenes damas a las que explicaba algo con las dos manos.

La tía Winifred, a su lado, tenía el tocador de plumas amarillas ligeramente inclinado hacia un lado y una expresión de felicidad absoluta.

Y en un rincón del fondo, cerca de las puertas que daban al invernadero, había una mujer de negro, alta y delgada, con una nube de rizos oscuros y los puños apretados.

Henrietta Cole. A su lado, de vestido amarillo, con una cabellera rubia peinada en bucles y un gesto de serenidad perfecta, una mujer algo mayor que ella, de unos veintiséis años, con los ojos claros, que cogía la mano de la novelista y la apretaba con firmeza.

Constance Whitlow. Constance Merrow, viuda, desde hacía dos meses. Un vestido amarillo, de lejos.

Kit sintió que algo le recorría el pecho, un temblor de solidaridad, casi de reverencia.

Las dos mujeres, que habían esperado años para pisar de nuevo un salón de Londres con la cabeza alta, estaban de pie en medio de seiscientas personas que, hasta hacía una semana, las habrían señalado con el dedo.

—Mira —dijo Thea, en voz baja, a su lado—. Han venido.

—Sí.

—Qué valientes.

—Sí.

—Me da miedo, Kit.

—Lo sé.

—Si sale mal...

—No saldrá mal.

—No lo sabes.

—No. Pero lo digo igual. —Le apretó la mano—. Es una táctica.

Ella rió. Fue una risa corta, brillante, que pareció alejar el temblor del aire.

Y en ese instante, la orquesta rompió a tocar un vals, y los invitados empezaron a deslizarse hacia la pista, y entre las parejas que giraban, a veinte metros, a la luz de una de las diez arañas, con un frac azul medianoche y un chaleco de seda plateada, el cabello rubio peinado con esmero, una copa de champán en la mano izquierda y una sonrisa de una amabilidad perfecta, apareció sir Alaric Vesey.

Kit lo vio antes que ella. Notó la presión de los dedos de Thea sobre su brazo cuando ella lo vio también.

Alaric avanzaba entre los invitados con su paso suave y sin prisa, saludando a derecha e izquierda con inclinaciones de cabeza, deteniéndose aquí para decir una frase, allá para apretar una mano.

Tenía una palabra amable para cada persona.

Reía con discreción. Se inclinaba ante las damas, besaba las manos de las más ancianas, felicitaba a los jóvenes por algún éxito reciente.

Era, comprobó Kit, con una repulsión fría, el hombre más encantador del salón.

Todo el mundo le sonreía. Todo el mundo se apartaba un poco para dejarlo pasar.

Cuando cruzó delante de un grupo de caballeros, tres de ellos se enderezaron, casi imperceptiblemente, como se enderezan los soldados cuando pasa un oficial.

Y Kit, que ya conocía la lista, los identificó.

Duxbury. Bligh. Un joven de gesto nervioso que debía de ser uno de los hijos de Fanshawe.

—Lord Larkmoor —dijo una voz, a su espalda.

Se volvió. Era Quentin Marsh, con un frac prestado que le quedaba grande y una expresión de extrema palidez.

—Marsh.

—Todo está en orden. Los documentos están en el bolsillo interior de mi chaqueta. Las declaraciones juradas de las tres damas, la carta de sir Alaric, la lista de pagarés. Tengo también un cuarto documento. —Tragó saliva—. Es una nota de lady Octavia. Dice: «No lo abras hasta que yo lo diga».

—Qué prudente.

—No sé qué hay dentro. Me da un poco de miedo.

—Es lo más sensato que puede sentir.

Marsh se alejó, haciendo equilibrios entre las parejas. Kit lo siguió con la vista y vio que su abuela, desde la columna, le hacía una señal con el bastón.

—Vuelvo enseguida —dijo a Thea.

—Voy contigo.

—No. Esto es entre ella y yo. Tú ve con tu padre. Que no se acerque a los escarabajos de la duquesa.

—¿Tiene escarabajos la duquesa?

—Tiene un cuadro de mariposas en el comedor. Los coleópteros son mucho peor.