El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Había faldas por todas partes. Había una cesta de horquillas volcada sobre la alfombra.

Había tres doncellas, una de ellas prestada por lady Octavia, corriendo por los pasillos con cintas, guantes, medias de seda, un frasco de agua de rosas y una tenacilla caliente.

Había una tía Winifred que había descubierto, con una alegría desbordante, que le tocaba asistir al baile de la duquesa viuda de Aldworth, y que se probaba por tercera vez un tocado de plumas amarillas, con el que parecía un canario en pleno ataque de nervios.

Había un lord Wickersham en bata de seda, con la corbata a medio anudar y una lupa en cada mano, discutiendo con Barnaby sobre la conveniencia de llevar al baile un frasco con un escarabajo vivo, «por si me pide alguien una opinión científica».

—No —dijo Barnaby.

—Es un ejemplar excelente.

—Papá, es un baile.

—Los bailes son excelentes sitios para hablar de coleópteros.

—Lo son —admitió Barnaby—. Pero no esta noche. Esta noche tienes que decir una sola frase. Una frase muy sencilla. Delante de la duquesa. «Firmé ese papel sin leerlo. Me sirvieron oporto. Yo odio el oporto».

—Es verdad. Lo odio.

—Pues eso.

—¿Y si me preguntan por los Staphylinidae?

—Dices que no estás en condiciones.

—Muy bien. —Lord Wickersham resopló—. Pero me llevo el frasco.

Henrietta Cole bajó la escalera a las ocho menos cuarto, con un vestido de seda negra de escote cuadrado, sin un solo adorno, un moño alto del que se escapaban tres rizos y una expresión de ferocidad radiante. Se detuvo en el último peldaño. Los miró a todos, uno por uno.

—Estoy dispuesta —anunció.

—Estás espléndida —dijo Barnaby.

—Estoy aterrorizada. —Sonrió con todos los dientes—. Es una sensación nueva. Me gusta.

Thea bajó la última.

Dolly le había abrochado las cuarenta y dos presillas del vestido verde, que habían sido repasadas por la costurera de lady Octavia, y de nuevo había sentido el peso frío de la seda, la caricia de los pliegues, el escote cuadrado que dejaba al aire las clavículas.

Se había peinado ella misma, con el pelo recogido en un moño alto, sujeto con las horquillas negras de siempre, esas pequeñas horquillas de alambre torcidas que él había dejado en la mesilla de una casa de Mayfair, y que ella había rescatado.

De las orejas colgaban los pendientes de esmeraldas.

Los dos. Kit se los había devuelto en una cajita de terciopelo azul, con una nota que decía solo: Le sientan mejor a usted.

Al pie de la escalera, su padre se había quitado las lupas del cuello y la miraba.

—Dorothea —dijo.

—Papá.

—Ven aquí un momento.

Se acercó. Lord Wickersham metió la mano en el bolsillo de la bata, hurgó entre un par de alfileres de entomólogo, un trozo de queso y una libreta de notas, y sacó una cajita de piel gastada, de color granate, que abrió con dedos torpes.

Dentro había un collar de perlas.

No eran grandes. Eran perlas pequeñas, regulares, de un blanco cálido, enhebradas en un hilo de seda con un broche de oro viejo.

Thea lo reconoció al instante. Lo había visto en el cuello de una mujer sentada junto a una ventana de Wickersham Court, con una labor sobre las rodillas, hacía doce años.

—Era de tu madre —dijo su padre—. No lo había sacado de la caja desde que murió. Pensé... pensé que esta noche quizá te gustaría llevarlo.

—Papá, no puedo...

—Claro que puedes. Es tuyo. —Lo sacó de la caja, y se puso detrás de ella, y con sus manos grandes y torpes, que le temblaban, se lo puso al cuello. El broche tardó en cerrar. Le dio un tironcito, se lo alisó, y la hizo girar para mirarla—. Tu madre decía una cosa.

—¿Cuál?

—Que cada uno se casa cuando le da la gana. —Sonrió, con los ojos azules brillantes—. Y que si algún día teníamos una hija que supiera lo que quería, había que dejarla en paz. Pensé que debías saberlo. —Le dio una palmadita en la mano—. Esta noche, Dorothea, haz lo que te dé la gana.

—Eso hago siempre.

—No es cierto. —Sonrió con ternura—. Pero esta noche, sí.

Thea lo abrazó. Fue un abrazo breve, firme, en medio de un vestíbulo lleno de doncellas, de hermanos, de una tía con un tocado amarillo y de una novelista gótica con ferocidad radiante.

Notó el roce de la lana de la bata contra su mejilla, el olor a formol y a tabaco de pipa.

Notó el collar de perlas, ligero, frío, contra la piel del cuello.

—Gracias, papá.

—No hay de qué.

—Voy a ganar este baile.

—Ya lo sé —dijo lord Wickersham—. Eres la hija de tu madre.

Salieron a las ocho y diez. Los dos carruajes esperaban frente a la puerta, con los cocheros tiesos en el pescante y los faroles encendidos.

Una llovizna fina, casi imperceptible, caía sobre los adoquines.

Barnaby ayudó a su tía a subir al primero, con un esfuerzo considerable, y a su padre al segundo, con un frasco de cristal bajo el brazo, mientras Livvy, en el umbral, con el ramo de campanillas aplastadas todavía en la mano, se despedía de Walter con un abrazo que duró más de lo que dictaba el decoro.

Thea se detuvo en el vestíbulo. Estaba sola un momento. Los demás habían salido. Se oían, fuera, las voces, el piafar de los caballos, un grito de Henrietta que reclamaba un guante.

Se quitó el guante derecho. Metió la mano en el escote, entre la seda verde y la piel, y sacó una hoja doblada en cuatro, ligeramente húmeda todavía. La desdobló una vez más. La leyó, sin necesidad, solo para ver la letra.

Te quiero. K.

La dobló. La volvió a guardar, junto al corazón.

Se puso el guante. Se miró en el espejo del vestíbulo: una mujer alta, de espalda recta, con un vestido verde de hace sesenta años, un collar de perlas y unos ojos de un verde que había dejado de ser indeciso.

—Vamos —dijo.

Y salió a la lluvia.