Capítulo 20
Walter Finch llegó a Londres con un baúl de libros, un ramo de campanillas aplastado por el viaje y una carta que no le pertenecía.
Lo hizo sin avisar, a las dos de la tarde, en una diligencia de Maidstone que lo dejó en la esquina de Half Moon Street con las rodillas agarrotadas y el sombrero torcido.
Pagó al mozo. Se calzó las gafas. Se quedó un rato mirando la fachada de la casa de los Wickersham, apretando el ramo contra el pecho con las dos manos, y después, con un respingo y la cara tan roja que parecía haberse quemado al sol, subió la escalinata y llamó a la puerta con tres golpes pequeños y desiguales.
Ledbetter abrió. Contempló al visitante. Contempló las campanillas.
—El señor Finch —dijo—. Me alegro de verle.
—Gracias, señor Ledbetter. Quisiera... Es decir... —Tragó saliva—. ¿Está la señorita Livvy?
—La señorita Livvy —dijo Ledbetter, con una gravedad de funeral— lleva tres días sentada en el segundo peldaño de la escalera, esperando una carta. Creo que el señor Finch, si me permite la observación, es la carta.
No terminó la frase. Un ruido de pasos veloces atravesó el techo, y después la escalera, y por el hueco del vestíbulo cayó, a una velocidad que ponía en peligro tanto sus tobillos como los de Walter, Livvy Wickersham, descalza, con el pelo suelto y los brazos abiertos.
Thea los vio desde lo alto, al salir de la biblioteca. No se abrazaron. Se quedaron frente a frente, a un metro de distancia, mirándose, él con las campanillas, ella con las manos juntas bajo la barbilla, los dos tan quietos y tan colorados que a Thea le dio miedo respirar y estropear algo.
—Han llegado ya mis cartas —dijo Livvy, con un hilo de voz.
—Sí. Todas. Las he recibido.
—Yo recibí las tuyas.
—Las dieciocho.
—Diecinueve. Una llegó ayer.
—Ah. —Walter se quitó las gafas, las limpió en la manga, se las puso—. Es la que decía que había catalogado el Vanessa cardui. Quería preguntarte una cosa.
—¿Qué?
—Si te quieres casar conmigo.
Silencio.
Ledbetter, a un lado, miró el techo con enorme interés.
Thea, en lo alto de la escalera, se llevó una mano a la boca.
Livvy no dijo nada. Abrió los ojos muy grandes, con los labios entreabiertos, y de pronto empezó a llorar, sin ruido, con las lágrimas cayéndole por las mejillas y una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
—Quiero decir —añadió Walter, atropelladamente—, no ahora. No mañana. Yo soy un hombre... modesto. Tengo doscientas libras al año y una casa con una chimenea que tira. Pero me ha parecido que debía preguntarlo. En persona. Con un ramo. Aunque ya se le han caído tres pétalos.
—Cuatro —dijo Livvy, riendo y llorando a la vez.
—Cuatro. —Se miró las manos—. Lo siento. Es que el coche daba muchos saltos.
—Sí —dijo Livvy.
—¿Sí?
—Sí. Quiero casarme contigo. No ahora. Ni mañana. Cuando se pueda. Cuando haya pasado todo esto. —Dio un paso—. Y quiero las campanillas.
—Están un poco aplastadas.
—Las quiero igual.
Se las puso en las manos. Ella las apretó contra el pecho.
Se quedaron así unos segundos, sin moverse, sin tocarse, hasta que Livvy, con una determinación repentina, dio otro paso, se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla, rápido, sonoro, que dejó a Walter con la boca abierta y los brazos colgando.
—Dios mío —dijo Ledbetter, con un hilo de voz.
Era la primera vez que Thea le oía pronunciar una palabra sin que fuera «señorita», «señor» o «milord».
—Hay otra cosa —dijo Walter, un rato después, sentado en el sofá del saloncito con una taza de té que no tocaba y la mano de Livvy firmemente agarrada a la suya—. Una cosa que me dio lady Octavia.
—¿Lady Octavia?
—Antes de salir de Larkmoor. Me llamó a su despacho, la víspera. —Hurgó en el bolsillo interior de la chaqueta, con la mano libre, y sacó un sobre pequeño, de papel grueso, sin lacre—. Es para usted, señorita. Dijo que se lo diera en mano. Y que no dejara que nadie más lo leyera.
Thea no se movió.
—¿Qué es?
—No lo sé. —Walter se ruborizó—. Lo encontré yo.
Estaba catalogando la biblioteca de la abadía, y...
bueno, era una edición de unos Sermones de un párroco rural que tenía unas manchas de té.
Lo abrí para ver si estaba completo. Y entre las páginas había...
eso. Una hoja doblada. Con su nombre arriba.
—¿Mi nombre?
—Dorothea. Solo eso. No leí nada más, se lo juro por mi honor.
Pero reconocí la letra. Es la del conde.
—Tragó saliva—. No sabía qué hacer. Pensé en dejarlo donde estaba.
Pensé en quemarlo. Pensé en llevárselo a él.
Pero lady Octavia entró en la biblioteca, vio la hoja en mi mano y me dijo: «¿Qué tiene ahí, joven?
». Y yo se lo di. Y ella la miró un buen rato, de pie, sin decir una palabra.
Después la dobló, y me la devolvió, y me dijo...
—¿Qué?
—Que se la llevara a usted. Que era suya. —Le tendió el sobre—. Y que si alguien le preguntaba, dijera que había sido un descuido.
Thea cogió el sobre.
Era ligero. Tan ligero que podía no contener nada. Había en la solapa, en un rincón, una mancha de té, de color pardo claro, y alguien, con una letra que no era la de Kit, había escrito con lápiz, muy pequeño, junto a la mancha: Lo leí. Lo siento. No lo siento. O.H.
Se echó a reír. Se le quebró la risa.
—Voy a mi cuarto —dijo.
Se encerró. Echó el pestillo, algo que nunca hacía, y se sentó en el borde de la cama, con el sobre sobre las rodillas y las manos a los lados, como si fuera a estallar.
Fuera, por la ventana abierta, se oía el rumor de la calle, el golpeteo de una carreta, el grito de un vendedor de pastelillos de carne.
Se sorprendió pensando que no quería abrirlo.
Que cuanto más tardara, más tiempo seguiría siendo una carta hipotética, con un contenido posible, y que cuando la abriera pasaría a ser una cosa concreta, con palabras concretas, de las que ya no se podría escapar.
Era cobarde. Se lo dijo en voz alta.
—Eres cobarde, Dorothea.
Abrió el sobre.
Dentro había una sola hoja, doblada en cuatro.
Papel de buena calidad, de color crema, un poco húmedo todavía por el té, con los bordes ligeramente ondulados.
La letra era grande y torcida. La conocía de memoria.
La había visto en veinticuatro cartas, en una nota junto a una pila de papeles, en un borrador comido por un perro.
No era una letra elegante. Era la letra de un hombre que no ha aprendido nunca a escribir despacio.
Desdobló la hoja. Leyó.
Dorothea:
No sé cuándo empezó. Creo que con un verbo latino, hace diez años, y creo que lo supe esta noche, en una biblioteca, con una pluma que se atascaba.
Las otras veinticuatro cartas son para Vesey. Esta no es para nadie. Es solo para que exista.
Te quiero. K.
Eso era todo.
Cuatro líneas. No tachaduras, no borrones, no un solo renglón corregido. Solo una letra apretada, que se había ido haciendo más pequeña al llegar a la última palabra, como si el que la escribía hubiera querido, a la vez, decirla y esconderla.
Thea la leyó una vez. Después otra. Después se quedó mirando el papel, sin leerlo, durante mucho rato.
No lloró. Había creído que lloraría. En cambio, lo que sintió fue una cosa muy tranquila, muy ancha, que se extendió desde el pecho hacia las manos y las rodillas, como cuando se abre una ventana en una habitación que ha estado cerrada demasiado tiempo.
Era alivio. Y era algo más, mucho más hondo, que no era alivio, y que solo pudo describir con la palabra más sencilla y más antigua que conocía.
Era felicidad.
Esta noche. Lo había escrito la madrugada de las cartas, en el sillón de orejas, con las velas consumidas y el vino a medias, mientras ella dormía con la cabeza contra el brazo del sofá.
Antes de la carta de Alaric. Antes del baile.
Antes de la cláusula octava. Antes de Pennington, antes de la lista de once nombres, antes de las cuatro semanas de plazo y la propuesta de una licencia especial.
Antes de que hubiera ningún problema que pudiera resolverse con una boda.
No era una solución.
Nunca lo había sido.
Se llevó la carta a la boca. La apretó contra los labios, con una risa ahogada que le subía por el pecho.
Se dejó caer de espaldas sobre la cama, con los brazos abiertos, mirando el dosel, y se quedó allí, riéndose sola, en silencio, con el papel pegado a la cara, como una colegiala.
Pensó en una frase en un papel de cuaderno, escrita a las cinco de la mañana, en la penumbra de un estudio de Mayfair, con un perro mirando. Dímelo cuando esté despierta.
Y se dijo: Tengo que decírselo yo primero.
La idea la hizo incorporarse.
Se sentó. Parpadeó. La idea, que parecía una locura, se fue ordenando, con una claridad que ella conocía bien, la de las piezas de un rompecabezas que encajan sin esfuerzo: no tenía por qué esperar.
No tenía por qué ser pasivo. Él había dicho lo que tenía que decir, dos veces, una en un papel y otra al oído de una mujer dormida.
Ella no había dicho nada. Se había limitado a evitarlo, a ponerle condiciones, a exigir una frase con la palabra justa en el momento justo, sin ofrecer una sola palabra a cambio.
Una mujer que llevaba doce años solucionando los problemas de los demás y que no había sido capaz, en tres semanas, de pronunciar tres sílabas.
Era injusto. Era, además, ridículo.
—Esta noche —dijo, en voz alta—. Después del baile.
Pero no pudo evitar sonreír otra vez.
A las siete de la tarde del día siguiente, la casa de Half Moon Street era un campo de batalla.