El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Después ella se movió. Se movió sobre él, con las rodillas a ambos lados de sus caderas, con las manos en su pecho, con el pelo cayéndole en una cortina oscura que los encerraba a los dos, y lo miró desde arriba con una expresión que Kit no habría sabido describir ni con los diez mejores poemas de la lengua inglesa.

Empezó a moverse con lentitud. Con una seguridad que no había tenido la primera vez, y que le tomó por sorpresa, y le arrancó un gemido que no pudo contener.

Le sujetó las caderas. Ella le puso las manos sobre las suyas, entrelazó los dedos, y fue bajando el ritmo, y subiéndolo, y volviéndolo a bajar, con una crueldad deliciosa, mirándole la cara en cada cambio para ver qué hacía, y a Kit, que era un hombre de experiencia, de recursos y de ironía, se le deshizo la cabeza en un sinfín de palabras sueltas que no sabía de dónde salían.

—Thea —dijo—. Thea. Dorothea. Por Dios.

—¿Cuatro palabras?

—Eres... una tortura.

—Tres.

—Eres un... —Se le cortó la voz—. No puedo.

—No hace falta que puedas.

Se inclinó sobre él. Le besó la boca, el mentón, la cicatriz.

Lo besó con una ternura abrumadora, y lo abrazó, y le susurró contra la mejilla, muy bajo, algo que no era ninguna de las cosas que él esperaba, algo que decía: «Estoy aquí».

Una frase de dos palabras. La más corta que le había dicho jamás, y la que lo desarmó.

Notó que se le humedecían los ojos. Lo atribuyó, con un esfuerzo inútil, al exceso de coñac.

Terminaron juntos. Con un grito ahogado contra el hombro del otro, con los cuerpos arqueados, con un temblor largo que sacudió el sofá y arrastró al suelo una manta y un cojín y un libro de cuentas olvidado. Después, durante mucho rato, no hubo nada más que respiraciones.

Kit abrió los ojos. El techo del estudio, con su moldura de laurel, flotaba en una penumbra tibia.

Ella estaba sobre su pecho, desnuda, con la mejilla apoyada en su hombro y un brazo sobre su vientre.

La lámpara chisporroteaba. El reloj de la repisa daba, con un tintineo claro, la una de la madrugada.

Thea se había dormido.

Lo supo por el ritmo de su respiración, lenta y profunda, por el peso de su brazo, por el abandono completo del cuerpo contra el suyo.

Tenía la boca ligeramente abierta. Tenía una mancha de tinta, vieja, en el dedo corazón de la mano derecha.

Un mechón le caía sobre la frente, y Kit lo apartó con un dedo, con cuidado, y ella no se movió.

Se quedó mirándola.

Pensó en muchas cosas. En el contrato de Vesey.

En las cuatro mujeres. En un baile, en una duquesa, en un testimonio.

En un editor que mordía plumas. En un libro con una portada que decía Dorothea Wickersham, en letras grandes, que él iba a ver en los escaparates de todas las librerías de Londres, aunque tuviera que comprar la imprenta.

Pensó que mañana, al despertar, ella se levantaría, se vestiría y se iría, con la capa y el capuchón, y que en dos días, a esa misma hora, el mundo habría cambiado de forma. Pensó que ya no tenía importancia.

Bajó la cabeza. Puso los labios sobre su pelo. Y dijo, en voz muy baja, tan baja que apenas fue más que un movimiento de aire:

—Te quiero.

Ella no se movió.

—Te quiero —repitió—. No sé cuándo empezó. Creo que con un verbo latino. Creo que fue con un sombrero azul. Creo que fue hace diez años y hace seis semanas. Te quiero, Dorothea. Y llevo ocho días sin conseguir decírtelo, y ahora que estás dormida me sale solo. Es absurdo. Es completamente absurdo.

Respiró hondo. Cerró los ojos.

—Pero es verdad.

No hubo respuesta. Solo la respiración lenta, regular, contra su hombro.

Kit se durmió con la mejilla en su pelo.

Despertó solo.

Fue lo primero que supo antes de abrir los ojos: la ausencia de peso, una frialdad en el costado donde había estado el calor de un cuerpo.

Después abrió los ojos y vio la luz. Una luz gris y baja de amanecer que entraba por las rendijas de las cortinas y dibujaba rayas pálidas sobre el suelo.

Estaba tendido en el sofá, cubierto con la capa oscura de ella, hecha un ovillo sobre sus piernas.

Alguien le había puesto un cojín bajo la cabeza.

Alguien había recogido del suelo la ropa, y la había dejado doblada sobre la silla del escritorio, en una pila muy ordenada, con los zapatos al lado.

Bonaparte, sentado junto al sofá, lo miraba con los ojos muy abiertos, y en el hocico llevaba un trozo de papel.

—¿Qué es eso? —murmuró Kit.

El perro soltó el papel sobre su pecho. Después se lamió el hocico y se tumbó, satisfecho, con un gruñido de deber cumplido.

Kit lo cogió. Era una hoja doblada por la mitad, arrancada de un cuaderno de tapas negras. La letra, pequeña, recta, apresurada, se había corrido un poco en el último renglón, como si hubiera caído una gota de agua.

Kit:

Sobre lo que dijiste anoche mientras yo dormía: no lo he oído.

Dímelo cuando esté despierta.

D.

Se quedó mirando el papel.

Lo leyó una vez. Lo leyó otra. Sintió que algo se le abría en el pecho con un ruido de cerrojo viejo, uno de esos cerrojos averiados desde 1803 que nadie ha conseguido reparar, y que de pronto, sin explicación, cede.

Se pasó la mano por la cara. Se rió, solo, en la penumbra del estudio, con una risa corta que se le deshizo en la garganta. Después se quedó muy serio.

—Dios mío —dijo, al techo.

Bonaparte levantó una oreja.

—Lo ha oído todo.

El perro bostezó.

—¿Y tú lo sabías?

Bonaparte, con dignidad de viejo notario, volvió a cerrar los ojos.