El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 19
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Capítulo 19

La puerta del jardín trasero se abrió a las once y cuarto.

Kit no la oyó abrirse. Estaba en el estudio, sentado en el sillón de su padre, con una copa de coñac que no había probado y el libro de cuentas de Larkmoor Abbey abierto sobre las rodillas en una página que llevaba cuarenta minutos sin pasar.

Bonaparte dormía a sus pies. La casa de Mayfair estaba en silencio, ese silencio de las casas grandes cuando los criados se han retirado, hecho de relojes lejanos, maderas que se dilatan y una cortina que respira.

Y de pronto, a través de la puerta cerrada, le llegó la voz de Pocock.

—Buenas noches, señorita.

—Buenas noches, Pocock.

Kit dejó caer el libro.

No necesitó oír más. Había dicho esas dos frases, exactamente con esas entonaciones, catorce veces en las tres semanas anteriores, y su cuerpo había aprendido a reconocerlas antes que su cabeza.

Se puso de pie. Derramó el coñac. Se secó los dedos en el pantalón.

Se arregló el chaleco, y se deshizo el arreglo, y se pasó una mano por el pelo.

La puerta del estudio se abrió.

Thea estaba en el umbral, con la capa oscura sobre los hombros, el capuchón echado hacia atrás, el pelo recogido en una trenza floja y las mejillas encendidas por el aire de la noche.

Llevaba en la mano izquierda unos guantes de lana que estrujaba como si quisiera sacarles agua.

Detrás de ella, a dos pasos, con las manos a la espalda y una expresión de neutralidad escultórica, Pocock esperaba la orden de retirarse.

—Gracias, Pocock —dijo Kit.

—Milord. —Se inclinó. Antes de cerrar la puerta, con una lentitud medida, levantó muy ligeramente la ceja izquierda. Un milímetro. Quizá dos.

El pestillo cayó.

Se quedaron solos.

—No he venido a hablar —dijo Thea.

—Muy bien.

—No he venido a decidir nada. Ni a discutir el plan. Ni a repasar el orden de intervenciones. Eso lo hemos hecho cuatro veces.

—Cinco.

—Cinco. —Respiró—. Ni a que me expliques nada. Ni a explicarte yo nada.

—Entiendo.

—Y no quiero que me digas ninguna frase.

—¿Ninguna?

—Ninguna que tenga más de cuatro palabras.

Y ninguna que contenga la palabra «por qué».

—Apretó los guantes con más fuerza—. He venido porque...

—Dudó. Bajó la vista—. Porque quedan dos días.

Y después de pasado mañana, no sé qué va a pasar.

Puede que todo salga bien. Puede que no.

Puede que Vesey caiga y Livvy esté a salvo y tú y yo volvamos a ser dos personas que se saludan con una inclinación de cabeza en Hyde Park.

O puede que no volvamos a saludarnos. No lo sé.

Y me ha parecido... —Levantó los ojos—. Me ha parecido que me arrepentiría toda la vida de no haber venido. Una vez más. Aunque sea la última.

Kit no se movió.

Le temblaba el pulso en la garganta. Le temblaban las manos.

Sentía, con una claridad casi dolorosa, la presencia de cada palabra no dicha, apilada contra el paladar como una ola contra un dique, y recordó la voz seca de su abuela en el salón amarillo.

Dilo cuando no sirva para nada. Dilo mal.

Dilo en el peor momento. Y pensó que aquel era, sin duda, el peor momento de su vida.

Que no habría otro más inoportuno ni más cargado de motivos para pensar que lo decía por conveniencia.

Que ella, con la capa sobre los hombros y los guantes estrujados, acababa de pedirle expresamente que no lo hiciera.

Y que no tenía otra cosa en la cabeza.

—Dorothea —empezó.

Ella dio un paso. Le puso dos dedos sobre los labios.

—No.

—Tengo que...

—No. —Tenía los ojos muy brillantes—. Si lo dices esta noche, no sabré si lo dices por la noche.

Sé que suena absurdo. Pero lo sé. Si me lo dices con esta luz, en esta habitación, después de haber venido a escondidas con una capa, no voy a poder creerlo.

Voy a pensar: es el coñac. Es la despedida.

Es el miedo. Es ese hombre tan generoso que no quiere dejar a una mujer sin un cumplido.

—Se le quebró la voz—. Y no quiero pensar eso.

No quiero que lo que digas, si lo dices, se pierda en una noche de despedidas.

—No es...

—Lo sé. —Sonrió, con los ojos húmedos—. Lo sé, Kit. Pero déjame que lo sepa yo sola. Por esta noche.

Kit cerró los ojos.

Besó las yemas de los dedos que le cubrían la boca. Una. Dos. Tres. Cuando los abrió, vio que ella lo miraba sin pestañear, y que había en su rostro algo muy quieto, muy pequeño, muy firme, que él había tardado cuarenta días en aprender a leer. Era valentía. No de la que se grita. De la otra.

—Cuatro palabras —dijo, con la voz ronca.

—Cuatro como máximo.

—Entonces te diré tres. —Le tomó la mano. La apretó contra su pecho—. Quédate. Hasta mañana.

Ella asintió, con un temblor.

No hubo prisa. Fue lo primero que Kit notó, con un asombro que casi lo hizo reír: que después de ocho días de rabia contenida, de evitaciones, de silencios de acera y de una frase atascada en la garganta, lo que ocurrió entre los dos fue lento.

Muy lento. Tan lento que parecía, por momentos, que el reloj de la repisa se había detenido para mirar.

La besó junto a la chimenea apagada. Un beso largo, hondo, sin urgencia, con las manos en su cara, en su nuca, en la curva de los hombros donde la capa resbaló y cayó al suelo sin que ninguno de los dos se agachara a recogerla.

Notó la boca de ella, tibia y salada, abrirse contra la suya con una entrega que le arrancó un sonido desde el fondo del pecho.

Notó su lengua, tímida al principio, después segura, después ávida.

Notó cómo se pegaba a él, con una desesperación callada, y cómo los dedos se le clavaban en la espalda, y cómo temblaba.

—Arriba —murmuró.

—Aquí.

—Dorothea...

—Aquí. Ahora. Sin escaleras.

Soltó una risa baja y rota. La levantó del suelo con los dos brazos, y ella le rodeó las caderas con las piernas y se agarró a su cuello, riendo también, con la frente contra la suya, y Kit, que había hecho el amor en camas de plumas, en carruajes, en lanchas del Támesis, en el palco de un teatro durante el segundo acto de Don Giovanni, comprendió de pronto que no había hecho el amor jamás, que lo que había hecho hasta entonces había sido una práctica, una especie de ensayo general sin público, una larga serie de ejercicios sin objeto, y que esa mujer, de pie sobre una alfombra turca en el estudio de su padre, con las mejillas rojas y el pelo suelto, acababa de mostrarle para qué servían.

La depositó sobre el sofá de cuero. Se arrodilló delante de ella. Le quitó los zapatos con cuidado, uno y después otro, y le besó los pies, y notó que ella reía y se retorcía y se tapaba la cara con las manos.

—Me haces cosquillas.

—Es mi especialidad.

—Eres horrible.

—Soy un amante muy concienzudo. —Subió, besando, la curva del tobillo, la pantorrilla, el hueco detrás de la rodilla, que le arrancó un gemido ahogado—. Es una cuestión de método.

—Tú no tienes método.

—Tengo uno nuevo. Lo estoy desarrollando.

—¿Cómo se llama?

—Todavía no he decidido el nombre. —La miró desde abajo, con las manos sobre sus muslos, y la vio sonreír con los ojos entornados, con una dulzura tan abierta que le dolió—. Quizá «el método Wickersham».

—Ni se te ocurra.

—Es mi mejor idea.

Siguieron. Los botones del vestido de muselina cedieron uno a uno, bajo unos dedos que ya no temblaban.

El corsé, que ella se había puesto a oscuras y mal, con los cordones torcidos, le arrancó una maldición ahogada y una carcajada.

Las medias. Las enaguas. El camisón. Cada prenda cayó sobre el suelo del estudio con un susurro de tela, y Kit, que se había creído un conocedor de aquel territorio, volvió a descubrir lo que había descubierto en una cama de brocado, en una noche de lluvia, con un perro dormido: que cada centímetro de ella era una sorpresa.

Una pequeña constelación de pecas bajo el pecho izquierdo.

Un lunar en la cadera. La línea de las costillas, que le hacía cosquillas cuando se la recorría con la lengua.

Se lo dijo. Se lo dijo todo, en voz baja, en trozos de frase, sin mirarla, con la cara hundida en su piel: que le gustaban las pecas, que le gustaba el lunar, que le gustaba el sonido que hacía cuando él le besaba el hueco del cuello.

—Cuatro palabras —le recordó ella, jadeando.

—No son frases. Son observaciones.

—Tienen más de cuatro palabras.

—Cállate y déjame mirarte.

Ella se calló. Se quedó quieta, apoyada en los cojines, con los brazos tendidos sobre el respaldo del sofá y el pelo desparramado, expuesta a la luz de la lámpara, y le dejó mirar.

Fue lo más valiente que Kit le había visto hacer.

Más que saltar una valla. Más que plantarse delante de una condesa viuda.

Tenía los ojos cerrados y la barbilla alta, y el rubor le bajaba desde la frente hasta el pecho, y respiraba muy deprisa, y de pronto abrió los ojos y lo miró, directamente, sin ningún escudo, con una vulnerabilidad que no pedía nada.

—Kit —susurró.

—Aquí estoy.

—Ven.

Se desnudó con una torpeza que le habría avergonzado en cualquier otra circunstancia.

Con el pantalón enredado en un tobillo y la camisa por encima de la cabeza y un botón que salió disparado y rodó bajo el escritorio.

Ella se rió. Él también. Y después, cuando por fin estuvieron los dos sin nada entre ellos, se abrazaron sobre el cuero frío del sofá con una especie de asombro sereno, piel contra piel, hundiendo cada uno la cara en el cuello del otro, y se quedaron así, un largo rato, respirando.