Capítulo 18 #2
Kit estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la espalda apoyada en el marco.
No había dicho nada en las dos últimas horas.
Se había limitado a escuchar, a asentir cuando le preguntaban, a traer la jarra de agua cuando alguien tenía sed.
Había adelgazado. Lo miraba todo con una atención de lechuza, y de vez en cuando, cuando Henrietta soltaba una frase especialmente mordaz, una sonrisa fugaz le cruzaba el rostro, que se apagaba de inmediato.
Thea evitaba mirarlo. Lo evitaba con tanta eficacia que habría podido dibujar de memoria la forma exacta de su perfil sin haberlo visto.
—Lo de Agatha Fenn —dijo Ned, sacando un papel arrugado del bolsillo del chaleco— lo he confirmado esta tarde.
Fue Rupert Aldershaw, que ya está muerto, el pobre.
Murió de pulmonía hace cuatro años. Le debía a Vesey ochocientas libras.
Se lo he oído a su viuda, que se pasa las tardes en el Almack's contando secretos a quien la escuche.
—Está muerto —dijo Marsh—. No sirve como testigo.
—Pero su viuda sí. Dice que su marido se lo confesó en su lecho de muerte. Que lo había hecho por una deuda, y que no se lo perdonaba. Que lo llevaba en la conciencia.
—¿Y estaría dispuesta a repetirlo ante terceros?
—Dice que sí. Que quiere morirse con la conciencia tranquila.
—Ned se frotó las manos—. Y Constance Whitlow, la de Somerset, se ha quedado viuda hace dos meses.
El viudo de sesenta años. Heredó una fortuna.
Está en Bath, y me ha escrito. —Sacó otra carta—.
Dice que irá. Que llevará un vestido amarillo para que se la vea desde lejos.
—Un vestido amarillo —repitió Henrietta, con una risita—. Me cae bien.
—Y Rosamund Ellery —dijo Barnaby, levantando el cuaderno— vive en Florencia, según mi tía. Le he escrito. Tardará un mes en contestar.
—No llegará a tiempo.
—Entonces, tres testimonios. Henrietta, Constance y la viuda de Aldershaw. —Barnaby anotó—. Más la carta de las veladas amenazas. Más la lista de deudores. Más lo que Ned pueda sacarle a Pellew.
—A Pellew no le saco nada —dijo Ned, con ofendida dignidad—. Es un cobarde. Pero le he insinuado que si Vesey cae, su deuda de cuatro mil libras se queda sin acreedor. Y se le han puesto los ojos como platos.
—¿Quiere decir que podría declarar? —preguntó Marsh.
—Quiere decir que podría desmayarse en el momento oportuno, y eso, para nuestros fines, es casi lo mismo.
Hubo una risa general. Hasta Thea sonrió. Sintió que, en el rincón de la ventana, alguien se movía. No miró.
—Bien —dijo Lady Octavia, golpeando el suelo con el bastón.
Todos callaron—. Tenemos cuatro armas. La carta, los testimonios, la lista y la cobardía de Pellew.
Es una buena artillería. Pero no sirve de nada sin escenario.
—Miró a su alrededor—. Escuchad. La duquesa viuda de Aldworth es la única persona de Inglaterra que me da miedo.
Fuimos amigas a los diecisiete años, y no nos hablamos desde 1787.
Pero la conozco. Sé lo que le gusta. Y le gusta, por encima de todas las cosas, un escándalo bien administrado.
—¿Cómo se administra un escándalo? —preguntó Henrietta.
—Con tiempo, con testigos y con un buen primer acto. —La condesa sonrió, con un brillo casi infantil en los ojos viejos—. Yo me encargo de la entrada. Vosotros preparad la salida.
—¿Y Vesey? —preguntó Marsh—. ¿Estará?
—Naturalmente. Ha recibido invitación. Es el favorito de todas las anfitrionas. —Se recostó—. Estará sonriendo. Estará recibiendo el homenaje de todos. Y ese será el momento.
Se produjo un silencio breve. Thea miró los papeles extendidos sobre la mesa, la lista de nombres, las cartas, los hilos de colores.
Era un buen plan. Era, tal vez, el mejor que habría podido ofrecer.
Pero tenía un fallo, y lo había visto desde el primer momento, aunque no se lo había dicho a nadie.
Era que, cuando terminara, habría dejado de necesitar a nadie.
—Bueno —dijo Henrietta, desperezándose, con un bostezo largo y teatral—. Si no les importa, voy a leerles un capítulo de mi novela. Creo que ya es hora de relajarse.
—Henrietta —dijo Thea.
—Es muy corto. Y muy relevante. —Sacó el manuscrito de debajo del sillón, lo desató con un tirón y buscó una página con el dedo—. Capítulo cuarto. «El mal tiene dientes».
Se aclaró la garganta. Adoptó un tono solemne.
—«Sir Algernon Vane tenía los dientes más hermosos de Inglaterra y el alma más negra. Se sonreía en el espejo cada mañana, y cada mañana el espejo, por pudor, se empañaba».
Barnaby soltó una carcajada. Ned se tapó la boca con la mano. Lady Octavia dio un golpe de bastón de pura satisfacción. Marsh, sin poder evitarlo, soltó una risita aguda, y se ruborizó hasta las orejas.
—«Había comprado la virtud de seis doncellas con regalos, y la de una séptima con amenazas, y a ninguna de ellas había tocado un solo cabello, porque a sir Algernon no le interesaba el amor.
Le interesaban las colecciones. —Henrietta levantó la vista—.
Y sobre todo, le interesaba que las piezas, una vez adquiridas, no pudiesen irse a otra parte».
La risa se fue apagando. Una a una, las caras se volvieron graves.
—Es bastante bueno —dijo Barnaby.
—Es muy bueno —dijo Ned.
—Gracias. —Henrietta cerró el manuscrito—. Lo escribí hace seis meses. En una noche de insomnio. Cuando acabé, supe que algún día iba a ser verdad.
Thea no pudo evitar mirar hacia la ventana.
Kit seguía allí, de pie, con los brazos cruzados.
Pero ya no miraba el suelo. La estaba mirando a ella.
No fue una mirada larga. Duró lo que dura un parpadeo, quizá dos.
Pero en esa mirada había algo que Thea reconoció de inmediato, algo que había visto una vez, una sola vez, en el rostro de un hombre arrodillado en la alfombra de una biblioteca, a las tres de la madrugada, con una pluma en la mano.
Apartó los ojos.
Cogió un alfiler.
—Quentin —dijo, con la voz muy firme—. Repasemos el orden de intervenciones.