El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 18
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Capítulo 18

Henrietta Cole llegó a Half Moon Street con una maleta de cuero, un manuscrito atado con cuerda, un vestido negro de viuda de ópera y la nariz roja de dos noches de diligencia.

Se bajó del coche de alquiler sin esperar a que el cochero le abriera la portezuela, pagó con un billete arrugado, descargó ella misma la maleta en la acera y se quedó un momento mirando la fachada de la casa, con los brazos en jarras, como un general que inspecciona el campo de batalla.

Era una mujer alta, delgada, de unos veinticinco años, con una mata de pelo negro rizado que se le escapaba por todas partes del sombrero, una nariz firme, unos ojos oscuros y desafiantes, y una boca grande de la que, según pudo comprobar Thea en los primeros diez segundos, salían las frases más rápidas de Inglaterra.

—Usted debe de ser la señorita Wickersham —dijo, desde el pie de la escalinata—. Qué casa tan fea. Me encanta.

—Señorita Cole.

—Henrietta. Si vamos a conspirar, prefiero conspirar de nombre.

—Subió los peldaños de dos en dos, le estrechó la mano con una fuerza que casi le crujió los huesos y le dio un repaso de arriba abajo—.

Es usted más joven de lo que esperaba. Y más alta.

En su carta parecía una mujer de cuarenta años con un abanico de hierro.

—Gracias, supongo.

—Es un cumplido. Llevo dos días metida en una caja de madera con un granjero que olía a queso y una señora que me ha explicado el funcionamiento de su vesícula biliar con una prolijidad de tratado médico.

Cualquier persona que me haya escrito una carta con frases completas me parece una bendición.

—Echó una mirada al vestíbulo, donde Ledbetter, tieso como una columna, aguardaba con las manos a la espalda—.

¿Es un mayordomo de verdad? ¡Qué maravilla! Los míos son siempre de papel.

—Es el señor Ledbetter.

—Buenos días, señor Ledbetter. Soy una dama arruinada. Le ruego que no me juzgue.

—Señorita —dijo Ledbetter, con una profundísima inclinación de cabeza—, en esta casa nadie juzga a nadie. Es una cuestión de principios y de falta de tiempo.

Henrietta soltó una carcajada. Era una carcajada limpia, sonora, y a Thea, que llevaba nueve días sin reír con ganas, se le encogió un poco el corazón de simpatía.

La instaló en la habitación de invitados del segundo piso, la que miraba al jardín trasero, con una cama ancha, un tocador de caoba y un papel pintado de cañas y garzas que Thea llevaba años queriendo quitar.

Henrietta dejó caer la maleta sobre la colcha, se quitó el sombrero con un manotazo y se tumbó boca arriba, con los brazos abiertos.

—Cielo santo. Una cama. Una cama de verdad, que no se mueve.

—¿Quiere descansar?

—Quiero un baño, un bizcocho, tres horas de sueño y una taza de chocolate. Pero no en ese orden. Primero hablemos. Después, el resto. —Se incorporó sobre los codos y la miró con ojos entornados—. Quiero que me diga lo que sabe.

—Sé que a usted la hundió un rumor sin fundamento.

—Eso lo sabe todo Londres. Aunque la mitad piense lo contrario.

—Sé que no fue el primero. Que hubo otras tres antes de usted. Y que murió una.

—Agatha Fenn. —El rostro de Henrietta se ensombreció un instante—. La conocí. Éramos primas lejanas. Muy lejanas. La vi dos veces en mi vida, en bodas de familia. Era dulce y callada, y le gustaba cantar. Dicen que se murió de fiebres. —Hizo una pausa—. Yo creo que se murió de silencio.

Thea guardó silencio. Se sentó en el borde de un sillón.

—Sé que él envía un regalo caro antes de la propuesta —continuó—. Sé que hay un rumor después de la negativa. Y creo, creo, que el rumor lo dejan caer personas que le deben dinero. Pero me faltan pruebas.

—¿Y por eso me ha escrito?

—Le he escrito porque si usted tenía algo, yo quería verlo.

—Ah. —Henrietta se sentó en la cama y cruzó las piernas con un frufrú de enaguas negras—. Está usted en lo cierto. Tengo algo.

Se inclinó sobre la maleta. La abrió. De entre un revoltijo de camisones, medias, cuadernos y un cepillo sin cerdas sacó una carpeta de cartón atada con una cinta roja, que depositó sobre la colcha con reverencia de relicario.

—Léala —dijo.

Era una sola hoja. Papel grueso, color crema, con una letra elegante, inclinada, de rasgos largos que Thea reconoció de inmediato. La tinta se había vuelto un poco parda. Estaba fechada en septiembre del año anterior, tres días después de la negativa. Comenzaba:

Querida señorita Cole:

Lamento profundamente que mi declaración le haya resultado inoportuna. Mi pesar es sincero. Tenga la certeza de que no le guardo ningún rencor, y de que mi única preocupación es el bienestar de usted y el buen nombre de su familia.

Permítame, sin embargo, expresarle una reflexión que me ha ocupado estos días.

Es posible que, con el paso del tiempo, y a la vista de la delicada situación en que se encuentra una joven que rechaza a un caballero respetado, usted reconsidere su decisión.

Yo estaría dispuesto, como es natural, a olvidar el pasado.

Si, por el contrario, persistiera en su negativa, me temo que ciertas personas de mi círculo, siempre inclinadas a la especulación, podrían sacar conclusiones poco favorables sobre las razones de su reticencia.

Sería doloroso para mí. Y más doloroso aún para usted.

Quedo, no obstante, a su entera disposición. Su afectísimo, A. Vesey.

Thea leyó la carta una vez. Después la leyó otra, despacio, con los dedos tiesos sobre el papel.

—Dios mío —dijo.

—¿A que es una joya?

—Es una amenaza.

—Es una obra maestra de la amenaza. —Henrietta se rascó la nariz, con un destello de rabia en los ojos—.

Ni una palabra fuera de sitio. Cualquier juez de Inglaterra la leería y diría: qué hombre tan caballeroso.

Solo cuando uno sabe lo que vino después, entiende lo que dice.

Pero está ahí. «Ciertas personas de mi círculo».

«Conclusiones poco favorables». Tres semanas más tarde, Cuthbert Pellew contaba en una cena que me habían visto con un criado.

—¿Por qué la guardó?

—Porque soy escritora. Guardo todo lo que me parece bien escrito.

—Sonrió con amargura—. Y porque cuando la recibí, pensé: esto es una pieza de colección.

Y la metí en un cajón. Y ahí se quedó, mientras me convertía en la comidilla de todo Londres y mi padre me enviaba a Northumberland con una tía que bebe jerez a las diez de la mañana.

—¿Cómo se lo tomó?

—Fatal. Durante tres meses. —Se encogió de hombros—.

Lloré mucho. Rompí un espejo. Escribí un poema de novecientos versos titulado «Los dientes del traidor».

Después, una mañana, me desperté y pensé: puedo hacer dos cosas.

Puedo convertirme en lo que ellos dicen que soy.

O puedo escribir novelas. Y elegí la segunda.

He publicado cuatro. Con un seudónimo. «Una dama de Alnwick».

Mi editor de Edimburgo dice que van a darme dinero.

—Eso es magnífico.

—Lo es. Pero no basta. —Henrietta se inclinó hacia delante, con las manos en las rodillas, y habló más bajo—. Porque hay una cosa que no le conté en la carta. Una cosa que escribo cada noche en un cuaderno y que no he sido capaz de poner en una novela.

—¿Qué?

—Que yo lo vi. Alaric. Una semana después de la negativa.

En una calle de Londres. Salí de la casa de una modista, y él estaba al otro lado de la acera, de pie, sin moverse, mirándome.

Sonriendo. Con ese sombrero. Con esos guantes.

Y me hizo una pequeña inclinación de cabeza. No de burla. De reconocimiento.

—De reconocimiento.

—Como un coleccionista saluda a una pieza que ha comprado y todavía no ha enmarcado. —La voz le tembló un instante—. Eso es lo que yo era para él. No una mujer a quien deseaba. Una cosa que quería tener. Y que, al no poder, quiso destruir. Nunca fue lujuria. Eso lo tengo muy claro. Fue posesión.

Thea cerró los ojos. Pensó en un escarabajo clavado con un alfiler, bajo una lámina de cristal, con una etiqueta en la pata. En una vitrina de cristal. En un hombre que se detenía ante cada caja con una sonrisa de satisfacción, y volvía a casa.

—Henrietta.

—Dígame.

—¿Está dispuesta a declarar?

—¿Ante quién?

—Ante todos.

Henrietta Cole la miró. Los ojos oscuros brillaban.

—Llevo un año esperando que alguien me haga esa pregunta —dijo—. Sí. Con muchísimo gusto.

—Podría ser muy desagradable.

—Todo lo desagradable que usted quiera. —Se levantó de la cama de un salto, con un entusiasmo contagioso—. Dígame qué necesita. ¿Un juramento? ¿Una declaración jurada? ¿Quiere que llore delante del obispo?

—No hace falta que llore.

—Puedo hacerlo. Lloro muy bien. Lo aprendí con la tía de Northumberland.

—Quiero que cuente la verdad —dijo Thea—. En el momento justo. Delante de las personas adecuadas.

—¿Y cuál es el momento?

—El baile de clausura de la temporada. En casa de la duquesa viuda de Aldworth, dentro de seis días.

—La duquesa viuda de Aldworth. —Henrietta silbó, con admiración—. La que tiene a Londres entero cogido por las pelotas, perdone la expresión.

—Esa misma.

—¿Y cómo vamos a entrar?

—Lady Octavia Hadley —dijo Thea, con una sonrisa por fin auténtica— tiene un talento especial para organizar entradas.

La reunión de conspiradores tuvo lugar en la biblioteca, a las nueve de la noche, con las cortinas echadas, un fuego medio encendido en la chimenea y la mesa de nogal cubierta de papeles.

Estaban todos. Barnaby, repantigado en el sofá con una pierna sobre el brazo, tomando notas en un cuaderno cuya primera página se titulaba, en mayúsculas, OPERACIÓN ESCARABAJO.

Quentin Marsh, con sus anteojos y su maletín.

Lady Octavia, instalada en el sillón de lord Wickersham con el bastón entre las rodillas y un gesto de feroz satisfacción.

Ned Harbottle, que había llegado a las ocho y media, jadeante y con la corbata torcida, con la información que le habían pedido. Y Kit.