El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Cuatro mil libras. Un hombre al que Vesey había prestado cuatro mil libras había corrido la voz sobre Henrietta Cole.

Un hombre que no tenía, hasta donde Kit recordaba, ninguna razón personal para hacerlo.

Un hombre sin resentimientos, sin rencores y sin una sola opinión propia que no hubiera aprendido de otro. Y Pellew era uno de treinta.

Treinta hombres. Treinta deudas. Treinta bocas.

—Ned —dijo, muy despacio—. ¿Quién fue el primero que habló mal de Constance Whitlow?

—¿Whitlow? ¿Hace cuatro años? —Ned frunció el ceño—.

No lo recuerdo... Espera. Sí. Fue Bligh.

Wentworth Bligh. En una carrera de caballos, en Newmarket.

Estaba fanfarroneando delante de un grupo y dijo que la había visto con un criado de su padre.

Me acuerdo porque yo pensé que no tenía sentido.

Bligh no habría podido reconocer a un criado ni aunque se sentara encima de él.

—¿Y Rosamund Ellery?

—Duxbury. Seguro. Fue una cena de gala... —Ned se interrumpió. Se había puesto pálido. Sus ojos, azules y redondos, se abrieron un poco más—. Kit.

—Sí.

—No estarás diciendo lo que creo que estás diciendo.

—No digo nada. Solo hago preguntas.

—Dios santo. —Ned se pasó una mano por la cara—. ¿Estás diciendo que Vesey... que lo hace a través de los demás? ¿Con los préstamos?

—No lo sé. Puede ser una coincidencia.

—Cuatro coincidencias —murmuró Ned—. En nueve años. Con cuatro mujeres. Y cuatro hombres que le deben dinero.

—Pellew, Bligh, Duxbury y ¿quién fue el de Agatha Fenn?

—No me acuerdo. Hace demasiado.

—Averígualo.

—¿Yo?

—Tú sabes todo lo que se dice en este club.

—Es lo único que sé —dijo Ned, con una dignidad herida que a Kit le pareció casi conmovedora—. Está bien. Lo averiguaré. Dame dos días.

—Y no se lo cuentes a nadie.

—Soy una tumba.

—Ned, eres un río.

—Soy un río subterráneo.

Kit sonrió, por primera vez en ocho días. Se levantó. Le apretó el hombro a su amigo, con más fuerza de la necesaria, y se encaminó hacia la salida con la lista que le había dado el club, la lista de nombres, de cantidades y de sonrisas, grabada en la cabeza.

—Kit —dijo Ned, a su espalda.

—¿Sí?

—Si lo que dices es verdad, ese hombre es un monstruo.

—Lo sé.

—Y la señorita Wickersham lo sabe. Por eso está haciendo esto.

—Sí.

—Es una mujer extraordinaria.

—Lo sé —repitió Kit, con la mano en la puerta—. Es lo único que sé.

Ledbetter lo recibió en el vestíbulo de Half Moon Street con la solemnidad de un mayordomo que ha recibido instrucciones.

—Milord. La señorita Dorothea no está en casa.

—Ledbetter.

—Milord.

—Su sombrero azul está colgado en el perchero.

El mayordomo miró de reojo el perchero. Lo miró otra vez. Con gesto de haber descubierto que el mundo es injusto, reconoció con un carraspeo:

—Es posible que haya salido sin él.

—Es posible.

—O que esté en casa, pero no reciba visitas.

—Es posible también.

—Milord, yo... —Se mordió el labio. Miró hacia el fondo del pasillo, donde una puerta entreabierta dejaba salir un murmullo de voces masculinas—. Con la venia del señor conde, me temo que el señor Barnaby Wickersham ha dejado la puerta de la biblioteca sin cerrar.

—¿Ha sido un descuido?

—Es difícil asegurarlo, milord.

Kit le dio una palmada en el hombro, algo que no había hecho jamás con un mayordomo, y cruzó el vestíbulo.

La biblioteca estaba en penumbra, con las cortinas medio echadas y una lámpara de aceite encendida sobre el escritorio.

En el suelo, extendidos en abanico, había cuarenta y cinco papeles.

En el sofá, hundido en los cojines, Barnaby dormía con la boca abierta y una pluma en la mano.

En una silla junto a la ventana, con un cuaderno sobre las rodillas y un anteojo en la punta de la nariz, un joven abogado de rostro anguloso tomaba notas sin levantar los ojos.

Y al otro lado del escritorio, de pie, inclinada sobre un mapa de Londres que habían cubierto de alfileres y de hilos de colores, con el pelo recogido en un moño que se le desmoronaba y las mangas remangadas hasta los codos, Thea.

No lo vio entrar.

Kit se quedó en el umbral. Durante unos segundos, no pudo hacer otra cosa que mirarla.

Había adelgazado. Tenía las mejillas hundidas, unas sombras violáceas bajo los ojos, una mancha de tinta en el cuello de la blusa.

Frunció el ceño ante un hilo azul, lo tensó, lo clavó con un alfiler en el barrio de Mayfair.

Se apartó un mechón con el dorso de la mano. Murmuró algo, y escribió una nota.

Pensó que nunca la había visto más hermosa. Y que le dolía en algún punto entre las costillas.

—Ledbetter —dijo ella, sin levantar la cabeza—, creo que le dije que no estaba para nadie.

—No soy nadie —dijo Kit.

Thea se quedó inmóvil. Los alfileres, entre sus dedos, tintinearon contra la mesa.

Levantó la cabeza muy despacio. Sus ojos, grises y verdes, se encontraron con los suyos, y durante un segundo, un solo segundo, Kit vio en ellos algo que hizo que el corazón se le detuviera.

Después la expresión se cerró, y se volvió una máscara de cortesía.

—Lord Larkmoor —dijo.

—Señorita Wickersham.

—No le esperaba.

—Lo sé. Pido disculpas por la intromisión. —Dio un paso—. No he venido a hablar de lo que hablamos. No he venido a pedirte nada. He venido a darte información.

—¿Información?

—Sobre Vesey. —Sacó del bolsillo una hoja doblada, la que había garabateado en el coche de camino a casa, con letra apresurada—. He estado en White's. He hablado con Ned Harbottle. Creo que he descubierto cómo lo hace.

Thea lo miró durante un tiempo que le pareció largo. Barnaby, en el sofá, abrió un ojo, vio quién era, y volvió a cerrarlo con una expresión de profunda satisfacción. El abogado levantó la cabeza de su cuaderno.

—Quentin —dijo Thea, sin apartar la vista de Kit—. Tome nota, por favor.

Se lo contó todo. Los préstamos. Los treinta deudores.

Cuthbert Pellew y los cuatro mil. Wentworth Bligh y el criado inventado.

Duxbury y la cena de gala. Las cuatro mujeres y los cuatro hombres que habían corrido la voz.

Lo contó de pie, con la voz serena y la precisión de un informe militar, sin adornos, sin una sola palabra que no fuera estrictamente necesaria.

Mientras hablaba, Thea escuchó con los ojos entornados, con el lápiz moviéndose sobre una hoja.

Cuando él terminó, ella tardó un rato en hablar.

—Los préstamos —dijo—. Por eso nadie lo sospecha.

—Sí.

—No es un hombre que lance un rumor. Es un hombre que lo deja caer en la boca de otro. Alguien que le debe dinero y que, por tanto, no va a decirle que no.

—Eso creo.

—Y que no tiene que pedirlo, porque no hace falta.

Basta con que una muchacha lo rechace, y que el deudor de turno se entere.

Un comentario aquí. Una confidencia allá.

Alguien que quiere agradar al benefactor.

—Se pasó la mano por la frente—. Es magnífico.

Es una máquina perfecta. Nadie ha ordenado nada. Nadie ha cometido una falta.

—Nadie, salvo él.

—Salvo él. Pero no hay ni un papel. Ni una carta.

—Hay una —dijo Kit.

Ella levantó la cabeza.

—Las cartas de los préstamos. Los pagarés. Si Pellew, Bligh y Duxbury firmaron un reconocimiento de deuda, tiene que existir un documento. Con fecha. Antes y después del rumor. Si conseguimos que alguno testifique que el rumor siguió a un préstamo, o a una advertencia, o a una amenaza...

—Necesitamos que hable uno de ellos.

—Sí.

—Y tendría que ser el más débil.

—Ned está averiguando quién fue el de Agatha Fenn.

—Agatha Fenn murió —dijo Thea, con voz muy baja—. Hace nueve años. A los veinticuatro. —Dejó el lápiz sobre la mesa—. Fue la primera, Kit. La que le enseñó que podía hacerlo.

Kit no contestó. Hubo un silencio, de esos que no pesan nada, y que ninguno se atrevió a romper. En el sofá, Barnaby respiraba despacio. El abogado carraspeó, bajó la cabeza y fingió una concentración extrema en su cuaderno.

—Gracias —dijo Thea.

—No me des las gracias.

—Es la información que me faltaba. El mecanismo.

—No he venido a salvarte, Dorothea. —Lo dijo muy rápido, antes de que se le acabara el valor—. No quiero que pienses eso. No he venido a arreglar nada. Solo a ser útil. Si me dejas.

Ella lo miró.

Hubo algo que le cruzó la cara, de una orilla a otra, muy deprisa.

Algo que era cansancio, y rabia, y una ternura que se le escapaba por las comisuras, y que ella se apresuró a recoger.

Tragó saliva. Apartó los ojos del suyo y los llevó a la mesa, al mapa, a los hilos de colores, y durante un buen rato pareció contemplar una calle de Mayfair con la intensidad de un cartógrafo.

—Hay una silla —dijo, al fin.

—¿Cómo?

—Junto a la ventana. Es la que usa Quentin, pero puede traer otra del comedor. —Cogió un alfiler—. Si vas a ayudar, siéntate. Hazlo bien. Y trae papel.

Kit sintió que algo muy tibio y muy doloroso le subía por el pecho.

—Sí, señorita Wickersham —dijo.

Fue a buscar la silla.