Capítulo 17
Pocock llevaba ocho días sin doblar una sola camisa con opinión.
Era la medida más fiable de la gravedad de la situación.
Kit lo había advertido al tercer día, con una vaga inquietud, y al sexto con alarma.
El ayuda de cámara se había limitado a recoger la ropa del suelo, a colgarla, a cepillarla y a guardarla con una neutralidad de enterrador, sin una sola ceja levantada, sin un solo pliegue elocuente, y a servirle el desayuno en silencio, sobre una bandeja de plata, con las tostadas sin mantequilla porque su señor, desde hacía una semana, las devolvía intactas.
Esa mañana, mientras le anudaba la corbata con dedos de cirujano, Pocock rompió por fin el voto.
—Milord —dijo.
—Dime.
—Me permito observar que el señor conde ha pasado tres tardes consecutivas conduciendo el faetón por Half Moon Street.
—Es un buen camino.
—Hay quince caminos mejores, milord. Y ninguno tiene la desventaja de pasar bajo las ventanas de una dama que no recibe visitas.
—Pocock.
—Milord.
—Cállate.
—Muy bien, milord. —Terminó el nudo. Dio un paso atrás—. Solo añadiré que Bonaparte lleva dos días sin comer. Y que en mi experiencia, cuando un pug rechaza el jamón, la situación es seria.
Kit bajó la vista. Bonaparte, sentado junto a la cama con las patas muy juntas, lo miraba con sus ojos saltones y un aire de enorme reproche.
—No empieces tú también —murmuró.
El perro resopló, muy largo y muy hondo. Se tumbó sobre la alfombra con el hocico entre las patas.
Lady Octavia lo mandó llamar a las once.
No usó una nota de tres palabras, ni un lacayo.
Usó a Pitt, el gato gris, que apareció en la puerta de su estudio con una carta atada al cuello con un lazo de raso y que, al ser descubierto, bufó con indignación y se escondió bajo el sofá.
La carta decía, con la letra enérgica de su abuela: Ven.
Ahora. No traigas al perro. Está deprimido y me deprime a mí.
Grosvenor Square, a esa hora, era un jardín bañado por un sol pálido, con los plátanos recién podados y un grupo de niños con sus institutrices junto a la verja.
Lady Octavia lo recibió en su salón amarillo, sentada en el diván, con un chal sobre las rodillas y una taza de chocolate en las manos.
Le señaló el sillón con el bastón. Lo miró por encima del monóculo.
—Eres un idiota —dijo.
—Buenos días, abuela.
—Un perfecto idiota. Lo digo con el cariño de una vieja que te quiere más que a su propia vida. Pero eres un idiota.
—Ya me lo han dicho.
—¿Quién?
—Mi ayuda de cámara.
—Es un hombre de sentido común. Siéntate.
Se sentó. Lady Octavia dio un sorbo de chocolate. Dejó la taza sobre el platillo.
—Cuéntamelo.
—No hay nada que contar.
—Christopher.
—Le propuse matrimonio.
—Sé lo que le propusiste. Me lo contó Barnaby, que vino anoche a pedir un coñac y a mirar al vacío. —La condesa lo atravesó con la vista—. Quiero saber qué le dijiste.
—Que era la única salida.
—¿Y qué le dijiste cuando te preguntó por qué?
Kit apartó la mirada. Contempló un rincón del techo, una moldura de escayola con motivos de hojas de laurel.
—Nada.
—¿Nada?
—No me salió.
—No te salió. —Lady Octavia dejó escapar el aire por la nariz, con un resoplido tan largo que el gato debajo del sofá se estremeció—.
Dios mío. Tengo setenta y nueve años y he visto caer imperios, y nunca había visto algo tan estúpido.
Una mujer a la que le has dado el mejor año de tu vida te pregunta por qué quieres casarte con ella, y tú te quedas mirando el techo.
—Abuela, no es tan sencillo.
—Es sencillísimo.
—No lo es. —Se levantó. Dio un paso hacia la ventana.
Se pasó una mano por el pelo—. Si se lo digo ahora, si le digo lo que siento ahora, con el contrato de Vesey en la mesa, con Livvy en medio, con Pennington esperando una respuesta, con la lista...
va a pensar que es otra parte del arreglo.
Va a pensar que lo digo para arreglarlo.
Que soy un hombre que soluciona problemas con palabras bonitas.
Y ella, que lleva doce años solucionando los problemas de los demás, no necesita a nadie más que le solucione los suyos.
Necesita que alguien... —Se interrumpió.
—¿Que alguien qué?
—Que alguien la elija. Por ella. Por nada más.
Hubo un silencio. La anciana lo observaba con las manos cruzadas sobre el bastón.
—Eso es lo más inteligente que has dicho en tu vida —dijo, al fin.
—Gracias.
—Y la conclusión que sacas es la más estúpida.
—¿Por qué?
—Porque estás esperando a que haya un momento en que no sirva para nada.
—Alzó una ceja—. Y ese momento no va a llegar, hijo.
Siempre habrá un contrato, una lista, un editor, una hermana.
La vida está llena de problemas. Si esperas a decir lo que sientes hasta que no haya ninguno, lo dirás a los ochenta años, en una cama, y no te escuchará nadie.
—Dio un golpecito con el bastón sobre la alfombra—.
El momento perfecto no existe, Christopher. Existe el momento en que te atreves.
Kit abrió la boca. La cerró.
—Dilo cuando no sirva —siguió ella, más bajo—. Cuando sea tan inútil, tan inoportuno, tan impropio de la ocasión, que nadie pueda pensar que lo haces por conveniencia. Dilo mal. Dilo en el peor momento. Dilo sin que sirva para resolver nada. Y entonces ella sabrá que es verdad.
—Eso es una estupidez.
—Es lo único que funciona. —Se arrellanó en el diván—. Mientras tanto, haz algo útil.
—¿Útil?
—Ella está trabajando. Lo sé por Barnaby.
Se ha encerrado en esa biblioteca con un abogado y un montón de papeles, y está construyendo un caso contra Vesey.
Con método. Con pruebas. Es la mujer más inteligente que he conocido en mi vida, y la he conocido a ella desde hace tres semanas.
—Sonrió con malicia—. No te pide que la salves.
Pero necesita información, y tú tienes una ventaja sobre cualquier otra persona de Londres.
Eres hombre, eres conde y frecuentas White's.
—¿Qué quieres que haga?
—Que escuches. A los hombres. Los que murmuran en los rincones de ese club que tanto te gusta.
—Alzó el bastón—. Vesey tiene amigos. Tiene deudores.
Tiene aliados. Quiero saber quiénes. Y quiero que se lo cuentes a ella.
Sin segundas intenciones. Sin mentiras. Sin una sola palabra más de las que hagan falta.
—¿Y si no me escucha?
—Entonces la dejas. Y vuelves a intentarlo mañana. —Lady Octavia sonrió, esta vez sin ironía—. Es la parte más difícil, hijo. Volver a intentarlo.
White's, a las cuatro de la tarde, era un cuarto largo de techo bajo y paredes forradas de madera oscura, con cuatro hileras de sillones de cuero desportillado y una atmósfera densa y cálida de hombres que no tenían nada mejor que hacer.
Entró con la cabeza gacha, saludó a dos caballeros que dormitaban sobre sendos periódicos y cruzó hasta el rincón de la ventana, donde Ned Harbottle leía el Morning Chronicle con las botas sobre un taburete.
—¡Larkmoor! —Ned dejó caer el periódico, con una exclamación que sobresaltó a todo un par de duques—. ¡Santo cielo! ¡Si estás vivo!
—Más o menos.
—He oído cosas. —Se incorporó, con entusiasmo evidente—. Dicen que has roto con la señorita Wickersham. Dicen que ella te ha dado calabazas. Dicen que estás enfermo, que estás en Kent, que te has ido a Italia. Dicen... Holloway tiene una apuesta de ochenta libras a que te hundes en el Támesis.
—Gracias por tu preocupación.
—Es una cuestión de dinero. —Ned señaló el sillón vecino—. Siéntate. Cuéntamelo todo.
Kit se sentó. Dudó. No era un hombre dado a las confidencias, y Ned Harbottle era la persona menos adecuada de Inglaterra para recibirlas, pero tenía en cambio una virtud, la de ser capaz de hablar durante una hora seguida sobre cualquier tema, y una cualidad todavía más útil: la de saber todo lo que se decía en ese club sin haberlo entendido nunca.
—No he roto con nadie —dijo—. He venido a hacerte unas preguntas. Sobre Vesey.
—¿Alaric Vesey?
—Sí.
—Un tipo estupendo.
—Eso me han dicho.
—Es un benefactor. Un santo. —Ned se rascó la nariz—.
Presta dinero. A mucha gente. Sin intereses, sin papeleo, con una sonrisa y un apretón de manos.
A ver, nadie lo dice, pero todo el mundo lo sabe.
Si uno se ve en un apuro, Vesey le hace un favor.
Si uno tiene una cuenta pendiente con un sastre, Vesey la paga.
Si uno ha perdido de más en una noche de cartas, Vesey le adelanta lo que falte. Es una institución.
—¿A cuánta gente?
—No sé. Veinte. Treinta.
—¿Quiénes?
—Hombres de todo tipo. —Ned se encogió de hombros—.
El mismísimo lord Pelham, claro, que le debe una fortuna.
Lord Cuthbert Pellew. Los dos hijos de Fanshawe.
Un par de oficiales de la Marina. El joven Duxbury.
Wentworth Bligh. Creo que el propio Holloway le debe algo, aunque no lo reconocerá ni a golpes.
Kit sintió que se le aceleraba el pulso.
—¿Pellew?
—Cuthbert Pellew. El de los dientes malos.
Una bocaza. —Ned sonrió con malicia—. Es el que corrió la voz de lo de la pobre Cole, el año pasado.
Fue en una cena en casa de los Waverley.
Pellew dijo, así, con aire distraído: «Lástima de muchacha, tan guapa, y con esa fama».
Y a la semana todo Londres sabía que la señorita Cole tenía un pasado.
—¿Y por qué lo dijo?
—Y yo qué sé. Porque es un chismoso.
—Ned. —Kit se inclinó hacia delante—. ¿Cuánto le debe Pellew a Vesey?
—Hombre, no es de buen tono preguntar...
—¿Cuánto?
—Cuatro mil. —Ned bajó la voz, y miró por encima del hombro—. Y por favor, no digas que te lo he dicho yo. Me lo contó Duxbury, borracho, el día de San Jorge.
Kit se quedó inmóvil.