El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Lady Octavia había hecho su parte con una eficacia que no le sorprendió.

Había recibido en su salón, a lo largo de tres tardes, a una procesión de tías, madrinas y amigas íntimas de la alta sociedad londinense, y les había sacado, con el té, con el bizcocho y con una paciencia de inquisidor, todos los nombres y todos los detalles que la memoria de Londres había guardado, con mayor o menor fidelidad, sobre las mujeres que alguna vez habían dicho que no a sir Alaric Vesey.

Eran cuatro.

Henrietta Cole, hacía un año, que se había marchado a Northumberland.

Constance Whitlow, hacía cuatro años. Una heredera de Somerset.

Se había casado en dos meses con un viudo de sesenta años, en una ceremonia discreta, dos semanas después de que se corriera por los salones el rumor de que había tenido «una relación indecorosa con un criado».

No había habido criado. No había habido relación.

Pero Constance Whitlow había pasado de ser la debutante más solicitada de la temporada a una recién casada con un hombre que podía ser su abuelo.

Rosamund Ellery, hacía siete años. Se había ido a vivir al continente. No se sabía dónde. Algunos decían que a Florencia.

Y Agatha Fenn, hacía nueve. La primera. La que, según una de las tías de lady Octavia, había sido «la causa de que ese hombre decidiera que no volvería a recibir una negativa sin consecuencias».

Había muerto de fiebres a los veinticuatro años, en casa de su hermano, en Cornualles, sin haber vuelto a salir de la finca.

Thea miró aquel último nombre durante mucho tiempo.

—Cuatro —dijo, por fin.

—Cuatro que sepamos —dijo Barnaby, a su lado—. Puede haber más.

—Cuatro en nueve años. —Pasó la mano por los papeles—.

Una cada dos años y pico. El método es siempre el mismo: la propuesta, la negativa, el rumor.

Las cuatro eran de buena familia, sin padre o con un padre débil, sin un hermano mayor.

Y las cuatro, antes de la negativa, habían recibido de él un regalo caro.

—El brazalete.

—El brazalete de Livvy. Sí.

—¿Crees que lo hace con premeditación?

—Creo que es un hombre metódico. —Thea se quedó mirando el papel de Agatha Fenn—. Y que ha tenido la suerte de que ninguna de ellas, hasta ahora, se haya atrevido a hablar.

—¿Y lo harán?

—No lo sé. Pero hay una que ha dicho que sí.

Sacó de entre los papeles una carta arrugada, con matasellos de Alnwick.

La había recibido dos días antes. Era un sobre de papel barato, escrito con una letra grande, enérgica, que se salía de los renglones.

La había leído tantas veces que se la sabía de memoria.

Decía, en esencia, tres cosas. Que Henrietta Cole no esperaba que nadie la creyera.

Que si Thea Wickersham creía lo que decía, era la primera persona en un año que lo hacía, y que la invitaba a tomar el té «si es usted capaz de aguantarme, cosa que dudo».

Y que, si no era broma, tomaría la diligencia de Newcastle el viernes por la noche, y llegaría a Londres el martes, «con una maleta, un manuscrito y un vestido negro, porque los otros me los ha comido la polilla».

P.D.: Lo de Northumberland es mentira. Estoy mejor que nunca. Escribo novelas góticas con un seudónimo y ya he matado a seis hombres, todos con los dientes muy parejos.

Barnaby soltó una carcajada.

—Me cae bien.

—A mí también.

—¿Cuándo llega?

—Mañana.

Hizo una pausa. Miró el reloj de la repisa.

Eran las cinco y diez de la tarde, y la luz, gris y baja, entraba por la ventana en un rayo oblicuo, y a lo lejos, en la calle, se oía el traqueteo de un carruaje.

No era el primero del día. Desde hacía tres, un faetón de ruedas amarillas pasaba por Half Moon Street a las cinco de la tarde, muy despacio, delante de la casa, y seguía su camino.

Nunca se detenía. Nunca se bajaba nadie. Los nudillos de ella se ponían blancos cada vez que lo oía.

—Thea —dijo Barnaby, con cuidado.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo sé. Estás a punto.

—Es que Kit ha escrito otra vez. Me lo ha dicho Ledbetter.

—No pienso leerla.

—No te pido que la leas.

—Entonces no me la menciones.

—Thea. —Se acercó, se puso en cuclillas a su lado, con las manos entre las rodillas—. Lleva ocho días sin dormir. Se lo he visto en la cara. Ha adelgazado. No ha ido a ninguna fiesta. Mi tía dice que lo vio en el parque, solo, mirando una fuente. Que Bonaparte tampoco come.

—No es asunto mío.

—No digo que lo sea. Digo que sufre.

—Yo también sufro —dijo Thea, con la voz seca—. Y no me paseo en faetón delante de su casa.

—Es que no sabe qué hacer.

—Sabe perfectamente qué hacer. —Cogió un papel, lo dejó, cogió otro—.

Tiene que decirme por qué. Una frase. Una sola.

Que me explique por qué quería casarse conmigo.

Y que sea la verdad. Si es por Livvy, lo comprenderé.

Si es por Pennington, también. Si es por la lista de su abuela, lo aceptaré.

Pero que me lo diga. Que no se calle como un... como un adolescente.

—¿Y si no es por ninguna de esas cosas?

Thea se quedó inmóvil. Tenía un papel en la mano. Era el de Agatha Fenn.

—Entonces —dijo, en un hilo de voz— tendrá que decirlo.

—¿Y si no puede?

—Entonces no es lo que yo creía.

Barnaby no contestó. Le puso una mano en el hombro, y se la apretó, con torpeza, y se levantó para encender las lámparas.

Fuera, la lluvia volvió a empezar.

Aquella noche, ya en la cama, a oscuras, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos fijos en el dosel, Thea oyó cómo, en algún lugar de la ciudad, una campana daba la una.

Repasó sus argumentos. Los repasó todos, uno por uno, con la lógica ordenada que había aprendido a aplicar a las especies.

Era una mujer razonable. Tenía veintiséis años.

Había dicho que no a un hombre que le ofrecía una licencia especial, un título, una abadía con setenta y dos habitaciones, un editor y un perro.

Había hecho lo correcto.

Se dio la vuelta. Metió la cara en la almohada. Y por primera vez en doce años, sin ruido y sin testigos, como había aprendido a llorar de niña, lloró hasta quedarse dormida.