El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 16
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Capítulo 16

—No voy a dejar que te cases por mí —dijo Livvy.

Estaba sentada en el segundo peldaño de la escalera, con las rodillas contra el pecho, los ojos enrojecidos y la nariz hinchada, y lo dijo con una firmeza que Thea no le había oído en dieciocho años de vida.

Lo dijo mirando al frente, hacia la puerta de la calle, con la barbilla temblándole un poco y los puños cerrados sobre la falda del camisón.

Thea se sentó a su lado. Los peldaños de roble crujieron.

—No me caso por ti.

—Lo he oído todo.

—Lo sé.

—He oído a Kit decir que es la única salida. Y a ti decir que no. Y lo he oído decir... —Livvy tragó saliva—. No, eso no. Lo que no ha dicho. Lo he oído no decirlo.

—Livvy.

—Soy yo quien tiene que pagar, Thea. Es mi compromiso. Es mi nombre en el papel. —Se secó la nariz con la manga—. Si me caso con sir Alaric, se acaba todo. Tú no tienes que ir a ninguna iglesia con nadie. Papá no tiene que preocuparse. Lord Larkmoor puede volver a su vida de siempre. Y yo...

—Y tú te pasas cuarenta años con un hombre al que no soportas, mientras Walter cataloga mariposas en Kent.

—Dejaré de pensar en Walter.

—No puedes.

—Me esforzaré.

—Livvy Wickersham. —Thea la tomó de los hombros y la obligó a girarse—. Mírame. ¿Te acuerdas de lo que te dije en mi cuarto, hace tres semanas? Que yo me ocupo de todo lo demás. ¿Te acuerdas?

—Sí.

—¿Y te acuerdas de que no suelo fallar?

—Has fallado esta vez.

—Esta vez he cometido un error —concedió Thea—. Uno solo. Un error de planificación. Y voy a arreglarlo. No sé todavía cómo, pero lo voy a arreglar. Sin que tú te cases con nadie. Sin que yo me case con nadie. Con inteligencia, con método y con una enorme cantidad de papel.

—¿Con papel?

—Con mucho papel. —Sintió que le salía una sonrisa temblorosa, la primera de la mañana—. Es lo que mejor se me da. Es lo único que se me da bien.

—Eso no es verdad.

—Lo es.

—No. Se te dan bien muchas cosas. —Livvy apoyó la cabeza en su hombro. Tenía el pelo suelto, con olor a jabón de manzanilla—. Se te da bien querer. Eso se te da mejor que nada.

Thea no contestó. Le acarició el pelo. Y notó, con una claridad que le heló la sangre, que se le había hecho un nudo en el pecho y que, si hablaba, iba a romperse.

Se pasó el día entero encerrada en la biblioteca.

No salió a comer. Ledbetter le dejó en la puerta una bandeja con sopa fría y un trozo de pastel, y ella no lo tocó.

Hizo salir a la tía Winifred con una excusa.

Hizo salir a su padre con otra. Escribió, ordenó, tachó, empezó de nuevo, y hacia las cuatro de la tarde, cuando por fin levantó la cabeza, había cubierto el suelo, el escritorio y el sofá de cuero de hojas de papel dispuestas en un orden que solo ella entendía.

Lo llamó, con la ironía que le quedaba, el archivo.

Era la única manera en que sabía pensar.

Cuando se enfrentaba a un problema que no entendía, lo dividía.

Lo clasificaba. Lo ponía en una caja con una etiqueta y lo miraba con distancia, como se mira a un escarabajo de especie desconocida, buscando el rasgo que lo distingue y la familia a la que pertenece.

Y esa tarde, con la lluvia golpeando los cristales y el sabor del té frío en la garganta, empezó a clasificar a sir Alaric Vesey.

Alaric Vesey. Baronet. 41 años. Lincolnshire.

Método: la cortesía.

Hábitat: los salones.

Presa: mujeres jóvenes, de buena familia, con una virtud común: ninguna tenía un hermano ni un padre capaz de pararle los pies.

Escribió esa última línea con más fuerza de la necesaria, y la pluma le rasgó el papel.

Henrietta Cole había sido la última. Pero Henrietta, se dijo, no podía haber sido la única.

Un hombre como aquel no se inventaba un método a los cuarenta años.

Un método se afinaba. Se repetía. Se perfeccionaba, con cada rechazo, con cada rumor, con cada despedida elegante de una muchacha que se marchaba a una tía de Northumberland.

Si ella era buena en lo que hacía, y lo era, tenía que haber un patrón. Y si había un patrón, había otras.

—Barnaby —dijo, sin levantar la vista.

—Estoy aquí —respondió su hermano, desde el sofá, donde llevaba una hora tumbado con los pies en alto y un cojín sobre la cara.

—Necesito que me cuentes todo lo que sepas de Vesey.

—Sé que tiene los dientes perfectos y que su sastre es de Savile Row.

—Algo más.

—Sé que su padre murió joven. Que lo crió una madre viuda con muy mal carácter.

Que fue a Oxford. Que heredó una casa y cinco mil acres en Lincolnshire y que, según dicen, los ha hecho rendir como pocos.

—Se quitó el cojín—. Y que nunca, que yo recuerde, se ha visto envuelto en un escándalo. Es un hombre muy limpio.

—Demasiado limpio.

—¿Qué quieres decir?

—Que nadie es tan limpio. —Thea le tendió una hoja—. Aquí hay una lista de tres cosas. Una, quiero saber cuántas mujeres le han dicho que no en los últimos diez años. Dos, quiero saber qué ocurrió con cada una. Y tres, quiero hablar con ellas.

Barnaby se incorporó, con un chasquido de columna.

—Eso es mucha información.

—Lo sé. Lady Octavia conoce a medio Londres. Y yo tengo una carta de la señorita Henrietta Cole, de Northumberland, que me llegará dentro de cuatro días, si le escribo hoy.

—¿Le vas a escribir?

—Ya lo he hecho. —Señaló una carta sellada sobre el escritorio—. Hace una hora. Es muy educada. Muy breve. Le digo que tengo razones para creer que fue víctima de una injusticia y que me gustaría ayudarla.

—No la conoces de nada.

—No necesito conocerla. Conozco a Vesey.

Barnaby la miró. Se frotó la nariz. Una sonrisa lenta, de admiración, se le extendió por la cara.

—Dios mío —dijo—. Estás contraatacando.

—Estoy catalogando.

—Es lo mismo.

Al día siguiente, a las nueve y diez de la mañana, el mayordomo anunció la visita del señor Quentin Marsh.

Era un amigo de Barnaby, de Cambridge, abogado de veintiocho años, bajito y moreno, con unos anteojos redondos, un maletín de piel sin estrenar y una costumbre de mordisquearse el pulgar mientras pensaba.

Había leído el contrato de la cláusula octava en la entrada de la biblioteca, de pie, sin quitarse el abrigo, durante veinte minutos.

Después se sentó. Pidió un vaso de agua. Lo bebió despacio.

—Señorita Wickersham —dijo, al fin—. Tengo una noticia buena y otra mala.

—Empiece por la buena.

—Este documento no obliga a su hermana a casarse con nadie.

Thea se quedó muy quieta.

—¿Qué?

—Es un contrato de promesa de matrimonio.

Un acuerdo entre su padre y sir Alaric. Pero una promesa de matrimonio, en el derecho inglés, no se puede ejecutar.

No hay un tribunal en Inglaterra que obligue a una mujer a pasar por el altar.

—Se subió los anteojos con el dedo índice—.

Lo máximo a lo que puede aspirar sir Alaric, si su hermana se niega, es a una demanda por incumplimiento.

Daños y perjuicios. Una suma de dinero, y probablemente no muy grande, dada la dote tan inverosímil que figura en la cláusula quinta.

Además, la firma de su padre se obtuvo en circunstancias que cualquier jurado calificaría de dudosas.

Tengo entendido que se le ofreció oporto.

—Mi padre odia el oporto.

—Eso mejora nuestra posición.

—Entonces —dijo Thea, despacio— no hay ningún motivo legal para que mi hermana se case.

—Ninguno.

—¿Ni para que yo me case?

—Tampoco.

—¿Y la cláusula octava?

—Es un adorno. Un recurso retórico. —Quentin Marsh sonrió con aire de disculpa—. Es muy ingeniosa, tengo que reconocerlo. Pero legalmente, señorita, no vale el papel en que está escrita. Es un documento hecho para ser enseñado, no para ser ejecutado.

—Y esa es la mala noticia.

—Esa es la mala noticia. —El abogado se mordió el pulgar—.

Porque sir Alaric no necesita un tribunal.

Necesita un salón. Basta con que muestre este papel a las personas adecuadas, con una expresión de pesar, y diga: «Qué lástima.

Lord Wickersham se comprometió. Y ahora su hija se niega a cumplir».

Y a partir de ahí la palabra de un hombre respetado contra la de una muchacha de dieciocho años, con un contrato firmado de por medio...

—Es el escándalo.

—Es el escándalo —confirmó él—. Es lo único que realmente tiene. Pero es mucho.

Thea apoyó la espalda en el respaldo del sillón. Cerró los ojos.

Era un alivio y un golpe. Todo a la vez.

Una pared que desaparecía y, detrás de ella, un campo abierto y sin refugio.

No había obligación. No había cadena. Nadie podía llevar a Livvy de la mano hasta un altar.

Y, al mismo tiempo, el único arma que Alaric necesitaba era la que ya empuñaba con tanta destreza: la opinión.

«Tenemos dos semanas», había dicho Kit.

«Hay una sola forma».

No era verdad. Había otras. Había una infinidad de formas, y una de ellas, la más sencilla, la más elegante, la que él había propuesto con una calma de contable, era la única que él, en el fondo, nunca había examinado: porque Kit, que conocía los salones mejor que nadie, sabía lo que valía un escándalo.

Y había querido protegerla de él con lo único que sabía que funcionaba.

Con su nombre.

Abrió los ojos. Sintió algo muy pequeño, muy hondo, que no era enfado.

—Señor Marsh —dijo—. ¿Puede hacer una cosa por mí?

—Lo que usted ordene.

—Necesito saber cuántas veces un hombre puede arruinar la reputación de una mujer sin que nadie lo detenga. Qué leyes lo permiten, cuáles lo castigan, qué testimonios valen en un juicio por difamación.

—Eso es un asunto delicado.

—Lo sé.

—Y caro.

—También lo sé.

—Y probablemente imposible, si no hay pruebas.

—Entonces consigamos pruebas —dijo Thea.

Una semana después, en el suelo de la biblioteca, extendidos con una disciplina casi militar, había cuarenta y cinco papeles.

Cada uno llevaba un nombre. Cada nombre, una historia.