Capítulo 15 #2
—Cuando Vesey me dijo ayer que tú le habías contado lo de la promesa, yo pensé: eso no es verdad.
—Sonrió con tristeza—. Lo pensé con mucha claridad.
Pensé: mi hija ha dicho una mentira, y la ha dicho a un hombre muy peligroso, y debe de tener una razón excelente.
Pensé: tengo que decirle que no, que Evelyn nunca prometió nada.
Y entonces me sirvió el oporto. Y dijo algo sobre los Staphylinidae.
Y me puso el papel delante. Y no lo leí.
—Cerró los ojos—. No lo leí, Dorothea. Firmé sin leer, como siempre. Como un viejo estúpido.
Thea dejó caer el documento.
Cruzó la biblioteca. Se arrodilló junto a su butaca y le tomó las manos, grandes, nudosas, de uñas astilladas y yemas manchadas de formol. Estaban frías. Las apretó con fuerza.
—No eres un viejo estúpido.
—Lo soy.
—Eres un hombre bueno al que han engañado.
—Eso es lo mismo.
—No lo es. —Se le quebró la voz—. Papá. Soy yo quien ha hecho esto. Yo dije la mentira. Yo le di la cuerda. Si no hubiera dicho que mamá le hizo prometer eso...
—Lo dijiste porque querías proteger a tu hermana.
—Sí.
—Y la protegiste durante seis semanas. —Le acarició la mejilla con el pulgar, torpemente—. Mejor que yo en seis años. Mejor que nadie. Dorothea, llevas doce años haciendo lo que yo no hice. Y yo he tardado doce años en darme cuenta, y todavía lo hago mal.
Se miraron. Tenía los ojos azules, pequeños, enrojecidos, llenos de una humedad que le temblaba en las pestañas. Era, pensó Thea, la primera vez que su padre la miraba de verdad desde la muerte de su madre. La primera vez que la miraba a ella, y no a una de las manos que le traían el té.
—Lo siento mucho —dijo él.
—No hay nada que sentir.
—Lo siento muchísimo.
—Papá. —Lo abrazó. Fue un abrazo torpe, de rodillas, con la cabeza de su padre contra su hombro y los brazos delgados de él rodeándole la espalda con una fuerza que no recordaba—. Lo arreglaremos.
—¿Cómo?
—No lo sé.
Notó que su padre sonreía contra su pelo. Un temblor pequeño, de fatiga.
—Tu madre habría sabido.
—Mi madre habría inventado una mentira mejor.
Rió, un poco, y se le deshizo la risa en un sollozo. Lo abrazó más fuerte. Detrás de ellos, en el umbral, alguien se movió.
—Perdonen.
Era Kit.
Estaba de pie en la puerta de la biblioteca, con el sombrero en la mano y la chaqueta salpicada de lluvia, el pelo pegado a la frente, los ojos oscuros y fijos en ellos, y en todo el cuerpo el aspecto de haber corrido durante la noche entera.
Detrás de él, pálido, con la nariz roja y las manos metidas bajo los brazos, estaba Barnaby.
—Ledbetter nos ha abierto —dijo Barnaby, con una voz estrangulada—. Hemos venido en cuanto... Lady Octavia dijo que era mejor esperar a la mañana. Kit no ha dormido.
—No hacía falta —dijo Thea, poniéndose en pie, con la voz más ronca de lo que habría querido.
—Sí hacía falta. —Kit entró. Dejó el sombrero sobre una vitrina. Se acercó a lord Wickersham, que se había incorporado con aire azorado, y le tendió la mano—. Lord Wickersham. Perdone la hora.
—Larkmoor. Mi muchacho. Qué alegría verle.
—Gracias, señor.
—Estaba contando a mi hija que no soy tan despistado como parezco. Es una cuestión de estrategia.
—Me parece muy sensato.
Kit sonrió, un instante. Después se volvió hacia Thea. Sus ojos recorrieron la habitación, el escritorio, el documento caído en el suelo, y se detuvieron en sus manos.
—¿Puedo?
Thea asintió.
Recogió los folios. Los leyó de pie, junto a la ventana, con la lluvia golpeando los cristales, sin sentarse.
Lo hizo con un ceño muy marcado, más lento que ella, con los labios apretados, y Thea lo observó, y vio cómo pasaba una hoja, y otra, y cómo se detenía, y releía, y se detenía otra vez.
En la cláusula octava se quedó inmóvil. Leyó durante bastante tiempo. Después levantó la cabeza.
—Es bueno —dijo.
—Es muy bueno —dijo Barnaby, con rabia—. Es una obra maestra. Un abogado de la City ha trabajado en esto, estoy seguro. Mi padre firma. Y Livvy queda atrapada. A menos que mi hermana se case antes del último día de la temporada.
—Con persona de rango adecuado —dijo Kit.
—Con persona de rango adecuado.
—Es decir —dijo Kit, despacio—, con alguien como yo.
Silencio.
Fue un silencio largo. Lord Wickersham, junto a la ventana, miraba con mucha atención una vitrina de escarabajos. Barnaby se había puesto a contar los lomos de un estante. Thea sintió que una mano invisible le apretaba la garganta.
—Kit —dijo.
—Es la única salida.
—No.
—Dorothea. —Dejó el documento sobre el escritorio, con mucho cuidado, y se volvió hacia ella.
Tenía el rostro blanco, muy serio, con unas ojeras profundas, y en los ojos una determinación que ella le había visto una sola vez, en un jardín, cuando prometió presentarle a un editor—.
Vesey ha convertido nuestra mentira en una trampa legal.
No podemos desmentirla sin deshacer todo lo que hemos construido.
No podemos probarla falsa sin hundir a Livvy.
Y si dejamos que pase el tiempo, el último día de la temporada se hará público el compromiso y tu hermana será suya.
Hay una sola forma de que la cláusula octava se cumpla.
—Casarnos.
—Casarnos.
—¿Antes de que termine la temporada?
—Tenemos dos semanas. Hay una licencia especial. Mi abuela conoce al arzobispo.
Lo dijo con una calma que a Thea le pareció insoportable. Con calma de contable, como si propusiera una suma o una resta. Sintió que se le encendía algo en el pecho. No era dolor. Era un sentimiento más frío, más ancho, más antiguo.
—No —dijo.
—Dorothea...
—No voy a casarme contigo —dijo ella— para resolver un problema de documentos.
—No es eso.
—Es exactamente eso.
—Es una parte.
—Es la parte que importa. —Dio un paso hacia él.
Le temblaban las manos. Las cerró—. ¿Sabes lo que acabas de decir?
Que la única salida es casarnos. Que lo hagamos por Livvy, por la cláusula, por la lista de tu abuela, por Pennington, por todo.
Que seamos la solución de todos los problemas del mundo.
—Se le quebró la voz—. Y yo ya he sido esa persona, Kit.
Durante doce años. La que arregla. La que sostiene.
La que firma por todos. Y no quiero que me elijan por eso.
—No te elijo por eso.
—¿Y por qué?
Kit abrió la boca. Había en su cara algo que Thea reconoció con una claridad dolorosa: la lucha de un hombre que tiene una palabra en la punta de la lengua, y que no consigue pronunciarla.
—Porque... —empezó.
Nada más.
Esperó. Un segundo. Dos. Tres. Fuera, el reloj de la sala de estar dio las diez con un tintineo débil. Los demás respiraban, inmóviles, mirando al suelo.
—¿Porque qué? —dijo.
Kit no contestó.
Thea asintió, muy despacio. Sintió que algo se le apagaba por dentro, con un sonido tan pequeño que no lo oyó nadie.
Tomó el documento del escritorio. Lo dobló por sus pliegues.
Se lo guardó en el bolsillo del vestido.
Pasó junto a su padre, le dio un beso rápido en la mejilla.
Pasó junto a Barnaby, que alzó una mano hacia ella y la dejó caer. Pasó junto a Kit sin mirarlo.
—Voy a pensar —dijo, desde la puerta.
—Dorothea.
—Voy a pensar —repitió, sin volverse—. Necesito estar sola.
Salió. Cerró la puerta tras ella con un clic suave. Cruzó el vestíbulo. En el pie de la escalera, sentada en el segundo peldaño con las rodillas contra el pecho y el rostro lleno de lágrimas, la esperaba Livvy, que había oído todo.