El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 15
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Capítulo 15

Su padre silbaba.

Thea lo supo antes de abrir la puerta del comedor, por la melodía que subía por el hueco de la escalera, una cancioncilla alegre y desafinada que lord Wickersham silbaba cuando estaba contento o cuando acababa de perder un guante, y que en los últimos doce años no había aparecido más de cinco o seis veces.

Se detuvo en el rellano, con la mano en la barandilla.

Era una mañana gris. Había dormido tres horas, otra vez, y esta vez sin ninguna de las razones agradables de las tres horas anteriores, con la cabeza llena de un editor con plumas y de una frase dicha en una acera.

No tiene por qué ser una mentira.

Se había pasado la noche dando vueltas a esa frase.

La había sacado de todos los ángulos. La había mirado como se mira a un insecto en una caja, buscándole las patas, tratando de clasificarla.

Y la frase, que no tenía alas ni élitros ni ninguna estructura reconocible, se había limitado a quedarse allí, en el centro de la habitación, con una sencillez insoportable.

Bajó.

Lord Wickersham estaba sentado a la cabecera, con la servilleta anudada al cuello, el plato lleno de huevos revueltos y una taza de té que se enfriaba a su lado.

Tenía las mejillas coloradas. Tenía la lupa colgando del cuello, el pelo blanco revuelto, y en la cara una expresión de satisfacción beatífica, como la de un niño al que le han prometido una tarta.

La tía Winifred, a su derecha, untaba una tostada con mermelada de naranja con las plumas del sombrero estremecidas de euforia.

Barnaby no estaba. Livvy, al otro extremo, miraba su plato con la cabeza muy baja.

—¡Dorothea! —exclamó su padre—. Buenos días, querida. Qué hermosa mañana.

—Está lloviendo, papá.

—Una hermosa lluvia. Una lluvia de las que despiertan a los coleópteros. Siéntate, siéntate. Los huevos están excelentes.

Thea se sentó. Miró a su hermana. Livvy levantó los ojos un instante, y en ellos había un mensaje que Thea no supo descifrar y que le dejó una sensación de hormigueo bajo la piel.

—Estás muy contento, papá.

—Lo estoy. Lo estoy mucho. Es un día excelente. —Dio un sorbo a su té, hizo una mueca, lo dejó—. Ayer vino a verme un caballero encantador. Un hombre educadísimo. Me trajo un presente.

—¿Qué presente?

—Una suscripción. The Entomological Gazette. Cuatro guineas al año. Una ganga. Con láminas en color, y una sección de correspondencia donde los suscriptores pueden plantear dudas de clasificación. —Sonrió con ternura—. Me hizo firmar allí mismo. Fue muy rápido. Ya no tengo que preocuparme de nada.

La tía Winifred soltó una risita que no le sonó natural a Thea.

—Papá —dijo, despacio—. ¿Qué caballero?

—Sir Alaric. Un hombre muy simpático. Muy atento. ¡Y qué conocimientos! Hablamos de los Staphylinidae durante casi media hora. Dijo que le fascinaban.

Thea dejó la servilleta sobre la mesa.

—¿Y cuánto tiempo estuvo en casa?

—Un rato. Unas horas, creo. Perdí la noción.

Estuvimos en la biblioteca, con la puerta cerrada, porque Walter no está y Ledbetter hace ruido con las bandejas.

Fue una conversación muy larga. Me sirvió una copa de oporto.

Nunca bebo oporto, pero estaba excelente.

—Se frotó las manos—. Y después, ya sabes, firmé.

—¿Dónde está lo que firmaste?

—En la biblioteca, supongo. Sobre la mesa.

Thea se levantó. La silla chirrió sobre el parquet. La tía Winifred dejó de untar la tostada.

—Dorothea —dijo, con voz inusualmente débil—. Querida, no te precipites. Tu padre tiene razón. Sir Alaric ha sido muy amable. Seguro que no...

—Tía. —Thea la miró—. ¿Estabas tú en casa?

—Yo... había salido. A la modista. Volví a las seis.

—¿Y viste a sir Alaric?

—Lo vi marcharse. En la escalera. Llevaba un papel en la mano. Me dijo... —La tía se llevó la mano a la boca. Las plumas se agitaron—. Me dijo que todo estaba arreglado. Y que no me preocupara, que cuidaría muy bien de nosotros.

Thea no esperó a oír más.

La biblioteca de la casa de Half Moon Street era una habitación larga y estrecha, de paredes cubiertas de estantes que gemían bajo el peso de dos mil volúmenes de zoología, tres vitrinas de cristal con ejemplares clavados en alfileres, y un escritorio de nogal del tamaño de un bote de remos.

Estaba atestado. Había cajas de cartón, lupas, frascos de alcohol, una colección de cortes de madera con galerías de xilófagos, un microscopio de latón.

Y en el centro del escritorio, solo, limpio, ordenado, sin una sola mota de polvo, un pliego de papel grueso, de color crema, doblado en tres.

Thea lo cogió.

Estaba sellado con lacre rojo. Alguien, con la prolijidad de un notario, había rasgado el sello con un abrecartas y había vuelto a unir los bordes con una gota de cera.

Lo desplegó. Eran tres hojas escritas por ambas caras, con una letra elegante, inclinada, de rasgos largos.

Reconoció la caligrafía de inmediato. La había visto en una nota que acompañaba un brazalete de diamantes.

Comenzó a leer.

Yo, Ignatius Cuthbert Wickersham, vizconde Wickersham, en pleno uso de mis facultades mentales...

Se le secó la boca.

Leyó el primer párrafo. Leyó el segundo.

Leyó el tercero con una concentración tan intensa que los renglones empezaron a bailar y tuvo que apoyarse con una mano en el borde del escritorio.

Era un documento legal. Un compromiso matrimonial en toda regla, redactado en el lenguaje frío y prolijo de los abogados, con sus «por la presente» y sus «en consecuencia» y sus «sin perjuicio de».

Autorizaba el compromiso de la señorita Lavinia Augusta Wickersham, hija menor de dicho vizconde, con sir Alaric Vesey, baronet, de Lincolnshire.

Establecía que dicho compromiso sería hecho público «el último día de la temporada londinense del año en curso».

Fijaba una dote de doce mil libras, que el vizconde, según la cláusula quinta, se comprometía a «satisfacer en el plazo de seis meses desde la fecha de la boda».

Doce mil libras. Su padre no tenía doce mil libras. Su padre no tenía mil.

Siguió leyendo. Cláusula sexta. Cláusula séptima. Y en la octava, escrita con el mismo tono neutro que todas las demás, con una frialdad que le hizo cerrar los ojos un segundo, estaba la frase.

Octava. El presente compromiso quedará sin efecto únicamente en el supuesto de que la hija mayor del otorgante, la Honorable señorita Dorothea Maud Wickersham, contraiga matrimonio con persona de rango adecuado antes de la fecha señalada en la cláusula segunda, en cumplimiento de la promesa hecha por la difunta vizcondesa Evelyn Wickersham en su lecho de muerte, según manifestación de la propia interesada, de que las hijas del matrimonio contraerían nupcias por orden de edad.

En caso contrario, el compromiso se entenderá firme e irrevocable a todos los efectos.

Thea releyó la cláusula. Una vez. Dos.

Era su mentira.

Su mentira, la que había inventado en una terraza de lady Marchbanks, en un arrebato de pánico, con una limonada tibia en la mano.

La promesa en el lecho de muerte de una mujer que había dicho, en su vida, mil cosas prácticas y ninguna parecida.

Alaric la había guardado. La había conservado intacta, durante seis semanas, como una pieza de joyería.

Y la había convertido, con una sonrisa y una pluma de ganso, en una cláusula de contrato.

Según manifestación de la propia interesada.

Se le doblaron las rodillas. Se sentó en el borde del escritorio con el documento en las manos.

En el último folio, al pie, bajo una línea de texto que decía «En fe de lo cual, firmo y sello en Londres», estaban las firmas.

La de Alaric, ancha y firme. Y debajo, apretada y torcida, con un borrón de tinta en la última letra, la de su padre.

—Dorothea.

Alzó la vista. Su padre estaba en el umbral, con la servilleta todavía anudada al cuello, la lupa balanceándose y un temblor en las manos. Había dejado de silbar. Había envejecido diez años en el trayecto del comedor.

—Papá.

—¿Es grave?

—No lo sé.

—Dímelo. —Entró en la biblioteca. Se detuvo junto a la mesa, sin atreverse a mirar el papel—. Quiero saberlo.

—Es un contrato de matrimonio —dijo Thea.

Su voz sonó muy serena. Le sorprendió—. Para Livvy.

Con sir Alaric. Dice que se hará público el último día de la temporada.

A menos que yo me case antes con alguien de rango adecuado.

En cumplimiento de una promesa que, según mi propia declaración, le hizo mamá a usted antes de morir.

—Una promesa.

—Sí.

—De que las hijas se casarían por orden de edad.

—Sí.

Lord Wickersham se quedó en silencio. Se quitó la servilleta.

La dobló, con una lentitud extraña, en cuatro.

La dejó sobre el escritorio. Se quitó la lupa del cuello.

Después, con un gesto de enorme cansancio, se sentó en la butaca de cuero junto a la ventana, con las manos entre las rodillas, y se quedó mirando la lluvia.

—Tu madre —dijo, al cabo de un rato— nunca dijo eso.

Thea parpadeó.

—¿Qué?

—Evelyn. Tu madre. Nunca dijo nada parecido.

—Su voz era baja, muy clara, sin ninguna de las vacilaciones habituales—.

Era una mujer práctica. Decía que cada uno se casa cuando le da la gana, y que quien se casa por orden de edad hace un mal negocio.

Lo dijo en 1799, cuando se casó tu tía Winifred, que era la menor de las dos hermanas.

Lo dijo en 1803, cuando le pregunté qué haríamos con vosotros.

Lo dijo, la última vez, tres semanas antes de morir.

—Papá...