Capítulo 14 #2
La calle de Paternoster Row estaba llena de carros.
Un cargamento de papel descargaba en la acera de enfrente con gritos de mozos y crujido de poleas.
Thea caminaba delante de él, con paso largo, rápido, sin mirar a un lado ni a otro, con el sombrero azul ladeado, los hombros rígidos, las manos metidas en las mangas de la pelliza.
Kit la alcanzó junto a una librería de viejo.
—Dorothea.
—No.
—Dorothea, espera.
—No. —Se detuvo. No se volvió—. Por favor, no. Dame un minuto.
Esperó. Un minuto. Dos. Un mozo pasó con una carretilla y los rodeó.
Una mujer salió de la librería con un montón de libros atado con cordel, los miró con curiosidad y se alejó.
Thea tenía la cabeza inclinada, y respiraba con una lentitud muy controlada, y Kit, a un metro de ella, con las manos a la espalda, sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.
—Es lo que quería —dijo ella, al fin.
—Lo sé.
—Es exactamente lo que quería. Que un editor leyera mis láminas y dijera: quiero publicarlas. Que dijera: eso no es un tratado, es literatura. —Se le quebró la voz—. He esperado catorce años para oírlo. Y ahora que lo he oído...
—Dorothea.
—Quiere ponerme un título que no es mío.
—Se giró. Tenía los ojos secos y furiosos—.
«La condesa de Larkmoor». Quiere vender mi libro con un nombre que me han prestado para engañar a un baronet.
¿Tú lo entiendes, Kit? Mi libro. Mis dos mil trescientas doce láminas.
Catorce años. Y para que se publique tiene que llevar escrito en la portada una mentira.
—No tiene por qué ser una mentira.
Lo dijo antes de pensarlo.
Lo oyó. Lo oyó salir de su boca, con una claridad aterradora, y vio cómo Thea lo oía también. Se quedó muy quieta. El ruido de la calle se había apagado. Se oía solo el roce de las ruedas sobre el adoquinado y, de fondo, la campana de una iglesia que daba las doce.
—¿Qué has dicho? —preguntó ella, muy bajo.
—Que... —Abrió la boca. La cerró. Se pasó la mano por el pelo—. Que hay muchas formas de arreglarlo. Podemos buscar otro editor. Pennington no es el único. Puedo hablar con un amigo en Murray, otro en Longman. Hay quien publicaría un libro de una mujer sin necesidad de...
—No me has contestado.
—Dorothea.
—Has dicho que no tiene por qué ser una mentira. ¿Qué querías decir?
Kit la miró. Tenía el sol en la cara, y los ojos entornados, y en las comisuras de la boca una arruga fina, de tensión.
Pensó en una carta doblada en cuatro, escondida entre las páginas de un libro de sermones, en una abadía de Kent.
Pensó en una lista de once nombres. Pensó en un baronet de dientes perfectos, esperando en Lincolnshire.
Pensó que era un hombre de veintinueve años con una fortuna, un título y una abuela, y que no tenía ni una sola frase que no fuera, de alguna manera, un error.
Porque sabía lo que ella iba a oír. Si se lo decía ahora, en una calle de Londres, a la puerta de una librería, con un editor en el despacho de enfrente y un plazo de dos semanas sobre las cabezas de los dos, ella iba a oír una cosa distinta de lo que él quería decir.
Iba a oír la solución de un problema. Livvy.
La lista. Pennington. El libro. Una tabla de salvación para los apuros de todos, ofrecida con galantería por un hombre al que no le costaba nada.
Y ella, que había pasado doce años sin pedir un solo favor, no iba a aceptarla.
Y tendría razón.
—Quería decir —dijo, despacio— que tú nunca has necesitado un título.
Thea lo miró. Tardó unos segundos.
—No es eso lo que querías decir.
—Es una parte.
—Kit.
—Es una parte, Dorothea. —Tragó saliva—. Lo demás... no es el momento.
—¿Cuándo es el momento?
—No lo sé.
Ella apartó la vista. Contempló la librería, el escaparate lleno de volúmenes de lomos gastados, un busto de Homero con una telaraña en la nariz. Respiró hondo.
—Voy a decirte una cosa —dijo—. Y quiero que me escuches.
Voy a publicar este libro. Con mi nombre.
Con el mío. Dorothea Wickersham. No con el de una mujer inventada, ni el de una condesa prestada, ni con el de nadie que haya sido elegido para que parezca otra cosa de lo que soy.
Aunque tarde diez años. Aunque tenga que pagarme yo la imprenta.
Aunque tenga que venderlo a puerta fría en las posadas de Wiltshire.
Es mío. Y no se va a sostener sobre una mentira.
—Ya lo sé.
—Entonces no vuelvas a decir una frase como esa. A menos que la sientas.
—La siento.
—No —dijo Thea, con una dulzura terrible—. Todavía no sabes qué sientes. Y yo tampoco. Y hasta que lo sepamos los dos, es mejor que no lo digamos.
Dio media vuelta. Echó a andar, calle arriba, entre los carros. Kit se quedó clavado en la acera. La vio alejarse con su sombrero azul, el moño ya medio deshecho, las pecas de la nuca al sol. Una mujer alta que caminaba sin mirar atrás.
Tardó en reaccionar. Cuando lo hizo, se fue tras ella, y la alcanzó en la esquina, y le ofreció el brazo sin decir una palabra. Ella lo miró. Dudó. Después lo tomó.
Caminaron así hasta Half Moon Street, sin hablar.
Lady Octavia lo esperaba en su despacho de Mayfair, a las diez de la noche, sentada tras su escritorio de caoba, con las manos cruzadas sobre el bastón, como un juez que ya ha dictado sentencia.
—Siéntate —dijo.
—Abuela, no es buen momento.
—Siéntate, Christopher.
Se sentó. Era el despacho de su padre, el que él no había cambiado en diez años, con las mismas cortinas de damasco, la misma alfombra turca raída y el retrato de un conde del siglo anterior que lo miraba con recelo desde la pared.
La condesa viuda tenía el rostro en sombra.
La lámpara del escritorio le iluminaba solo las manos, delgadas, sarmentosas, de nudillos hinchados.
—Tengo noticias —dijo—. No son buenas. Barnaby Wickersham acaba de salir de aquí. Estaba blanco como la cera. Dice que sir Alaric Vesey visitó esta tarde la casa de Half Moon Street.
Kit se incorporó de golpe.
—¿Cuándo?
—A las cuatro. Pidió ser recibido por lord Wickersham. Estuvieron dos horas juntos en la biblioteca. Con la puerta cerrada. —Hizo una pausa—. Cuando salió, iba sonriendo.
—Voy para allá.
—Siéntate. Ya es tarde. Estarán durmiendo.
—Abuela...
——Barnaby dice que lord Wickersham salió de la biblioteca silbando. Es lo que hace cuando firma algo sin leerlo. —La anciana lo miró—. Y no sabe qué.