Capítulo 14
Pennington masticaba plumas.
No las mojaba en tinta ni las usaba para escribir.
Las cogía del tintero de peltre, de una en una, las llevaba a la boca y las trituraba con los premolares mientras leía, con un crujido minucioso que a Kit, desde la silla de cuero agrietado donde esperaba, le provocaba una desazón dentaria.
Llevaba tres cuartos de hora sentado en aquel despacho de Paternoster Row, un cuartucho de techo bajo, paredes cubiertas de estanterías combadas y una ventana tan sucia que el sol de Londres entraba por ella convertido en una luz de acuario, y en ese tiempo el editor había destrozado cuatro plumas, había enmudecido a tres aprendices con un gruñido y había leído, sin levantar la vista, sin tocar las otras cuatro cajas, una sola lámina.
—¿Irascible? —dijo Pennington.
—Es una anotación personal —dijo Thea.
—No viene en ningún tratado.
—Lo observé durante tres semanas. Me mordió dos veces.
—¿El escarabajo?
—Una hembra de Carabus granulatus con diez huevos, sí.
Pennington dejó la lámina sobre la mesa.
Escupió los restos de la pluma en un cuenco.
Era un hombre de cincuenta años, bajo, ancho como un barril, con las cejas pobladas y grises, un chaleco manchado de café y unos ojos pequeños, claros y rapaces, de una agudeza casi insultante.
Había publicado en veinte años a tres catedráticos de botánica, a un obispo con aficiones ornitológicas y a una viuda escocesa, y detestaba, por razones nunca explicadas, a la humanidad entera, menos a los libros.
—Señorita Wickersham —dijo.
—Dígame.
—¿Es suya esta lámina?
—Todas.
—¿Las dos mil?
—Dos mil trescientas doce, según el último recuento.
—¿Y los textos?
—Míos también.
—Sin ayuda de su padre.
—Mi padre es un hombre de gran talento y muy poca capacidad para terminar una frase.
Pennington la miró durante un tiempo largo, con los ojos entornados.
Después se levantó, con un resoplido, rodeó la mesa, y se puso a hojear una por una las láminas de la caja abierta, con una velocidad creciente, con los dedos manchados de tinta, murmurando para sí.
Cicindela campestris. Geotrupes stercorarius.
Melolontha melolontha. Kit se inclinó hacia delante.
Thea, sentada a su lado en una silla de respaldo recto, con el sombrero azul en el regazo y las manos tan apretadas que se le marcaban los tendones, no se movió.
Habían pasado dos semanas desde el baile de lady Octavia. Dos semanas, tres días y siete horas, si uno llevaba la cuenta, y Kit, que no se tenía por hombre dado a las contabilidades, la llevaba.
Habían vuelto a Londres en dos coches y una atmósfera de euforia sospechosa.
Alaric Vesey se había despedido de la casa de Larkmoor con una reverencia impecable, un comentario encantador sobre la comida y un guiño de ojos a la tía Winifred, y se había marchado en su tílburi amarillo rumbo a Lincolnshire, «a atender unos asuntos».
Nadie había sabido qué asuntos. Kit había contado hasta cien antes de permitirse respirar.
Desde entonces, no había recibido noticias suyas.
Livvy y Walter se habían separado en la escalinata de la abadía con la solemnidad de un ejército que se despide.
Walter se quedaba en Larkmoor con un baúl de libros, una chimenea que tiraba y la tarea de catalogar seiscientas mariposas; Livvy volvía a Londres, bajo la vigilancia de su tía, con una cinta de seda en el bolsillo que no se había atrevido a decir de dónde era.
Se escribían. Todos los días. Barnaby llevaba las cartas entre los dos en un bolso de cuero.
Lord Wickersham había recuperado sus insectos. La tía Winifred, sus planes de boda.
Y Kit y Thea habían reanudado, en Londres, un cortejo que ya no era, en ningún sentido, un cortejo falso.
Lo sabían los dos. No lo decían. Era, pensó Kit, un pacto más extraño que el primero, un pacto tácito, sin papel ni lápiz, que se renovaba cada tarde en el pequeño saloncito de Half Moon Street, entre el té y los escarabajos, y cada noche en una casa de Mayfair donde un mayordomo de aire trapense abría la puerta del jardín trasero a las once y cuarto y no preguntaba jamás.
Thea llegaba envuelta en una capa oscura, con el capuchón sobre los ojos, caminando de prisa por el sendero de grava, y a Kit, que la esperaba tras la puerta con el corazón en la boca, le resultaba cada vez más difícil recordar cómo había sido la vida antes de aquel sendero.
Lady Octavia colaboraba. Había descubierto, desde su regreso, una afición repentina por invitar a Thea a tomar el té en Grosvenor Square a las cuatro y por quedarse dormida a las cuatro y diez, en un sillón junto a la ventana, con una compostura tan convincente que ni el gato se atrevía a despertarla.
—Es una excelente comediante —le había dicho Thea, la primera vez, riendo.
—Es una conspiradora —había respondido Kit, besándole el cuello.
—Es tu abuela.
—Es la persona más peligrosa de Inglaterra, Dorothea. Y está de nuestra parte. Es lo único que me tranquiliza.
Quedaban dos semanas de temporada. Kit contaba los días como un condenado.
—Señorita —dijo Pennington.
Había terminado de mirar la caja. Se había quedado de pie con un pliego en cada mano, el rostro enrojecido y los ojos clavados en Thea con una expresión que Kit tardó en identificar, porque nunca la había visto en aquel hombre, y era respeto.
—Es lo mejor que he visto en veinte años —dijo.
Thea no respondió. Se le habían puesto los ojos muy brillantes.
—No exagero. No suelo hacerlo. Los ejemplares están bien dibujados, que es lo menos.
Pero las anotaciones... —Sacudió una lámina—.
«Carácter: irascible». «Se dejó atrapar con dignidad».
«Pareció arrepentirse, pero no me lo dijo».
Eso no es un tratado, señorita. Eso es literatura.
Se lee como una novela. Un hombre podría leer este libro en un coche de posta y llorar de risa.
—Lo hice para mí.
—Lo sé. Por eso funciona. —Pennington dejó las láminas con mucho cuidado en la caja, como se deja a un niño dormido—. Quiero publicarlo.
Kit vio cómo Thea cerraba los ojos. Vio cómo las manos, que habían estado apretadas en su regazo con tanta fuerza, se aflojaban.
Vio un temblor que le recorría los hombros, muy fino, casi invisible.
Estuvo a punto de alargar la mano para tomar la suya.
No lo hizo. Había un hombre de pie a dos metros que lo habría anotado.
—¿De verdad? —dijo ella, en un hilo de voz.
—De verdad.
—¿Con mi nombre?
Pennington no respondió de inmediato. Cogió una pluma del tintero. La miró. Se la llevó a la boca. La sacó de nuevo.
—Aquí viene el problema —dijo.
—¿Qué problema?
—Que usted es una mujer.
—Eso ya lo sabía.
—Y que el mercado de libros de historia natural no compra libros de mujeres.
No porque las mujeres no los escriban. Los escriben, y muy bien.
Pero los compra el caballero rural, el párroco, el naturalista aficionado, el director de museo, y todos ellos, con muy contadas excepciones, tienen una peculiar aversión a ser instruidos por una señorita.
—Mordió la pluma—. Mi viuda escocesa vendió ochocientos ejemplares.
Con un seudónimo. «Una dama de Aberdeen».
Los habría vendido cinco veces más si se hubiera llamado Alexander.
—Entonces publíquelo como D. Wickersham.
—Eso sirve para un artículo. Para un libro, no. Un libro necesita una persona. Un nombre que cuente. Una historia que contar en los periódicos. —Pennington arrugó el ceño—. ¿Está usted emparentada con alguien de título?
Hubo un silencio.
Kit sintió que algo le subía por la garganta. Quiso levantarse. Quiso decir cualquier cosa, algo, la primera frase que se le ocurriera, para impedir lo que veía venir como veía venir el trueno antes de que la tormenta rompa. No dijo nada.
—Mi padre es vizconde —dijo Thea.
—Un vizconde de colección. Muy digno. —El editor hizo un gesto vago con la pluma—. No basta. Los vizcondes son baratos. Hay trescientos. Lo que vende, señorita, lo que realmente vende, es una condesa.
—¿Una condesa?
—Una dama de rango. Con apellido sonoro.
Con nombre de casa conocida, de las que salen en el Morning Post. «La condesa de Larkmoor, naturalista».
Ese libro lo vendo en dos meses. Cinco mil ejemplares.
Con su nombre en la portada. Entero. Dorothea.
Con un prólogo de lady Octavia, que tiene mucho peso.
Silencio.
Kit miró a Thea. Thea miraba a Pennington con una expresión que él nunca le había visto. Era una expresión blanca, inmóvil, de una cortesía terrible.
—¿Usted ha leído los periódicos, señor Pennington? —dijo, con voz muy tranquila.
—Los leo todos. Lo hago por oficio.
—Entonces sabrá que mi compromiso con lord Larkmoor es muy reciente.
—Lo sé. Estaba en el Morning Post la semana pasada. Con un gran éxito, según tengo entendido. —Pennington la miró con los ojos entornados—. ¿Estoy equivocado en algo?
—No —dijo Thea.
—Perdóneme. Supongo que me ha parecido una oportunidad.
—Es una oportunidad —dijo Thea. Se levantó. Tomó el sombrero azul, lo sostuvo un instante entre las manos, y se lo puso, con un cuidado exagerado, delante del espejo sin cristal del perchero—. Se lo agradezco mucho, señor Pennington. Voy a pensarlo. ¿Puede quedarse con las láminas unos días?
—Naturalmente.
—Gracias.
—Señorita Wickersham.
—¿Sí?
—Es usted una excepción. —El editor se rascó la nuca, con un gesto de incomodidad casi infantil—. No se lo tome a mal. Soy un hombre de negocios. Digo lo que se vende. No lo que debería venderse.
—Lo entiendo.
—Y lo que debería venderse es su libro. Con su nombre.
—Gracias, señor Pennington.
Salió. Kit se levantó para seguirla, y al pasar junto al editor, este lo agarró del brazo con una zarpa gruesa, y le dijo, en voz muy baja:
—Es una joya, milord. Tenga cuidado con ella.
—Lo tengo —dijo Kit.
—Sí. Eso me ha parecido —gruñó Pennington, y volvió a su pluma.