Capítulo 13 #2
La levantó en brazos, y ella soltó un grito ahogado y se agarró a su cuello.
La llevó hasta la cama. La depositó sobre la colcha de brocado, con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus brazos, y se quedó de pie junto al lecho, mirándola, mientras se desabrochaba, despacio, los últimos botones de la camisa.
Thea no apartó la vista. Vio cómo se la quitaba, cómo sus hombros anchos aparecían a la luz del fuego, la cicatriz blanca, el pecho cubierto de vello oscuro, el vientre plano, la línea que bajaba y se perdía bajo el pantalón.
Sintió una oleada de calor, una necesidad nueva, ancha, que la dejó sin aliento.
—Kit —susurró—. Ven.
Se tendió a su lado.
Lo que ocurrió después fue lento. Fue, sobre todo, lento.
Kit la besó durante lo que le pareció una eternidad.
La besó en la boca, en el cuello, en las clavículas, en la curva de los hombros, y cada vez que ella intentaba apresurarlo, con las manos o con los labios, él se echaba a reír contra su piel y la obligaba a esperar.
Sus manos la recorrían con una paciencia exasperante.
Los pechos, el vientre, las caderas, la cara interna de los muslos.
Thea se arqueaba. Pronunciaba su nombre sin darse cuenta, a trozos, con una voz que no reconocía.
Él le respondía con palabras bajas, casi inaudibles, que ella no entendía y que le provocaban escalofríos: que era preciosa, que sabía a limón, que llevaba tres semanas sin poder pensar en otra cosa.
Cuando por fin se puso sobre ella, apoyado en los codos, con el pelo cayéndole sobre la frente y los músculos de los brazos temblando por el esfuerzo de contenerse, Thea lo miró a los ojos. Le acarició la cara. Le recorrió con el pulgar la cicatriz de la barbilla.
—Dime cuándo —dijo él.
—Ahora.
—¿Segura?
—Ahora, Christopher.
Fue un momento extraño. No doloroso, o no solo.
Fue una presión, una tirantez, una sensación de ser abierta y llenada de una manera que no había imaginado, y Thea apretó los dientes y se aferró a sus hombros y contuvo el aliento.
Él se detuvo. Se quedó muy quieto, temblando, con la frente apoyada en la suya y los ojos cerrados.
—¿Te duele?
—Un poco.
—Dime si...
—Espera. —Respiró. Una vez, dos, tres—. Espera. Ya está. Ya pasa.
—No tengo prisa.
—Ya lo sé. Eres un tormento.
—Es lo mejor de mí.
Se rió, y la risa se le deshizo en un gemido, y aflojó los dedos.
El dolor se había convertido en algo distinto, en una plenitud extraña y cálida que se extendía desde el centro de su cuerpo hasta las puntas de los dedos.
Movió las caderas, apenas, con timidez. Él soltó un sonido ronco.
Ella volvió a moverse. Y entonces Kit empezó a moverse también, despacio, con un ritmo profundo y regular, que no tardó en acelerarse, y Thea descubrió que el mundo, aquel mundo que había dado por conocido, tenía zonas enteras que no había visitado nunca.
Hubo un momento en que dejó de pensar. Se quedó sin palabras, sin teoría, sin clasificaciones.
Solo había una piel contra la suya, un sudor compartido, una boca que le murmuraba su nombre al oído, una mano que se enredaba en su pelo y otra que se deslizaba entre sus cuerpos y la tocaba, con precisión, con una sabiduría desconcertante, hasta que algo dentro de ella se tensó como una cuerda, y se tensó más, y se rompió.
Gritó. No pudo evitarlo. Se oyó gritar, con una voz aguda y desconocida, y notó que él, un segundo después, se estremecía entero contra ella, con un gruñido hondo, y hundía la cara en su cuello.
Se quedaron quietos.
El fuego chisporroteó. Fuera, una lechuza ululó en el tejado. El corazón de Kit latía contra su pecho, desbocado, y poco a poco, muy poco a poco, fue serenándose.
—Dorothea —susurró él, contra su piel.
—No digas nada.
—Tengo que...
—No. Todavía no. —Le pasó los dedos por el pelo, que estaba húmedo—. Quédate así. Un rato.
Se quedaron así. Kit cambió de postura, con cuidado, y se tumbó de lado, y la arrastró consigo, de modo que ella quedó con la mejilla apoyada en su hombro y una pierna sobre las suyas.
Les echó por encima la colcha. Le acarició la espalda, de arriba abajo, con una lentitud somnolienta.
Thea cerró los ojos. No se sentía como se había imaginado.
No se sentía distinta, ni perdida, ni arrepentida.
Se sentía cansada y completa y vagamente ridícula.
Se sentía como una mujer a la que le acaban de explicar un teorema que había tardado veintiséis años en intentar demostrar.
—Kit.
—Mmm.
—Creo que acabo de entender para qué sirven las novelas.
Él soltó una carcajada que le sacudió el pecho.
—¿Para qué?
—Para esto. Para que alguien le avise a una de que esto existe.
—Me parece un fallo grave de la educación inglesa.
—Lo es. Voy a escribir una carta al Times.
—Firma con tu nombre completo.
—Dorothea Wickersham.
—Es un nombre precioso.
Silencio. Fuera, el viento movía una rama contra el cristal.
Thea apoyó la palma sobre su pecho, y sintió el latido, y se quedó escuchándolo.
Había mil cosas que decir. Que no sabía qué eran, ahora, ni qué había entre los dos.
Que Alaric seguiría ahí por la mañana, con su carta del padre de Livvy y su sonrisa de ebanista.
Que había un cortejo falso con fecha de caducidad y una vida real con otra distinta.
Que le gustaría quedarse así, en esa cama de brocado, con el fuego bajo y la colcha y un perro dormido, durante mucho tiempo.
No dijo ninguna.
—Mañana —murmuró.
—Mañana —dijo Kit.
—Pensaremos.
—Pensaremos.
—Y esta noche no existe.
—Esta noche —dijo Kit, y la apretó más contra sí— existe tanto como cualquier otra cosa.
Se durmió con la nariz en su cuello.
La despertó un ruido en el pasillo.
Un golpe seco, regular, de madera contra el suelo.
Una vez. Dos veces. Tres. Se acercaba. Thea abrió los ojos, aturdida, en una oscuridad gris, con el fuego reducido a unas brasas, y tardó un segundo en recordar dónde estaba.
Notó un brazo pesado sobre su cintura. Una respiración lenta contra el pelo.
El ruido se detuvo. Justo delante de la puerta.
Thea dejó de respirar. Notó que Kit, a su lado, se había despertado también, porque sus músculos se habían puesto rígidos de golpe. Se miraron en la penumbra, con los ojos muy abiertos. Un silencio de piedra.
Se oyó un carraspeo. Después una voz, seca, aguda, perfectamente clara, que atravesó el grosor de la madera:
—Buenos días, Pocock.
—Buenos días, milady —respondió la voz inmutable del ayuda de cámara, desde algún punto cercano.
—¿Ha dormido bien mi nieto?
—No me ha parecido oírle quejarse, milady.
—Magnífico. —Un golpe de bastón—. Tenga la bondad de dejarles dormir. Y no suba agua caliente hasta las nueve. Hoy no hace falta apresurarse.
—Muy bien, milady.
—Y, Pocock.
—¿Milady?
—Si en el vestidor aparecen sombreros caídos, no los recoja. Que es de mala educación interrumpir lo que no se ha entendido.
—Entendido, milady.
Los pasos se alejaron. El golpe del bastón fue perdiéndose por el pasillo, despacio, hasta que dejó de oírse.
Thea cerró los ojos. Se llevó las dos manos a la cara.
Y empezó a temblar de risa, una risa silenciosa y desesperada, que le subía por el cuerpo en oleadas, mientras a su lado Kit, con la cara hundida en la almohada, sacudía los hombros y emitía un sonido ahogado, a medio camino entre un hipo y un sollozo.
—Sabe... —jadeó ella.
—Sabe todo.
—Los sombreros.
—Ha oído los sombreros.
—Lo ha sabido desde el principio.
—Desde 1803 —dijo Kit, y se echó a llorar de risa.
Se quedaron un buen rato así, hechos un ovillo, hasta que se les acabó el aire. Thea se secó los ojos con el borde de la sábana. Kit se incorporó sobre un codo y la miró, con el pelo de punta, la mejilla marcada por la arruga de la almohada y la sonrisa más tonta del mundo.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
—¿Has dormido bien?
—Creo que sí.
—¿Qué tal estás?
—Dolorida. Y feliz. Y muerta de hambre.
—Me ocuparé de las tres cosas.
Le dio un beso en la frente. Después, con mucho cuidado, para no despertar a Bonaparte, que roncaba en su cojín, se levantó, se puso una bata de seda y fue hasta la mesilla. Abrió el cajón. Sacó algo pequeño y brillante que depositó en la palma de su mano.
—Creo que esto es tuyo —dijo.
Era un pendiente de esmeraldas.
—Lo encontré en la terraza —murmuró—. Se te cayó mientras bailábamos. Pensaba devolvértelo después del baile, pero tuve otras prioridades.
Thea lo tomó. Era pequeño y frío. Lo miró durante un buen rato, con la garganta apretada.
—Gracias.
—No hay de qué.
—No es por el pendiente.
—Lo sé —dijo Kit.