Capítulo 13
La doncella tardó cuarenta minutos en desabrocharle las cuarenta y dos presillas del vestido, y Thea estuvo a punto de estrangularla con una de ellas.
No fue culpa de la muchacha. Se llamaba Dolly, tenía diecisiete años, las manos pequeñas y una devoción casi religiosa por la seda verde de lady Octavia, y la trató con una reverencia que habría merecido ser puesta como ejemplo en un convento.
Desabrochó una presilla. Alisó el borde.
Murmuró algo sobre la hechura del escote.
Desabrochó otra. Contó, en voz alta, hasta siete, para no perder la cuenta.
Thea, sentada en el taburete del tocador con las manos apretadas sobre las rodillas, con el pulso latiéndole en las sienes y la certeza absoluta de que cada minuto que pasaba era un minuto robado a algo, tuvo que morderse la lengua dos veces.
—Gracias, Dolly —dijo, cuando por fin la tela cayó en un charco oscuro a sus pies—. Puedes retirarte.
—¿No quiere que le cepille el pelo, señorita?
—No.
—¿Que le caliente la cama?
—No hace falta.
—¿Que le deje una infusión de manzanilla? Dicen que ayuda a dormir después de un baile.
—Dolly.
—Sí, señorita.
—Vete, por favor.
La muchacha hizo una reverencia, recogió el vestido, lo extendió sobre su brazo con tanto cuidado como si llevara a un recién nacido, y salió. Cerró la puerta con un clic muy suave.
Thea se quedó sola.
Escuchó los pasos alejarse por el pasillo.
Escuchó el eco lejano de las últimas risas del baile, los carruajes de los invitados sobre la grava, la voz del obispo de Rochester despidiéndose de alguien con una frase en latín.
Escuchó una puerta que se cerraba en el piso de abajo.
Después, nada. Solo el crujido de la casa, que se acomodaba sobre sus cimientos con un crujido de piedra vieja.
Se miró en el espejo del tocador.
Una mujer en combinación de algodón, con los hombros desnudos, un solo pendiente de esmeraldas (el otro se había perdido en algún momento del vals, y no lo había notado hasta ese instante) y el pelo recogido en un moño que se deshacía por los lados.
Tenía las mejillas encendidas. Tenía la boca ligeramente abierta. Le temblaban las manos.
—No tengo por qué hacerlo —dijo a su reflejo.
El reflejo no dijo nada.
—Puedo meterme en la cama. Puedo dormir. Mañana por la mañana desayunaré con mi tía y hablaremos del baile y de las cartas, y la vida seguirá siendo exactamente igual a como era ayer. No es obligatorio.
El reflejo levantó una ceja.
—Es una decisión libre —continuó Thea—. Y estoy en mi derecho de cambiarla.
Se quitó el pendiente que le quedaba. Lo dejó con mucho cuidado sobre la bandeja de plata del tocador. Hubo un silencio. Después Thea soltó un gemido ahogado, apoyó la frente en el espejo frío y se echó a reír.
—Qué ridícula eres —murmuró.
Se soltó el pelo. Se cepilló cincuenta veces, para tener algo en que ocupar las manos.
Se lavó la cara con agua fría de la jofaina.
Se lavó los dientes, con una concentración científica.
Buscó entre los cajones el mejor camisón que tenía, que era un camisón de lino blanco, con un fruncido en el cuello y las mangas largas, que le quedaba demasiado grande y había pertenecido a su tía Winifred, y lo miró con desánimo, y lo volvió a guardar.
Se puso el otro. El de algodón, con el bordado de flores. Se echó por encima la bata de lana.
No llevaba nada debajo.
Se dio cuenta al cabo de un rato, mientras ataba el cinturón, y se detuvo, con las manos inmóviles sobre el nudo. Notó el roce de la lana contra la piel, en los muslos, en el vientre, en el pecho. Una sensación nueva, deliberada, que le puso la carne de gallina y le subió un cosquilleo por la nuca.
—Santo cielo —dijo.
Eran las dos y diez de la madrugada.
Apagó todas las velas menos una. Abrió el cajón de la mesilla y sacó el cuaderno de tapas negras, el de las reglas, lo hojeó hasta la página donde estaba escrita la séptima, y lo dejó otra vez en el cajón. Se quedó mirando la puerta de la pared este.
Se acercó. Apartó el tocador, con las dos manos, con un chirrido que le pareció ensordecedor. Abrió la puerta del vestidor. Entró.
Estaba oscuro. La única luz era una raya amarilla que se filtraba bajo la puerta del lado opuesto. Thea contuvo la respiración. Dio un paso. Dos. Puso la mano en el picaporte de latón, que estaba frío.
Y la puerta se abrió.
Se abrió desde dentro, hacia ella, con tanta brusquedad que Thea dio un respingo y retrocedió un paso y chocó con una balda.
Hubo un golpe sordo. Un par de sombreros cayeron al suelo.
Una caja de cartón rodó. En el hueco de la puerta, iluminado desde atrás por una vela, con la camisa blanca abierta hasta el pecho, descalzo y con el pelo revuelto, estaba Kit, con una mano levantada, en la posición inconfundible de un hombre que se dispone a llamar.
Se quedaron mirándose.
—Ibas a llamar —dijo Thea.
—Iba a llamar.
—Llevo diez minutos aquí.
—Yo llevo veinte con la mano en el picaporte. —Bajó la mano—. Me he dado un golpe en el dedo. Con la puerta. Mientras decidía.
—¿Y qué has decidido?
—Que no tenía ningún derecho. Que lo correcto era esperar a que tú... —Se pasó la mano por el pelo—. Que era más digno.
—Qué pena. Me habría encantado conocerte digno.
—Soy bastante convincente.
—No lo dudo.
Se miraron otra vez. Una sonrisa temblorosa. Después Kit se hizo a un lado, con un gesto muy lento de la mano, el de un hombre que franquea la entrada a una iglesia.
—¿Quieres pasar?
—No lo sé —dijo Thea, con una sinceridad súbita—. Tengo miedo.
—Lo sé. —Su voz se había vuelto grave y suave—. Yo también.
—¿Tú?
—Dorothea, tengo veintinueve años y he hecho esto muchas veces.
Y nunca, jamás, me han temblado las manos como ahora.
—Las levantó. Era cierto. Temblaban, ligeramente, al compás de la llama de la vela—.
No sé qué significa. No quiero pensarlo.
Pero tengo miedo de hacerte daño, y de que mañana me odies, y de que no sea... lo que mereces.
—Lo que merezco.
—Sí.
—No sé lo que merezco. —Se acercó un paso. Estaba tan cerca que veía el vello oscuro de su pecho, en la abertura de la camisa, y una pequeña cicatriz blanca sobre la clavícula izquierda que no había notado antes—. Lo que sé es lo que quiero. Y quiero esto. Esta noche. Contigo. Sin reglas.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Con la cabeza clara?
—Con mucha claridad.
—¿Y si te duele?
—Me han dicho que duele un poco, al principio.
—Un poco. Y yo me detendré si me lo pides.
—Lo sé.
—Si digo una cosa que no te gusta, ¿qué haces?
—Te doy una patada.
—Fuerte.
—Fuerte —sonrió ella, con los ojos húmedos.
Entró.
La habitación de Kit era más grande que la suya, de paredes forradas de damasco granate, con una cama de dosel de caoba y una chimenea de piedra donde ardía un fuego bajo.
Había libros apilados sobre la mesilla. Había una pipa sin encender.
Había un sillón con una bata de seda tirada sobre el brazo, y en la alfombra, sobre un cojín, enrollado en una bola beige, Bonaparte, que levantó un ojo, los examinó con desdén de crítico teatral, y volvió a dormirse.
—¿Va a quedarse? —preguntó Thea.
—Le he hecho un nudo en el collar para que no se despierte. —Kit cerró la puerta, y apoyó la espalda en ella—. Es un perro muy discreto.
Hubo un silencio largo. Thea, de pie en el centro de la alfombra, se miró las manos. De pronto no sabía qué hacer con ellas. Se pasó una por el pelo. Se tocó el cinturón de la bata.
—Kit.
—Dime.
—No sé cómo se empieza.
Él se rió. Fue una risa baja y cálida, sin burla, y Thea comprendió que estaba bien: que era posible estar al mismo tiempo asustada y a salvo.
—Así —dijo, y se acercó.
La tomó de las manos. Las levantó, una por una, y le besó las palmas.
Le besó las muñecas, donde latía el pulso.
Le besó la sien, la mejilla, la comisura de la boca, con tanta lentitud que ella tuvo que cerrar los ojos.
Después la boca, de lleno, una caricia húmeda, larga, que le hizo temblar las rodillas.
Thea se agarró a su camisa. Notó el calor de su pecho, los latidos de su corazón, que iban tan deprisa como los suyos.
Sus brazos le rodearon la cintura. Sus manos, grandes y callosas, subieron por su espalda, lentas, y se detuvieron en la nuca, y le inclinaron la cabeza, y la besaron más hondo.
El cinturón de la bata cedió con un suave tirón.
Thea abrió los ojos.
—Puedo parar —murmuró él, contra su boca.
—No pares.
—Dime si...
—No pares, Kit.
La lana resbaló por sus hombros y cayó al suelo con un susurro.
Se quedó en camisón, con el algodón gastado pegado a la piel, y sintió que su mirada la recorría, de arriba abajo, con una intensidad que le erizó el vello.
No cubrió el pecho con los brazos. Quiso hacerlo, un instante, por puro instinto, pero se contuvo.
Levantó la barbilla. Y vio, en los ojos oscuros de Kit, algo que no había visto jamás en ninguna mirada dirigida a ella: una veneración desnuda, sin sombra de burla.
—Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida —dijo, con voz ronca.
—Eso lo dirás a todas.
—No. A todas les he dicho otras cosas. —Le acarició el hombro, con la yema de los dedos, y deslizó la manga del camisón hasta que la tela cayó por el brazo—. A ti te lo digo porque es verdad.
Le quitó el camisón con un cuidado infinito. Lo dejó caer. Thea se quedó desnuda en medio de la habitación, a la luz del fuego, con los brazos a los costados y el rubor subiéndole por el cuello y los pechos, y vio cómo él cerraba los ojos un instante, como un hombre que se obliga a respirar.
—Dios mío —dijo.
—¿Qué?
—Que me vas a matar. —Abrió los ojos—. Ven aquí.