El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Kit se volvió despacio. Era una cabeza más alto que Alaric.

Tenía los puños tan apretados que le dolían los dedos.

Lo miró, y vio un rostro sereno, amable, sin una sola grieta.

Se preguntó cuánto tiempo tardaría en romperle la nariz, y calculó que la satisfacción duraría exactamente tres segundos y las consecuencias, toda la vida de Livvy.

—A menos —añadió Alaric, con la voz más dulce del mundo— que usted y la señorita Wickersham decidan casarse de verdad. Pero eso, claro, ya no sería un cortejo falso. Sería una boda. Y yo, que soy un hombre romántico, no podría hacer otra cosa que aplaudir.

Levantó la copa. La inclinó, en un brindis mudo.

—Buenas noches, lord Larkmoor.

Y se fue. Cruzó la terraza con ese paso suave, sin prisa, sin ruido, como un gato que se retira de un jardín donde ha dejado una pequeña huella, y desapareció por la puerta de cristal.

Kit se quedó solo.

Se pasó las manos por la cara. Se quedó así un largo rato, con las palmas apretadas contra los ojos.

Tenía razón. Alaric tenía razón. Lo habían planeado todo con una precisión digna de un estado mayor, la historia, las reglas, las cartas, y no habían previsto el único detalle que importaba: que un cortejo falso tenía una fecha de caducidad, y que en cuanto llegara, Livvy volvería a ser un blanco.

Habían ganado una batalla. La guerra seguía exactamente donde estaba.

—Kit.

Se volvió. Thea estaba en el umbral de la terraza, con la luz del salón a la espalda y el verde del vestido oscurecido por la sombra. Se había secado la lágrima. Tenía los ojos todavía rojos. Se acercó, despacio, hasta la balaustrada, y se detuvo a su lado.

—Ha ido bien —dijo.

—Sí.

—Estaba segura de que iba a ser un desastre.

—Lo sé.

—No lo ha sido.

—No.

Silencio. Un cisne se movió entre los juncos con un chapoteo suave. Thea apoyó las manos en la piedra, y Kit vio que le temblaban.

—Kit, esa carta —dijo—. La de Piccadilly. Yo la vi escribir. No la he vuelto a leer desde entonces. Y hoy, cuando él la ha leído en voz alta...

—No la ha leído en voz alta.

—Cuando la ha leído en silencio. Yo la oía igual. —Se mordió el labio—. No era ficción. ¿Verdad?

Kit no contestó. Hubiera querido. Tenía la respuesta en la punta de la lengua, entera, redonda, con la palabra que llevaba cuatro horas escrita en un papel doblado entre las páginas de un libro de sermones.

Pero había una lista de reglas, y un trato, y un baronet con una carta del padre de Livvy en el bolsillo, y la certeza helada de que decirlo, ahora, sería cargar a la mujer más seria que conocía con una decisión que no era justa pedirle. Abrió la boca. Volvió a cerrarla.

—No —dijo, al fin—. No era ficción.

Thea cerró los ojos. Respiró hondo. Y entonces, con una lentitud que a él le pareció la más cruel y la más hermosa de su vida, levantó una mano y la apoyó sobre su mejilla.

—Gracias —susurró.

—No hay de qué.

—Por las cartas. Por el caballo. Por el libro. —Sonrió, temblorosa—. Por la chaqueta.

—La chaqueta no cuenta.

—Cuenta. Cuenta mucho.

Se miraron. En el salón, la orquesta había empezado un vals nuevo, lento, de los que se bailan con los ojos cerrados. En el cielo claro, las estrellas parecían muy cerca.

—Quiero bailar —dijo Thea.

—Aquí no hay pista.

—Aquí hay una terraza.

Kit le tomó la mano. La otra se la puso en la cintura.

Bailaron un vals sin música, en un rectángulo de losas blancas, entre dos macetones de geranios, con la luna por araña y el rumor lejano de los violines.

Thea tenía la mejilla en su hombro y los ojos cerrados.

Kit tenía la nariz hundida en su pelo. Daban vueltas lentas, muy lentas, y él sentía su respiración contra el cuello, regular, tibia, y la presión de su mano en la nuca, y los pendientes de esmeraldas, fríos, rozándole la mandíbula.

—Dorothea.

—Dime.

—Alaric dice que...

—Lo he oído. Estaba detrás de la cortina. —Ella no abrió los ojos—. Lo de las cuatro semanas. Lo de que cuando termine el cortejo, Livvy vuelve a estar disponible. Lo he oído todo.

—Lo siento.

—No lo sientas. Tiene razón. Hay un fallo, y no lo vimos. Lo pensaremos. Mañana. Pasado. Cuando haya luz. —Respiró—. Esta noche no quiero pensar.

—¿Qué quieres hacer?

Thea levantó la cabeza. Tenía los ojos muy abiertos, serenos, de un verde oscuro y limpio. Subió una mano hasta su cara. Con el pulgar le recorrió el labio inferior, despacio, de una comisura a la otra.

—Declarar una emergencia —dijo.

A Kit se le detuvo el corazón.

—Con la cabeza clara —añadió ella—. Ya la tengo. Lo de la luz del día, lo discutiremos más tarde.

—Dorothea...

—Tu abuela cree que los cerrojos de esta casa llevan averiados desde 1803. Yo creo que es una mentira excelente. —Una sonrisa pequeña, ladeada, le curvó la boca—. Dentro de una hora. Cuando el baile termine. Esperaré a que alguien llame a mi puerta.

—No hay puerta —dijo Kit, con la voz rota.

—Sí que la hay. Es la del vestidor.

Se puso de puntillas. Le dio un beso en la comisura de los labios, ligero, apenas un roce, y retrocedió. Le soltó la mano. Dio media vuelta y desapareció por la puerta de cristal, con el verde de su vestido flotando tras ella.

Kit se quedó en la terraza hasta que acabó el vals. Después, cuando se hubo apagado la música, se agachó, con las rodillas flojas, y recogió del suelo un pendiente de esmeraldas que no había visto caer.