El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Lo hizo en silencio, sin mover los labios, con la espalda muy recta.

La luz de las velas le dibujaba una sombra sobre el rostro.

Lady Fanshawe, que se había acercado sin disimulo para mirar por encima de su hombro, leía también, moviendo los labios en cada línea.

El obispo, de pie a su lado, se había llevado una mano al pecho.

Nadie hablaba. Se oían los crujidos de la madera, el siseo de las velas, una copa que alguien dejó sobre una bandeja.

Kit no miró a Alaric. Miró a Thea.

Ella tenía los ojos fijos en la carta. Seguía el recorrido de la lectura de Alaric con la mirada, de una línea a la siguiente, y sabía de memoria cada palabra, porque había estado en la misma habitación cuando él la escribió.

Pero algo había cambiado en su cara. Se le habían vuelto muy grandes los ojos.

Se le había aflojado la mano, la que sostenía la de Kit.

Respiraba muy despacio, como si temiera que cualquier movimiento fuera a romper algo.

Y entonces, en el centro de aquel salón, ante cuarenta y dos testigos, Thea Wickersham levantó la mirada hacia él.

No fue una mirada de actriz. Kit la reconoció, porque nunca la había visto dirigida a él, pero la había visto una vez, en una mujer de veintiséis años a la orilla de un lago a las seis de la mañana, mirando el agua cuando contó lo del libro.

Era una mirada de absoluta indefensión: la de una mujer que acaba de comprender que una cosa que creía ficción es una verdad dicha con otro nombre.

Se le empañaron los ojos. Una lágrima, una sola, resbaló por su mejilla y se perdió en el borde del escote.

—Qué hermoso —dijo lady Fanshawe, con un sollozo, y se sonó la nariz en un pañuelo de encaje—. Qué hermoso, qué hermoso, por Dios santo.

—Una carta conmovedora —dijo el obispo, con voz tomada.

Alaric terminó de leer. Dobló la carta por sus pliegues originales, con extremo cuidado, y la depositó sobre la mesa. Levantó la cabeza. Su rostro, cuando lo miró, no expresaba nada.

—Me inclino ante la evidencia —dijo—. Señorita Wickersham. Lord Larkmoor. Les pido mis más sinceras disculpas por haber dudado. Les deseo toda la felicidad que merecen.

Hubo un aplauso. Primero tímido, el del obispo, y después, como una ola, el de los cuarenta y dos testigos.

Lady Octavia golpeó el suelo con su bastón y ordenó a la orquesta que continuara, y los violines se lanzaron a una contradanza con un entusiasmo que bordeaba el delirio.

Kit no oyó nada. Tenía en los oídos un zumbido sordo.

Thea se había soltado de su mano. Tragó saliva, sonrió a lady Fanshawe, le dijo algo, y desapareció entre la multitud con la cabeza muy alta y los pendientes de esmeraldas temblando.

Kit salió a la terraza.

Necesitaba aire. Necesitaba, con una urgencia casi física, quitarse de encima el vendaval de miradas, los apretones de manos, las felicitaciones, la sensación de tener el pecho atravesado por una lanza.

Cruzó la puerta de cristal. La noche era fría y clara.

Había luna. Abajo, el lago brillaba como una lámina de plata, y los cisnes dormían en la orilla, con la cabeza bajo el ala.

Se apoyó en la balaustrada de piedra. Apretó los puños.

—Es admirable —dijo una voz a su espalda.

No necesitó volverse.

—Vesey.

—Una actuación admirable. Se lo digo con toda sinceridad.

—Alaric se acercó, sin prisa, y se apoyó en la balaustrada a un metro de distancia, de espaldas al lago, con una copa de champán en la mano—.

Casi me convence. Casi. He de confesar que, mientras leía esa carta, estuve a punto de creer en ella. Qué pena que no sea verdadera.

—Es verdadera.

—Por supuesto. —Sonrió—. Verdadera, como dicen, en el sentido en que lo es todo lo que se dice con mucha gracia. Pero no he venido a discutir. He venido a felicitarle de nuevo, y a hacerle una observación de simple sentido común. ¿Me permite?

—No.

—Gracias. —Alaric dio un sorbo—. Mire, Larkmoor. Es usted un hombre inteligente, aunque se esfuerce por ocultarlo. Habrá reparado, sin duda, en una pequeña dificultad de su... situación. Yo la reparé en cuanto salimos del invernadero.

—No sé a qué se refiere.

—Naturalmente que lo sabe. Los cortejos terminan.

Siempre. Es su naturaleza. Terminan en compromiso, en boda, o en ruptura.

Si un cortejo se prolongara indefinidamente, empezaría a parecer sospechoso.

Más tarde o más temprano, hacia el final de la temporada, lo previsto es que usted proponga matrimonio.

O que ella lo rechace. Y supongo que su plan, ingenioso, aunque algo apresurado, contempla esa segunda alternativa.

Kit sintió que algo helado le bajaba por la nuca.

—Supongo que sí —continuó Alaric, con suavidad—.

Un cortejo que se disuelve elegantemente, con lágrimas contenidas y mutuos agradecimientos, es un final perfecto para una historia como esta.

La señorita Wickersham rechaza al conde por la razón que sea.

Y, curiosamente, la promesa que le hizo a su madre en el lecho de muerte, que su hermana pequeña no puede casarse antes que ella, queda automáticamente sin efecto, porque la mayor ha tenido su oportunidad y ha decidido declinarla.

Y su hermana, sin impedimentos de ninguna clase, vuelve a estar disponible.

Hizo una pausa.

—Para mí.

El viento movió las ramas de un olmo. A lo lejos, en el salón, los violines se lanzaron a un vals.

—Verá —prosiguió Alaric—, yo tengo todo el tiempo del mundo.

Usted y la señorita Wickersham tienen cuatro semanas.

Puedo esperarlas. Soy un hombre paciente.

Y al final de esas cuatro semanas, cuando lord Larkmoor sea abandonado con todo el decoro que exige la sociedad, y se retire al campo a escribir elegías, me encontrará aquí.

En Londres. Sonriendo. Esperando. Con una carta del padre de la muchacha en el bolsillo.