Capítulo 12
—Cierra la boca —dijo Barnaby—. Se te cae la baba.
—No se me cae nada.
—Se te caería, si tuvieras. —Le puso en las manos un paquete cuadrado, envuelto en papel de seda y atado con una cinta gris—. Las cartas. Las veinticuatro, ordenadas por fechas. No las he leído. Bueno, he leído tres. Una cuarta, a medias. La que habla del almirante rojo en la manga de la condesa.
—Esa no es de las nuestras.
—Esa me la ha enseñado Walter. —Barnaby sonrió con toda la dentadura—.
Dios mío. Cuando me enteré de que había que escribir veinticuatro cartas de amor, pensé: esto va a ser un desastre.
Y he leído la tercera de Thea, la del escarabajo, y me he quedado sin palabras.
¿Sabes que mi hermana escribe maravillosamente?
¿Lo sabías? Yo no lo sabía. Hace años que no me escribe nada más largo que una lista de la compra.
Kit no contestó. Tenía los ojos clavados en la escalera, y la mano izquierda cerrada sobre el pasamanos, con una presión de la que no era consciente.
Ella seguía bajando.
Había visto a Thea Wickersham en muchas circunstancias.
En un invernadero, con el pelo suelto. En un parque, con un sombrero azul.
En una capilla en ruinas, mojada y temblorosa dentro de su chaqueta.
En una biblioteca, de madrugada, con las mejillas manchadas de tinta y la boca entreabierta.
Lo había creído suficiente. Había creído que tenía una idea más o menos completa de lo que ella era capaz de hacerle.
Se había equivocado.
El vestido verde, antiguo, cortado por una mano maestra, le caía como si lo hubieran hecho a partir de ella misma.
Los pendientes de esmeraldas se balanceaban a cada paso y le enmarcaban el cuello, largo y pálido, con un lunar diminuto a la altura de la oreja izquierda que él descubrió en ese instante, y que se le quedó incrustado en el fondo del cráneo.
Bajaba despacio, con la espalda recta, la cabeza alta, una mano recogiendo la falda y la otra apoyada con delicadeza en la barandilla, y cuando levantó los ojos y se encontró con los suyos hubo un segundo, un solo segundo, en que la expresión de seguridad se resquebrajó.
Se le abrieron los labios. Se le subió el color a las mejillas.
Pareció una niña sorprendida en mitad de una travesura.
Kit tragó saliva.
—Cuidado —murmuró Barnaby—. Que se te va a caer el paquete.
—Cállate.
—Solo era una observación.
—Ve a buscar a tu padre.
—Mi padre está en el desván de las mariposas con una lupa, y se ha olvidado de que hay un baile. —Barnaby le dio unas palmadas en el hombro y se alejó, silbando una melodía que sonaba sospechosamente a una marcha nupcial.
Cuando Thea llegó al último peldaño, Kit le ofreció la mano. Ella la tomó. Tenía los dedos fríos.
—Dorothea.
—Kit.
—Estás...
—No lo digas.
—Tengo que decirlo.
—Lo he sabido por tu cara. No hace falta.
—Quiero decirlo igualmente. —Se llevó su mano a los labios. La besó en los nudillos, sin teatro, sin público, sin Vesey; fue un beso breve, torpe, que le salió con un temblor—. Estás tan hermosa que me da miedo mirarte.
Ella se quedó quieta. Los ojos, bajo la luz de la araña, eran de un verde oscuro, líquido.
—Eso —dijo, con voz ronca— no estaba en el guion.
—No tengo guion.
—Ya lo sé.
—Voy improvisando.
—Se te da bien —murmuró ella, y antes de que él pudiera reaccionar le arregló, con dos dedos, el nudo de la corbata, que estaba perfecto, y le dio una palmadita en el pecho, justo encima del corazón, que le latía como un tambor de guerra.
La orquesta rompió a tocar en el salón. Entraron juntos.
El baile de despedida de lady Octavia Hadley fue, según la crónica que publicó la Kentish Gazette la semana siguiente, «un acontecimiento sin precedentes en los anales de la comarca».
Asistieron cuarenta y dos familias. Asistió el obispo de Rochester, un hombre rotundo y rubicundo que se comió, en el transcurso de la velada, nueve canapés de langosta y que bailó una contradanza con la tía Winifred a una velocidad que obligó al personal de servicio a retirar las bandejas.
Asistieron los Fanshawe, vecinos de toda la vida, con sus cuatro hijas, de las cuales tres miraron a Kit con resignación y con disgusto al comprobar que había llegado acompañado.
Asistió el reverendo Bellamy, que no bailaba, y ocupó una silla junto a la chimenea con una copa de jerez y un gesto cansado.
Y asistió, por supuesto, sir Alaric Vesey.
Llegó tarde. Entró a las nueve y media, con un frac azul medianoche y el cabello rubio recién peinado, saludó a la anfitriona con una reverencia perfecta y a Kit con una cabeza inclinada que habría podido ser interpretada como un gesto de cortesía o como una promesa de venganza, según el humor del observador.
Kit tuvo la sensación, bajo el esternón, de que algo se enroscaba.
Bailó con Thea el primer vals. Lo bailó con una concentración extraña.
Era su tercer vals con ella y, de pronto, le parecía que no había aprendido nada en los dos anteriores.
La mano en su espalda, la palma de ella sobre su hombro, el roce de la seda verde contra su pierna cada vez que giraban.
Lo percibía todo a la vez, y lo percibía mejor.
Tuvo que forzarse a mirar por encima de su cabeza para no perder el paso.
—Respira —dijo Thea, sonriendo contra su cuello.
—Estoy respirando.
—Hace medio minuto que no.
—Me estás devolviendo mi frase.
—Es una buena frase.
—Es una frase abusiva. —Tragó saliva—. Dorothea.
—Dime.
—Cuando termine el baile —dijo, muy bajo—, hay algo que quiero...
No terminó. Un golpe seco resonó en el salón, el de un bastón de ébano contra el suelo de mármol.
La orquesta se interrumpió, a media frase, con un último gemido de violín.
Las parejas se detuvieron. Hubo un rumor, y después un silencio expectante, y en medio de la pista, de pie junto al estrado de los músicos, pequeña, recta, con su turbante de terciopelo negro y su monóculo de oro, lady Octavia Hadley, condesa viuda de Larkmoor, golpeó el suelo por segunda vez.
—Queridos amigos —dijo, con una voz que sin ninguna amplificación llegó hasta el último rincón del salón—.
Perdonen la interrupción. Mi nieto ha tenido la bondad de enamorarse, y como sé que en esta casa hay quien duda de la autenticidad de tal prodigio, he pensado que lo mejor sería disipar cualquier recelo.
A Kit se le heló la sangre.
—Barnaby —dijo ella—. Las cartas.
Barnaby, con una cara de seriedad que le habría valido un premio en cualquier teatro de Londres, atravesó el salón con el paquete atado con cinta gris, y lo depositó con una reverencia solemne en las manos de lady Octavia. La anciana lo sostuvo en alto.
—Dos años de correspondencia —proclamó—.
Veinticuatro cartas. Dorothea y Christopher, que son dos criaturas discretas hasta lo insoportable, las han guardado como oro en paño.
Algunas personas, y no voy a mencionar nombres, han expresado el deseo de leerlas.
Y como las buenas costumbres exigen satisfacer la curiosidad de los invitados, yo, en mi calidad de anfitriona, voy a permitirme...
—Se volvió con parsimonia hacia Alaric, que se había quedado en el borde del grupo, con la copa en la mano—. Sir Alaric. ¿Quiere elegir usted una?
Alaric no se movió. Su sonrisa no se alteró, pero una arruga, muy fina, apareció entre sus cejas.
—Es usted muy amable, milady. Pero no quisiera invadir una intimidad...
—No hay invasión cuando uno es invitado. Elija.
—Insisto en que...
—Elija, sir Alaric. —Los ojos de la anciana, bajo el monóculo, brillaron con un resplandor casi cruel—. Delante del señor obispo. Delante de lady Fanshawe. Delante de cuarenta y dos testigos. O renuncie para siempre a poner en duda la palabra de esta casa.
El silencio duró tres segundos. Fue el obispo quien lo rompió, con una tos sonora.
—Una excelente idea, milady. Me encantan las cartas de amor. Mi esposa me escribió una en 1784 que todavía releo en los días de lluvia.
Alaric inclinó la cabeza.
—Elegiré una —dijo.
Kit sintió la mano de Thea apretar la suya con una fuerza dolorosa. No se había dado cuenta de que seguía sosteniéndola. Se la apretó él también.
—No puede ser peor —murmuró ella—. Pasa lo que pase, no puede ser peor.
—Lo sé.
—Hemos hecho lo que hemos podido.
—Lo sé.
—Si sale mal...
—No saldrá mal.
Alaric deshizo con dos dedos el lazo gris.
Extendió las cartas sobre la mesa de las bebidas, con calma de joyero ante un tesoro, y paseó la mirada sobre ellas.
Tomó una. La acercó a la luz. La olió, con discreción, como se huele un vino.
Pasó el pulgar por el borde rascado del papel, por los bordes amarillentos, por los dobleces hechos con tanta paciencia.
Frunció el ceño. Dio la vuelta al pliego, examinó la tinta, el trazo.
—Papel de buena calidad —observó—. Está muy bien conservado.
—Es de Barnaby —dijo Thea, con una calma exquisita—. Siempre ha guardado las cosas en una caja de cedro.
—Qué previsor.
Dejó la carta. Tomó otra. Y otra. Sus dedos se movían con lentitud, de una pila a otra, sin decidirse, y Kit pensó, con una claridad desesperada, que Alaric Vesey podía estar buscando algo muy concreto, un indicio, un fallo, una fecha mal calculada, un adjetivo anacrónico.
Que aquel hombre, que había pasado veinte años leyendo en los gestos de los demás, quizá estuviera leyendo ahora en las cartas la verdad que estas, de una manera que nadie había previsto, contenían.
Se detuvo. Había cogido un pliego de la segunda pila, escrito por una sola cara, con una letra grande y torcida que Kit habría reconocido a ciegas.
—Esta —dijo.
Kit sintió que el suelo se hundía un palmo.
Era la de Piccadilly.
La había escrito a las tres y media de la madrugada, con una pluma que se atascaba, con dos copas de vino encima y el corazón demasiado cerca de la superficie. Era la que decía: Fue lo más cerca que he estado de decir una verdad en público.
Alaric comenzó a leer.