Capítulo 11
La chaqueta de Kit olía a sándalo y a vino derramado, y Thea tardó casi un minuto en comprender que no estaba en su cama.
Abrió un ojo. Tenía la mejilla pegada al terciopelo verde del sillón, una pierna dormida bajo el cuerpo y el cuello torcido en un ángulo que su médico habría calificado de irresponsable.
Por el ventanal entraba una luz blanca y baja.
Los pájaros del jardín armaban un escándalo digno de una reunión parlamentaria.
Y sobre sus hombros, pesada y cálida, había una chaqueta de lana azul oscuro que no era suya.
Se incorporó de golpe.
La biblioteca estaba vacía. Las velas se habían consumido hasta el último pabilo.
En la alfombra seguía el charco de té, ya seco, con la forma aproximada de Irlanda.
El frasco de tinta roja había rodado hasta la pata de la mesa, y alguien lo había recogido y lo había puesto de pie junto a los demás, con el tapón enroscado.
Los papeles, que la noche anterior formaban un campo de batalla, estaban ahora ordenados en dos pilas rectangulares, atadas cada una con una cinta de seda gris que Thea reconoció, con cierto estupor, como la cinta de una de las cortinas.
Sobre la pila más alta había una nota, doblada por la mitad. Letra grande y torcida.
Barnaby tiene que llevárselas al baile. Se las he dejado preparadas. No me mires así: he dormido, aunque en el suelo, y he tenido sueños muy poco decorosos. Ve a desayunar. Pon cara de haber dormido bien. K.
P.D.: Bonaparte se ha comido el borrador de la carta número 7. Era la peor. No lo echarás de menos.
Thea releyó la nota tres veces. Se la guardó en el bolsillo de la bata. Dobló la chaqueta con cuidado, la dejó sobre el respaldo del sillón, volvió a cogerla, la apretó un segundo contra la cara, y la dejó otra vez.
Subió la escalera de roble con los pies descalzos, sin hacer ruido, rogando por no encontrarse con nadie.
Se encontró con la señora Tuckett.
El ama de llaves bajaba por el rellano con un cubo de carbón en cada mano, y se detuvo en seco al verla.
Era una mujer ancha y colorada, con unos antebrazos de herrero y una cofia siempre un poco ladeada.
Miró a Thea de arriba abajo: la bata, la trenza deshecha, los pies desnudos, las manchas de tinta azul en el borde de la manga.
—Buenos días, señorita —dijo, sin que se le moviera un solo músculo de la cara.
—Buenos días, señora Tuckett.
—Ha llovido mucho esta noche.
—Sí. Eso me han dicho.
—Con la lluvia viene el barro. Y con el barro, las visitas se levantan temprano. —El ama de llaves asintió con gravedad, con los dos cubos colgando—. En la cocina hay chocolate caliente. Y bizcocho. Por si la señorita ha tenido una noche... laboriosa.
—Laboriosa. Sí. Gracias.
—No hay de qué. —Y pasó a su lado, con un taconeo firme, y ya había bajado cuatro peldaños cuando añadió, sin volverse—: Y la chaqueta del conde, señorita, si tiene a bien devolverla, la mandaré airear. Que a las chaquetas les sienta mal quedarse en las bibliotecas.
Thea miró sus propias manos. Estaban vacías. La chaqueta, recordó con un hormigueo de pánico, seguía sobre el sillón.
Se refugió en su habitación como en una fortaleza.
Cerró la puerta con la espalda. Se quedó un rato de pie en medio de la estancia azul, con los ojos clavados en el sillón de orejas que la noche anterior había arrastrado hasta la puerta del vestidor, y que seguía allí, encajado bajo el picaporte, con aire de guardia de palacio que ha pasado la noche en vela por nada.
Lo apartó. Lo devolvió a su sitio junto a la ventana. No miró la puerta.
Miró la puerta.
Era una puerta de madera clara, con un picaporte de latón, y del otro lado de ella, a unos tres metros, había un hombre que habría hecho en la madrugada cosas muy concretas con las manos.
Thea sintió que le subía un calor insoportable por las piernas, el vientre, el pecho, hasta la raíz del pelo.
Se llevó las palmas a las mejillas. Ardían.
—Eres una mujer adulta —dijo en voz alta—. Eres una mujer de veintiséis años con instrucción superior y conocimientos de taxonomía. Compórtate.
La puerta, que no tenía opinión al respecto, no contestó.
Alguien llamó con los nudillos.
—Thea. ¿Estás ahí? Soy yo.
Era Livvy. Abrió, y su hermana se coló en la habitación como una ráfaga, con el camisón de dormir y un chal de lana a medio poner, el pelo revuelto y los ojos brillantes de una persona a quien le han dado una noticia demasiado grande para guardarla.
Cerró la puerta de un taconazo. Se quedó con la espalda apoyada en ella, jadeando.
—Me ha besado —dijo.
—¿Quién?
—¡Walter!
—Livvy, baja la voz.
—Perdona. Perdona. —Se tapó la boca con las dos manos, y detrás de las manos Thea vio, sin ningún género de duda, los dos hoyuelos, hondos como dos pozos—.
Me ha besado. Ayer. En el desván. Después de lo de las mariposas.
Yo estaba hablándole de... no recuerdo de qué, y de pronto se quitó las gafas y me dijo: «Señorita Livvy, voy a hacer algo que probablemente sea un error», y yo le dije: «Hágalo», y lo hizo.
Me besó. Y fue un beso muy educado, y muy torpe, y muy corto, y fue el mejor beso de mi vida.
—¿Cuántos besos has tenido?
—Este. —Livvy bajó las manos—. Pero era el mejor. Se le cayeron las gafas dentro de un cajón de polillas.
Thea soltó una carcajada. Cogió a su hermana de las manos, la atrajo hacia sí, la abrazó. Livvy le devolvió el abrazo con una fuerza sorprendente.
—Y hay más —murmuró contra su hombro—. Esta mañana, en el desayuno, lady Octavia ha llamado a Walter.
Delante de todos. Delante de tía Winifred, de papá, de ese horrible hombre.
Y le ha dicho: «Señor Finch, necesito un bibliotecario.
Un hombre serio, discreto y con buena letra.
El puesto está en Larkmoor, tiene casa con jardín, doscientas libras anuales y una chimenea que tira».
Walter se ha puesto del color de un pimiento. Y ha dicho que sí.
—¿Que sí?
—Que le encantaría. Sujetaba el plato con tanta fuerza que ha partido un trozo del borde.
—Doscientas libras anuales —dijo Thea, atónita—. Son una fortuna para...
—Para un hijo de maestro de escuela. Lo sé. —Livvy dio un paso atrás, con los ojos llenos de agua—. Thea, no me casaré con él mañana. No es posible. Pero ya no es... ya no es imposible. Antes era imposible. Ahora es... difícil.
—Difícil es una palabra preciosa.
—Es la palabra más bonita que conozco.
—Te quiero —dijo Thea. Y se echó a llorar un poco, porque era una mañana de lágrimas.
Se quedaron un rato sentadas en el borde de la cama, con las manos entrelazadas, riendo y secándose los ojos. Hasta que Livvy, que había recuperado el aliento y con él su acostumbrada capacidad de observación, inclinó la cabeza y entornó los ojos.
—Thea.
—¿Qué?
—Tienes una marca.
—¿Dónde?
—Aquí. —Livvy se tocó el lado del cuello, bajo la oreja—. Es roja. Y violeta. Del tamaño de una moneda.
Thea se llevó una mano al cuello. Ahí estaba. Una pequeña zona sensible, caliente al tacto, donde los dientes de alguien le habían rozado la piel, en la mesa de roble, entre frascos de tinta.
—Es una picadura —dijo.
—¿De qué?
—De un insecto.
—¿Qué insecto?
—Un... Culex.
—¿Un mosquito?
—Es una especie muy agresiva.
—Qué casualidad —dijo Livvy, con una gravedad imperturbable— que el mosquito tuviera el tamaño de una boca.
—Livvy.
—No digo nada.
—Estás diciendo mucho.
—Solo observo.
—¡Livvy Wickersham!
—Es un mosquito muy listo —dijo Livvy, y se echó hacia atrás sobre la cama, partiéndose de risa con el chal enredado en un brazo.
Y Thea, que de pronto sintió una oleada de alegría que no esperaba, y que no tenía nada que ver con el plan, ni con Vesey, ni con la temporada, le arrojó un cojín a la cara.
—Lo he oído todo —dijo Barnaby desde el pasillo, a través de la puerta—. Y me niego a participar en esta conversación. Pero que conste que soy un intermediario excelente. El más devoto de Inglaterra. He recibido unas cartas y las llevaré con el orgullo de un cartero real.
—Vete, Barnaby.
—Me voy. Me llevo la cinta de cortina. Es muy bonita.
Lady Octavia la mandó llamar a las cuatro de la tarde.
No la mandó llamar de cualquier manera. Envió a una doncella con una nota de tres palabras, Venga a mi vestidor, y esperó.
El vestidor de la condesa viuda estaba en la torre sur, al fondo de un corredor interminable, una estancia redonda y alta, con ventanas ojivales, un armario de caoba que ocupaba una pared entera, una cama estrecha de hierro y un espejo de cuerpo entero con marco de bronce.
En el centro, sobre un maniquí de madera, colgaba un vestido.
Era de seda verde. De un verde oscuro, hondo, como el agua de un estanque a medianoche, con mangas cortas ribeteadas de encaje antiguo, un escote cuadrado y una falda que caía en pliegues largos y pesados hasta el suelo.
Tenía el aspecto de haber sido cosido hacía cuarenta años por una modista de gran talento y escaso sentido de la prudencia.
—Fue mi vestido de presentación en la Corte —dijo lady Octavia, desde un sillón junto a la ventana, con el bastón sobre las rodillas y un gato atigrado y flaco, que Thea no había visto antes, acomodado en las faldas—.
En 1754. Hice la reverencia delante de toda la Corte y me tropecé con la cola.
Me levanté sola. Fue lo único memorable de mi presentación.
—Es precioso.
—Es antiguo. Pero tiene dos virtudes: está bien cortado, y es del color de sus ojos.
—¿De mis ojos?
—No tienen un color definido, hija. Son los de una persona que no sabe lo que quiere. Pero con esta seda se vuelven verdes. —Hizo una seña a una doncella que aguardaba junto al armario—. La costurera de la casa lo ha arreglado esta mañana. Le quedará bien. Pruébeselo.
Thea se desvistió detrás de un biombo, con la ayuda de la doncella, que le abrochó las cuarenta y dos presillas de la espalda con dedos de relojera.
La seda era fría y pesada y le acarició la piel con un roce suave.
Cuando salió del biombo, notó que el escote era un poco más bajo de lo que ella habría elegido. Se estiró un poco el borde. No cedió.
—Déjelo —dijo lady Octavia—. Es una cuestión de proporciones. Mírese.
Thea se miró en el espejo.
Había una mujer alta, de espalda recta, con un cuello largo y unos hombros blancos y salpicados de pecas.
La seda verde le ceñía la cintura y caía en una cascada oscura hasta el suelo.
El escote dejaba al descubierto la línea de las clavículas y el inicio del pecho.
Tenía el pelo suelto sobre los hombros, y los ojos...
Lady Octavia tenía razón: con aquel verde, los ojos se le habían vuelto de un tono nuevo, entre gris y esmeralda, con una luz propia.
Se quedó contemplándose.
No se había mirado así desde hacía mucho tiempo. No se había mirado, en realidad, ni una sola vez desde que murió su madre, más que para comprobar que no llevaba un botón desabrochado o una manga torcida. Había dado por sentado que no era el tipo de cara que merecía más atención.
—Es otra persona —dijo, en voz baja.
—No. Es usted. —Lady Octavia se levantó con ayuda del bastón, depositó al gato sobre el sillón y se acercó—.
Es usted sin los tres kilos de disculpas que se echa encima cuando entra en una habitación.
Quítese esos hombros. Así. Más atrás. —Con una mano seca y ligera le enderezó la columna—.
La mujer más bella del baile es la que no se pregunta si lo es.
La doncella le recogió el pelo en un moño alto, dejando sueltos unos mechones. Lady Octavia abrió una pequeña caja de terciopelo negro, sacó dos pendientes largos de esmeraldas, de montura antigua, y se los colocó ella misma, uno y otro, con los dedos un poco temblorosos.
—No puedo aceptarlos —dijo Thea.
—No se los regalo. Se los presto. Para el baile.
—Octavia.
—Cállese.
—Tengo que decirle una cosa. —Thea se giró—. Es una mentira. Todo esto. Lo del cortejo, lo de las cartas, lo de...
—No quiero oírlo.
—Pero...
—No quiero oír esa palabra. —La anciana levantó el bastón—. No me diga nada, hija. No me confirme nada. Una vieja de setenta y nueve años tiene derecho a conservar sus ilusiones y a que no la abrumen con detalles. Pero voy a decirle yo una cosa a usted.
Se acercó a la ventana. Contempló, a través del cristal, el jardín, el césped, el lago. Su perfil de pájaro se recortaba contra la luz.
—A mi marido lo quise cuarenta años —dijo—.
Se llamaba Henry. Era un hombre guapo, encantador y absolutamente irresponsable, y lo conocí en un baile en 1755, cuando yo tenía dieciocho años.
Se rió de mí. No de mala manera. Me dijo que tenía los ojos de una lechuza enfadada.
Y yo, que era una chica orgullosa, le contesté que él tenía la cabeza de una veleta.
Nos peleamos durante tres meses. Nos peleamos en doce bailes, en cuatro cenas y una excursión a Richmond.
Y una noche, en una terraza, cuando ya no quedaba nada que decirse, nos besamos.
Y tardé once años en decirle que lo quería.
Once años, Dorothea. Porque me daba miedo.
Porque él nunca había hablado en serio de nada. Porque decirlo era perder.
Hubo una pausa. El gato atigrado bostezó.
—Y cuando por fin se lo dije —continuó la anciana, sin volverse—, él me dijo que lo sabía desde el primer día. Que llevaba once años esperando a que yo me atreviera. Y yo, que era una mujer inteligente, comprendí que había perdido once años. No por él. Por mí.
Se volvió. Tenía los ojos claros, secos, muy brillantes.
—No le pido que me cuente nada. Le digo que a veces la persona más lista de la habitación es también la que más tarda en darse cuenta de lo que tiene delante. Y que no cometa mi error. —Alzó una ceja—. Eso es todo. Ahora, vaya. Baje. Es casi la hora. Y haga el favor de no tropezarse con la cola.
—No tiene cola.
—Es un detalle favorable.
Thea bajó la escalera a las ocho en punto, con la falda recogida en una mano y la otra apoyada en la barandilla de roble, con el corazón latiéndole en la garganta, descendiendo despacio, peldaño a peldaño, como si avanzara por un puente colgante.
El vestíbulo de Larkmoor Abbey estaba lleno de luz.
Habían encendido todas las arañas. Había criados con librea cruzando el suelo de mármol con bandejas de copas.
Había flores en grandes jarrones sobre las mesas de consola.
Había un rumor de voces, y desde el salón de baile llegaba el afinar de los violines.
Y al pie de la escalera, de pie, con los brazos a los costados y un frac negro con chaleco de seda gris, estaba Kit.
Alzó la vista. Y se quedó inmóvil.
No sonrió. No hizo ninguna broma. Tenía la mano derecha cerrada sobre el pasamanos de roble con una fuerza que le blanqueaba los nudillos. Los ojos, muy oscuros, recorrieron su rostro, su cuello, el escote, la cintura, la caída de la seda, y volvieron a subir hasta sus ojos, y se quedaron allí.
Bonaparte, sentado a sus pies con un lazo de raso al cuello, miró a Thea, miró a su amo, y se tumbó con un gruñido.