El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—No quiero mil frascos. Quiero... —Se interrumpió, con un gemido, porque él había bajado la boca por su cuello, hasta la clavícula, y de allí al borde del escote, donde el algodón se abría en una uve suave.

Besó la piel que dejaba al descubierto. Besó la hendidura entre los pechos, con la nariz hundida en el calor de su piel, y la oyó soltar un jadeo tembloroso.

Le desabrochó con dedos torpes los cuatro botones del camisón.

La tela se abrió. Debajo, bañada por la luz de las velas, la piel de Thea era de un blanco dorado, salpicada de pecas, y sus pechos, pequeños y redondos, subían y bajaban a un ritmo frenético.

—Eres preciosa —dijo.

—No hace falta que...

—Eres preciosa. Cállate y deja que te lo diga.

Ella rió, con un sollozo. Kit bajó la cabeza y tomó un pezón en la boca.

Thea gritó. Un sonido agudo, breve, que ahogó contra el dorso de su propia mano.

Se aferró a su pelo con la otra y arqueó la espalda, empujando el pecho hacia él, mientras Kit lamía, y chupaba, y sentía las uñas de ella clavarse en su cuero cabelludo, y el calor de sus muslos temblando contra sus caderas.

Pasó al otro pecho. Le deslizó una mano por la pierna, por debajo de la tela revuelta, desde la rodilla hasta el interior del muslo, despacio, a lo largo de la piel suave y tensa. Ella contuvo la respiración.

—Kit.

—¿Quieres que pare?

—No. —Tenía la voz quebrada—. No. Pero yo... nunca...

—Lo sé.

—No sé si...

—Yo sí. —La besó en la boca, con ternura, con la mano quieta sobre su muslo—. Déjame. No haremos nada que tú no quieras. Si digo una cosa que no te gusta, me das una patada. ¿De acuerdo?

—¿Una patada?

—Fuerte.

Ella soltó una carcajada húmeda. Asintió.

Lo que Kit hizo a continuación lo recordaría durante años con una nitidez dolorosa: la manera en que ella apretó los ojos cuando la tocó; el sonido que le salió, agudo y sorprendido, como si nunca hubiera sabido que su propio cuerpo pudiera hacerlo; sus talones clavándose en la parte baja de su espalda; la piel de su hombro, perlada de sudor, contra su boca.

La manera en que le susurró su nombre, no «Kit» sino «Christopher», con una voz que era casi una pregunta.

Tardó poco. Y mucho más de lo que él habría querido.

Cuando ella se deshizo entre sus brazos, temblando, con la frente apoyada en su hombro y un gemido largo e interminable atrapado entre los dientes, Kit la sostuvo con los dos brazos y sintió que algo dentro de él, algo que llevaba años cerrado con llave, se abría de golpe con un chasquido.

Se quedaron así. Ella respirando contra su cuello, entrecortada. Él acariciándole la espalda, con la mano abierta, de la nuca a la cintura, una y otra vez.

—Dios mío —dijo Thea, al cabo de un rato, con la voz amortiguada contra su camisa.

—¿Bien?

—No sé si tengo palabras.

—Pues me alegro de que te hayas quedado sin ellas.

—Eres insoportable.

—Me lo dice todo el mundo.

Ella levantó la cabeza. Tenía los ojos entornados, la boca hinchada, el pelo hecho un enredo, y los ojos muy abiertos, como si el mundo hubiera crecido de repente.

Alargó una mano. Le tocó el cuello. Después, con una lentitud tentadora, la deslizó hacia abajo, por su pecho, por el vientre, hasta el borde de los pantalones.

Kit le atrapó la muñeca.

—Dorothea.

—Quiero...

—Lo sé. Yo también. —Era verdad. Era lo más verdadero que había dicho en años, y le dolía en cada músculo—.

Pero no aquí. No con Vesey a quince metros y una puerta que no cierra.

Y no a las tres de la madrugada, tras una noche de vino.

Si lo hacemos, Dorothea, quiero que seas tú la que decida.

Con la cabeza clara. Con la luz del día. Con una cama.

—Eres muy caballero.

—Soy un cretino. —Se rió, con un dolor sincero—. Pero tengo la intención de ser tu cretino. Si me dejas.

Ella lo miró. Los ojos, en la penumbra, eran de un verde oscuro, muy hondo.

—No es lo que habíamos acordado —dijo.

—No.

—Es una semana.

—Cinco, cuando volvamos a Londres.

—Y después se acaba.

Kit no contestó. La miró. Una vela chisporroteó y se apagó. Quedaron cuatro, y en la chimenea unas brasas rojas.

—Después ya veremos —dijo.

Ella asintió, despacio. Se abrochó el camisón con dedos que no le obedecían.

Se bajó de la mesa con las piernas aún temblorosas, y Kit, que la sostuvo del codo, tuvo que apretar los dientes para no volver a abrazarla.

Recogió la bata del suelo y se la puso sobre los hombros, y le ató el cinturón con una torpeza que a los dos les pareció graciosa.

—Faltan seis cartas mías —dijo ella.

—Y las mías.

—Hay que terminarlas.

—Hay que terminarlas.

Se sentaron de nuevo, a una distancia prudente, con las velas medio consumidas, y terminaron.

Escribieron hasta que el cielo, por el ventanal, pasó del negro al azul y del azul a un gris lechoso.

Thea, hacia las cinco, apoyó la cabeza en el brazo del sillón, con la pluma todavía en la mano, y se quedó dormida.

Kit la contempló un rato. La cubrió con su chaqueta.

Le apartó un mechón de la cara, con los dedos, sin tocarla.

Tomó una hoja en blanco. Mojó la pluma.

No era para Vesey. No era para ninguna de las veinticuatro. Escribió despacio, en una letra más clara que la de las otras, y no tachó nada. Lo escribió de un tirón, sin pausas, hasta el final. Después lo leyó, y vio que eran cuatro líneas, y que la última empezaba por «te quiero».

Dobló el papel en cuatro. Se levantó con cuidado, para no despertarla. Cruzó la sala hasta el estante donde estaban los Sermones de un párroco rural, aún manchados de té, y metió el papel entre dos páginas, hacia el final, donde nadie en la historia de la humanidad iba a buscarlo.

Después devolvió el libro a su sitio, y se sentó a esperar que amaneciera.