Capítulo 10
—Querida Dorothea —leyó Thea en voz alta—. Hace tres días que te fuiste de Wickersham Court, y la casa me parece muy grande.
—Es una frase correcta.
—Es una frase de estufa. Parece escrita por un empleado de banca que se despide de su cuñada. —Dejó el papel sobre la mesa—. Kit, estamos intentando que Alaric Vesey crea que llevas dos años enamorado de mí. Necesito algo que no pueda haber escrito cualquiera.
—No sé qué más decir.
—Cuéntame lo que viste.
—¿Cuándo?
—En agosto. Cuando te fuiste. Lo que te acuerdes de ese día.
Kit se pasó una mano por el pelo. Estaban sentados a ambos lados de la mesa de roble de la biblioteca, él en una silla que le quedaba pequeña, ella con las piernas cruzadas debajo de un sillón de orejas tapizado en terciopelo verde, con una manta sobre los hombros y la trenza cayéndole por delante.
Entre los dos, un candelabro con cinco velas encendidas, doce frascos de tinta de otros tantos colores, una pila de papeles manchados de té, todavía pegajosos, y una botella de vino de la bodega de su abuelo, abierta y ya a medias.
Se habían servido dos copas. Se habían servido otras dos.
Era la una y veinte de la madrugada.
—Me acuerdo del sombrero azul —dijo Kit.
—Eso ya lo has dicho cuarenta veces.
—Es lo primero que me viene.
—Tienes que contarlo como si hubieras estado enamorado.
—Es que me acuerdo del sombrero azul porque fue lo primero que vi cuando entré en la iglesia.
Y tenías la cabeza ladeada porque tu padre le estaba susurrando algo sobre el pronoto de un escarabajo al vicario.
Y el vicario tenía cara de querer morirse.
Y tú te estabas aguantando la risa, con los labios apretados, con tanta fuerza que se te pusieron blancos.
—Se detuvo. Se aclaró la garganta—. Me quedé mirándote durante todo el sermón. Fue lo mejor del servicio.
Thea no dijo nada. Tenía la pluma en el aire, a medio camino de la tinta.
—Eso —dijo después, con la voz un poco más baja—. Eso es lo que quiero. Escríbelo.
—¿Así?
—Tal cual.
Kit tomó una hoja. Mojó la pluma. Escribió: Te vi en la iglesia con el sombrero azul. Se quedó mirando la frase. Tachó «te vi». Escribió «te miré». Tachó «te miré». Escribió «no pude dejar de mirarte». Tachó la frase entera.
—Va fatal.
—Déjame verlo.
—No.
—Kit.
—Es humillante.
—Todos los borradores lo son. —Estiró el brazo, le quitó la hoja y la leyó. Frunció la nariz—. Dios mío, tienes la letra de un doctor.
—La tengo de conde.
—Es peor. —Pero sonreía—. Empieza otra vez. Cuenta lo del sombrero. Y después lo de... ¿qué pensaste cuando me viste reírme?
—Pensé que te estabas ahogando.
—¡Kit!
—Es verdad. Tenías la cara roja y hacías un ruido raro. —Cogió otra hoja—. Y luego, cuando saliste de la iglesia y te soltaste, la carcajada te salió como... como si hubieras estado conteniendo una cosa enorme durante años.
Dejó la pluma. Se quedó muy quieto.
—Eso es lo que pasó —dijo—. No me lo he inventado. Fue exactamente así.
Thea lo miró. La luz de las velas le temblaba en las mejillas.
—Lo sé —dijo—. Lo he notado.
Escribieron.
Escribieron durante horas, en un silencio roto por el rasgar de las plumas, el crujido de una vela que se consumía, un resoplido ocasional de Bonaparte desde su cojín junto a la chimenea.
Escribieron en distintos papeles, con distintas tintas.
Kit descubrió que si dejaba de pensar en Vesey, en los cuarenta vecinos, en el obispo y en la lista de once nombres, las palabras salían solas.
Escribió sobre agosto, sobre el calor, sobre un paseo por el jardín de Wickersham Court en el que Thea, con un delantal manchado de tierra, le había enseñado a distinguir una mariposa de una polilla.
«Lo explicaste con tanta paciencia», escribió, «que pensé: esta mujer podría enseñarme cualquier cosa, y yo se lo agradecería».
Escribió sobre septiembre. Sobre una carta que «ella le había mandado con un dibujo de un escarabajo con mi cara». Escribió: Lo he colgado encima del escritorio. Pocock dice que me parezco más al escarabajo.
Escribió sobre noviembre. Sobre la niebla de Londres.
Sobre cómo, caminando por Piccadilly, había creído verla en la acera de enfrente, una mujer alta con un sombrero azul, y había cruzado entre los coches sin mirar, y al llegar descubrió que era una desconocida.
«Ella me miró, me preguntó si me pasaba algo, y yo le dije que no, que me había confundido, que buscaba a alguien que no estaba.
Fue lo más cerca que he estado de decir una verdad en público».
Se detuvo ahí.
La leyó. Dos veces. Notó que tenía las orejas muy calientes.
—No tengo claro —murmuró— que esto sea del todo ficción.
—¿Qué?
—Nada. —Dobló la hoja—. ¿Cómo vas tú?
—Seis cartas.
—Seis.
—He escrito mi mitad hasta abril. Tengo que leerlas contigo, para que se contesten. —Se mordió la punta de la pluma—. Ven.
Kit se levantó. Se acercó a su sillón, con la silla en una mano, y la dejó a un palmo de ella. Se sentó. Ella le tendió las hojas.
La letra de Thea, pequeña, recta, apretada, llenaba el papel de arriba abajo.
La primera carta empezaba: Querido Kit: Gracias por el bombón.
Papá se los comió todos, lo sabes, pero yo guardé uno, y me lo comí en el jardín, escondida detrás de la glicinia, y fue el mejor bombón de mi vida. No me preguntes por qué.
La segunda: Me preguntas qué hago por las tardes. Contar caracoles. Lo sé. Te vas a reír. Te imagino riéndote, con esa risa que tienes, la que empieza por un lado y se te escapa por el otro.
La tercera: Ayer vi un escarabajo, un Carabus, en el borde del camino, y sin pensarlo me pregunté qué le habrías dicho tú. Probablemente algo irrespetuoso. Me lo he imaginado. Ha sido la primera vez que me reía sola en el campo.
Kit leyó hasta la sexta. Cuando terminó, dejó las hojas sobre su regazo y se quedó un rato mirando el fuego.
—No me imaginaba —dijo— que escribieras así.
—Es una impostura.
—Lo sé.
—Es una impostura técnicamente excelente.
—Dorothea. —Se volvió hacia ella—. ¿Qué parte de las seis cartas es una impostura?
Ella no contestó enseguida. Había subido los pies al sillón, con los brazos alrededor de las rodillas, y la manta se le había caído hasta la cintura.
La bata se le había abierto un poco por el escote y se veía la tela del camisón, de algodón blanco, con un pequeño bordado de flores en el borde.
El pelo, que se había trenzado para la ocasión, empezaba a soltarse en mechones sobre las sienes.
—Los bombones —dijo al fin, en un hilo de voz—. Eso fue verdad. Guardé uno. Me lo comí detrás de la glicinia.
—¿Y la risa?
—La risa también.
—¿Y lo del escarabajo?
—El escarabajo me lo inventé.
—¿Y la parte de que te reías sola en el campo?
Thea dejó caer la cabeza sobre las rodillas. Se quedó así un momento, con el rostro oculto. Luego levantó la cara y lo miró, con las mejillas rojas, los ojos brillantes y la expresión desprotegida de una persona a la que acaban de sorprender en mitad de una confesión.
—Esa también —dijo.
Kit dejó caer las hojas al suelo.
No fue una decisión. Pensó, después, que si hubiera sido una decisión habría tenido que pasar por el filtro del buen juicio, y el buen juicio, a esa hora y con tanto vino de por medio, había abandonado la sala.
Se inclinó hacia delante. Se arrodilló en la alfombra delante de su sillón, con una mano a cada lado de sus caderas, y la miró desde abajo.
—Declárala —dijo.
—¿Qué?
—La emergencia. Regla siete. «Salvo emergencia declarada de mutuo acuerdo».
—Esto no es...
—Dorothea.
Ella tragó saliva. La vena de su cuello latía muy deprisa.
—La declaro —susurró.
Se encontraron a medio camino. Kit no supo, después, quién había dado el último paso, y concluyó que había sido un empate.
El beso fue una colisión, una avalancha.
Todo lo que habían guardado durante tres días, durante once horas de evitarse, durante cuarenta minutos sentados en una capilla a metro y medio de distancia, se rompió de golpe.
Ella le rodeó el cuello con los dos brazos y lo atrajo hacia sí con tal fuerza que a punto estuvo de tirarlo de bruces.
Él le tomó la cara entre las manos, la inclinó hacia atrás, y la besó con una profundidad desesperada, probando el vino en su lengua, el sabor de las lágrimas que no había visto caer.
Ella tenía el pelo suelto. Ella gemía, un sonido bajo, vibrante, que le recorría la columna de arriba abajo, y le mordió el labio inferior, y él soltó un gruñido que no reconoció como propio.
—Kit —jadeó ella.
—Sí.
—Mi bata.
—¿Qué le pasa?
—Estorba.
Él se rió, contra su boca. Una risa breve y rota.
Le deslizó las manos por los hombros, bajo la lana, y la prenda cayó al suelo con un roce suave.
Quedó el camisón. Era fino, de algodón gastado de tanto lavado, y bajo la tela Kit sintió el calor de su cuerpo como si no hubiera nada.
Le recorrió los costados con las palmas abiertas, de las costillas a las caderas, y notó cómo ella se arqueaba.
La levantó. No supo cómo. Un momento estaba de rodillas y al siguiente la tenía en brazos, sentada en el borde de la mesa de roble, entre los frascos de tinta, con las piernas abiertas alrededor de sus caderas y las faldas del camisón arrugadas sobre los muslos.
Un frasco de tinta roja cayó al suelo. No se rompió.
—Dios mío —susurró Thea—. Hemos tirado la tinta.
—Hay más.
—Es la roja. Es la que más me gusta.
—Te compraré mil frascos.