El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

No lo había conseguido del todo. Lo había evitado en el desayuno, donde se había sentado entre Livvy y su padre con la mirada fija en las tostadas.

Lo había evitado en el almuerzo, tras cruzar en el vestíbulo, y verlo a él ladear la cabeza con una sonrisa a medias, y ella girar sobre sus talones como si se hubiera olvidado algo en el piso de arriba.

Había descubierto que hacía falta una enorme cantidad de esfuerzo físico para no mirar a un hombre.

Se le agarrotaba el cuello. Se le cansaban los ojos.

Se detuvo en el umbral de la biblioteca. Kit estaba tendido en el sofá de cuero, con una pierna sobre el respaldo y Bonaparte dormido en el pecho, leyendo, o fingiendo leer, un volumen enorme titulado Sermones de un párroco rural. Levantó la vista.

—Hola.

—Hola.

—Evitas mi mirada.

—No evito nada.

—Mentirosa.

—Estoy... ocupada. —Entró en la sala. Cerró la puerta tras ella con un clic suave—. Kit, tengo que contarte una cosa. Es grave.

Él se incorporó, con tanto cuidado que el pug refunfuñó y se deslizó por su camisa hasta caer sobre la alfombra. Dejó el libro. Se quedó muy serio.

Se lo contó todo. Los dos años de cartas.

El cartero meticuloso. Wiltshire. El baile del sábado.

La oferta. Lo hizo en pie, paseando de un lado a otro de la sala, con una voz cada vez más rápida, y Kit la escuchó sin interrumpirla, con los codos apoyados en las rodillas y las manos unidas bajo la barbilla.

Cuando llegó a la última frase, la de la calumnia, se detuvo ante la ventana. Fuera, el lago brillaba.

—Quiere a Livvy —terminó—. Y está dispuesto a todo.

—Hijo de... —Kit se mordió la lengua. Se levantó, con los hombros rígidos, y se acercó a la ventana. Se quedó de pie a su lado, sin tocarla. Tenía el mentón duro y una vena palpitándole en la sien—. Voy a matarlo.

—No vas a matarlo.

—Podría tener un accidente. Estas casas son muy peligrosas. Hay escaleras.

—Kit.

—Está bien. —Soltó el aire—. No lo mato. Pero quiero que sepas que lo he pensado con detalle.

—Gracias.

—Una carta.

—Una carta, en papel real, con la fecha de antes de que llegara a Londres. Y mía. Es decir... nuestra. Porque la que él quiere ver es la mía, pero para que sea creíble tendría que haber una respuesta tuya.

—Y las otras.

—Y las otras. —Se pasó las manos por la cara—. Dos años de cartas. No va a bastar una.

—¿Cuántas necesitaríamos?

—No lo sé. Doce. Veinte. Si las enseñamos todas, tardaría un año en leerlas. Pero tienen que ser auténticas, con tinta antigua, con el papel de entonces. Y de caligrafías distintas.

—Distintas no. La tuya y la mía.

—La mía y la tuya, claro. Pero... —Se detuvo—. ¿Y si las escribimos?

—¿Escribirlas?

—Las cartas. Las de dos años. —Lo dijo muy deprisa, con la mirada brillante—.

Es la única forma de que tengan tu letra y la mía, y de que se respondan unas a otras.

Cada una tendrá que referirse a algo de la anterior.

Tendrán que tener coherencia. Hay que inventar la historia, y después escribirla.

Mensualmente. De agosto de hace dos años a ahora.

Kit la miró con los ojos muy abiertos.

—Estás hablando de escribir veinticuatro cartas de amor.

—Doce por cabeza. Para que sea manejable.

—Doce cartas de amor. A ti.

—Para que Vesey las lea.

—Para que Vesey las lea.

—Sí.

—Dorothea. —Kit se pasó la lengua por los labios, y ella siguió el movimiento sin quererlo, y apartó la vista—. ¿Sabes que yo no he escrito una carta de amor en mi vida?

—Te darán instrucciones.

—¿Quién?

—Yo.

—Esto va a ser muy humillante.

—Lo sé.

—Necesito vino.

—Lo tienes en la bodega. Y papel envejecido: se consigue con té frío y un poco de ceniza, lo hice una vez para un experimento de mi padre. Y tinta de ocho tipos diferentes, para no repetir el tono. Y un cuchillo para rascar los bordes.

—Has pensado en todo.

—Llevo seis horas pensando en esto —dijo Thea, y notó que le temblaba un poco la voz—.

Desde que Alaric me dijo lo de Wiltshire.

Me he estado diciendo que si la mentira se hace bien, no hace falta que Livvy tenga que pagar nada.

Que es un error de planificación, no de moral. Que se puede arreglar con papel y té.

—Yo creo que esto lo has pensado para no pensar en otra cosa.

Lo dijo con suavidad. Thea levantó la cabeza. Kit estaba muy cerca, aunque no recordaba haberlo visto moverse, y la miraba con una expresión que ella no había visto nunca en él: grave, atenta, sin ninguna ironía.

—No sé a qué te refieres —dijo.

—Sí lo sabes. —Su voz bajó una octava—. Hoy te he visto evitarme durante once horas. Estás agotada. Tienes la mirada de haber corrido toda la tarde.

—Esa es una forma muy poética de decir que estoy huyendo.

—Es la que he encontrado.

Thea cerró los ojos. Respiró. Le habría gustado poder decir algo ingenioso, y no podía. En la ventana, la luz bajaba, cada vez más dorada.

—Esta noche —dijo, sin abrir los ojos—. A las doce. Aquí. Con papel, tinta y té. Y si empezamos a escribir, escribimos. Solo escribimos.

—Solo escribimos.

—No quiero ningún otro tipo de... procedimiento.

—No hay ningún procedimiento. Lo juro. —Hubo una pausa—. Aunque tengo una objeción.

—¿Cuál?

—Que doce cartas de amor, con tus instrucciones, van a convertirme en el hombre más ridículo de Inglaterra.

—Ese ya es el título que tienes.

—Qué cruel.

—Soy una mujer práctica.

Abrió los ojos. Él sonreía, esta vez de verdad, con las dos comisuras, y por un segundo Thea tuvo la impresión de que las paredes de la biblioteca se inclinaban hacia dentro. Salió. Cerró la puerta. Se apoyó contra ella, en el pasillo, con el cuaderno entre los brazos.

—Ay, Dios —dijo al techo.

A las doce menos cinco, Thea bajó descalza por la escalera de roble, con un candelabro de tres velas en la mano izquierda y una cesta de mimbre en la derecha.

En la cesta llevaba papel, una docena de frascos de tinta de diferentes colores, tres plumas, un cuchillo pequeño, un tarro de ceniza y una botella de té frío que había robado de la cocina.

Se había puesto una bata de lana sobre el camisón, y se había trenzado el pelo para que no se le enredara.

No le parecía una indumentaria seductora.

Era precisamente por eso por lo que se la había puesto.

La puerta de la biblioteca estaba entreabierta. Una luz tenue se colaba por la rendija. Empujó con el codo.

Kit estaba sentado en el suelo, entre dos montones de papeles, con los pies descalzos y las mangas de la camisa remangadas hasta los codos.

Tenía el pelo revuelto. Tenía una mancha de tinta azul en la barbilla.

Tenía un hervidor de té volcado a su lado, con un charco marrón que se había extendido por la alfombra y empapaba, sin remedio, un ejemplar de Sermones de un párroco rural.

—Ha habido un accidente —dijo.