Capítulo 9
—¿Quién se muere enseguida? ¿La mariposa o el conde?
—Creo que... la mariposa, señorita Livvy.
—Me parece una anotación bastante grosera.
—Es muy sincera.
La risa de Livvy, clara y fresca, bajó por la escalera de caracol y le llegó a Thea, que había subido hasta la mitad de los peldaños con una bandeja de té y se había detenido, sin proponérselo, con una mano en la barandilla.
Debía haber llamado. Debía haber hecho ruido con las tazas.
Pero la voz de Walter, que hasta entonces solo había oído recitar nombres latinos en la biblioteca de su padre como un sacristán, había cambiado.
Era grave, cálida, ligeramente vacilante.
Era la voz de un hombre que lee en voz alta para una sola persona.
—Siga —dijo Livvy.
—Vanessa atalanta. Almirante rojo. Esta es de Kent. Se posó en la manga de la condesa, una tarde de agosto, y el conde la capturó sin que ella lo supiera, con una redecilla de gasa. Lady Octavia se enteró treinta años después y estuvo una semana sin hablarle.
—Qué carácter.
—Es un buen carácter. —Walter titubeó—. Quiero decir, para una condesa.
—Señor Finch.
—¿Sí?
—Está usted temblando.
Hubo un silencio. Thea, con la bandeja de té en las manos y la sensación de ser una intrusa, vio, a través de la barandilla, un fragmento del desván: una pared cubierta de vitrinas de cristal, con cientos de mariposas clavadas sobre fondo blanco, y entre las vitrinas, iluminados por la luz amarillenta de un ventanuco, a Walter y a Livvy sentados en un viejo baúl, muy cerca, con un libro de registros abierto sobre las rodillas de los dos.
Walter tenía las gafas empañadas. Livvy, el pelo suelto y la nariz manchada de polvo. Tenían las cabezas inclinadas la una hacia la otra, y las manos, apoyadas sobre el libro, se rozaban por el borde.
—No estoy temblando —dijo Walter.
—Sí que lo está.
—Es el frío.
—Hace calor.
—Es... una corriente. —Se quitó las gafas. Las limpió en la manga con una torpeza adorable. Tenía unos ojos pardos, pequeños, de pestañas rubias, que sin los cristales parecían los de un niño perdido—. Señorita Livvy, yo no tengo nada que ofrecerle.
—Ya lo sé.
—Ni dinero. Ni apellido. Mi padre es maestro de escuela.
—Ya lo sé.
—Su tía piensa que me estoy aprovechando.
—Mi tía piensa que todo el mundo se aprovecha de todo el mundo. —Livvy puso una mano sobre la de él, con una determinación que Thea nunca le había visto—. Walter. Me estoy cansando de oírle repetir lo que no tiene. ¿Quiere saber lo que yo veo?
—No...
—Veo a un hombre que, cuando lee en voz alta, hace que hasta las polillas tengan historia.
Veo a alguien que sacó a mi padre de una depresión de seis meses diciéndole, cada mañana, que había una especie sin catalogar.
Veo a quien no ha dejado de comer tres días solo porque creía que me hacía feliz otro.
—Respiró hondo—. No me haga elegir entre un hombre que me mide para un vestido y otro que me lee los nombres de las mariposas. Por favor. Es un insulto.
Thea retrocedió dos peldaños. Después tres. Dejó la bandeja en la repisa de una ventana, con las tazas tintineando, y bajó a toda prisa, con los ojos húmedos, sin hacer ruido.
Era una buena señal, pensó. Era la primera cosa buena de la semana. Y protegerla iba a costarle, probablemente, lo que le quedaba de tranquilidad.
Alaric Vesey la encontró en el jardín de rosas, a media tarde.
Había salido a buscar aire. A buscar un poco de silencio, que en una casa donde residía la tía Winifred era un bien tan escaso como el oro.
El jardín de la abadía era un espacio cerrado por muros de ladrillo cubiertos de hiedra, con caminos de grava blanca y rosales dispuestos en parterres geométricos, y Thea llevaba diez minutos recorriendo los senderos con un cuaderno en la mano y los pensamientos en otro lugar.
Pensaba en un muro de piedra. En una gota de agua. En un pulgar.
—Señorita Wickersham.
Se detuvo, con el cuaderno apretado contra el pecho.
Alaric avanzaba por el camino con las manos a la espalda, vestido de gris perla, con un sombrero ligero y un bastón que, probablemente, había costado más que el caballo de su padre.
Sonreía. No había en su rostro ningún indicio de inquietud.
Pero se detuvo a un metro de ella, un poco más cerca de lo que exigía la cortesía, y Thea notó que el aire, de pronto, se había hecho más fino.
—Es un día espléndido —dijo.
—Hace viento.
—Me gusta el viento. Dispersa lo innecesario. —Hizo una pausa—. ¿Le importaría pasear conmigo? Hay un asunto del que quisiera hablarle, y prefiero hacerlo lejos de oídos curiosos. Las paredes de esta casa, tengo entendido, son muy delgadas.
—Prefiero quedarme aquí.
—Será breve.
No era una orden. Nunca lo era. Thea pensó en negarse, y comprendió, con una claridad desagradable, que cualquier negativa sería, a su vez, una información.
Echó a andar. Alaric se puso a su lado, a un paso de distancia, y recorrieron durante un rato el sendero de grava blanca sin que ninguno hablara.
—Soy un hombre al que le gusta saber —dijo él, al fin—. Es un defecto. Mi madre decía que era una enfermedad. Cuando algo me parece interesante, siento la necesidad de comprobarlo. Y cuando anoche, durante la cena, hablábamos de ciertas cartas...
—Las quemamos.
—Sí. Eso dijeron. —Sonrió—. Pero me quedé pensando.
Dos años de correspondencia. Con un conde.
Es una cantidad de papel considerable. Y en el campo, señorita Wickersham, el correo lo reparte un único cartero.
Un hombre con un caballo, que conoce a todo el mundo y sabe de quién es cada sobre.
He tenido la curiosidad de enviar a mi secretario a Wiltshire.
Thea sintió que el cuaderno se le resbalaba.
—¿A Wiltshire?
—A Wickersham Court. Es un lugar encantador, me han dicho.
Mi secretario habló con el vicario, con el posadero, con el cartero.
—Dejó que la frase se posara sobre la grava—.
Ninguno recordaba haber visto una sola carta dirigida a lord Larkmoor desde su casa.
Ni una sola, en dos años. El cartero, que es un hombre meticuloso, llevaba la cuenta.
Tampoco constaba ninguna carta de Larkmoor para usted.
—Utilizábamos un intermediario.
—¿Un intermediario?
—Mi hermano. Barnaby. Llevaba las cartas de un lado a otro, en mano. —Era una mentira bien construida, y le sorprendió oírsela decir con una voz tan neutra—. Por discreción. Si el cartero hubiera visto un sobre con el escudo de los Larkmoor, el pueblo entero lo habría sabido en una hora.
—Es muy lógico.
—Gracias.
—Y muy ingenioso. —Alaric se detuvo junto a un rosal de pétalos amarillos y tocó un capullo con la punta del dedo—. Entonces, señorita, no habrá dificultad en que su hermano me muestre alguna. De las que usted conserve. Las que no se quemaron.
—Todas se quemaron.
—Las de él, sí. Pero ¿las suyas, las que usted le envió a él? Él las habrá guardado, me imagino. Los hombres sentimentales guardan cosas.
Thea se quedó callada. Una abeja zumbó entre los rosales. A lo lejos, en la terraza, alguien se rió.
—Debo decirle algo —prosiguió Alaric, con una dulzura que le puso la piel de gallina—, y le ruego que no lo tome como una amenaza.
Yo no deseo ser su enemigo, señorita Wickersham.
Al contrario. La admiro. Es usted la única persona en esta familia que posee un cerebro funcional, y hace ya un tiempo que comprendí que mis deseos no se verían satisfechos sin su colaboración.
—Se volvió hacia ella—. Permítame ofrecerle un trato.
—No me interesa.
—No lo ha oído.
—No me interesa.
—Le ofrezco lo siguiente: usted me ayuda a obtener la mano de su hermana.
Con elegancia. Sin ruido, sin escándalos.
Una boda discreta a final de temporada. Y a cambio, yo me olvido de mis dudas sobre su cortejo con lord Larkmoor.
Es más, se lo garantizo: lo sostendré públicamente.
Diré a quien quiera oírlo que he visto con mis propios ojos el cariño que se profesan.
Que es la unión más hermosa que Londres ha visto en años.
—Sonrió—. Y puede quedarse con su conde.
Real. Verdadero. Con todo lo que implica, sin sombra de duda.
El viento agitó los rosales. Thea apretó con tal fuerza el cuaderno que las uñas se le marcaron en el cartón de la tapa.
—Es una oferta muy generosa —dijo.
—Lo sé.
—Y la respuesta es no.
—Piénselo.
—No necesito pensarlo.
—Hágalo de todos modos. Tiene hasta el sábado.
—Alaric ajustó el puño del guante—. Lady Octavia ofrece un baile de despedida el último día de la estancia.
Habrá cuarenta vecinos, el obispo, un par de condes.
Será una ocasión excelente para que usted me muestre una de esas cartas.
Una sola, señorita. En su letra, en papel de verdad, con una fecha anterior a mi llegada a Londres.
Si no hay carta, anunciaré, con gran pesar y entre amigos, que su compromiso, por desgracia, me parece una invención.
Y que algo así solo puede ser fruto de un afán de proteger a una hermana de los... excesos de un pretendiente sincero.
—Eso sería una calumnia.
—Sería una opinión. Se me da bien expresar opiniones. Pregúntele a Henrietta Cole.
Hubo un tiempo en que Thea habría respondido con alguna frase brillante. Ese tiempo, comprobó, había terminado. Lo miró. Era un hombre guapo, de rostro sereno, con los ojos de un azul frío y un pliegue de bondad en cada comisura. Tenía cuarenta y un años y se pasaba la vida, probablemente, ganando.
—Que tenga usted un buen paseo, sir Alaric —dijo.
—Lo tendré. Señorita Wickersham.
Y se alejó por el sendero, silbando muy bajo, un aire de ópera.
Encontró a Kit en la biblioteca, a las cuatro y diez, que fue un detalle que registró con una precisión absurda, porque se había obligado a no buscarlo durante todo el día.