El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 8
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Capítulo 8

Kit descubrió a las seis de la mañana que Dorothea Wickersham sabía montar a caballo.

Lo descubrió desde la ventana de su dormitorio, donde había terminado después de una noche en la que había dormido, con suerte, noventa minutos.

Se había levantado para abrir los postigos y respirar un poco de aire frío, y allí abajo, en el césped que bajaba hacia el lago, vio un caballo.

Era la yegua baya de su abuela, una bestia de buen carácter que no había sido montada con ganas desde la muerte de lord Larkmoor, y galopaba, con las crines al viento y el vientre pegado al suelo, por el prado de la ribera. Sobre ella iba una mujer.

Montaba a horcajadas.

No a la manera de las damas, de lado, con las dos piernas del mismo lado y la espalda tiesa.

Había arremangado la falda de un viejo traje de amazona, de paño verde, hasta las rodillas, y la sostenía con una mano enguantada en el pomo mientras con la otra dirigía a la yegua con una soltura que Kit reconoció enseguida: la de una mujer que aprendió de niña y no ha olvidado ni un detalle.

Llevaba el pelo suelto. Se le había desatado en el primer galope y le ondeaba a la espalda como una bandera, castaño oscuro, enorme, brillante bajo el sol bajo de la mañana.

Se agachaba sobre el cuello de la yegua.

Se erguía. Saltó, en un solo movimiento que a Kit le cortó el aliento, una valla baja de piedra, y al aterrizar echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa tan fuerte que él la oyó desde la ventana del primer piso.

Se quedó mirándola con las manos apoyadas en el alféizar.

Había visto a muchas mujeres montar. A muchas con más técnica y mejor equipo. Pero nunca había visto a nadie hacerlo así, con el cuerpo entero entregado, con una alegría tan pura que no dejaba lugar para nada más. Era como mirar a una persona descubrir que tiene alas.

Dos minutos después estaba en el establo, ensillando a su caballo negro sin ayuda del mozo, que dormía.

La alcanzó junto al lago. Ella había frenado a la yegua hasta ponerla al paso, y la dejaba beber en la orilla, con las riendas sueltas, el pelo revuelto y las mejillas muy rojas.

Cuando oyó los cascos, se giró con un respingo, y a Kit le pareció que, durante un instante, ella iba a azuzar a la yegua y escapar al galope.

Pero se contuvo. Se pasó el dorso de la mano por la frente.

—Me has pillado —dijo.

—Te he visto saltar la valla.

—Era baja.

—Era de un metro.

—De ochenta centímetros.

—Dorothea, esa yegua tiene diecisiete años.

—Está más en forma que tú. —Sonrió. Le brillaban los ojos—. Perdona. No debía haberla sacado sin permiso. Pensé que a tu abuela no le importaría. Sale a las siete a tomar el aire, y le dije a un mozo que...

—No me importa. Es de mi abuela, y a mi abuela le encantará. —Frenó a su lado—. Montas muy bien.

—Me lo enseñó mi madre.

Hizo una pausa. Cogió las riendas con las dos manos, y la yegua levantó la cabeza, con el agua escurriéndole del hocico. Kit esperó. No era hombre de silencios largos, pero aquella vez lo fue, y se dio cuenta de que apenas había respirado.

—Era la mejor amazona de Wiltshire —dijo Thea—.

Había ganado una carrera de damas a los dieciocho, con una yegua alquilada y un vestido prestado.

Empezó a enseñarme a saltar cuando yo tenía catorce.

Teníamos un pony. Me caí diecisiete veces.

Mi madre decía que a la décima séptima ya sabría caer, y que a la vigésima sabría no caerse.

Murió siete semanas después. Las fiebres del parto de un niño que tampoco sobrevivió.

—Lo siento mucho.

—Hace doce años.

—Eso no cambia nada.

Thea lo miró. Fue una mirada larga, serena, del color indeciso de sus ojos, y Kit sintió, con una claridad que le atravesó el pecho, que acababa de recibir un regalo que no sabía cómo guardar.

—Desde entonces no he vuelto a saltar una valla —dijo—. En Londres no hay donde. En Wiltshire, los caballos de papá son dos jamelgos que tiran de un carro. Anoche, en la cama, me di cuenta de que esta mañana iba a tener a mano una yegua y un prado vacío. Y no pude resistirme.

—No tienes que disculparte.

—Gracias.

—Te lo digo en serio. —Se inclinó un poco hacia ella, sin soltar las riendas—. Dorothea, ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo solo porque te apetecía?

Ella iba a contestar con una broma. Kit lo vio venir, el pliegue irónico en la comisura de la boca, el aliento previo a una frase ingeniosa. Pero la broma no llegó. Thea apartó la mirada hacia el lago y contempló el agua durante bastante tiempo.

—No lo recuerdo —dijo.

—Eso es un problema.

—Es lo que hay.

—No, no lo es. —Lo dijo con más fuerza de la que había pretendido—.

Escucha, nadie te lo ha preguntado, ¿verdad?

Nunca. Tu padre estaba con sus bichos. Tu tía con sus pretendientes.

Tu hermano y tu hermana tenían demasiado que pedir para pensar en lo que querías tú.

Ocurre todo el tiempo. La persona fiable se queda sin que nadie le pregunte.

Así que te lo pregunto yo. ¿Qué quieres, Dorothea?

—¿Cómo que qué quiero?

—De la vida. De lo que sea. Sin pensar en los demás. Sin reglas. Dime lo primero que se te ocurra.

El lago se había quedado muy quieto. Los cisnes, a cierta distancia, se deslizaban sobre una superficie lisa como cristal. Thea apretó los labios. Abrió la boca, la cerró, la abrió.

—Quiero publicar un libro —dijo, muy bajo.

—¿Un libro?

—Un tratado. Sobre los coleópteros de Wiltshire.

—Las palabras salieron deprisa, como si llevaran mucho tiempo acumuladas—.

Llevo catorce años recogiendo ejemplares, dibujándolos, anotando hábitats.

Tengo más de dos mil láminas. Más que papá, porque papá se distrae.

Pero la Sociedad Linneana no admite a mujeres, y las editoriales no publican a mujeres sin un nombre masculino en la portada, y papá no firmaría sin leerlo, y no lo leería.

De modo que está en cajas. En el desván de Wickersham Court.

En doce cajas de roble, con las láminas ordenadas por familias.

Hizo una pausa. Tragó saliva.

—Y quiero que lleve mi nombre en la portada. Dorothea Wickersham. No D. Wickersham. No «por una dama». Mi nombre completo.

Kit la miró durante un tiempo que no supo medir. Tenía la boca ligeramente abierta, y se dio cuenta, e intentó cerrarla.

—Eso es lo más extraordinario que he oído en mi vida —dijo.

—No lo es. Es una afición.

—Es una vocación.

—Es una cosa imposible.

—No lo es. —La voz le salió ronca—. Conozco a un editor. Hace tres años publicó un libro sobre las aves de Escocia con el nombre de una viuda que, hasta entonces, nadie había oído nombrar. Se llama Pennington. Es un tipo desagradable, pero es el mejor. Te lo presentaré.

—Kit...

—No te pido nada a cambio. No es un favor. Es algo que debería existir. —Se pasó una mano por el pelo—. Dime que me dejarás presentártelo.

Thea tenía los ojos muy brillantes. Los cerró un instante. Cuando los abrió, sonreía, pero era una sonrisa distinta de las anteriores, temblorosa, casi asustada.

—Te dejaré —dijo.

—Bien.

—Con una condición.

—La que quieras.

—Que no se lo cuentes a nadie. Todavía no. Ni a Barnaby, ni a tu abuela.

—Mi abuela ya lo sabe. Lo sabe todo. Pero no diré nada.

Se miraron. Era una luz extraña, la de esa hora, rosada y baja, que entraba oblicua entre los árboles de la orilla y le doraba el borde de las pestañas a ella, y le cubría la mitad del rostro con una sombra suave.

Kit sintió que algo estaba a punto de ocurrir.

No sabía qué. Algo que tenía que ver con las riendas flojas, con la yegua, con el silencio del lago.

La yegua estornudó. Y después, sin transición, comenzó a llover.

—Esto no puede ser —dijo Thea.

—Es Kent.

—Hace cinco minutos no había una nube.

—Ya te lo he dicho. Es Kent.

El primer chaparrón fue de gotas gordas, tibias, que cayeron sobre el agua con un chasquido seco y sobre sus hombros con un peso insólito.

El segundo fue una cortina. En diez segundos Kit estaba empapado, con la camisa pegada al cuerpo y el pelo chorreándole sobre los ojos, y Thea, a un metro, se había convertido en una figura fantasmal de paño verde mojado y mechones oscuros pegados a las mejillas.

—¡La capilla! —gritó él, por encima del ruido de la lluvia—. ¡Detrás de los árboles!

Cabalgaron a toda velocidad, bajo un cielo que se había vuelto plomizo, con las monturas resbalando en el barro.

La capilla era una construcción de piedra, medio derruida, con un techo parcial y un arco ojival sin puerta, y bajo el arco el suelo seguía seco.

Kit saltó del caballo, tiró de las riendas de los dos animales y los metió bajo una techumbre de vigas ennegrecidas.

Cuando se dio la vuelta, ella ya estaba dentro, de pie en el centro de la nave, con los brazos cruzados sobre el pecho, goteando.

Se quedaron un buen rato mirándose.

Había una luz gris, verdosa, que caía por el hueco del techo, y la lluvia golpeaba las piedras con un rumor monótono, envolvente, que parecía aislarlos del resto del mundo.

Thea tenía el pelo pegado a los hombros y la espalda.

El traje de amazona, empapado, se le adhería al cuerpo, marcándole el contorno de los brazos, de la cintura, de las caderas.

La camisa blanca que llevaba debajo, de fina batista, se había vuelto casi transparente a la altura del pecho.

Kit lo vio. Lo vio durante un segundo antes de poder apartar la mirada, y el segundo le bastó para registrar el contorno oscuro de un pezón endurecido por el frío contra la tela mojada. Se giró de golpe hacia el arco.

—Tendrías que quitarte eso —dijo, con una voz que no reconoció.

Silencio.

—¿Perdón?

—La chaqueta. Está empapada. Te vas a enfriar. —Se arrancó la suya con un tirón y se la tendió sin mirarla, con el brazo estirado hacia atrás—. Toma. Es de lana. Está menos mojada.

—Kit, esto también está empapado.

—Menos que lo tuyo.

—Es una cuestión de grados.

—Dorothea, por favor, ponte la chaqueta.

La oyó moverse. El roce del paño mojado, un crujido de cuero, un jadeo breve. Después, tras una pausa, la voz de ella, ahogada:

—Ya.

Se dio la vuelta.

La chaqueta, enorme, le llegaba a medio muslo.

Se había arremangado las mangas hasta los codos.

Se había abrochado los botones hasta el cuello, y con el pelo chorreando sobre los hombros y la nariz enrojecida parecía una niña que se ha puesto la ropa de su padre.

Pero tenía los ojos fijos en él. Y no eran los ojos de una niña.

—Gracias —dijo.

—De nada.

—Estás empapado.

—Estoy bien.

—Te ha pegado la camisa al pecho.

—Ya me he dado cuenta.

—Quiero decir... —Thea cerró los ojos un instante, tragó saliva—. Que te vas a constipar.

—Soy un hombre robusto.

—Ya lo veo.

Esa frase quedó suspendida en el aire. Ella abrió la boca, con las mejillas muy encendidas, para retirarla. No la retiró. Dio un paso adelante. Luego otro. Kit, que no se había movido, notó que el corazón le golpeaba las costillas con una violencia casi humillante.

—Dorothea —dijo, con un hilo de voz.

—Lo sé.

—La regla siete.

—Sí.

—Dice «salvo emergencia declarada de mutuo acuerdo».

—Lo recuerdo.

—Esto no es una emergencia.

—No —dijo ella. Estaba muy cerca. Tan cerca que él percibía el calor de su cuerpo a través de la tela empapada, y el olor de la lluvia en su pelo, tierra, hierba, jabón de limón—. Es mucho peor.

Se miraron. Una gota resbaló por la sien de Thea, descendió por la mejilla y se detuvo en la comisura de sus labios, entreabiertos.

Kit levantó la mano derecha. No pudo evitarlo.

Con la yema del pulgar, muy despacio, recogió la gota.

Notó que ella temblaba. Notó el aliento caliente sobre su muñeca.

Los labios de Thea, bajo su pulgar, eran blandos y húmedos y se entreabrieron un poco más, y Kit sintió cómo toda la sangre del cuerpo se le iba hacia abajo, hacia un lugar donde no podía ignorarla.

—Kit —murmuró ella.

—Dime que pare.

—Eso me dijiste la otra vez.

—Y tú dijiste que no.

—Sí.

—Dímelo, Dorothea. Dime que pare, y paro.

Ella lo miró a los ojos. La lluvia seguía cayendo, regular, con un ritmo hipnótico. Un caballo resopló en el fondo de la capilla. Y entonces, con una lentitud dolorosa, Thea levantó la mano, la apoyó sobre la de él, y apartó su pulgar de sus labios.

—Pausa —dijo.

—¿Pausa?

—No que pares. Pausa. —Se mordió el labio inferior, como si librara una batalla perdida de antemano—.

Si te beso ahora, no voy a poder parar. Lo sé.

Y no es lo que habíamos acordado. Es una semana.

Estamos en casa de tu abuela, con mi padre, y mi tía, y mi hermana, y Vesey a quince metros, y yo... —Soltó el aire—. Necesito pensar.

—Entiendo.

—¿De verdad?

—No. Pero estoy dispuesto a fingir que sí.

Ella rió. Fue una risa quebrada, nerviosa, que le salió medio sollozo. Le soltó la mano. Dio un paso atrás. Luego otro. Se abrazó a sí misma dentro de la chaqueta de Kit, ahora sí, como una niña, y miró hacia el arco de piedra, a través del cual se veía la cortina gris de la lluvia.

—Cuando pare de llover —dijo— volvemos. Y no hablamos de esto.

—Como quieras.

—Y tú no me miras el escote.

—No te lo he mirado.

—Mentiroso.

—Te he mirado un segundo. —Kit sonrió, por fin, aunque le temblaban las rodillas—. Un segundo y medio. Pero ha sido un homenaje.

Se sentaron en un trozo de muro caído, a metro y medio uno de otro, con las piernas estiradas, mirando la lluvia, durante cuarenta minutos.

Hablaron de los cisnes. De las estrellas de la bóveda celeste que Kit no recordaba.

De un perro que había tenido de niño y que se llamaba Nelson.

No se tocaron. Cada vez que Thea se movía, Kit sentía el roce de la lana de su propia chaqueta contra el aire, y contaba mentalmente hasta diez.

Cuando amainó, volvieron al paso, empapados y en silencio, con los caballos haciendo chapotear el barro.

Al llegar al establo, un mozo recién despertado los miró boquiabierto y no se atrevió a preguntar.

En la terraza de la casa, a lo lejos, una pequeña figura de negro, apoyada en un bastón, sostenía un catalejo con el brazo extendido y lo dirigía hacia ellos.

—Tu abuela nos espía —dijo Thea.

—Es su afición. Después de las listas.

Entraron por la puerta de servicio. En la cocina, Pocock aguardaba con una toalla en cada brazo y un gesto de profunda indiferencia.

—Milord —dijo, mientras lo secaba con rapidez militar—. ¿Desea que le prepare un baño caliente?

Kit pensó en la camisa mojada. En el pulgar. En una gota de agua en la comisura de unos labios.

—Frío —dijo—. Muy frío.

—Entendido, milord —dijo Pocock, y su ceja izquierda subió medio centímetro.