Capítulo 7 #2
Abrió una puerta. Era una estancia amplia y luminosa, de paredes forradas de seda azul pálido, con una cama de cuatro columnas cubierta por un dosel de damasco, un tocador con espejo, una chimenea de mármol blanco y un ventanal que daba directamente al lago.
Los cisnes, abajo, se deslizaban en fila sobre el agua verde.
Había un jarrón de rosas blancas sobre la cómoda.
Estaba, en resumen, preparada para recibir a una dama de la que se esperaba que tuviera una opinión favorable de la vida.
—Es preciosa —dijo Thea.
—Lo sé. —Lady Octavia permaneció en la puerta, apoyada en el bastón—. Cualquier cosa que necesite, toque la campanilla. Si no viene nadie, grite. Tengo el oído bueno.
—Muchas gracias, milady.
—Octavia.
—Octavia.
—Bien. —La anciana asintió. Dio media vuelta.
Y de pronto, sin cambiar el tono, añadió—: Por cierto, hay una puerta en la pared este.
La que está detrás del tocador. Conduce a un vestidor.
El vestidor, ya se lo anticipo, tiene otra puerta.
Que comunica con el dormitorio contiguo. Que es el del conde.
Thea se giró despacio.
—¿Perdón?
—Lo que oye.
—¿Me ha puesto en la habitación al lado de la de su nieto?
—Era la mejor de la casa. —Lady Octavia la miró con unos ojos cándidos, azul acero—.
Y lo que ocurre, querida, es que los cerrojos de esta casa llevan averiados desde 1803.
Ningún cerrajero ha podido repararlos. Lo han intentado seis.
Es una de esas maldiciones familiares que uno aprende a sobrellevar.
—Octavia...
—Que descanse. La cena es a las ocho.
Y se fue, taconeando por el pasillo con el bastón, sin añadir ni una palabra más.
Thea cerró la puerta. Se quedó de espaldas a ella, con las manos pegadas a la madera, mirando la habitación.
Después fue hasta el tocador, lo apartó medio metro y descubrió detrás una puerta de madera clara, con un picaporte de latón.
La abrió. Había un vestidor pequeño, con baldas, perchas y un baúl, y en la pared opuesta otra puerta, igual que la primera.
La examinó con ojo clínico. Tenía cerradura. No tenía llave.
Se quedó un rato observándola, con las cejas fruncidas, y después la cerró, volvió a colocar el tocador en su sitio y se sentó en el borde de la cama.
—Va a ser una semana larga —dijo en voz alta.
La cena fue, en términos generales, una guerra civil con servilletas.
Lady Octavia presidía la mesa desde la cabecera, con un vestido de terciopelo negro y una diadema de brillantes que había visto, probablemente, la coronación de Jorge III.
A su derecha había colocado a lord Wickersham, que comía con una mano y con la otra sostenía el tarro de cristal con el escarabajo capturado esa tarde en el césped; a su izquierda, a sir Alaric Vesey, que había llegado a las seis, en un tílburi amarillo y con una maleta de piel, y que se había declarado, con encanto, «encantado de verse invitado por tan eminente dama».
Enfrente se sentaban la tía Winifred, radiante, y Barnaby; en el centro, Thea y Kit; y en el extremo opuesto, Livvy.
Livvy estaba sentada entre Walter Finch y la silla vacía de un vicario que no había aparecido.
—Faltaban hombres —había explicado lady Octavia, cuando Alaric, con una sonrisa, había insinuado que el señor Finch quizá se sentiría más cómodo en otro lugar—. Y el señor Finch está catalogando mi colección de mariposas. Tengo entendido que es un joven de enorme valía.
—¿Su colección de mariposas, milady?
—La del conde, mi marido. Seiscientos ejemplares. Está en el desván. Nadie las ha mirado en veinte años. —Había sonreído con dulzura—. Dígame, señor Finch, ¿le parece que mil libras al año sería un sueldo apropiado para un catalogador?
Walter se había atragantado con la sopa. Alaric no.
Ahora, con el segundo plato, Alaric dejó el cuchillo, se limpió los labios con la servilleta y se inclinó hacia Kit, al otro lado de la mesa.
—Larkmoor —dijo—. Anoche me quedé pensando en una cosa. En esas cartas.
—¿Qué cartas? —preguntó Kit, con la boca llena.
—Las de usted y la señorita Wickersham. Dos años de correspondencia, según tengo entendido. Debe de haber sido un intercambio muy interesante. Me preguntaba si tendría la bondad de dejarme ver alguna. Por simple curiosidad literaria.
Thea sintió que la sangre se le retiraba del rostro.
—Las quemamos —dijo.
—¿Todas?
—Por discreción —dijo Kit, con una calma deliciosa, y tomó un sorbo de vino—. Eran muy apasionadas. Un hombre en mi posición no puede dejar por ahí cartas con frases tan... comprometedoras. Mi abuela, por ejemplo, las habría leído. Seguro. Se las habría aprendido de memoria.
—Lo habría intentado —dijo lady Octavia, sin levantar la vista del plato.
—Qué pena —dijo Alaric—. En Londres, ¿sabe usted?, se dice que las cartas de amor, las verdaderas, no se queman nunca. Se guardan. Se esconden en un cajón con llave. Y se releen por las noches, a la luz de una vela.
—Qué costumbre más romántica —dijo Thea.
—¿Usted no la tiene, señorita Wickersham?
—Yo soy una mujer práctica.
—Lo noto. —Sonrió con ternura, y volvió a su plato—. Es una de las cosas que más admiro de usted.
Hubo una pausa. Fue lady Octavia quien la rompió, dando un golpe seco con el cuchillo en el borde del plato.
—En mi casa —dijo— las cartas se queman. Las feas, las aburridas y las que dan problemas. Es mejor así. Una carta que no existe no puede ser citada.
—Qué sabia, milady.
—Llevo setenta y nueve años ejerciendo —respondió ella.
Alaric inclinó la cabeza, divertido, y la conversación se desplazó al tema de los cisnes. Thea apoyó la mano sobre el mantel, bajo la mesa, sobre su regazo, y notó que le temblaba. Fue entonces cuando, bajo el mantel, algo cálido y firme le rozó los dedos.
Era la mano de Kit.
No la sujetó. Le apoyó el dorso de la suya sobre el borde de la palma, una presión mínima, apenas visible, tan breve que si Thea parpadeaba la habría perdido.
Después él retiró la mano y, sin mirarla, se puso a hablar de los cisnes con una voz perfectamente natural, y ella se quedó con el pulso latiéndole en las yemas.
Cuando se retiró a su habitación, a las once, Thea se desvistió sola, detrás del biombo, con una vela en la mesilla y las ventanas abiertas. Se puso el camisón de algodón, se soltó el pelo y se lo cepilló cien veces, mirando el techo. A la tercera vez que perdió la cuenta se rindió.
Al otro lado de la pared se oían ruidos.
Pasos. El golpe seco de una bota contra el suelo.
El chorro del agua en una palangana, el roce de una toalla, un rumor ahogado, y luego algo que sonaba a una tonadilla, silbada muy bajo y desafinada, que ella reconoció de inmediato: una balada popular que se cantaba en los pueblos de Wiltshire y que Barnaby y Kit, de adolescentes, habían entonado a gritos durante un verano entero.
Se quedó inmóvil, con el cepillo en la mano.
No era posible que él supiera que ella lo estaba oyendo. Sin embargo, la tonadilla dejó de oírse. Hubo un silencio. Después, apagada por la madera pero perfectamente clara, la voz de Kit:
—¿Estás ahí?
Thea tardó tres segundos en contestar.
—No.
—Qué pena. Quería decirte una cosa.
—¿Cuál?
—Que tu abuela... mi abuela. —Se calló, tosió—. Que mi abuela me ha dado la habitación de al lado de la tuya. Y que, aunque ya sé que lo ha hecho a propósito, quiero que sepas que yo no sabía nada.
—Ya lo suponía.
—Y que no pienso hacer nada.
—Me parece muy bien.
—Y que cierres con llave.
—No hay llave.
Otro silencio.
—¿No hay llave?
—Los cerrojos están averiados desde 1803. Seis cerrajeros.
—Ah —dijo Kit, y Thea oyó cómo se dejaba caer, con un crujido de muelles, sobre el borde de la cama—. Eso explica muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—La reacción de mi abuela cuando le pregunté por qué había decidido restaurar la habitación azul.
—Kit.
—Dorothea.
—Buenas noches.
—Buenas noches. —Una pausa muy breve—. Duerme bien.
Thea apagó la vela. Se tumbó. Escuchó el ruido del agua del lago, a lo lejos, y el crujido ocasional de las vigas, y más cerca, al otro lado de la pared, un movimiento lento de sábanas que debía de ser un hombre dándose la vuelta en una cama. Contó los latidos de su corazón hasta ciento doce.
Se levantó. Fue descalza hasta el vestidor, a oscuras. Arrastró un sillón de orejas hasta la puerta de la pared este y lo encajó bajo el picaporte.
Volvió a la cama.
Volvió al vestidor. Retiró el sillón.
Se acostó.
Se levantó otra vez, y lo puso de nuevo.