Capítulo 7
—Hay un detalle del viaje que no habíamos previsto —dijo Thea, en voz muy baja.
—¿Cuál?
—Que tu carruaje es pequeño.
Kit levantó la vista del libro que fingía leer y miró a su alrededor, como si lo viera por primera vez.
Era un coche de viaje, azul oscuro, con los asientos tapizados de cuero y el escudo de la alondra pintado en las portezuelas, y ofrecía a sus ocupantes un espacio que cualquier cochero habría calificado de generoso.
Pero eso era antes de que ocupara una de las banquetas lady Winifred Pargeter, con su sombrero de plumas, su bolso de labores, dos cestas de comida y un loro de porcelana que no pensaba dejar en casa «porque le da pena», y la otra, el conde de Larkmoor, un hombre de uno ochenta y cinco con las piernas largas y un pug en el regazo.
Thea ocupaba el rincón opuesto. Sus rodillas y las de él llevaban dos horas tocándose.
No se tocaban del todo. Se rozaban, se separaban, volvían a rozarse cuando las ruedas pasaban sobre un bache.
Cada vez que ocurría, la tela del vestido de ella se pegaba un instante a la pernera del pantalón de él, y cada vez Thea sentía en la rodilla una pequeña descarga que subía por la pierna hasta un punto vergonzoso, donde se quedaba.
Había intentado apartarse. Pero detrás de ella estaba la pared, y delante la tía Winifred, y no había lugar adonde ir.
—Es un coche perfectamente normal —susurró Kit.
—Es un coche diminuto.
—Es el más grande que tengo.
—Tendrás otro.
—Tengo un faetón. Y una calesa. Y un cabriolé que Pocock llama «el ataúd». Este es el más cómodo.
—Pues es incómodo.
—Podemos intercambiar los asientos.
—No, gracias.
—¿Por qué no?
Thea no contestó. La tía Winifred, a su izquierda, emitió un ronquido breve y delicado, como el de una tetera a punto de silbar, y se deslizó un poco más hacia el hombro de su sobrina.
Dormía desde las ocho de la mañana, desde la primera posta, con la boca entreabierta y las plumas del sombrero moviéndose al ritmo de la respiración.
Desde hacía dos horas era imposible tener una conversación en voz alta, y Thea había descubierto que era imposible tener una conversación en voz baja sin acercar la cara a la del otro, y que la cara del otro tenía una piel ligeramente bronceada, una pequeña cicatriz en la barbilla y unas pestañas absurdamente largas.
Se obligó a mirar por la ventanilla. Kent pasaba a su lado en bandas verdes y doradas: setos, vacas, un campanario, un molino de viento. Había algo reconfortante en la perspectiva de las vacas. Las vacas no tenían reglas.
—Háblame de tu padre —dijo.
Kit tardó un instante en reaccionar.
—¿De mi padre?
—Tu abuela dijo ayer que te pareces a tu abuelo. Nunca has mencionado a tu padre.
—No hay mucho que contar.
—Me parece que sí.
Él bajó la vista hacia Bonaparte, que roncaba en su regazo, y le pasó una mano por el lomo. Lo hizo despacio, con los dedos abiertos, y Thea, que lo miraba de reojo, tuvo una idea deplorable que apartó de inmediato.
—Mi padre —dijo Kit— fue el sexto conde de Larkmoor, y tenía un temperamento.
Eso se dice en las familias de bien. Un temperamento.
Quiere decir que cuando bebía, y bebía casi siempre, rompía cosas.
Platos, sobre todo. Espejos. Una vez una vitrina entera de porcelana de Sèvres.
A veces, cuando no había nada a mano, rompía otras cosas.
—Kit.
—No le puso nunca la mano encima a mi madre.
Siempre hay que decir eso, es importante, es lo único bueno que se puede decir.
Gritaba. Ella lloraba. Mis hermanos se burlaban de él a sus espaldas, y yo, que era el menor, me escondía debajo del piano de la sala de música a contar las cuerdas.
Hay doscientas veinte. Luego un día se cayó de un caballo borracho, y se rompió el cuello, y me convertí en conde a los diecinueve.
Mis hermanos se habían muerto antes, uno de fiebres y otro en Trafalgar. Así fue como me tocó.
Lo dijo con tono ligero, casi alegre, y Thea notó con claridad que la ligereza era un instrumento que él había afinado durante veinte años, como un violín que se toca solo en público.
—Lo siento —dijo.
—No lo sientas. Fue hace mucho. Y mi abuela se encargó de lo demás. Me trajo a vivir con ella a Londres y me obligó a estudiar las cuentas de las fincas. Es una mujer terrible, pero me quiere. A su manera. Con una lista.
—Con una lista.
—Con once nombres. —Sonrió. Pero era una sonrisa del lado izquierdo de la cara, y no le llegaba a los ojos—. Y tú, ¿qué hacías a los catorce?
—Contar caracoles.
—Mentirosa.
—Es verdad. Era lo único que me daba paz. —Sonrió ella también, mirando por la ventanilla—. Era una niña bastante rara.
—Eras una niña estupenda. Me corregiste un verbo latino.
—Fue un error de conjugación de lo más elemental. Estaba muy ofendida.
—Lo sé. Casi me muero de risa.
—Casi te mueres.
—Y desde ese día —dijo Kit, y se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz para no despertar a la tía— me dio muchísimo miedo que alguna vez volvieras a corregirme.
Thea tuvo que apretar los labios. Le subía una risa por la garganta, y con la risa, algo más que no era risa, y que se instaló en el esternón y se quedó allí.
Miró a la tía. Seguía dormida. Miró a Kit.
Tenía la cara muy cerca. Los ojos eran más oscuros de lo que recordaba, casi negros, con una pequeña mancha clara cerca de la pupila izquierda.
La rodilla de él seguía apoyada contra la suya y no se movía.
—Lo que me gustaría saber —dijo en un susurro— es por qué te pusiste a mi lado en el invernadero y no me corregiste a mí.
—¿Corregirte de qué?
—De nada. Es una pregunta mal formulada.
—Dorothea...
El carruaje dio un bandazo. La tía Winifred se despertó con un resoplido y un grito de «¡Salteadores!
», y Bonaparte saltó del regazo de Kit y se acurrucó, temblando, en el de Thea, que lo abrazó con más fuerza de la necesaria.
Cuando la tía se dio cuenta de que no había salteadores, sino una rueda sobre una piedra, pidió perdón con muchos aspavientos, se arregló el sombrero, sacó de la bolsa un pastel de ciruela y empezó a repartirlo.
Larkmoor Abbey se alzaba al final de una avenida de tilos que tardó veinte minutos en recorrerse.
Había sido un priorato cisterciense, en tiempos de Enrique VIII, y después una casa solariega, y después, gracias a la afición de un conde del siglo anterior por las novelas góticas, un edificio de dudoso gusto que combinaba una fachada de piedra gris, tres torres de diferente altura, un ala de ladrillo rojo y un amplio conjunto de ventanales ojivales que parecían haber sido añadidos por un hombre en pleno ataque de nostalgia.
Delante se extendía un césped inmaculado que bajaba en suave pendiente hasta un lago de aguas verdes, donde nadaban cuatro cisnes con una expresión de absoluto desdén.
Más allá, entre los árboles, asomaba la ruina de una pequeña capilla.
—Es precioso —dijo Thea, sin querer.
—Es horrible —dijo Kit—. Pero lo quiero.
—¿Cuántas habitaciones tiene?
—Setenta y dos. Más un sótano que se ha comido tres cocineros.
En la escalinata de entrada los esperaba una fila de criados, con el ama de llaves al frente, una mujer gruesa y colorada llamada señora Tuckett, y detrás de ella, tiesa como un poste de telégrafo, apoyada en su bastón de ébano, lady Octavia Hadley.
—Llegáis tarde —dijo.
—Hemos tenido una rueda, abuela.
—Siempre hay una rueda. —Se acercó, y le ofreció una mejilla con un gesto de reina—. Christopher. Estás flaco. No te alimentas. —Se volvió hacia Thea—. Dorothea. Tiene usted aspecto de haber viajado con un perro en las rodillas.
—Lo traía Kit.
—Lo traía usted. Tiene el hocico mojado en la falda. —Le tendió una mano, y Thea se la estrechó, y la anciana la retuvo un instante con una fuerza sorprendente—. Bienvenida, hija. Me alegro de que haya venido. Ya está en casa.
Lo dijo sin énfasis, igual que se da la hora, y Thea tardó un segundo en notar que se le había hecho un nudo en la garganta.
Detrás llegaron los demás: lord Wickersham, que bajó del segundo coche con un maletín de latón en cada mano y un tarro de cristal bajo el brazo, hablando consigo mismo de las ventajas de la geología kentiana para los coleópteros; Barnaby, que había hecho el viaje a caballo y llegó con la chaqueta cubierta de polvo y un gesto de profunda satisfacción; Livvy, que se bajó muy pálida de las escaleras del coche con la ayuda de Walter Finch, quien tenía la cara roja desde el nacimiento del pelo hasta el cuello de la camisa y no se atrevía a soltarle la mano; y la tía Winifred, que irrumpió entre todos exclamando: «¡Qué abadía! ».
—Señora Tuckett —dijo lady Octavia, sin gritar, y la voz le llegó hasta el último rincón del vestíbulo—, que lleven a los señores a sus habitaciones. A la señorita Dorothea la acompaño yo.
Thea abrió la boca para protestar, pero la anciana ya había echado a andar.
Subieron por una escalera de roble oscuro, con la barandilla labrada en forma de hojas de acanto, hasta el primer piso, y recorrieron un pasillo largo, de suelo de baldosas y paredes cubiertas de retratos, donde cada conde muerto tenía la misma nariz y el mismo gesto de sospecha.
Lady Octavia caminaba con paso firme, pese a la edad, golpeando el suelo con el bastón a intervalos regulares.
—Le he dado la habitación azul —dijo—. Es la mejor de la casa. Era la de mi suegra. La que mejor ha dormido en ella era una mujer que había tomado láudano, y aun así se quejaba. Pero tiene una vista excelente.