Capítulo 6 #2
—No tiene que pasar de nuevo. Quiero decir, a menos que haga falta. Pero tampoco hay que pensar en ello como... —Hizo un gesto vago con la mano, y dejó una mancha de tierra en el aire—. Una tentación. No lo es. Es un procedimiento.
—Un procedimiento.
—Exacto.
—Con técnica excelente.
—No te burles.
—No me burlo. Estoy de acuerdo. —Kit apoyó los codos en las rodillas y entrelazó los dedos—. Lo he pensado yo también. Toda la noche.
—¿De verdad?
—No he dormido.
—Yo tampoco.
—Ya lo veo. Tienes ojeras.
—Tú también.
—Me quedan mejor.
Ella soltó una carcajada breve, de sorpresa, y se tapó la boca con el dorso de la mano, dejándose en el labio una mota de tierra negra. Kit apartó la mirada hacia los rosales. Contó cuatro. Eran de color rosa pálido y tenían la pinta de no florecer nunca.
—Propongo una regla séptima —dijo ella.
—Escucho.
—Si el invernadero... si lo de anoche... —Respiró hondo—. Que no se repita. Salvo emergencia.
—¿Quién define la emergencia?
—Los dos. De mutuo acuerdo. Y por escrito, a ser posible.
—¿Quieres que firmemos algo cada vez que nos besemos?
—Quiero que no haya malentendidos.
—Dorothea.
—Es lo más sensato.
—Es lo más sensato —repitió Kit.
Se miraron. Por un instante, que le pareció muy largo, Kit tuvo la certeza de que ella iba a decir otra cosa, algo que no tenía nada que ver con reglas, y que él, por su parte, iba a contestar.
Pero el instante pasó. Thea cogió el cuaderno del suelo, lo sacudió, buscó una hoja limpia y escribió con su letra pequeña y recta: 7.
Lo del invernadero no se repite, salvo emergencia declarada de mutuo acuerdo.
Se lo tendió. Kit leyó, y estampó debajo una firma con el lápiz que le prestó ella: un garabato apresurado que se parecía mucho a su nombre.
—Hecho —dijo.
—Hecho.
—¿Y si me emociono?
—No te emocionarás.
—Soy un hombre emotivo.
—Eres un hombre insoportable.
—Es lo que me ha dicho tu hermano. —Se puso de pie. Le dolían los muslos de la tensión—. Y ahora que lo hemos resuelto como personas civilizadas, ¿me dejas ver los caracoles?
Thea lo llevó entre los rosales hasta el cantero de menta y le explicó con todo detalle el ciclo vital del Helix aspersa.
Kit escuchó sin entender más de la mitad.
Se agachó a su lado, y ella le mostró uno, pequeño y gris, que había trepado hasta la nervadura de una hoja, y él lo miró con aire de profundo interés mientras pensaba en el pañuelo que se le escapaba del pelo y en la forma en que el sol le dibujaba un perfil luminoso en el borde de la oreja, y ella dijo: «¿Ves qué dibujo tiene en la concha?
», y él dijo que sí, que lo veía, y no veía nada.
Fue Livvy quien los interrumpió, con una carrera de zapatillas por la grava y un papel en la mano.
—¡Thea! ¡Thea, ha llegado esto!
Llevaba el cabello suelto y un camisón de día arrugado; detrás, a una distancia respetuosa, se acercaba la tía Winifred con la respiración entrecortada. Livvy se paró en seco al ver a Kit, enrojeció, y le dedicó una reverencia improvisada.
—Lord Larkmoor.
—Señorita Livvy. Estás radiante.
—Estoy hecha un desastre.
—Un desastre radiante, entonces.
—Livvy, ¿qué es eso? —preguntó Thea.
—Es... un regalo. —Tragó saliva, y le tendió una cajita de terciopelo azul oscuro, aplastada por el esfuerzo de los dedos—. De sir Alaric. Lo ha traído su lacayo hace media hora. Con una nota.
La caja estaba abierta. Dentro, sobre un lecho de satén, brillaba un brazalete de oro con diamantes, tan grande que parecía una esposa.
Thea lo miró en silencio, sin tocarlo. Kit leyó la nota por encima de su hombro: una caligrafía elegante, de tinta negra y trazos largos, que decía simplemente: Con mis mejores deseos para una joven cuya compañía me ha resultado tan grata. A.V.
—Es precioso —dijo la tía Winifred, sin aliento—. Precioso. ¡Cuatro diamantes! ¿Cuánto vale esto, Dorothea?
—Más de lo que tu sobrina está en condiciones de aceptar, tía.
—Pero si es un regalo...
—No. —La voz de Thea era tranquila, y por eso mismo daba miedo—. Es un recibo. Si Livvy lo acepta, él puede decir que se lo regaló y ella se lo quedó. Es una forma de dejar constancia. Hay que devolverlo hoy, con una nota educada. Y sin que parezca un desaire.
—¿Cómo se devuelve un regalo sin desairar a nadie? —preguntó Livvy.
—Con mucha, mucha educación. —Thea cerró la caja con un chasquido—. Y con ayuda de alguien que sepa de etiqueta mejor que yo.
—Yo sé algo de etiqueta —dijo Kit.
—Tú escribes notas de dos líneas.
—Me han dicho que son muy elocuentes.
Antes de que ella contestara, apareció Ledbetter con una bandeja de plata. Sobre la bandeja había una carta lacrada en rojo oscuro, con un sello que Kit reconoció de inmediato: una alondra sobre un tronco, el escudo de los Hadley. Alargó la mano y rompió el lacre sin pedir permiso.
Christopher:
He decidido que la salud de mi nieto, y la de su señora, requieren aire de campo.
Os espero a los dos, y a toda la familia Wickersham, incluidos escarabajos y secretarios, en Larkmoor Abbey, pasado mañana.
Una semana. Habrá lago, caballos y comida decente.
También estará sir Alaric Vesey, a quien he invitado personalmente.
Dice el refrán que a las serpientes hay que tenerlas en el jardín, donde se las ve, y no en el sótano, donde se las imagina.
No me decepcionéis.
Tu abuela, O.H.
P.D.: Que ella traiga el sombrero azul.
Kit leyó el postscriptum dos veces. Después levantó la mirada y se encontró con la de Thea, que había leído la carta por encima de su brazo, y que lo contemplaba con horror y con diversión a la vez, una expresión que él habría reconocido en cualquier lugar del mundo.
—Tu abuela —dijo Thea— sabe lo del sombrero.
—Mi abuela lo sabe todo —dijo Kit.
—¿Una semana?
—Una semana.
—¿En tu casa?
—En la casa de mi abuela. Que técnicamente es mía. Pero eso es una cuestión legal que ella no ha reconocido nunca.
Thea cerró los ojos. Respiró hondo. Livvy, a su lado, soltó una risita nerviosa. La tía Winifred, que no había entendido nada de la conversación pero percibía que había ocurrido algo extraordinario, juntó las manos sobre el pecho.
—¡Una semana en el campo con un conde! —exclamó—. ¡Tengo que preparar los baúles!
—Ay, Dios —dijo Thea.