El engaño (falso romance) y slow burn (fuego lento). (serie regencia 5) Capítulo 6
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Capítulo 6

Pocock había encontrado una horquilla en el bolsillo del frac.

La sostenía entre el pulgar y el índice, a la altura de los ojos, con tanta delicadeza como si fuera una prueba en un juicio por asesinato.

Era una horquilla pequeña, de alambre negro, ligeramente torcida.

Pocock llevaba catorce años sirviendo a la casa Hadley, primero al padre de Kit y después a Kit, y había visto en esos bolsillos cartas de acreedores, entradas de teatro, un ratón vivo y una vez, en circunstancias que ninguno de los dos mencionaba, una peluca. Pero una horquilla era nueva.

—¿Milord desea que la conserve? —preguntó.

—No.

—¿Que la tire?

—No. —Kit, sentado en el borde de la cama con una sola bota puesta, levantó la cabeza—. Déjala en la mesilla.

—Muy bien, milord.

Pocock la depositó junto al reloj, con un cuidado tan exagerado que resultaba insultante, y se puso a recoger la ropa del suelo sin pronunciar una palabra más.

Era un hombre delgado, de cincuenta años, con las cejas siempre un poco levantadas, que había desarrollado a lo largo de su carrera la facultad de comunicar opiniones enteras mediante el simple procedimiento de doblar una camisa.

La camisa de esa mañana, doblada con una lentitud dramática, decía: no ha dormido usted.

Era verdad. Kit no había dormido. Había llegado a casa a las dos de la madrugada, se había desvestido sin ayuda, se había acostado, y durante cuatro horas había contemplado el dosel de su cama repasando con una exactitud inquietante la manera en que una mujer alta, de pelo castaño y moño deshecho, había dicho «no pares» contra su boca.

No pares.

Se pasó las dos manos por la cara.

Tenía veintinueve años. Había besado a muchas mujeres, y a unas cuantas había hecho mucho más que besarlas, con mutuo consentimiento y sin dramas, en habitaciones de las que salía antes del amanecer con una sonrisa y una conciencia perfectamente tranquila.

No era un hombre a quien un beso le quitara el sueño.

Sabía lo que era un beso. Era un episodio, agradable o mediocre, que se enumeraba entre otros episodios.

Aquello no había sido un episodio. Había sido... Se levantó, y fue hasta la ventana, y se dijo que la palabra que buscaba era incidente.

Había sido un incidente. Un incidente técnico, motivado por la presencia de un testigo.

Se había dejado llevar por el papel. Había besado a la hermana de su mejor amigo con una convicción excesiva porque lo exigía la obra, y los actores, a veces, se pasaban de convincentes. Eso pasaba. Estaba documentado.

Bonaparte, tendido en la alfombra con la panza hacia arriba, resopló.

—No digas nada.

Bonaparte resopló otra vez.

—Es una táctica —insistió Kit.

El perro lo miró con el ojo izquierdo, que le colgaba un poco, y estornudó.

Barnaby Wickersham llegó a las diez y cuarto.

Lo anunció el mayordomo con un tono que sugería que el visitante había entrado sin llamar, que era exactamente lo que había hecho, y a continuación se plantó en el umbral del comedor con un sombrero en la mano, el chaleco mal abrochado y unas ojeras profundas: había dormido tan mal como el dueño de la casa, por razones distintas.

—Siéntate —dijo Kit—. Hay jamón.

—No tengo hambre.

—Hay bizcocho.

—Tampoco.

—Vaya. Debe de ser grave.

Barnaby se sentó. Tenía veintitrés años, la nariz de su hermana, los ojos azules de su padre y una cualidad que ponía nerviosos a los que lo conocían poco y encantaba a los que lo conocían mucho: no era capaz de enfadarse sin hacer un chiste.

Cuando de verdad estaba enfadado, dejaba de hacer chistes.

Entonces, y solo entonces, resultaba peligroso.

Ahora no hacía ninguno.

—Anoche te vi salir del invernadero de los Pelham —dijo.

—Qué casualidad.

—Con la corbata torcida. Y a mi hermana salir seis minutos después, muy tiesa, con las mejillas del color de una langosta, y una mano apoyada en el cuello como si le hubieran puesto una cataplasma.

—Hacía calor. Era un invernadero.

—Kit.

—Barnaby.

—Soy tu amigo desde los quince años. Te he visto jugarte cuatro mil libras en una noche y reírte. Te he visto caerte de un caballo y levantarte contando chistes. Y nunca, jamás, te había visto salir de ninguna parte con esa cara. —Apoyó los codos en la mesa—. Dime qué ha pasado.

Kit cogió la taza. La dejó. Cogió una tostada. La dejó también.

—Vesey nos tendió una trampa —dijo—. Nos dio a entender que si no nos besábamos, no se creería el cortejo. Entramos al invernadero. Nos siguió. Hubo que convencerlo.

—¿Y lo convencisteis?

—Sí.

—¿Mucho?

—Lo suficiente.

—¿Solo lo suficiente?

—Barnaby —dijo Kit, y su voz, que normalmente fluía con una soltura que podía pasar por indiferencia, sonó seca y rota como una rama—. Es un arreglo. Lo sabes. Tu hermana y yo firmamos un pacto, con reglas. Seis semanas, un baronet menos, y luego se acabó.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿qué?

—Que no me gustaría que acabara mal —dijo Barnaby, despacio—. Para ninguno de los dos.

Se quedó callado, y Kit, que no sabía qué decir, tampoco habló. Fuera pasó un carro de leche con un chirrido de ruedas. Un criado entró con una cafetera, advirtió la atmósfera y salió de nuevo sin haber depositado nada.

—Tienes que entender una cosa de Thea —dijo Barnaby por fin—.

No te lo digo para que te sientas culpable.

Te lo digo porque creo que no lo sabes. Cuando mamá murió, yo tenía once años.

Livvy, seis. Thea tenía catorce. Papá se encerró en la biblioteca con sus bichos y no salió en seis meses.

No es una exageración. Seis meses. Alguien tenía que hablar con el cocinero.

Alguien tenía que decidir si se pagaba la cuenta del carnicero.

Alguien tenía que acostar a Livvy, que lloraba por las noches, y contestarme a mí cuando yo preguntaba cosas que no tenían respuesta. Ese alguien tenía catorce años.

—Barnaby...

—Y siguió siéndolo. Durante años. Hizo la primera temporada a los diecinueve porque la tía Winifred insistió, pero volvió a casa a los dos meses porque papá se había olvidado de pagar al administrador.

Fue a otra a los veintidós. Y a otra. Las toleraba.

Pero nunca pidió nada. No ha pedido nada en doce años, Kit.

Ni un vestido. Ni un viaje. Ni un hombre.

Si ayer dijo en una terraza que tenía un pretendiente fue porque nunca, jamás, se le ha ocurrido pensar que alguien pudiera querer serlo.

Kit no contestó. Tenía una sensación incómoda en el pecho, en la zona donde las costillas se unen, como si alguien hubiera apretado un pulgar contra un hematoma antiguo.

—No te estoy diciendo que te enamores de ella —dijo Barnaby—.

Faltaría más. Tú eres un hombre bastante insoportable.

Te estoy diciendo que si juegas, juegues con cuidado.

Porque mi hermana no sabe jugar. No tiene práctica.

Si le haces daño, no te voy a pegar, porque soy un hombre de letras y me romperían la nariz.

Escribiré una sátira. En verso. Y la publicaré en el Times, con tu nombre completo, y la ilustraré con un perro pug llorando.

—Qué amenaza más terrible.

—Tengo muy buena rima.

Kit rió. Fue una risa corta, que le salió mal. Le tendió la mano a su amigo por encima de la mesa y Barnaby se la estrechó con una fuerza ligeramente dolorosa.

—Cuidaré de ella —dijo Kit.

—Cuida de su hermana. Eso es lo que prometiste.

—Cuidaré de las dos.

Fue una frase que decidió no examinar.

Half Moon Street tenía un pequeño jardín trasero, estrecho como un pasillo, con un banco de hierro, cuatro rosales y un cantero de hierbas aromáticas.

Cuando Ledbetter lo condujo hasta allí, solemne como un funerario que lleva a un deudo a la tumba de un pariente, encontró a Thea de rodillas en la tierra, con las mangas remangadas hasta los codos, un cuaderno en el suelo junto a las rodillas y una mano extendida sobre una hoja de menta.

—Veintitrés —estaba diciendo.

—¿Veintitrés qué?

Thea dio un respingo. Se giró, y el cuaderno cayó boca abajo en la tierra, y se quedó mirándolo con la boca abierta, y Kit, que había preparado en el camino un saludo ingenioso, comprobó que se le había evaporado de la cabeza.

—Caracoles —dijo ella.

—Veintitrés caracoles.

—En un metro cuadrado de menta. Es una cifra inquietante.

Papá dice que el caracol es un molusco menospreciado y que su población en los jardines urbanos puede indicar la salud del suelo, pero yo creo que en este caso indica que el jardinero es un inútil.

—Se sentó sobre los talones y se sacudió las manos contra el delantal—. No te esperaba.

—Ya lo veo.

—Pensé que...

—¿Que me quedaría escondido en mi casa tres días?

—Más o menos. —Tenía una mancha de tierra en la mejilla izquierda y el pelo, sujeto con un pañuelo, empezaba a escaparse por los bordes—. Ledbetter, gracias. Puede retirarse.

El mayordomo se retiró. Se retiró con tanta discreción que Kit supo que iba a escuchar desde detrás de la puerta de la cocina.

Se quedaron solos. Kit se acercó al banco de hierro y se sentó en el borde, sin atreverse a ocupar demasiado espacio. Ella siguió de rodillas sobre la hierba, de espaldas a los rosales, y los dos se miraron durante unos segundos como dos personas que no recuerdan quién debe hablar primero.

—Dorothea —empezó él.

—Antes de que digas nada —dijo ella, muy deprisa—, quiero que quede claro que lo he pensado. Mucho. Toda la noche. Y creo que tenemos que ser razonables.

—Por supuesto.

—Fue un beso. Un beso técnicamente excelente, quiero decir, tengo muy poca experiencia, pero tengo entendido que fue un beso notable.

Y fue necesario, porque Vesey estaba cerca y la situación lo requería.

Y sucedió lo que sucedió porque somos dos personas adultas, con sangre en las venas y...

una cierta tensión nerviosa por el contexto.

No hay que darle más importancia. ¿No te parece?

—Me parece.

—Estoy tranquila. Lo he asumido.

—Me alegro.