Capítulo 5 #3
Fue suave. Fue una pregunta. Un roce, un contacto seco y breve, y después otro, un poco más largo, con la presión justa para que ella comprendiera que podía retirarse y que él no iba a seguirla.
Thea no se retiró. Tomó aire por la nariz y levantó la barbilla, y la tercera vez que él la besó, sus labios se abrieron.
Y todo cambió.
Kit gimió contra su boca, bajo, casi inaudible, un sonido que Thea notó en el pecho más que en los oídos.
Su mano izquierda le rodeó la cintura y la atrajo contra sí, con un movimiento brusco que le cortó la respiración.
La derecha se hundió en su pelo y le deshizo el moño, y las horquillas cayeron al suelo de baldosas con un tintineo de lluvia fina.
El beso se hizo profundo. Se hizo lento.
Él la besaba como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si hubiera pasado años sin otra tarea, con la lengua cálida deslizándose contra la suya, con los labios húmedos y exigentes, y Thea se dio cuenta de que le estaba agarrando las solapas del frac con las dos manos, que se había puesto de puntillas, que un sonido desconocido, agudo y quebrado, estaba saliendo de su propia garganta.
—Kit —jadeó.
—Dime que pare.
—No.
—Thea.
—No pares.
Él la empujó suavemente hacia atrás, hasta que la espalda de ella chocó contra el tronco del limonero.
Las hojas se estremecieron. Un limón diminuto cayó al suelo y rodó hasta un charco de luz.
Kit apoyó una mano en la corteza, junto a su cabeza, y con la otra le recorrió el costado, despacio, desde la cintura hasta la curva de la costilla, deteniéndose justo bajo el pecho.
Thea arqueó la espalda. Un escalofrío le recorrió las piernas.
La boca de él abandonó la suya. Bajó por la mandíbula, dejando un rastro de besos cortos y calientes, hasta el hueco detrás de la oreja, y allí se detuvo, y ella sintió sus dientes rozarle la piel, apenas, una caricia con los dientes que le arrancó un gemido que no pudo contener.
Él se rió contra su cuello, un soplo de risa temblorosa.
—¿Esto está en las reglas? —murmuró.
—Cállate.
—Porque creo que la cuarta decía...
—Kit, si hablas de las reglas ahora, te mato.
Volvió a su boca. Esta vez con más hambre.
Ella le deslizó los dedos por la nuca, le enredó las uñas en el pelo corto y notó cómo él se estremecía entero.
Se pegaron del todo. Él metió una rodilla entre las de ella, un movimiento torpe y sin intención, y a través de varias capas de seda y de lino Thea sintió la dureza de su cuerpo apretada contra el vientre, y una oleada de calor se le abrió bajo el ombligo, lenta y densa, que la obligó a ahogar un jadeo contra la boca de él.
Él tembló. Le sujetó la cadera con la mano abierta. Sus dedos se hundieron en la tela.
—Dios mío —susurró contra sus labios—. Dorothea. Esto no...
—Lo sé.
—No estaba en el plan.
—Ya lo sé.
—Voy a...
Se oyeron pasos. Pasos en el sendero de baldosas, a poca distancia, deliberados, tranquilos. El tintineo de una copa contra un dedo.
Kit se quedó inmóvil. Thea abrió los ojos. Estaba despeinada, la espalda contra un limonero, la boca hinchada, con las manos todavía cerradas sobre las solapas de un hombre que respiraba como si hubiera corrido un kilómetro. Alzó la mirada. Los ojos de él, muy oscuros, estaban fijos en los suyos.
—Sigue —susurró ella.
—¿Qué?
—Sigue. Vesey.
Kit tardó un segundo en entender. Cuando lo hizo, algo se le cruzó por el rostro: una especie de dolor muy breve que Thea no supo leer.
Después inclinó la cabeza y la besó otra vez, con una ternura infinita, y esta vez fue una actuación, un beso cuidadoso, medido, de los que se ven desde fuera.
Los pasos se detuvieron. Hubo un largo momento en que nadie respiró.
Y después, a lo lejos, la voz de Alaric Vesey, suave, ligeramente divertida:
—Perdón. No quería interrumpir.
Los pasos se alejaron. La puerta de cristal se cerró.
Kit se separó. Dio un paso atrás, luego otro. Se pasó la mano por la boca, por el pelo, por la nuca. Tenía el cuello de la camisa desabrochado y la corbata torcida y las pupilas dilatadas. Thea se quedó apoyada en el árbol, sin moverse, porque no estaba segura de que las piernas la sostuvieran.
—Ya se ha ido —dijo él.
—Sí.
—Nos ha visto.
—Sí.
—Lo ha creído. Tiene que haberlo creído. Yo lo habría creído.
—Seguro.
Kit se agachó. Recogió una horquilla del suelo, luego otra, luego una tercera. Se las tendió con la palma abierta, sin mirarla. Le temblaba la mano.
—Creo que son tuyas.
—Gracias.
—Voy a... Ahí fuera hay una fuente. Si quieres, puedes... arreglarte el pelo. Yo me quedo de espaldas.
—Es muy considerado.
—Es mi característica menos apreciada.
Se dio la vuelta. Thea se recogió el pelo con dedos torpes, buscando el moño por tacto, clavando las horquillas donde se acordaba que habían estado.
Se alisó el corpiño. Se arregló el escote, que se había torcido.
Tenía los labios hinchados y quemados, y sentía en la piel de la garganta, a la altura de la oreja, el lugar exacto donde él había apoyado los dientes.
Un limón dormía en el charco de luz, a sus pies. Lo recogió y se lo guardó en el bolsillo del vestido.
Fuera, la orquesta tocaba otro vals.