Capítulo 5 #2
Kit se dio cuenta en el mismo instante. Un destello de alarma, brevísimo, le cruzó el rostro. Después apartó la mirada hacia la pista, apretó la mano sobre su cintura y sus pasos se volvieron un poco menos armónicos.
—Perdona —dijo.
—No pasa nada.
—Tienes razón. Ese ha sido un descuido.
—Un descuido útil, diría yo. Vesey nos mira.
—Vesey siempre nos mira.
—Es un hombre con mucho tiempo libre.
—Está en una posición excelente para mirar. —Kit habló con la mandíbula tensa—. Junto a las puertas del invernadero. Con una copa de champán y una sonrisa.
El vals terminó. Kit la soltó con una reverencia, y ella se hundió en una reverencia de vuelta. Durante unos segundos las parejas aplaudieron y se disolvieron en grupos. Kit no le ofreció el brazo. Se quedó parado, con la mirada baja y las manos a los costados.
—Lord Larkmoor. Señorita Wickersham.
Alaric Vesey, vestido de negro y blanco con una sencillez estudiada, había aparecido a su lado sin hacer ruido.
Llevaba la copa de champán en la mano izquierda y sonreía con una amabilidad exquisita.
Detrás de él, a cierta distancia, Livvy bailaba con Barnaby y hacía, desde lo alto de sus brazos, un gesto de pánico que Thea descifró de inmediato: no me sueltes.
—Qué hermoso vals —dijo Vesey—. Un placer verlos. Debo admitir que, anoche, tuve mis dudas. Pero hoy veo que me equivocaba.
—Nos alegra mucho —dijo Kit.
—Solo una cosa me intriga. —Alaric dio un sorbo de champán—. Y perdónenme la indiscreción. Es una cuestión de simple curiosidad, nada más. En Londres, ya saben, existe una máxima. Un cortejo sin un beso, dicen, es una amistad con mejor sastre.
—Qué frase tan ingeniosa —dijo Thea, con la voz clara—. ¿Es suya?
—Es de nuestra anfitriona. Pero la he adoptado. —Su sonrisa no vaciló—. No he visto ni un solo gesto de ese tipo entre ustedes. Ni siquiera a escondidas. Y eso, para una pareja que lleva dos años de relación epistolar, me parece... llamativo.
—Los besos —dijo Kit— son para la intimidad.
—Los besos sinceros, sin duda. Pero los besos de una pareja de enamorados, lord Larkmoor, son tan imposibles de contener como el agua. Salen solos. Los pone en circulación la propia emoción. Y me pregunto, con toda humildad, si ustedes tienen alguna dificultad para... dejarlos salir.
—No tenemos ninguna dificultad —dijo Thea.
—Me alegro de oírlo. —Alaric miró hacia las puertas de cristal del fondo, tras las cuales se adivinaba el interior verde y húmedo del invernadero de los Pelham, un edificio que había dado más de una noche escandalosa a la temporada londinense—.
Dicen que el invernadero es magnífico a esta hora.
Los enamorados suelen perderse en él. Yo, que soy un hombre curioso, tengo previsto dar un paseo en un cuarto de hora.
Si me lo encontrara vacío, me parecería... un desperdicio.
Se inclinó. Se fue. Los dejó allí, en medio del salón de baile, con la orquesta empezando otra pieza y un millar de velas goteando cera sobre sus cabezas.
Thea miró a Kit.
Kit miró a Thea.
—Tenemos quince minutos —dijo él.
—Lo sé.
—Hay que ir al invernadero.
—Lo sé.
—Me ha parecido que lo ha dicho con mucha claridad.
—Con una claridad pasmosa.
—Y que en el invernadero hay que... Dorothea, ¿has besado alguna vez a alguien?
—Qué pregunta.
—Una pregunta práctica.
Thea levantó la barbilla.
—He besado a un estudiante de Oxford llamado Edgar, en el verano de mis diecinueve años. En un cenador. Duró cuatro segundos y me lamió la barbilla.
Kit cerró los ojos un momento.
—Santo cielo.
—No fue... lo habitual, supongo.
—No. —Los abrió—. No lo fue. —Le ofreció el brazo, y ella lo tomó, con la mano tan fría que él se la cubrió un instante con la suya—. Escucha. Voy a ser claro. Si entramos ahí, Vesey entrará detrás. Va a vernos. Tiene que creer que es verdad. Y para que lo crea, no podemos actuar.
—Eso me ha dicho tu abuela.
—¿Mi abuela?
—Hoy. Con el té.
—Debí imaginarlo —dijo Kit, con un suspiro hondo. Y la guió hacia el fondo del salón.
El invernadero de los Pelham era una gran cúpula de cristal y hierro pintado de blanco, iluminada con farolillos chinos que colgaban de las ramas de los limoneros.
Había palmeras en tiestos de bronce, helechos que caían en cascada de las cestas colgantes, una fuente central de mármol en la que goteaba agua con un sonido suave, y bancos de piedra cubiertos de hiedra. El aire era caliente y húmedo.
Entraron. Cerraron la puerta de cristal tras de sí. El rumor de la orquesta les llegó amortiguado, como si estuviera sonando en otro edificio.
Kit la llevó por un sendero estrecho entre dos hileras de arbustos hasta un rincón apartado, bajo un limonero cargado de frutos pequeños. Se detuvo. Thea se detuvo también. Entre los dos quedaba un palmo de aire tibio.
—No tienes que hacerlo —dijo él.
—Lo sé.
—Si prefieres que simulemos...
—Dijiste que no podíamos actuar.
—Lo dije.
—Entonces no actuemos.
Él tragó saliva. Ella lo vio, porque le miraba el cuello, la nuez que subía y bajaba, y tuvo la certeza ridícula de que le temblaban a él también las manos.
Kit levantó la derecha, despacio, como si se acercara a un animal asustadizo, y le apartó de la mejilla un mechón que se había soltado del moño.
Se lo colocó detrás de la oreja. Sus dedos se quedaron allí, rozándole el lóbulo.
—Dorothea —dijo, con voz ronca.
—Dime.
—No te muevas.
No se movió. Kit bajó la cabeza, y ella cerró los ojos, y sintió el aliento de él en los labios, caliente, con un rastro de champán, un segundo antes de que su boca tocara la suya.