Capítulo 5
—Siéntese. No ahí, hija, ahí hay un gato.
Thea se detuvo a medio camino, con la falda ya recogida para sentarse, y miró el sillón de damasco verde. Sobre el cojín, enroscado en una bola gris y majestuosa, dormía un gato inmenso de ojos amarillos que abrió uno de ellos, la evaluó durante un instante y volvió a cerrarlo con evidente desdén.
—Se llama Pitt —dijo lady Octavia, desde el diván, con una taza de porcelana en la mano—. Por el primer ministro. Tiene el mismo carácter. Siéntese en el sofá. Y tome un bizcocho, no me gusta que mis invitados pasen hambre antes de ser interrogados.
El salón de Grosvenor Square era una habitación alta y fría, de paredes de seda amarilla, espejos dorados y un reloj de pie que daba las horas con retraso.
Había retratos de condes muertos con la nariz de Lady Octavia.
Había, en un rincón, un arpa que nadie tocaba desde hacía veinte años y que conservaba, sobre la caja de resonancia, una capa de polvo ligeramente grosera.
Thea se sentó en el sofá, recta como una regla, con la taza que le habían puesto en las manos temblando un poco sobre el platillo.
Llevaba la mañana entera ensayando mentalmente respuestas.
Había redactado cuarenta y tres. Las cuarenta y tres se le habían borrado en el instante en que el mayordomo la había hecho pasar y había visto en el diván a aquella mujercita de turbante que la miraba como un halcón mira a un campo recién segado.
—Bien —dijo lady Octavia—. Empecemos por lo evidente. No me creo ni una palabra.
Thea estuvo a punto de atragantarse con el té.
—¿Perdón?
—De la historia de los dos veranos. De las cartas quemadas.
—La anciana dejó la taza en el platillo con un tintineo seco—.
La contó Christopher esta mañana en el desayuno con tanta fluidez que no pude evitar sospechar.
Mi nieto no da explicaciones fluidas ni cuando las tiene.
¿Dos años de correspondencia? Ese muchacho no ha escrito una carta en su vida.
Escribe notas. Las notas son más cortas, y nadie las guarda.
—Milady...
—No me diga nada. —Alzó una mano con la palma abierta—. No me confirme nada y no me desmienta nada. Es la forma de entretenimiento que prefiero a mi edad: la media mentira. Con un hombre muerto, un poco de dispepsia y mi lista de esposas, es lo único que me divierte.
Thea abrió la boca. La cerró. Había prometido a Kit no preguntar por la lista, pero no había prometido nada sobre lo que la propia condesa dijera de ella.
—No sé a qué lista se refiere —dijo.
—Mentirosa. —Lady Octavia sonrió, y su cara se rompió en mil arrugas diminutas y luminosas—.
Qué bien. Me gusta. Le voy a decir una cosa, Dorothea.
Si dentro de cinco semanas esto fuera verdad, me ahorraría muchísimo trabajo, y le estaría tan agradecida que le dejaría el arpa en el testamento.
Si es mentira, quiero que sea una mentira excelente.
Tengo ochenta años casi, mis nietos son una vergüenza y no veo ninguna razón para que a mi edad me engañen con descuido.
—Setenta y nueve —dijo Thea, sin pensarlo.
—¿Cómo?
—Que tiene setenta y nueve. Su nieto me lo dijo.
—Ah. —La anciana se echó hacia atrás en el diván con las dos manos en el puño del bastón—. Veo que habla de mí.
—Habla de usted con mucho cariño.
—Habla de mí con terror. Pero es un buen chico.
—Su mirada se había suavizado un poco, de manera casi imperceptible, y por un momento, detrás del monóculo, la condesa viuda de Larkmoor pareció una mujer cansada que había visto demasiadas cosas—.
Se parece a su abuelo. Un hombre encantador que no se tomaba nada en serio, y que por eso, en su momento, me rompió el corazón.
Cuarenta años. Quería a todo el mundo y no se quedaba con nadie.
Thea guardó silencio. El reloj de pie dio, con retraso, las cuatro y media.
—Pero eso no es lo que nos ocupa —dijo lady Octavia, y de pronto volvió a ser un halcón—. Lo que nos ocupa es Alaric Vesey.
—¿Lo conoce?
—Fue amigo de mi marido. No de los buenos. Jugaban a las cartas en White's y mi marido perdía, y Vesey siempre estaba cerca, siempre amable, siempre dispuesto a prestar. Ese hombre ha vivido veinte años de cortesías ajenas. —Dio un golpecito con el bastón sobre la alfombra—. Dígame qué le ha dicho.
Thea se lo contó. No lo contó todo. Omitió la promesa en el lecho de muerte, omitió el balcón y omitió, con una firmeza que le pareció casi un acto de patriotismo, los nudillos besados uno por uno en Hyde Park.
Pero contó lo esencial: que Alaric quería a Livvy, que había hablado con su padre, que tenía una paciencia considerable, que a Henrietta Cole le habían inventado un pasado.
Lady Octavia escuchó con los ojos cerrados. Cuando Thea terminó, siguió así unos segundos.
—Henrietta Cole —dijo—. La de la barbilla. Esa niña no tenía ningún pasado. Tenía un temperamento. Que es distinto, y peor.
—¿La conocía?
—Su abuela era mi mejor amiga. Está en Northumberland con una tía que bebe. Me han dicho que ha engordado y que escribe novelas góticas, que es lo único que cabe esperar. —Abrió los ojos—. Escúcheme bien, hija, porque solo voy a decir esto una vez. Vesey no cree en el cortejo de ustedes.
—Nos vio ayer en el parque.
—Los vio. Pero un hombre como él, que ha estudiado a las mujeres como un corredor de bolsa estudia las fluctuaciones, no mira las manos.
Las manos se pueden ensayar. No mira las miradas, que también se pueden ensayar con un poco de talento.
Mira la boca. —Se tocó el labio inferior con la punta del dedo—.
Un hombre enamorado no deja de mirar la boca de la mujer.
Y una mujer enamorada no deja de mirar la puerta, por si él entra.
Ustedes dos hacen justo lo contrario. Él se concentra en las manos. Y usted se concentra en el sombrero.
—No me concentro en...
—Se concentra en el sombrero, querida. Se lo vi puesto desde el carruaje. Lo mira cuando le habla. Le coge el borde de la cinta con los dedos cuando está nerviosa. Eso es una mujer que busca una excusa para no mirar a un hombre a la cara.
Thea soltó el borde de la cinta, que sostenía, efectivamente, entre el pulgar y el índice, y notó el calor subirle por el cuello.
—Mañana por la noche —prosiguió lady Octavia— hay baile en casa de los Pelham. Vesey estará. Le garantizo que buscará la ocasión de ponerlos a prueba. Y si tiene la inteligencia que creo que tiene, esa ocasión no será una pregunta. Será un beso. O, mejor dicho, su ausencia.
—¿Su ausencia?
—Vesey le dirá algo. Alguna frase sobre cómo es extraño que un cortejo tan largo carezca de ciertas pruebas de afecto.
Y luego se quedará esperando, con esa sonrisa.
Porque sabe que en público no se puede. Y sabe que si lo hacen, será una actuación.
Y sabe que las actuaciones, bien miradas, siempre tienen costuras.
—Entonces no hay manera de ganar.
—Claro que la hay. —Lady Octavia tomó su taza otra vez y bebió con calma—. Que no sea una actuación.
Thea sintió que el bizcocho que había empezado a masticar se le volvía de serrín.
—No entiendo.
—Sí que entiende. —La anciana levantó una ceja con evidente placer—. Y ahora, vaya usted a casa. Ponga cara de mujer que ha sido tratada con severidad por una vieja. Eso les ayudará con las apariencias. Y dígale a mi nieto que la próxima vez que me mienta le meto el gato en la cama.
El baile de los Pelham tuvo lámparas de araña con cuatrocientas velas.
Tuvo a lady Pelham, una mujer de ojos saltones y voz de trompeta, informándola de que «en esta casa los condes son siempre bien recibidos».
Tuvo a la tía Winifred, con un tocado de plumas de color malva, bailando una contradanza con el obispo de Salisbury a una velocidad que ponía en peligro la salud de ambos. Y tuvo el vals.
Fue el segundo baile de la noche. El primero lo bailó con Barnaby, que no paró de hacerle muecas desde el otro lado de la pista; el segundo, con el conde.
Kit se le acercó mientras la orquesta afinaba, con un frac azul oscuro, la corbata atada con un nudo impecable y el pelo negro todavía con las marcas del peine, y le ofreció el brazo con una inclinación mínima de cabeza.
—Dorothea.
—Kit.
—Estás muy guapa.
—No hace falta que lo digas.
—No lo digo por ti. Lo digo porque Vesey está mirando.
—Qué encanto.
Él rió. Y entonces la orquesta empezó a tocar, y él le colocó la mano derecha en la parte baja de la espalda, y todo lo demás dejó de ser importante.
No era la primera vez que Thea bailaba un vals.
Había bailado dos con Barnaby y uno, desastroso, con un teniente de la Marina Real que le pisó el pie.
Pero nunca había sido así. Nunca había sentido la palma de una mano a través de la seda del vestido con tanta precisión, caliente y firme y ancha, justo en la hendidura donde terminaba la columna, ni el roce de los muslos de él contra los suyos cada vez que giraban, ni la manera en que él apoyaba el pulgar sobre su costado, apenas un poco por debajo de las costillas, como un hombre que marca un lugar en un libro.
La mano izquierda de Thea descansaba sobre su hombro.
Podía sentir, a través de la tela, el movimiento de un músculo cada vez que él cambiaba de peso.
—Respira —le murmuró él al oído.
—Estoy respirando.
—Hace un minuto que no.
Thea respiró. Olía a jabón de afeitar y a sándalo, y ese olor, que ya no podía separar del recuerdo de su muñeca contra una boca, le subió por la nariz hasta la garganta y se instaló allí como una mano.
Tenía la mejilla a escasos centímetros de su cuello.
Se fijó en una vena que le latía bajo la mandíbula, regular, tranquila.
Se fijó en el rastro de una cicatriz en la barbilla.
Se fijó en el pelo rizado que le crecía en la nuca.
Fue entonces cuando levantó la vista y se encontró con que él la estaba mirando. No a los ojos. A la boca.