Capítulo 4 #2
—Lo recuerdo. Y no he dejado de pensar en lo valiente que fue usted, señorita, al hablarme de su compromiso con tanta serenidad. Es admirable la discreción de las mujeres de su familia.
Era una amenaza. Kit lo supo con una claridad que le erizó la nuca. Ni una palabra estaba fuera de sitio, y aun así la cortesía de aquel hombre se parecía a una mano cerrándose en torno a un cuello a través de un guante.
Tenía que hacer algo, y lo hizo sin pensarlo, que era su estilo. Llevó los dedos de Thea a sus labios y besó cada uno de los nudillos, despacio, uno por uno, mirándola a los ojos. Un gesto de enamorado de novela. Un gesto absurdo. Un gesto que Vesey tendría que aceptar como prueba.
Pero cuando alzó la mirada hacia ella, la pantomima se le deshizo en las manos.
Thea tenía los labios entreabiertos. Tenía las mejillas encendidas y los ojos fijos en su boca, con una expresión de desconcierto tan sincera que ninguna actriz del Covent Garden habría podido imitarla.
Respiraba más deprisa de lo normal. Se le movía una vena, diminuta, en la base del cuello, y Kit se encontró preguntándose cuánto tardaría esa pulsación en acelerarse más si apoyaba los labios allí.
Retiró la mano. Soltó un carraspeo.
—Vesey —dijo.
—Es evidente —murmuró Alaric— que no necesitan mi aprobación. Lamento haberme interpuesto. Lord Larkmoor. Señorita Wickersham.
Y se fue, y su caballo gris se perdió entre los olmos. Kit contó hasta diez antes de volver a hablar.
—Eso ha estado muy bien —dijo Thea.
—Gracias.
—Muy bien. Muy convincente. Has besado mis nudillos como si... Quiero decir. Ha sido muy bien actuado.
—Gracias —repitió Kit.
—Ya puedes soltarme la mano.
—¿Sí?
—Vesey se ha ido.
—Ah. Sí.
Se la soltó. Los dedos de ella quedaron un segundo en el aire entre los dos, y Thea los retiró, y los hundió con gran decisión en la pelliza de terciopelo. Bonaparte abrió un ojo, los miró con recelo, como un viejo juez, y volvió a cerrarlo.
Pasaron diez minutos en silencio. Los caballos avanzaban a un trote perezoso. Kit conducía con las dos manos y no miraba a su derecha, y Thea contemplaba el paisaje con una intensidad que habría sido más natural si hubiera estado anotando especies en peligro de extinción.
Entonces, a unos cincuenta metros, vieron la berlina negra.
Era un carruaje imponente, con las ruedas lacadas y un escudo de armas en la portezuela, y estaba detenido en medio del camino, bloqueando el paso, con una indiferencia soberana hacia los coches que se acumulaban detrás.
En la ventanilla abierta asomaba un bastón de ébano con empuñadura de plata.
El bastón se agitó. Describió dos círculos en el aire y señaló sin ninguna ambigüedad hacia el faetón.
—Oh, no —dijo Kit.
—¿Qué?
—Mi abuela.
—Tu abuela. —Thea se enderezó como si la hubieran pinchado con un alfiler—. ¿Ahora?
—Ahora.
—No estoy preparada.
—Nadie lo está. Es parte de su método. —Kit detuvo los caballos junto a la berlina y se bajó de un salto. Rodeó el faetón para ofrecerle la mano—. Voy a decirte tres cosas. Una: no mientas. Dos: no te ablandes. Tres: pase lo que pase, no le preguntes por la lista.
—No pensaba preguntarle por la lista.
—Te lo digo por si acaso.
Lady Octavia Hadley, condesa viuda de Larkmoor, ocupaba el interior de la berlina como un general ocupa una colina.
Era una mujer diminuta, de espalda recta, cuello largo y un rostro de pergamino del que sobresalía una nariz que habría hecho las delicias de un escultor romano.
Llevaba un vestido de seda negra de cuello alto, un turbante de terciopelo morado con una pluma y un monóculo de oro colgado de una cinta.
Tenía los ojos de su nieto: oscuros, brillantes, de una inteligencia fría y alegre.
Los clavó en Thea con una fijeza que habría hecho tambalear a un obispo.
—Abuela —dijo Kit—. Qué sorpresa. Te presento a...
—Ya sé quién es. Dorothea Wickersham. Hija de lord Wickersham, el de los escarabajos. Veintiséis años, sin título, dote mediana, instrucción excelente, y una fama de intratable que me ha llegado por cinco vías distintas. —Alzó el monóculo—. Acérquese, hija. No muerdo. Muerdo muy poco.
Thea se acercó. Se puso derecha. Era más alta que el carruaje; Kit lo notó con un respeto nuevo. Esperó con las manos juntas y la barbilla firme, y cuando lady Octavia la examinó de arriba abajo, con una lentitud que debería haber sido ofensiva, no se movió un milímetro.
—¿Juega usted al whist?
—Mal, milady.
—Estupendo. Los que juegan bien mienten mejor. —Bajó el monóculo—. ¿Cuánto hace que mi nieto la corteja?
—Dos veranos.
—Dos veranos. Y a mí, ni una palabra. Ni una. —La condesa clavó los ojos en Kit—. ¿Eres un cobarde o un imbécil, Christopher?
—Las dos cosas son compatibles, abuela.
—Tú no te metas. Estoy hablando con la señorita. —Volvió a ella. Su voz no había cambiado; seguía siendo seca, aguda y amable como una hoja de afeitar—. Dígame, hija. Es usted una mujer lista. ¿Qué ve en mi nieto?
Kit se quedó rígido. Aquello no estaba en el guion; no habían hablado de eso. Giró la cabeza hacia Thea, con una disculpa muda, y la vio mirar a la anciana con una calma que en otra persona habría parecido cálculo y en ella parecía, simplemente, honestidad.
—Es amable con los animales —dijo Thea.
—¿Los animales?
—Y con las personas que no pueden devolverle el favor.
Con mi padre, por ejemplo. Ayer le trajo un coleóptero, sin que nadie se lo pidiera.
No se lo trajo para quedar bien. Se lo trajo porque le hizo gracia imaginar la cara de papá.
—Hizo una pausa, y Kit se dio cuenta de que ya no la estaba escuchando como a una actriz—.
Y no se toma en serio a sí mismo. Es raro.
La mayoría de los hombres que conozco tiene el problema contrario.
El silencio que siguió duró un buen rato. Lady Octavia la contempló con los ojos entornados. Después, de un modo inesperado, curvó los labios.
—Bien —dijo—. Esa es la primera respuesta decente que oigo en un mes.
—Abuela...
—Cállate, Christopher. Mañana a las cuatro, señorita Wickersham, en mi casa de Grosvenor Square. Tomaremos té. Hablaremos como personas civilizadas. Usted, yo y nadie más.
—Será un honor.
—No lo será. Será un interrogatorio. Pero es mejor que no se haga ilusiones. —Hizo un gesto con la mano enguantada—. Christopher, no vengas.
—Abuela, es mi...
—He dicho que no vengas. Que te acompañe tu perro. Cochero, adelante.
La berlina arrancó con un crujido de ejes y se perdió camino arriba entre las protestas de una docena de cocheros. Kit se quedó mirándola, con el brazo todavía ofreciendo una ayuda que nadie necesitaba.
—Te ha invitado a tomar el té —dijo.
—Lo he oído.
—No invita a nadie a tomar el té. Es la primera vez en cuatro años que invita a una mujer que no sea de la familia.
—¿Es bueno o es malo?
—No lo sé. —Se pasó una mano por el pelo—. Dorothea, ¿te das cuenta de lo que acabas de decir ahí?
—He dicho la verdad.
—Sí, pero... —Se interrumpió—. Me has descrito. Me has hecho un retrato. Y no ha habido ni una mentira. Si me hubieras dicho cualquier otra cosa habría sido más fácil.
—No había nada más fácil que decir —dijo Thea, con el ceño ligeramente fruncido—. Era lo que tenía a mano. ¿Por qué? ¿Te ha molestado?
Kit la miró. Era una pregunta sencilla y, sin embargo, no consiguió contestarla. Tenía un nudo raro debajo del esternón que nunca había sentido en un parque ni en ningún otro lugar.
—No —dijo al fin—. Me ha sorprendido.
Subieron al faetón. Condujo hasta Half Moon Street sin decir nada más, y Bonaparte ocupó el espacio entre los dos con su cuerpo tibio de salchicha y su roncar sosegado. Al llegar, Kit bajó, rodeó el carruaje, y le tendió las manos para ayudarla a descender.
Thea apoyó las suyas en sus hombros. Él la tomó por la cintura.
No hubo ninguna razón técnica para que sus dedos se quedaran allí un instante después de tocar el suelo, ni para que ella mantuviera las manos sobre su chaqueta, ni para que los dos se quedaran mirando el botón superior del chaleco del otro como si fuera un acertijo.
—Gracias por el paseo —dijo ella.
—Gracias por la pantomima.
—Ya.
—Hasta mañana, Dorothea.
—Hasta mañana.
Ella subió los escalones con la espalda muy recta. Kit esperó hasta que la puerta se cerró antes de volver a montar. Cuando cogió las riendas, Bonaparte levantó el hocico y lo miró con aire grave, y Kit, que no solía rendir cuentas a un perro, tuvo que mirar hacia otro lado.